
Para Abel Balderas, fundador del Movimiento Nacional de Recicladores de Base, la Ley General de Economía Circular (LGEC) que entró en vigor el pasado 20 de enero en México es un primer paso para validar una labor esencial que realizan miles de personas diariamente en todo el país.
La legislación reconoce por primera vez a las personas recuperadoras de base, conocidas como “pepenadoras” y las describe como aquellas que “de forma independiente o colectiva, realizan la recolección, separación manual, comercialización y reciclaje de materias primas secundarias”.
Además, incorpora el concepto de “reciclaje inclusivo”, un modelo de gestión integral que reconoce su labor en términos del impacto ambiental, social y económico que implica separar de forma manual los residuos para darles otro destino, ya sea reutilizándolos como materia prima o bien, reparando lo que todavía puede ser útil.
Abel Balderas, de 47 años, quien desde los 8 años se dedica a recuperar residuos como plásticos PET, HDP y vidrio, se siente orgulloso de su oficio, a pesar de que con el paso del tiempo, le ha causado problemas de salud, particularmente en la vista con riesgo incluso de perderla, debido a los largos periodos de trabajo en el relleno sanitario de Guanajuato.
Él, junto a otros recicladores y organizaciones sociales que les apoyaron, fueron clave en la configuración de esta ley, al solicitar formalmente que en el dictamen se reconociera su trabajo dentro de la cadena de valor de la Economía Circular.
Aunque la ley no es perfecta, admite Balderas, sí representa un avance significativo que permite dar pasos adelante para impulsar más derechos y beneficios tangibles.

Soledad Mella es recicladora de base en Chile desde los 17 años. Actualmente, con 55, lucha por terminar con la precarización de su oficio, históricamente invisibilizado en toda la región.
Recientemente estuvo en México para conocer la experiencia de las personas recicladoras en nuestro país y sus reflexiones respecto a los alcances de la nueva Ley General de Economía Circular.
“Nosotros también somos importantes”, dijo Soledad en su participación en el conversatorio al que asistió en Ciudad de México, donde pudo escuchar a integrantes de organizaciones ambientales y climáticas. La recicladora chilena celebró los avances legislativos en nuestro país, que dignifican el trabajo sin remuneración que las personas pepenadoras llevan a cabo diariamente al limpiar o al recuperar los residuos que llegan de un camión recolector de basura al vertedero o relleno sanitario.
“Cuando aquí se logró la Ley de Economía Circular con un 100 % de aprobación, nosotros a nivel Latinoamericano y el Caribe —y a nivel global— lo celebramos, a pesar de todas las imperfecciones que tiene la ley, porque tiene muchas, pero antes de eso, ¿alguien sabía de los pepenadores en México?”, cuestionó Mella.
Es su opinión, quienes se opusieron a esta ley, desconocen o ignoran las condiciones de pobreza y precariedad de las familias que acuden a un vertedero a rescatar residuos entre montañas de basura.

Sole —como le dicen de cariño en la Red Latinoamericana y del Caribe de Recicladores (Red LACRE)— nació en una población periférica de Chile. Hija de madre y padre campesinos que emigraron a la ciudad de Santiago, se convirtió en madre a los 17 y casi al mismo tiempo empezó a dedicarse al trabajo al que sigue estrechamente vinculada hasta hoy.
“Me titulé de mamá y de ahí en adelante me comencé a dedicar al reciclaje 100 %, para buscar un sustento y ayuda para mi familia. De ahí nace mi oficio de recicladora”, cuenta en entrevista para Animal Político.
Comenzó como recicladora de base en las calles; a quien hace ese trabajo se le designa como recicladora de ruta en Chile. La actividad consiste en ir con un carrito de basura por las calles del cuadrante del vecindario asignado, para recuperar residuos valorizables en cada domicilio.
“Pepenadores, carroñeros, cartoneros, ropavejeros, hueseros, viejos del saco, mineros de la basura. Esos son algunos de los nombres que nosotros tenemos, desde antes que nos dijeran ‘recicladores de base”, enlistó Mella, quien conoce las condiciones en las que trabajan las personas pepenadoras que ingresan a los vertederos a cielo abierto y rellenos sanitarios.
“Sacan lo que creen que es valioso, lo separan y después lo entregan a una valorizadora o, en el caso nuestro, a un intermediario. Muchos les dicen ‘atravesadores’, que son los que nos compran el material a precios miserables”, denunció.
“También está la situación de las personas que se arriesgan a ingresar a los vertederos y rellenos sanitarios donde la situación es triste y dolorosa. Esa es una de las razones que más me mueve a tratar de buscar ese reconocimiento, mejorar las condiciones, dignificar el oficio”, manifestó Soledad, actual secretaria de comunicación de la Red Latinoamericana y del Caribe de Recicladores; integrante del Movimiento Nacional de Recicladores de Chile y también de la Alianza Internacional de Recicladores, conformada por 44 países.
Desde muy temprano, cuenta Soledad, el camión de la basura comienza su recorrido: primero recolecta los residuos de los domicilios y luego ingresa al relleno, donde hay montañas de desechos como comida, cáscaras de huevo, frutas o verdura, alimentos echados a perder, zapatos rotos, ropa, cartón, envases de plástico, pañales, toallas sanitarias usadas, residuos como jeringas, cubrebocas rotos y más.
La basura, toda mezclada con líquidos lixiviados —ese suero de color amarillo y olor desagradable que surge por la descomposición de los desechos óganicos— se descarga en el vertedero, donce decenas de personas, entre hombres, mujeres y juventudes, se aglomeran para empezar con la seprarción minuciosa de los desechos.

Cuando el operador abre las compuertas del camión y deja caer los residuos. Debajo de esas puertas están las personas pepenadoras. “Son los invisibles, los sin rostros, los sin voz que están tirando de las bolsas de un lugar a otro”, dice Soledad.
Al separar los desechos revueltos, los lixiviados invaden sus cuerpos y la ropa se les impregna de un olor fétido, pero los recicladores no cesan en rasgar bolsas hasta encontrar aquellos residuos que puedan vender a las recicladoras. “Esa es nuestra realidad”, afirma.
Para Soledad, la visibilidad que da la Ley de Economía Circular en México a las personas recuperadoras de base, describiendo su oficio y señalando la importancia del mismo, es un avance histórico en materia de derechos laborales para ese sector.
En Chile, la Ley de Reciclaje y Responsabilidad Extendida del Productor (REP) cumple una década. Dicha legislación, por ejemplo, incorpora un hito importante que es la Responsabilidad Extendida del Productor (REP), es decir, que obliga a las empresas productoras, como fabricantes e importadoras, a hacerse cargo de los productos prioritarios una vez terminada su vida útil. La ley chilena no solo mejora la gestión de materiales y residuos sino también establece metas para la recolección y valorización de esos residuos.
En México, el paso a seguir para el Movimiento Nacional de Recicladores de Base, será presionar para que el reconocimiento que ya lograron en la ley que acaba de entrar en vigor, se traduzca en derechos y beneficios tangibles para el sector, como una compensación económica por el impacto en la mejora ambiental que genera su labor. Aunque es un logro satisfactorio, “es sólo el comienzo”.

En algunos países la influencia genética en la esperanza de vida parece haberse duplicado. ¿Por qué?
Durante años, la respuesta parecía definitiva: la genética explica entre el 20% y el 25% de la variación en la esperanza de vida humana, y el resto se debe al estilo de vida y al entorno.
Pero un nuevo estudio publicado en Science cuestiona esta perspectiva y afirma sugiere que la contribución genética es considerablemente mayor.
La razón, según los investigadores, es que las estimaciones previas no tenían en cuenta cómo han cambiado las causas de muerte con el tiempo.
Hace un siglo, muchas personas morían por lo que los científicos llaman causas extrínsecas: accidentes, infecciones y otras amenazas externas.
Hoy en día, al menos en los países desarrollados, la mayoría de las muertes se deben a razones intrínsecas: el desgaste gradual de nuestros cuerpos a causa del envejecimiento y enfermedades relacionadas con la edad, como la demencia y las cardiopatías.
Para obtener una visión más clara, el equipo de investigación analizó numerosos grupos de gemelos escandinavos, excluyendo cuidadosamente los fallecimientos por causas externas.
También estudiaron a gemelos criados por separado y a hermanos de centenarios en Estados Unidos.
Al excluir las muertes por accidentes e infecciones, la contribución genética estimada aumentó drásticamente: del habitual 20-25% a alrededor del 50-55%.
El patrón cobra sentido al analizar enfermedades individuales. La genética explica gran parte de la variación en el riesgo de demencia, tiene un efecto intermedio en las enfermedades cardíacas y desempeña un papel relativamente modesto en el cáncer.
A medida que los entornos se vuelven más favorables, las poblaciones envejecen y las enfermedades causadas por el propio proceso de envejecimiento se vuelven más comunes, el componente genético parece naturalmente mayor.
Pero aquí es donde la interpretación se vuelve crucial. Una estimación más alta no significa que los genes se hayan vuelto repentinamente más poderosos, ni significa que solo se pueda influir en la mitad de las probabilidades de llegar a la vejez.
Lo que ha cambiado es el entorno, no nuestro ADN.
Consideremos la estatura humana como ejemplo. Hace cien años, la altura dependía en gran medida de si se tenía suficiente comida y de si las enfermedades infantiles retrasaban el crecimiento.
Hoy en día, en los países ricos, casi toda la población tiene una nutrición adecuada.
Debido a que estas diferencias ambientales se han reducido, la mayor parte de la variación restante en la estatura se explica ahora por diferencias genéticas, no porque la nutrición haya dejado de importar, sino porque la mayoría de las personas ahora alcanzan su potencial genético.
Sin embargo, un niño desnutrido seguirá sin lograr una estatura adecuada, independientemente de sus genes.
El mismo principio se aplica a la esperanza de vida. A medida que hemos mejorado la vacunación, reducido la contaminación, enriquecido la dieta y adoptado estilos de vida más saludables, hemos disminuido el impacto general de los factores ambientales.
Cuando la variación ambiental disminuye, la proporción de variación restante atribuida a la genética —lo que los científicos denominan “hereditabilidad”— aumenta por necesidad matemática.
Las estimaciones anteriores no eran erróneas; simplemente reflejaban circunstancias históricas diferentes.
Esto revela algo fundamental: la hereditabilidad no es una propiedad biológica fija, sino una medida que depende completamente de la población y las circunstancias que se analizan.
La cifra tradicional del 20-25% describía la esperanza de vida tal como se experimentaba en poblaciones históricas, donde las amenazas externas eran importantes.
La nueva estimación del 50-55% describe un escenario diferente, donde dichas amenazas se han eliminado en gran medida, lo que en esencia describe un rasgo distinto.
La cifra principal de una esperanza de vida de alrededor del “50% heredable” corre el riesgo de malinterpretarse, como si los genes determinaran la mitad de las posibilidades de vida de una persona.
En realidad, la contribución genética en un individuo determinado puede variar de muy pequeña a muy grande, dependiendo de sus circunstancias.
Existen innumerables caminos hacia una larga vida: algunas personas tienen perfiles genéticos robustos que las protegen incluso en condiciones difíciles, mientras que otras compensan una genética menos favorable con una excelente nutrición, ejercicio y atención médica.
Cada persona representa una combinación única, y muchas combinaciones diferentes pueden resultar en una longevidad excepcional.
Las combinaciones más comunes dependen completamente de la población y de las circunstancias en las que las personas viven y envejecen. A medida que las causas externas de muerte continúan disminuyendo en el mundo real, aunque no desaparecerán por completo, será fascinante observar cómo evolucionan estos patrones.
Los autores de este último estudio admiten que aproximadamente la mitad de la variación en la esperanza de vida aún depende del entorno, el estilo de vida, la atención médica y procesos biológicos aleatorios, como la división celular descontrolada en el cáncer.
Su trabajo, argumentan, debería renovar los esfuerzos para identificar los mecanismos genéticos involucrados en el envejecimiento y la longevidad.
Comprender cómo interactúan los diferentes factores genéticos con los diferentes entornos es probablemente la clave para explicar por qué algunas personas viven mucho más que otras.
El estudio ofrece información valiosa sobre cómo los diferentes tipos de mortalidad han moldeado nuestra comprensión de la esperanza de vida.
Sin embargo, sus resultados se entienden mejor como una muestra de cómo cambia la hereditabilidad en diferentes contextos, en lugar de establecer una contribución genética única y universal a la longevidad.
En definitiva, tanto los genes como el entorno importan. Y, quizás aún más importante, importan juntos.
Así que, independientemente de si esto parece una buena o mala noticia, probablemente nunca obtendrás una respuesta sencilla sobre qué parte de tu esperanza de vida está determinada únicamente por los genes.
* Karin Modig es profesora asociada de epidemiología del Instituto Karolinska, Suecia. Este artículo apareció en The Conversation. Puedes leer la versión original en inglés aquí.
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