
Jorge Yáñez Polo, excontador de Emilio Lozoya, extitular de Petróleos Mexicanos, fue detenido en Querétaro por su posible participación en el delito de defraudación fiscal equiparada.
De 2014 a 2018, Yáñez Polo declaró ingresos por 34 millones 215 mil 928 pesos; sin embargo, al practicarle una auditoría, la Secretaría de Hacienda detectó que en realidad tenía ingresos por 115 millones 243 mil 934.13 pesos.
El contador también era representante legal de la empresa Yacani, de la que Marielle Helene Eckes, esposa de Lozoya Austin, era accionista.

En ese sentido, la Fiscalía General de la República (FGR) recordó que, en sus declaraciones fiscales anuales relativas al pago del Impuesto Sobre la Renta, concernientes a los ejercicios fiscales 2014, 2015, 2016, 2017 y 2018, posiblemente declaró ingresos acumulables menores a los realmente obtenidos, con lo que causó un perjuicio al fisco federal por aproximadamente 28 millones de pesos.
“Su aprehensión se registró con la colaboración del Gabinete de Seguridad del Gobierno de México, en la ciudad de Querétaro, bajo la conducción del Ministerio Público Federal (MPF) adscrito a la Fiscalía Especial en Investigación de Delitos Fiscales y del Sistema Financiero, y con la ejecución de la Policía Federal Ministerial (PFM) de la Agencia de Investigación Criminal (AIC)”, añadió la dependencia.
Agregó que Yañez Polo fue puesto a disposición de la autoridad judicial con sede en el Reclusorio Oriente en la Ciudad de México, para definir su situación jurídica.
La investigación contra el contador de Lozoya data de 2020, cuando la Fiscalía lo citó para comparecer en una audiencia inicial, la cual se llevó a cabo mediante videoconferencia. Tras escuchar los alegatos, el juez determinó que había riesgo de fuga y propuso como medida cautelar la prisión preventiva, por lo que pidió que se presentara de manera voluntaria en el Reclusorio Oriente.
Finalmente, Yáñez Polo no se presentó para cumplir con la medida cautelar y desde entonces está prófugo, por lo que la FGR solicitó su captura.
La orden de aprehensión contra el contador de Lozoya ocurrió unas semanas después de que las autoridades federales negaron el cambio de medida cautelar al exdirector de Pemex.

Miguel Ontiveros, abogado del exfuncionario, dijo en aquella ocasión que el juez José Rivas González rechazó dejar salir a Lozoya del Reclusorio Norte al considerar que lleva en prisión más de dos años por intentar alcanzar un criterio de oportunidad y no por retrasos de la Fiscalía General de la República (FGR) en el caso.
El defensor dijo que se trata de una resolución “insostenible”, por lo que anunció que impugnarán la decisión del juzgador.
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Lozoya Austin está acusado de los delitos de uso indebido de recursos públicos, cohecho y asociación delictuosa, razón por la cual en su conjunto la FGR busca que se le impongan 35 años de cárcel.

La risa “inapropiada” suele interpretarse como grosería o infantilismo. Pero desde una perspectiva neurológica, es una consecuencia predecible de la inhibición emocional prolongada.
No creo haberme reído nunca tanto como durante un servicio religioso, cuando algo ligeramente ridículo me llamó la atención. Mi amiga también lo vio, y cuando se empezó a reír, ya no pudo parar. Años después he intentado explicar qué fue tan gracioso, pero parece que había que estar allí. ¿Qué tenía la combinación de la situación -a veces llamada “risas de iglesia”- y la risa compartida que la hacía tan graciosa?
La mayoría de la gente reconoce la experiencia. Un ambiente solemne. Silencio absoluto. Un detalle visual fugaz que, en cualquier otro contexto, es apenas divertido en el mejor de los casos. Sin embargo, cuanto más intentas reprimir la risa, más incontrolable se vuelve. Cuando alguien más la nota, contenerse se vuelve casi imposible.
Este tipo de risa, que surge cuando intentas no reírte, no se limita a los espacios religiosos. Ocurre en cualquier entorno donde el silencio, la seriedad y el autocontrol se imponen con fuerza y la risa descontrolada está mal vista.
Más que una cuestión de mala educación o falta de madurez emocional, nos dice algo sobre cómo se comporta el cerebro bajo presión. La ciencia que lo sustenta es sorprendentemente compleja.
En entornos muy formales (iglesias, tribunales, funerales), el cerebro opera en un estado de inhibición activa. Este es el proceso mediante el cual el cerebro suprime deliberadamente la actividad cerebral.
La región más involucrada es la corteza prefrontal, la parte del pensamiento y la toma de decisiones en la parte frontal del cerebro, en particular sus áreas medial y lateral. Estas áreas gestionan el juicio social, la restricción del comportamiento y la regulación emocional.
Esta parte del cerebro no impide que surjan las emociones. En cambio, funciona suprimiendo su expresión externa.
La risa proviene de una red distribuida por todo el cerebro, en lugar de un único “centro de la risa”. El impulso comienza en las regiones externas del cerebro, pero el impulso emocional proviene de estructuras más profundas del sistema límbico, el centro de procesamiento emocional del cerebro.
El sistema límbico incluye la amígdala, una estructura con forma de almendra que procesa las emociones y asigna importancia emocional a las cosas, y el hipotálamo, que controla funciones corporales automáticas como la frecuencia cardíaca y la respiración.
Una vez que se libera la risa, los circuitos del tronco encefálico (la base del cerebro que conecta con la médula espinal) toman el control y coordinan la expresión facial, la respiración y la vocalización.
Esto hace difícil detener la risa voluntariamente. La corteza prefrontal normalmente controla esta respuesta, suprimiendo la risa cuando es socialmente inapropiada.
Cuando ese control se debilita, debido a una mayor excitación o a señales sociales compartidas, la risa surge como un comportamiento automático, casi reflejo. Ya no es un acto deliberado.
En otras palabras, el impulso de reír y el esfuerzo por contenerse provienen de diferentes partes del cerebro que compiten entre sí.
Cuando algo inesperado o extraño llama tu atención, tu respuesta emocional se activa rápida y automáticamente. Controlarla requiere esfuerzo, consume energía y suele estar destinado al fracaso, especialmente si tienes que mantener el control durante largos periodos.
Cuanto más firmemente intentes controlarla, más activo se mantendrá el detonante en tu atención. Reprimirla no borra el pensamiento; de hecho, lo ensaya y lo mantiene.
La risa no es solo una respuesta al humor. Neurológicamente, también funciona como un reflejo regulador: una forma de liberar la tensión emocional y física.
En entornos con restricciones, tu sistema nervioso tiene pocas vías de escape. No puedes moverte, no puedes hablar, no puedes cambiar mucho de posición ni expresar incomodidad.
Al mismo tiempo, tu sistema nervioso automático se activa ligeramente. Tu ritmo cardíaco aumenta, tu respiración se vuelve más superficial y tu tono muscular se eleva.
Esta combinación reduce el umbral de liberación emocional. Tu cuerpo se prepara para liberar algo.
Una vez que comienza la risa, se activan vías motoras automáticas en el tronco encefálico que no puedes interrumpir fácilmente. Por eso, una vez que la risa se desencadena, a menudo se siente físicamente imparable.
Ya no estás “decidiendo” reír. El sistema ha tomado el control y estás indefenso.
Para muchas personas, el punto de inflexión no es el detonante original. Es el instante en que alguien más lo percibe.
Aquí es donde entra en juego la neurobiología social. Los humanos somos muy sensibles a las señales sociales sutiles: tensión facial, cambios en la respiración, sonrisas contenidas.
Procesamos estas señales rápidamente a través de redes que involucran el surco temporal superior, un surco a lo largo del lateral del cerebro que desempeña un papel clave en la interpretación de otras personas.
Las neuronas espejo (células cerebrales que se activan tanto cuando actuamos como cuando observamos actuar a otros) también nos ayudan a captar estas señales.
Reír juntos representa una alineación emocional compartida. Ese reconocimiento compartido hace dos cosas a la vez. Valida tu propia respuesta (no me lo estoy imaginando). Y elimina la sensación de transgresión solitaria (ya no estás reprimiendo solo).
El sistema de control prefrontal se debilita aún más. La risa se propaga a través del contagio emocional.
En este punto, el detonante original ya no importa. De lo que se ríen es del otro y de lo absurdo de intentar recuperar el control.
Estos momentos suelen desencadenarse por algo visual, pero no tiene por qué ser así. Una palabra mal pronunciada o una frase inesperada pueden provocar la misma respuesta.
Sin embargo, los desencadenantes visuales son especialmente potentes en entornos silenciosos. No se pueden interrumpir ni disimular, y el cerebro puede reproducirlos repetidamente mientras la inhibición esté activa.
Los desencadenantes verbales, en cambio, tienden a compartirse al instante. Que la risa surja depende de la rapidez con la que se pueda restablecer la inhibición social.
La risa “inapropiada” suele interpretarse como grosería o infantilismo. Pero desde una perspectiva neurológica, es una consecuencia predecible de la inhibición emocional prolongada en una especie social.
El cerebro no está diseñado para una inhibición sostenida sin liberación. Cuando la inhibición es lo suficientemente fuerte, y cuando alguien más está presente, la risa se convierte en la vía de escape. Por eso parece imposible detenerse.
*Este artículo fue publicado en The Conversation y reproducido aquí bajo la licencia creative commons. Haz clic aquí para leer la versión original (en inglés).
*Michelle Spear es profesora de Anatomía, Universidad de Bristol, Reino Unido.
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