
El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef, por sus siglas en inglés), la Asociación de Hoteles y la Secretaría de Turismo (Sectur) de la Ciudad de México anunciaron la campaña de prevención Tarjeta Azul, la cual tiene como objetivo prevenir cualquier tipo de violencia contra las infancias dentro de los establecimientos de hospedaje.
De acuerdo con la Unicef y la Asociación de Hoteles de la capital, la Tarjeta Azul incluirá información clave para que huéspedes y el personal del hotel —el cual será capacitado respecto al tema— puedan reportar cualquier situación sospechosa.
“Es un complemento a los protocolos internos y programas de actuación que el sector hotelero ha implementado como buenas prácticas desde hace más de una década”, señala Alberto Carlos Albarrán, director general de la Asociación de Hoteles de la CDMX.
La Tarjeta Azul se distribuirá dentro de los hoteles de la Ciudad de México que decidan sumarse a la campaña. Sobre ello, el director de la Asociación de Hoteles asegura que cada establecimiento podrá definir si estas funcionarán como llaves de acceso a la habitación o únicamente como un material informativo.
“Con la llegada de millones de visitantes nacionales e internacionales a México, es altamente probable que aumente el riesgo de explotación sexual infantil y de violencia contra la niñez”, subrayó Luis Fernando Carrera Castro, representante del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) en el país. “Se puede y se debe evitar que la mayor celebración del futbol en el mundo se convierta el año próximo en una pesadilla para niñas y niños mexicanos”.
Ambas autoridades mencionaron que, al momento de la publicación de este artículo, no hay una fecha definida para el lanzamiento de la campaña, pues aún se encuentra en calendarización y coordinación constante. “La campaña se mantendrá activa antes, durante y después del Mundial de Futbol con la intención de que se convierta en una estrategia permanente”, agrega Alberto Carlos Albarrán.
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En entrevista con El Sabueso, Alberto Carlos Albarrán Leyva explica que la campaña se desplegará a través de distintos canales dentro de los hoteles: códigos QR, pósteres, anuncios, publicaciones en redes sociales y una tarjeta física que podrá funcionar como llave electrónica de la habitación o como material informativo.
“La Tarjeta Azul es una iniciativa simbólica inspirada en el lenguaje del futbol; así como el árbitro pone reglas en la cancha con tarjetas amarillas o rojas, la sociedad y las autoridades también pueden poner lineamientos fuera de ella”, afirma Laurent Duvillier, jefe de comunicación de la Unicef en México. “El mensaje es contundente: el turismo es bienvenido, pero cuidaremos a las infancias de cualquier delito del que puedan ser víctimas”.
El sector hotelero de la CDMX cuenta desde hace aproximadamente 10 años con Código de Conducta Nacional para la Protección de Niñas, Niños y Adolescentes en el Sector Turístico, cuyo objetivo es prevenir la explotación sexual y la trata de personas.
“Este instrumento se renueva cada dos años ante la Secretaría de Turismo y establece mecanismos de prevención y denuncia, incluida la denuncia anónima, frente a delitos relacionados con la violencia o la explotación”, explica el director general de la Asociación.
“Con la Tarjeta Azul se busca reforzar y visibilizar prácticas que ya se aplican en hoteles y espacios turísticos”, añade. “Además, se firmó un convenio con el C5 de la capital para que, en caso de emergencia, las cámaras exteriores de los hoteles puedan conectarse al sistema de monitoreo de la ciudad, lo que permitiría activar protocolos de respuesta inmediata ante situaciones de riesgo”.
Durante el Mundial de Futbol 2026, “Unicef en México impulsa dos campañas distintas: una contra la explotación sexual infantil —la Tarjeta Azul— y otra contra la violencia familiar. Ambas parten de la premisa de que la prevención y cuidado de las infancias no es una responsabilidad exclusiva del Estado ni de Unicef, sino que es compartida entre las autoridades, el sector privado y la sociedad”, concluye Laurent Duvillier.
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Organismos internacionales especializados en la protección de la infancia como la Unicef han advertido que los eventos deportivos de alcance global suelen traer consigo impactos sociales que van más allá de lo económico y lo turístico. La concentración de visitantes, el consumo intensivo de alcohol y la reconfiguración temporal de dinámicas familiares y comunitarias pueden generar entornos de mayor riesgo para poblaciones vulnerables.
“La experiencia de Unicef en distintos países y copas del mundo demuestra que existen dos riesgos principales: el primero es la explotación sexual infantil, pues cuando aumenta la demanda turística también se amplía la gama de riesgos para niñas, niños y adolescentes. Algunos turistas, tanto extranjeros como nacionales, pueden aprovechar estas circunstancias con fines de explotación sexual infantil”, señala Laurent Duvillier. “Esto no es un caso hipotético: es algo que sabemos que ocurre”.
De acuerdo con Unicef, en los eventos deportivos a gran escala se ha documentado el incremento de la violencia en el hogar. Por ejemplo, en Brasil se registró un aumento de 17 % durante el mundial, y en Inglaterra los incrementos oscilaron entre 25 y 37 %, dependiendo de los resultados del equipo nacional.
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Aunque muchos narcotraficantes viniesen de otras regiones, la ciudad de Guadalajara ha sido la base práctica y simbólica del auge del narco en México. Nadie lo demostró tanto como el El Mencho.
Mario, vecino del municipio de Tlaquepaque, en Guadalajara, hace fila en una tortillería el lunes en la tarde. “Son compras de pánico”, dice, ante una cola kilométrica.
El domingo, las autoridades mataron a “El Mencho”, el narco más buscado del país, y en represalia su gente sitió la ciudad con bloqueos, quemas y enfrentamientos.
Después de tres horas, con sus tortillas bajo el brazo, Mario explica: “Ayer la violencia estuvo muy cerca y hoy ya menos, pero el temor sigue y la gente se prepara para cualquier evento que pueda regresar”.
Él hizo la fila para las tortillas, una de sus hijas para el pollo, su esposa para las verduras.
La calma ha ido volviendo a la capital de Jalisco, el estado que da nombre al cartel que lideraba El Mencho: Cartel de Jalisco Nueva Generación. Pero, según Mario, que como conductor de taxi conoce las calles y la gente de primera mano, “el temor persiste”.
“Este tipo de medidas (matar a un capo del narco) tal vez son necesarias, urgentes, pero los más golpeados somos la ciudadanía, los que trabajamos en la calle. Ya son 15 años de esto”.
15 años, tal vez más, en los que Guadalajara se convirtió en la capital del narco: allí donde lavan la mayor parte de sus ganancias, desaparecen más personas que en cualquier parte y controlan regiones enteras en las que montan centros de reclutamiento y entrenamiento militar.
“En casi todas las colonias de la zona metropolitana se han encontrado fosas de cuerpos, y se ha ejecutado y torturado gente”, asegura Mario. “Es muy triste lo que se ha vivido en nuestro estado”.
A Guadalajara, una de las tres sedes mexicanas del Mundial de fútbol 2026, se le conoce como “la segunda ciudad de México” por muchas más razones que su población, cuyo número, entre 5 y 6 millones de habitantes, es el mismo que Monterrey.
Es la segunda ciudad, también, por historia, porque durante la Colonia y el siglo XIX se fundó allí un polo de poder, económico y cultural, tan fuerte como Ciudad de México.
En algún sentido es incluso la primera ciudad, porque de ahí sale la cultura mariachi, ranchera y tequilera que le dio fama al país.
Y en lo que al narco se refiere también: al ser el eje geográfico y económico de una vasta región cercana a Estados Unidos que incluye relevantes estados como Sinaloa, Guanajuato y Michoacán, los narcos hicieron de la capital jalisciense su base durante el auge de la industria en los años 80 y 90.
“Desde que tengo recuerdo esta ciudad está atravesada por el narco”, dice Verónica López García, una experimentada periodista cultural de la ciudad. “Primero fue su casa elegida, lo que nos dio una falsa seguridad, y luego nos convirtieron en un campo de guerra, en un territorio en disputa”.
Lo que ocurrió el domingo por la caída de El Mencho no fue la primera vez que la ciudad vive una ola de violencia, aunque sí una de las más graves.
Entre los ejemplos en la memoria de los tapatíos están el Rancho Aguirre, un centro de entrenamiento paramilitar encontrado a 30 kilómetros el año pasado; o la cifra de desaparecidos, que en Jalisco registra cerca de 16.000; o las veces que aparecieron cuerpos colgados de un puente; o la muerte del arzobispo en un tiroteo entre bandas del narco en 1993.
En 1985 ocurrió un caso clave: el narco mató a Enrique “Kike” Camarena, un agente mexicano-estadounidense de la DEA (Administración de Control de Drogas) que estaba investigándolo.
Un golpe de poder con el que el narco, en ese entonces en manos del Cartel de Guadalajara, quiso mostrar su poderío en una ciudad donde hasta entonces había mantenido el bajo perfil.
En estas tres décadas Guadalajara vivió un boom inmobiliario y reemplazó su vocación industrial por una economía de los servicios y la tecnología, y en ambos procesos el narco tuvo cierta participación.
El Mencho no solo traficó metanfetamina y fentanilo, sino que construyó un imperio criminal con sofisticadas operaciones de lavado de activos y extorsión.
El Departamento del Tesoro de EE.UU. estima que ocho de cada 10 negocios utilizados para lavar dinero en México ocurren en Jalisco y que 106 de 136 empresas ligadas al lavado de dinero están allí.
También calcula que el 80% de las empresas dedicadas al lavado en México están relacionadas con el CJNG.
Es difícil que esto ocurriera sin la complicidad de élites gobernantes.
En el caso Camarena se comprobó que oficiales estatales omitieron importantes detalles y encubrieron a algunos de los acusados. Con frecuencia surgen casos de policías destituidos por colusión con el narco. Al alcalde del emblemático municipio de Tequila lo arrestaron por lo mismo.
Jalisco es uno de los estados con mayor impunidad del país: la tasa de casos no resueltos por el poder judicial es, según un estudio de la Universidad de Guadalajara, del 99%.
De muchas maneras, Guadalajara no fue tomada por el narco: fue cedida. Los narcos se volvieron parte de la sociedad. Sus hijos entraron a los colegios.
Surgieron lujosos barrios y centros comerciales que hasta el más ingenuo de los tapatíos ve como parte del fenómeno narco.
Surgió una cultura con manifestaciones musicales, estéticas, incluso aspiracionales que para muchos en Jalisco era la única vida posible: la “cultura buchona”, esa estética y estilo de vida ostentosos que traspasaron las fronteras del narco.
“Cuando estaba en la preparatoria, a finales de los 80, vi los primeros indicios de esto, de gente con autos de lujo, que iban a Puerto Vallarta de vacaciones”, dice López García.
“Eventualmente decidí no ser parte, no ir a tal fiesta, así quisiera, porque sabía que algún vínculo con el narco tenía”.
Pero no todos tienen la posibilidad de tomar esa decisión, advierte Verónica: “O porque es la única solución económica, o porque es lo que te exige la cultura, hay mucha gente, muchos chavos, que lo asumieron como parte del paisaje”.
En una región desigual donde el trabajo informal es la norma, tranzar con el narco fue la única opción para muchos campesinos, pequeños emprendedores o jóvenes deseosos de surgir.
“Soy el dueño del palenque, cuatro letras van al frente”, dice un corrido dedicado a El Mencho.
Las cuatro letras son las del CJNG y la canción es una oda al líder: “Soy el señor de los gallos, el del cártel jalisciense”.
El líder cuya muerte revivió el trauma histórico de Guadalajara, la ciudad que el narco convirtió en su casa.
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