
En redes sociales como X, TikTok y Facebook usuarios difunden desinformación que genera discursos de odio contra las poblaciones trans y las personas identificadas como therians, un término utilizado en comunidades en línea para referirse a quienes realizan performances vinculados con animales, como el uso de máscaras, colas y dinámicas de juego en espacios públicos.
Un ejemplo de esta desinformación son las publicaciones de personajes como Eduardo Verástegui, quien compartió en X una imagen en la que compara a las identidades trans con las personas identificadas como therians, asegurando que son lo mismo. Sin embargo, esa afirmación es falsa.
En TikTok, una de las publicaciones que difunde el mismo discurso de odio contra las poblaciones trans cuenta con más de 5,000 “me gusta”, ha sido compartida 396 veces y tiene más de 56,000 visualizaciones.
Y en Facebook usuarios compartieron una publicación falsa en la que comparan a la influencer Wendy Guevara con una persona therian. La publicación que desinforma cuenta con 41,000 “me gusta”, 1,800 comentarios y ha sido compartida más de 9,000 veces.
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Danielle Cruz Villanueva, maestre en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México, especializade en el estudio y combate al discurso de odio antitrans, explica que el fenómeno comenzó como una tendencia digital que posteriormente fue amplificada en medios de comunicación.
“Me tomó cinco minutos darme cuenta de que era una tendencia [los therians] que en México tenía menos de una semana. Las notas más viejas tenían menos de cinco días y las más antiguas eran argentinas”, señala.
De acuerdo con su análisis, la cobertura sobre las personas que se identifican como therians no se centró en explicar el fenómeno, sino en establecer una comparación con las identidades trans. “Desde el principio empecé a ver cómo había una tendencia hacia la ridiculización de identidades sexodisidentes”, afirma.
Asegura que esta comparación parte de una simplificación dada por las poblaciones trans sobre lo que implica la identidad de género, debido a que explicar qué es la autopercepción era algo muy complejo. “La manera más fácil de explicarlo era desde el sentimiento, la sensación de no soy hombre, me siento con otra identidad”, señala.
El Glosario de la diversidad sexual, de género y características sexuales, emitido por la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) en 2014, define a la identidad de género como “la vivencia interna e individual del género, tal como cada persona la siente, misma que puede corresponder o no con el sexo asignado al nacer. Incluye la vivencia personal del cuerpo”.
Es decir, la manera en que cada persona se percibe y se siente a sí misma y que puede o no corresponder con el sexo asignado al nacer.
Camila Aurora González, creadora de contenido y activista trans, también afirma que el problema radica en una comprensión simplista: “No existe un punto de comparación real. Simplemente es gente que está simplificando la experiencia de vida trans”.
Añade que incluso dentro de las comunidades therians no se plantea dejar de ser humano, por lo que las personas que se autonombran así, opina, en realidad es posible que pertenezcan a una tribu urbana.
“Están más cercanos a una tribu urbana que a la identidad trans, ya que la identidad trans es una identidad psicosocial. Hay diversos marcos clínicos y estudios que nos validan en el ramo de la antropología, de la sociología, de la psicología, de la rama médica, y tenemos evidencias históricas y culturales de que nuestra existencia ha venido a la par de la sociedad”, asegura.
En su explicación, Camila distingue entre identidad social y expresión simbólica. Las identidades de género forman parte de categorías sociales que estructuran derechos, roles y reconocimiento legal. En contraste, las prácticas therians están vinculadas más con expresión espiritual o con dinámicas de grupo, pero no con una categoría jurídica o social equiparable.

En México, las reformas impulsadas para garantizar el reconocimiento de las personas trans tienen efectos concretos en el ámbito legal, ya que permiten modificar nombre y género en documentos oficiales. Estos cambios impactan en el acceso a servicios de salud, educación, empleo y trámites administrativos.
“Las personas trans estamos luchando por nuestra identidad y por nuestra supervivencia y nuestros derechos básicos de existir en el mundo”, afirma Danielle.
En contraste, no existe registro de iniciativas legislativas en México para reconocer legalmente a personas como animales ni de colectivos que estén impulsando reformas de ese tipo. “Ningún grupo therian está haciendo luchas para que se les reconozca legalmente. No están buscando cambiar su identidad en documentos oficiales”.
Para ambas activistas, el término therian se ha popularizado por las comunidades en línea, pero no existe evidencia histórica comparable que ubique a este grupo como una categoría social en distintas culturas y épocas en el mismo sentido que las identidades de género.
Cabe recalcar que el término therian no es nuevo, como te contamos en este texto, nació a finales de los años 1990 y principios de los 2000 en foros de internet, donde las personas compartían la relación simbólica, espiritual o emocional que sentían con distintos animales.
No tiene nada que ver con que una persona intente ser físicamente un animal, sino que se describe como una identificación interna con el animal y las manifestaciones físicas pueden o no estar presentes, además de que estas solo se presentan en un momento específico, no todo el tiempo.
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Esta desinformación ocurre, además, en un contexto donde la violencia contra las personas trans ha sido documentada por organizaciones civiles. México no tiene un registro oficial que contabilice de manera específica los asesinatos por identidad de género.
Ni la Fiscalía General de la República (FGR) ni el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) publican estadísticas desagregadas que permitan identificar cuántos homicidios corresponden a personas trans por motivo de identidad de género, tampoco existe un sistema nacional homologado que registre crímenes de odio con esa clasificación específica.
Ante esa ausencia institucional, los datos disponibles provienen de monitoreos de la sociedad civil. El Observatorio Nacional de Crímenes de Odio contra Personas LGBT+ reportó 76 crímenes de odio contra personas LGBT+ en 2025.
Letra S, Sida, Cultura y Vida, A. C. documentó al menos 80 asesinatos de personas LGBT+ en 2024, de los cuales 55 fueron mujeres trans. En 2023, la misma organización registró 66 asesinatos.
Danielle señala que México aparece de manera recurrente en informes internacionales como uno de los países con más asesinatos de personas trans en la región.
En la Ciudad de México, la reforma que permite el reconocimiento de identidad de género en infancias trans fue discutida durante años y aprobada en la administración de la ahora presidenta Claudia Sheinbaum, en 2021.
“Fue una ley que se discutió y se empujó por parte de la comunidad trans y finalmente se logró aprobar”, explica Danielle. Pero advierte que la normalización de comparaciones y burlas puede tener consecuencias más amplias.


“Cuando escuchamos una idea contraria a la nuestra, el cerebro no empieza evaluando argumentos: primero detecta que hay un conflicto”, dice un experto. Pero es posible aprender a escuchar con calma.
Escuchar una opinión contraria a la nuestra rara vez es una experiencia neutra. Aunque solemos atribuir esta dificultad a factores culturales o personales, la ciencia muestra que tiene raíces profundas en el funcionamiento del cerebro.
Desde la neurociencia sabemos por qué nos cuesta tanto escuchar opiniones diferentes.
El desacuerdo activa sistemas diseñados para detectar conflicto y mantener la coherencia interna.
Esto explica por qué solemos reaccionar con rapidez y, a menudo, con rigidez ante ideas que desafían lo que creemos.
Cuando escuchamos una idea que contradice nuestra forma de pensar, el cerebro no empieza evaluando argumentos. Primero detecta que hay un conflicto. Una de las regiones implicadas en este proceso es la llamada corteza cingulada anterior o CCA.
Esta estructura actúa como un radar encargado de identificar inconsistencias entre nuestras expectativas y la realidad, así como conflictos entre respuestas o entre creencias. Por lo tanto, la CCA funciona como un “radar de incongruencias”.
La evidencia neurocientífica muestra que la CCA forma parte de circuitos implicados tanto en el control cognitivo como en el procesamiento del dolor físico y del dolor social.
Por eso, una opinión contraria puede ser experimentada como algo incómodo o amenazante, incluso cuando no hay confrontación directa.
Junto a la corteza cingulada anterior se activan otras regiones. Una de ellas, la amígdala, está implicada en la respuesta de amenaza. Otra área importante, la ínsula, está relacionada con la percepción del malestar corporal.
El resultado de este proceso es familiar para todos: nudo en el estómago, tensión corporal y una tendencia a defenderse o cerrar la conversación.
Finalmente entra en juego la corteza prefrontal dorsolateral, responsable de funciones como la planificación, la inhibición de impulsos y la toma de decisiones.
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Aceptar una visión opuesta exige un esfuerzo considerable. El cerebro debe mantener al mismo tiempo dos modelos mentales incompatibles: “lo que yo creo” y “lo que tú dices”.
Además, debe compararlos y decidir si alguno debe modificarse. Desde el punto de vista energético, es una operación exigente.
A este esfuerzo se suma la disonancia cognitiva: el malestar que aparece cuando una información amenaza la coherencia de nuestra visión del mundo o de nuestra identidad.
En muchos casos, este malestar no se resuelve escuchando al otro, sino justificando lo que ya pensábamos. Es lo que se conoce como “razonamiento motivado”.
Por otra parte, muchas creencias están ligadas a la pertenencia a un grupo.
Cambiar de perspectiva puede ser experimentado, aunque sea de forma inconsciente, como un riesgo social: quedar mal, perder estatus o sentirse excluido.
El cerebro social está especialmente orientado a evitar ese tipo de amenazas.
Un factor clave en todo este proceso es el estrés.
Cuando este es elevado o sostenido, el sistema nervioso funciona en modo de alerta, lo que reduce la capacidad de la corteza prefrontal para regular emociones y sostener el desacuerdo con calma.
En ese estado, escuchar se vuelve especialmente difícil.
La buena noticia es que estos sistemas son plásticos. Las regiones cerebrales implicadas en el conflicto, la emoción y el control cambian con la experiencia y la práctica.
La dificultad para escuchar opiniones contrarias ha ido ganando presencia en el debate social y cultural. Especialmente en contextos donde las decisiones tienen consecuencias compartidas como en equipos de trabajo, instituciones o espacios de liderazgo.
El desacuerdo mal gestionado suele escalar hacia conflictos interpersonales, bloqueos comunicativos y deterioro del clima emocional.
Se trata de algo muy común en entornos laborales de alta demanda.
Afortunamente podemos entrenar la escucha desde la calma, circunstancia que mejora de forma clara el liderazgo y la toma de decisiones.
Prácticas como el mindfulness o el biofeedback reducen la reactividad automática y aumentan la capacidad de observar el desacuerdo sin responder de forma impulsiva.
Por ejemplo, estudios sobre redes cerebrales en reposo muestran que la práctica sostenida de mindfulness modula redes cerebrales implicadas en regulación emocional y flexibilidad cognitiva.
De este modo se favorecen respuestas más adaptativas ante la discrepancia.
Por otra parte, nuestros proyectos de investigación del grupo Neurociencia del Bienestar de la Universidad de Sevilla han mostrado que entrenar la regulación fisiológica y emocional se asocia con una mayor capacidad para pausar antes de responder, escuchar con menos reactividad y gestionar conversaciones difíciles con mayor claridad.
La clave no está en eliminar la incomodidad, sino en aprender a regularla para que no derive en rechazo automático.
Escuchar no significa ceder ni renunciar a los propios valores. Significa sostener la incomodidad el tiempo suficiente para ampliar el marco desde el que decidimos.
En un mundo cada vez más polarizado, la capacidad de escuchar opiniones contrarias es una habilidad neurocognitiva entrenable.
Comprender cómo responde el cerebro al desacuerdo es el primer paso para dejar de reaccionar automáticamente y empezar a responder con mayor calma, claridad y humanidad.
*Este artículo fue publicado en The Conversation y reproducido aquí bajo la licencia Creative Commons. Haz clic aquí para leer el texto original.
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