
La empresa SLA Servicios Logísticos Ambientales, S. A. de C. V. forma parte del esquema de negocios ilícitos del Cártel Jalisco Nueva Generación, liderado por Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, abatido este domingo por el Ejército mexicano, con apoyo en labores de inteligencia de Estados Unidos.
La compañía, sancionada por el Departamento del Tesoro de EU por traficar huachicol, operaba con permisos emitidos por los gobiernos tanto de México como de Estados Unidos, los cuales le permitían transportar líquidos y gases en ambos países.

De este lado de la frontera, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), en la delegación Tamaulipas, le otorgó el permiso número 28-32-PS-I-176-16 para que pudiera recolectar y transportar residuos peligrosos. La vigencia de la autorización comenzó el 31 de marzo de 2016 y concluye en 2026.
En Estados Unidos, la Administración Federal de Seguridad de Autotransportes, dependiente del Departamento de Transporte (DOT), tiene enlistada a la empresa con permiso activo para el transporte de carga dentro de su territorio, según consta en registros oficiales.
El 1 de mayo de 2025, el Departamento del Tesoro emitió un comunicado para informar la sanción a tres personas y dos empresas vinculadas al CJNG, incluida SLA Servicios Logísticos Ambientales, S. A. de C. V., constituida en Tamaulipas en 2014.
La autorización, registrada en la Administración Federal de Seguridad de Autotransportes de Estados Unidos, advierte que se encuentra activo el permiso que la empresa tramitó desde el 3 de noviembre de 2024 para el transporte de carga en general, líquidos y gases, y equipos para yacimientos petrolíferos en territorio norteamericano.
Incluso, el gobierno de EU reconocía que el combustible robado era traficado hacia EU y Centroamérica, según se explica en el documento que informa sobre las sanciones a la red del cártel.
“El crudo robado se introduce de contrabando en Estados Unidos mediante intermediarios mexicanos cómplices y suele etiquetarse falsamente como ‘aceite de desecho’ u otro material peligroso para evadir inspecciones, impuestos y regulaciones.

Posteriormente se entrega a importadores estadounidenses cómplices en la industria de petróleo y gas natural cerca de la frontera suroeste, quienes lo venden con descuentos significativos en los mercados energéticos nacionales y globales antes de repatriar las ganancias ilícitas a los cárteles en México”.
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SLA Servicios Logísticos Ambientales consiguió el permiso de Semarnat dos años después de creada. Entre los requisitos que debía cumplir estaba la entrega de un informe mediante la Cédula de Operación Anual (COA) y un plan de contingencias para atender cualquier emergencia por fugas o derrames, como consta en el documento oficial.
De acuerdo con el Departamento del Tesoro “esta red genera cientos de millones de dólares anuales en beneficio del CJNG mediante diversas actividades delictivas, entre ellas el tráfico de fentanilo, el robo de combustible y el contrabando de petróleo crudo robado desde México a través de la frontera suroeste”.

“Cuando escuchamos una idea contraria a la nuestra, el cerebro no empieza evaluando argumentos: primero detecta que hay un conflicto”, dice un experto. Pero es posible aprender a escuchar con calma.
Escuchar una opinión contraria a la nuestra rara vez es una experiencia neutra. Aunque solemos atribuir esta dificultad a factores culturales o personales, la ciencia muestra que tiene raíces profundas en el funcionamiento del cerebro.
Desde la neurociencia sabemos por qué nos cuesta tanto escuchar opiniones diferentes.
El desacuerdo activa sistemas diseñados para detectar conflicto y mantener la coherencia interna.
Esto explica por qué solemos reaccionar con rapidez y, a menudo, con rigidez ante ideas que desafían lo que creemos.
Cuando escuchamos una idea que contradice nuestra forma de pensar, el cerebro no empieza evaluando argumentos. Primero detecta que hay un conflicto. Una de las regiones implicadas en este proceso es la llamada corteza cingulada anterior o CCA.
Esta estructura actúa como un radar encargado de identificar inconsistencias entre nuestras expectativas y la realidad, así como conflictos entre respuestas o entre creencias. Por lo tanto, la CCA funciona como un “radar de incongruencias”.
La evidencia neurocientífica muestra que la CCA forma parte de circuitos implicados tanto en el control cognitivo como en el procesamiento del dolor físico y del dolor social.
Por eso, una opinión contraria puede ser experimentada como algo incómodo o amenazante, incluso cuando no hay confrontación directa.
Junto a la corteza cingulada anterior se activan otras regiones. Una de ellas, la amígdala, está implicada en la respuesta de amenaza. Otra área importante, la ínsula, está relacionada con la percepción del malestar corporal.
El resultado de este proceso es familiar para todos: nudo en el estómago, tensión corporal y una tendencia a defenderse o cerrar la conversación.
Finalmente entra en juego la corteza prefrontal dorsolateral, responsable de funciones como la planificación, la inhibición de impulsos y la toma de decisiones.
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Aceptar una visión opuesta exige un esfuerzo considerable. El cerebro debe mantener al mismo tiempo dos modelos mentales incompatibles: “lo que yo creo” y “lo que tú dices”.
Además, debe compararlos y decidir si alguno debe modificarse. Desde el punto de vista energético, es una operación exigente.
A este esfuerzo se suma la disonancia cognitiva: el malestar que aparece cuando una información amenaza la coherencia de nuestra visión del mundo o de nuestra identidad.
En muchos casos, este malestar no se resuelve escuchando al otro, sino justificando lo que ya pensábamos. Es lo que se conoce como “razonamiento motivado”.
Por otra parte, muchas creencias están ligadas a la pertenencia a un grupo.
Cambiar de perspectiva puede ser experimentado, aunque sea de forma inconsciente, como un riesgo social: quedar mal, perder estatus o sentirse excluido.
El cerebro social está especialmente orientado a evitar ese tipo de amenazas.
Un factor clave en todo este proceso es el estrés.
Cuando este es elevado o sostenido, el sistema nervioso funciona en modo de alerta, lo que reduce la capacidad de la corteza prefrontal para regular emociones y sostener el desacuerdo con calma.
En ese estado, escuchar se vuelve especialmente difícil.
La buena noticia es que estos sistemas son plásticos. Las regiones cerebrales implicadas en el conflicto, la emoción y el control cambian con la experiencia y la práctica.
La dificultad para escuchar opiniones contrarias ha ido ganando presencia en el debate social y cultural. Especialmente en contextos donde las decisiones tienen consecuencias compartidas como en equipos de trabajo, instituciones o espacios de liderazgo.
El desacuerdo mal gestionado suele escalar hacia conflictos interpersonales, bloqueos comunicativos y deterioro del clima emocional.
Se trata de algo muy común en entornos laborales de alta demanda.
Afortunamente podemos entrenar la escucha desde la calma, circunstancia que mejora de forma clara el liderazgo y la toma de decisiones.
Prácticas como el mindfulness o el biofeedback reducen la reactividad automática y aumentan la capacidad de observar el desacuerdo sin responder de forma impulsiva.
Por ejemplo, estudios sobre redes cerebrales en reposo muestran que la práctica sostenida de mindfulness modula redes cerebrales implicadas en regulación emocional y flexibilidad cognitiva.
De este modo se favorecen respuestas más adaptativas ante la discrepancia.
Por otra parte, nuestros proyectos de investigación del grupo Neurociencia del Bienestar de la Universidad de Sevilla han mostrado que entrenar la regulación fisiológica y emocional se asocia con una mayor capacidad para pausar antes de responder, escuchar con menos reactividad y gestionar conversaciones difíciles con mayor claridad.
La clave no está en eliminar la incomodidad, sino en aprender a regularla para que no derive en rechazo automático.
Escuchar no significa ceder ni renunciar a los propios valores. Significa sostener la incomodidad el tiempo suficiente para ampliar el marco desde el que decidimos.
En un mundo cada vez más polarizado, la capacidad de escuchar opiniones contrarias es una habilidad neurocognitiva entrenable.
Comprender cómo responde el cerebro al desacuerdo es el primer paso para dejar de reaccionar automáticamente y empezar a responder con mayor calma, claridad y humanidad.
*Este artículo fue publicado en The Conversation y reproducido aquí bajo la licencia Creative Commons. Haz clic aquí para leer el texto original.
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