
La Secretaría de Salud reconoció a la demencia como “un problema de salud pública prioritario” en 2024. Sin embargo, México aún carece de políticas públicas para atender a 1.3 millones de personas que viven con este síndrome; una cifra que podría triplicarse para 2050, llegando a 3.5 millones.
Los huecos en la atención comienzan con la insuficiencia de especialistas. Hasta 2022, en nuestro país había solo 850 médicos geriatras, lo que equivale a uno por cada 15 mil adultos mayores, de acuerdo con información del Consejo Mexicano de Geriatría. En cuanto a neurólogos, hay un total de mil 800 en todo el país; uno por cada 72 mil habitantes, según el Consejo Mexicano de Neurología. A esto, se suma la normalización de los síntomas de la demencia, lo que dificulta el diagnóstico, y la falta de medicamentos requeridos para su tratamiento en el sistema público de salud.

El caso de María Eugenia expone estas carencias y dificultades. Los doctores que la atendieron primero pasaron por alto los cambios en su comportamiento, pues al ser una mujer de 78 años, consideraron que era algo común debido a su edad. Más adelante, cuando Maru finalmente fue diagnosticada, el desafío consistió en encontrar los medicamentos para su tratamiento.
Su única hija fue quien empezó a notar reacciones extrañas en ella y decidió indagar a qué se debían: era repetitiva en las conversaciones y tenía olvidos. Después de unos años en el extranjero por su trabajo como consultora independiente, Itzel había vuelto a la casa con su madre en la Ciudad de México. Los cambios le parecieron notorios y como Maru, desde antes, ya vivía con diabetes, fibrosis hepática y glaucoma, decidió llevarla a una consulta privada para que le hicieran una evaluación general. La respuesta que le dieron fue que los síntomas “eran normales por la edad”.
Como esa conclusión no le dio confianza, Itzel llevó a Maru con una doctora geriatra, que a su vez le recomendó ver a distintos especialistas para entender a qué se debían los cambios en el comportamiento de su madre. Un neuropsicólogo que la revisó le informó que el diagnóstico de Maru era demencia mixta, es decir, Alzheimer más demencia vascular, lo cual se corroboró con un estudio de resonancia magnética.
Con este diagnóstico y todos los estudios que le hizo a su madre en el sector privado, Itzel acudió al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) para buscar el tratamiento que Maru necesitaba. Por “fuera”, el costo de su atención “había sido una carga económica muy fuerte” que en este punto ya no podía seguir absorbiendo: los medicamentos que le recetaron costaban más de 2 mil 500 pesos, más las sesiones de fisioterapia dos veces por semana para ralentizar el avance de sus síntomas.
En el IMSS, el geriatra que las atendió dijo que los cambios en su madre estaban asociados a su nivel de glucosa, pero Itzel insistió en que era demencia. Luego, al ver la resonancia magnética el doctor reconoció que se trataba de “un deterioro cognitivo leve“, pero advirtió que “no había nada qué hacer” pues en esa clínica no tienen tratamiento para la demencia y se limitó a anotar una nueva cita de revisión para su madre dentro de un año.

“Aunque desafortunadamente no existe al día de hoy una cura para esta serie de padecimientos, lo que sí existe es un tratamiento que ayuda a que la progresión de los síntomas sea lo más lenta posible para que, al mismo tiempo, la persona y su entorno familiar tengan calidad de vida”, sostiene Carlos Torres, neuropsicólogo clínico especializado en la atención de personas con algún tipo de demencia.
El problema —advierte— es que esta atención difícilmente se puede encontrar en el sector de la salud pública. “Hay un problema estructural porque no estamos informados ni capacitados para atender este síndrome”, añade Torres. El “edadismo” entorpece el diagnóstico, además de que no hay la totalidad de especialistas que se requieren y la atención se limita, prácticamente, a espacios como el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía.
“Y esto es sólo en la Ciudad de México porque en otros territorios no hay absolutamente nada, ni siquiera médicos con ideas edadistas. A ello se suma que “sobre todo en el IMSS y en el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) no hay medicamentos“, comenta el neuropsicólogo.
Para Itzel, la perspectiva de esperar un año a que su madre tuviera una siguiente revisión en el Seguro Social y le dijeran que no había medicamentos, resultaba indignante. “Con la geriatra privada estoy en constante comunicación para ver cómo se ajustan los medicamentos; tengo ese privilegio, pero ¿y la gente que no lo tiene?, ¿qué hace en un año? Por eso las personas están postradas”.
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Después de varios meses de reclamos al personal de la clínica del IMSS donde la atendieron, Itzel consiguió que ahí mismo le provean una de las medicinas para el tratamiento de su mamá. Otro medicamento que necesita no se encuentra en el listado institucional de fármacos que se pueden prescribir, por lo que no le será surtido.
Debido a esta situación, a Itzel no le ha quedado más que seguir absorbiendo por su cuenta el pago de consultas médicas con especialistas del sector privado para un seguimiento menos espaciado. También paga el medicamento que no le surten en el IMSS, así como los honorarios de una fisioterapeuta que acude a su domicilio en la alcaldía Álvaro Obregón, donde su madre tiene sesiones de ejercicios diseñados particularmente para ella.
Independientemente de los pacientes diagnosticados con demencia o deterioro cognitivo, en 2021 el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) registró el autorreporte de 897 mil 409 adultos mayores que dijeron tener mala memoria.
En la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento (ENASEM) 2021, de los 16 millones 757 mil adultos mayores que había en México, 8 millones 119 mil 941 señalaron tener una memoria regular y otros 6 millones 031 mil 809 dijeron que era buena, muy buena o excelente.
De acuerdo con Mariana López, investigadora del Instituto Nacional de Geriatría, a diferencia de otras enfermedades crónicas, como la diabetes y la hipertensión, la demencia no cuenta con un programa de atención específica en México, lo que quiere decir que “no hay un lineamiento a nivel nacional para que todas las instituciones públicas o privadas nacionales y estatales deban seguir un tamizaje para el diagnóstico, ni de tratamientos o manejo de los medicamentos”.
Ello dificulta que la mayor parte del personal profesional de la salud del primer nivel de atención pueda tener al menos sospechas del deterioro cognitivo. Como parte del webinar sobre cuidados de personas con demencia realizado en octubre de 2025 por la consultora Trazo Libre, Mariana López subrayó que esto se traduce en un acceso diferenciado a la salud, limitado por los recursos económicos.
“Quienes están en una gran ciudad y tienen recursos económicos van a tener un diagnóstico tal vez muy oportuno, con toda la gama de pruebas, mientras el otro 90 y tantos por ciento de la población probablemente no lo tenga. Hay personas que tienen que venir de otro estado a la Ciudad de México sólo para que un especialista les diga que lo que ocurre no es normal”, lamentó.

Dos veces por semana, Itzel recibe en su domicilio a Jennifer Bianchi, licenciada en rehabilitación por la Universidad Autónoma de Yucatán, quien se ha especializado en terapias para personas adultas mayores y con demencia.
Mientras realiza una rutina de ejercicios con María Eugenia, Bianchi explica que la terapia física forma parte de un tratamiento integral ya que “tiene un efecto positivo en el retraso de los síntomas. No vamos a pararlos ni a revertirlos, pero se pueden ralentizar”. Sin embargo, no existe una especialización formal entre los profesionales de esta rama para atender este tipo de padecimientos.
Jennifer Bianchi recurrió a diplomados y cursos en distintas instituciones para conocer las necesidades de estos pacientes y adecuar su trabajo. Es una de las pocas personas que atiende particularmente este síndrome, lo que convierte este tipo de tratamientos en “un privilegio”.
Ante la falta de especialización en atención y cuidados de personas con demencia, el neuropsicólogo Carlos Torres junto a Bianchi enseñan a familiares, casas de día y residencias de adultos mayores a asistir a estas personas, pues —a decir de la fisioterapeuta— “la necesidad aumenta y requerimos mejorar la atención”.
Grand Residence es uno de los pocos espacios para adultos mayores en el país que cuenta con personal especializado para asistir a personas con demencia. Reciben capacitación por parte de Torres y Bianchi, quienes además brindan sus servicios a los residentes.

José Luis Humberto Benítez, director de Edén, detalla que en comparación con otros modelos de residencias para adultos mayores, en este espacio se busca el apoyo de expertos en las necesidades particulares de los residentes.
“En el país se hacen muchas cosas de forma empírica o casera, no solamente en este sector, pero cuando estás hablando de vidas, de dignidad de las personas, no se puede dejar el trabajo en un plano de buena voluntad, tiene que estar respaldado por conocimiento, y si yo no soy el experto en la materia entonces los busco. Es lo que hemos hecho con Jenni y Carlos, quienes vienen de una trayectoria importante en Alzheimer México“, agrega Benítez.
Carlos Torres remarca que la falta de adecuaciones en los espacios físicos y capacitación del personal que brinda servicios a adultos mayores “puede caer en un maltrato por negligencia”, incluso de las familias en los casos en los que se encargan directamente del cuidado de alguien con esta condición.
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Desafortunadamente, pocas personas con demencia tienen acceso a la atención de especialistas, lo que no sólo merma su calidad de vida, sino que también afecta la salud mental de sus cuidadores.
“Este desborde puede ocurrir cuando no hay todavía una aceptación o entendimiento de lo que está pasando y cómo abordar las conductas. A esto se le ha etiquetado con el nombre de síndrome del cuidador, como si se tratara de una enfermedad, lo que fomenta las recomendaciones de autocuidado, como si dependiera de los familiares cuidarse, pero ¿cómo se van a cuidar si no pueden, por las tareas que realizan, si no tienen un ingreso económico estable?”, cuestiona Torres.
Para ello, afirma, es necesario que se implementen medidas a nivel social y gubernamental “para que toda persona esté cuidada con servicios adecuados desde distintas capas que también incluyan a los cuidadores”.

En una extensa entrevista con la BBC, la mujer en el centro del mayor juicio por violación de Francia habla sobre la traición, la sanación y la elección del camino correcto.
Gisèle Pelicot, la mujer en el centro del juicio por violación más grande de Francia, le dijo al programa BBC Newsnight que se sintió “destrozada por el horror” al descubrir que, durante años, su esposo la había drogado repetidamente hasta dejarla inconsciente y había invitado a docenas de hombres para violarla.
“Algo explotó dentro de mí”, dice Pelicot, de 73 años, sobre el momento en el que se dio cuenta de la magnitud de los crímenes de su marido. “Fue como un tsunami”.
En una extensa entrevista antes de la publicación de sus memorias, tituladas “Un himno a la vida”, cuenta que llamar a sus tres hijos para darles la noticia de lo que había descubierto sobre su padre fue posiblemente la experiencia más dura de su vida.
Pelicot recuerda el momento en el que decidió renunciar a su derecho legal al anonimato y cómo nunca se arrepintió de esa decisión.
También revela que todavía tiene preguntas sin respuesta que quiere hacerle a su ahora exesposo, el hombre al que se refiere como “señor Pelicot”, quien está en la cárcel, donde cumple una condena de 20 años.
Advertencia: Este artículo contiene relatos de violación y agresión sexual.
El Hôtel de Ville en el centro de París, con sus frescos en el techo y su rica madera, es un lugar muy diferente a las sombrías salas de tribunal en las que Gisèle Pelicot fue vista públicamente por última vez, durante el juicio de cuatro meses que conmocionó a Francia.
Ella describe el momento que marcó el comienzo de lo que ella llama su “descenso al infierno”.
Acompañó a su esposo, Dominique Pelicot, a una comisaría cerca de su residencia en Mazan, en el sur de Francia. Había sido citado por filmar secretamente debajo de las faldas de las mujeres en un supermercado.
La señora Pelicot fue llevada aparte por un policía, quien comenzó a hacerle una serie de preguntas cada vez más incisivas. ¿Qué tipo de hombre era su esposo? “Un gran tipo”, respondió. ¿Alguna vez habían participado en intercambios de parejas? “No, por supuesto que no”, protestó.
“Él me dijo: ‘Estoy a punto de mostrarle algo que no le gustará’. No lo entendí de inmediato”.
El agente le mostró dos fotos de una mujer inerte tumbada en una cama. Eran parte de miles de fotos y videos que su esposo había tomado de ella mientras estaba drogada.
“No me reconocía”, dice. “Esta mujer yacía en la cama como si estuviera muerta. Hay hombres junto a ella. No entendía quiénes eran. No los conocía. Nunca los había visto”.
Hace una pausa, jugando con sus gafas de lectura de marco rojo. Mientras narra el shock que la envolvió, su voz se vuelve más suave pero nunca titubea.
La policía le dijo que había sido violada repetidamente por docenas de hombres. Aunque su esposo había grabado, etiquetado y catalogado cuidadosamente los videos de las violaciones en un disco duro, muchos de los hombres no pudieron ser identificados.
La policía le aconsejó no estar sola después de recibir esta noticia. Regresó a casa aturdida y llamó a una amiga. “Le dije: ‘Dominique está detenido porque me violó y me hizo violar.’ Fue entonces cuando usé la palabra violación. Fue después de cinco horas de interrogatorio que di palabras al crimen del señor Pelicot”.
Sus tres hijos adultos, David, Caroline y Florian, también tuvieron que ser informados de lo que había hecho su padre.
“Era muy consciente de que para mis hijos iba a ser inmensamente difícil”, dice Pelicot. Ahora cree que esas tres llamadas telefónicas fueron lo más duro que ha tenido que hacer.
“Escuché a mi hija gritar”, dice al recordar la reacción de Caroline. “Era casi inhumano, ese grito”.
Recuerda a David, su hijo mayor, en estado de shock, y a Florian, el más joven, preguntándole de inmediato cómo estaba. “Se dieron cuenta de que estaba sola y que podría hacer algo estúpido. Para ellos también fue como una explosión”.
Sus hijos viajaron para estar con ella en Mazan al día siguiente. Los tres recuerdan haber destruido o tirado las pertenencias de la familia, desde muebles hasta álbumes de fotos, en un intento de cancelar la existencia de su padre.
Su madre se mantuvo al margen y observó.
“Me dije a mí misma que mi vida estaba en ruinas, que no me quedaba nada aparte de mis hijos”.
Desde el nacimiento de David, cuando Gisèle Pelicot tenía poco más de 20 años, sus hijos habían sido el centro de su vida. La maternidad se convirtió en una forma de dejar atrás una infancia marcada por la tristeza.
“Perdí a mi madre a una edad muy temprana, a mi hermano y a mi padre también”, recuerda. “Así que necesitaba reconstruir todo lo que había perdido”.
En la entrevista, Pelicot habla de sus queridos padres, cuyo matrimonio moldeó profundamente su propia comprensión del amor.
Tenía 9 años cuando su madre murió de cáncer, sumiendo a su padre y a la familia en un duelo del que nunca se recuperaron realmente.
Conocer a Dominique Pelicot, de 19 años, guapo y también marcado por una infancia dura, le había brindado la oportunidad de comenzar de nuevo. Se casaron en 1973.
“Estábamos muy enamorados y nos lanzamos a la vida. Y comenzamos una familia, porque ese era el objetivo principal para mí”, recuerda con una voz serena.
Para 2011, Gisèle Pelicot comenzó a perder la memoria. Lo atribuyó a problemas neurológicos, pero también sufría de problemas ginecológicos persistentes.
Más tarde se demostró que los síntomas habían sido causados por los sedantes que le administraron y por los extraños que venían a violarla múltiples veces a la semana.
Consultó a varios médicos. Su esposo estuvo a su lado durante todos los exámenes inconclusos. También estaba allí cada mañana después de los asaltos nocturnos.
“Era inconcebible que este hombre con el que compartía mi vida pudiera haber cometido estas atrocidades”, dice Pelicot. “Me levantaba y desayunaba, y él me miraba a los ojos. Y no sé cómo pudo traicionarme durante tantos años”.
Más tarde se enteraría de que, además de las drogas, su esposo le había dado potentes relajantes musculares, de modo que al día siguiente no sintiera ningún dolor por lo que su cuerpo había sufrido.
Ahora cree que su cuerpo abusado estaba a punto de rendirse y que su supervivencia estaba en riesgo.
“Me cuesta reconocer que no tuvo piedad”, dice.
Las revelaciones pasaron factura a toda la familia, dice Pelicot. “Es un error pensar que tal tragedia une a una familia. Nos llevó mucho tiempo reconstruirnos”.
Dice que su hija Caroline, en particular, fue condenada a un “tormento perpetuo”, ya que se encontraron fotos de ella durmiendo en ropa interior en la computadora portátil de su padre.
“La mirada incestuosa que lanzó sobre su hija, eso me pareció absolutamente insoportable”.
El exmarido de Pelicot ha dado explicaciones contradictorias sobre esas fotos. Caroline está convencida de que él también la drogó y la violó, pero la falta de evidencia adicional implica que no ha sido procesado por ello.
Las relaciones entre madre e hija se tensaron durante el juicio y Caroline dijo que se sentía como una “víctima olvidada”. En varios momentos, tanto antes como después del caso, la señora Pelicot perdió contacto con algunos de sus hijos.
“Le tomó tiempo a Caroline, porque está llena de odio y rencor, sentimientos que yo no tengo”, dice. “No tengo ni odio ni rabia. Me sentí traicionada y ofendida por el señor Pelicot, pero así soy yo”.
Pelicot dice que ella y su hija están reparando su relación.
“Cada una de nosotras necesitaba tiempo para encontrar su propio camino. Hoy estamos tratando de darnos paz mutuamente y espero que estemos en el camino correcto hacia la sanación”.
Una revelación siguió a otra. En 2022, la policía le informó a Gisèle Pelicot que su esposo admitió haber intentado violar a una joven.
También estaba siendo investigado por el asesinato de una agente inmobiliaria de 23 años en París en 1991, una acusación que él niega. Que su esposo pudiera ser un asesino, además de un violador en serie, es casi demasiado para la señora Pelicot.
“Me atrevo a esperar que no sea el autor de este crimen atroz, porque de lo contrario sería nuevamente un descenso al infierno, tanto para mí como para sus hijos”.
Mientras se llevaba a cabo la investigación, se trasladó a la tranquila Île de Ré, una pequeña isla en la costa atlántica de Francia.
“Realmente quería permanecer en las sombras”, dice. “No quería que nadie supiera quién era”.
Como se trata de un caso de víctima de violación en Francia, la señora Pelicot tenía derecho a un juicio a puerta cerrada, con total anonimato y sin medios de comunicación. Se opuso a las sugerencias de su hija de tener una audiencia abierta, preocupada por cimentar su estatus como víctima de un crimen atroz. Luego, caminando por la playa, cuatro meses antes de que comenzara el caso, algo dentro de ella cambió.
Se dio cuenta de que una audiencia cerrada supondría que los hombres en el juicio también se beneficiarían del anonimato.
Además, la dejaría en desventaja numérica: 51 hombres y 40 abogados contra ella, su pequeño equipo legal y sus hijos.
“Durante más de cuatro años, cargué con esta vergüenza”, dice. “Y sentí que era como un doble castigo para las víctimas y un sufrimiento que nos imponíamos a nosotras mismas”.
Sus abogados le dieron una semana para decidir si realmente quería abrir el juicio al público y a los medios. Solo necesitó una noche.
“A la mañana siguiente, lo supe”, dice.
Fue una elección extraordinaria.
“Nunca me he arrepentido de mi decisión, ni una sola vez”, asegura. “También fue un mensaje para todas las víctimas que no se atreven a hacer lo mismo… Podría darles un poco de la fuerza que encontré en mí”.
“Porque dentro de nosotros tenemos recursos que ni siquiera sospechamos”, dice sin dudar. “Y si yo pude hacer esto, todas las víctimas también pueden. Estoy convencida de ello”.
En 2024, el juicio Pelicot estalló a la vista de Francia y del mundo.
La capacidad de dejar que la luz brillara a través de la depravación a la que fue sometida Pelicot, la “suciedad”, como ella la llama repetidamente, es un testimonio de su resiliencia.
Todos los días mantuvo la cabeza en alto al entrar en el tribunal de Avignon. Una multitud de mujeres se reunió afuera para mostrar su apoyo y ella las reconoció con un ligero asentimiento y una mano en su corazón.
Dice que las decenas de cámaras que la rodeaban le dieron “una fuerza increíble”. “Para mí, suavizaron lo que estaba sucediendo dentro de la sala del tribunal”, afirma. “Por mi cuenta, creo que habría sido difícil”.
Incluso la reina Camila se comunicó desde el Reino Unido para expresar su admiración con una carta personal que la sorprendió.
“Me sentí conmovida y muy honrada… Estoy agradecida con ella”, dice. “Gracias por ser tan valiente”, dice una mujer. “¡Estamos aquí para apoyarte! ¡La vida es hermosa, señora!”, dice otra.
A medida que un rostro radiante sigue al siguiente, Pelicot, por primera vez, se seca una lágrima.
“Me toca enormemente porque estas son las caras que conocí durante el juicio”, dice. “Las vi poner carteles, vi sus collages, vi las pancartas”. “Eran verdaderamente excepcionales”, sonríe.
En la sala del tribunal, Pelicot y su familia soportaron casi cuatro meses de insinuaciones veladas y acusaciones abiertas de complicidad, tanto de los acusados como de sus abogados.
“Pasas por el infierno en un tribunal. Realmente eres humillada”, dice. Esto la llevó a calificar lo que estaba sucediendo como el “juicio de la cobardía”. Ahora su voz se eleva ligeramente al recordar esos momentos.
“No querían asumir lo que habían hecho”, dice sobre los 50 hombres a los que su esposo había permitido abusar de ella.
Siente que actuaron como si hubieran cometido un delito menor y se negaron a aceptar que ella no podría haber dado consentimiento.
“Luego, se mostraría el video que atestiguaba la verdad”, señala. “Podíamos ver a ese hombre violándome. Se le harían esas preguntas nuevamente y respondería: ‘No, no la violé, no tenía intención de violarla'”.
“¿Entonces a dónde se supone que debemos ir desde allí?”, se pregunta en voz alta, exasperada.
“Creo que, en lo que a ellos respecta, no podrían haberme violado porque el señor Pelicot estaba allí y había dado su consentimiento. Por lo tanto, no lo consideraron violación”, concluye.
El argumento fue rechazado por los siete jueces que supervisaron el caso. Todos los acusados fueron declarados culpables.
Su exmarido (su divorcio se finalizó poco antes de su juicio) recibió una condena máxima de 20 años. Los otros 50 hombres fueron encarcelados por períodos de entre 5 y 15 años.
Mientras Gisèle Pelicot habla, un viudo alto y con gafas llamado Jean-Loup observa discretamente. Lo conoció en la Île de Ré en 2023.
“Tuvimos esta suerte”, dice con la voz comedida y cálida. “Nos enamoramos como adolescentes, cuando ninguno de nosotros lo esperaba”.
Han sido pareja desde entonces. “La vida puso en mi camino a un hombre que tiene los mismos valores, los mismos principios que yo y que también ha pasado por muchas pruebas en su vida”.
“Así que ves,” continúa, inclinando la cabeza hacia un lado, “la vida siempre guarda hermosas sorpresas. Ha traído mucho color a nuestras vidas”.
Han pasado casi seis años desde que Pelicot vio las fotos de una mujer que parecía “muerta”.
La pregunta de por qué su exmarido la sometió a años de abuso sigue siendo grande. Dominique Pelicot admitió en el tribunal que quería “someter a una mujer inquebrantable”.
“Le hubiera gustado que participara en sesiones de intercambio de parejas y siempre me negué porque tengo un sentido de modestia”, dice. “Creo que encontró una manera de hacerlo al someterme”.
Pero cómo se decidió a hacer lo que hizo es una pregunta diferente. “Puede que me pregunte esto por el resto de mi vida”.
Pelicot dice que tiene la intención de visitarlo en la cárcel para preguntarle qué pudo haberle hecho a su hija Caroline y sobre el caso de asesinato al que ha estado vinculado.
“Necesito encontrarme con él para obtener respuestas. No sé si lo haré, pero necesito mirarlo a los ojos”.
Mientras tanto, la reconstrucción de su vida continúa. “Estoy sanando”, dice.
Se resiste a la idea de repudiar completamente la vida que llevó con su exmarido.
“Para vivir, he necesitado pensar que los 50 años que pasé con el señor Pelicot no fueron solo una mentira. Porque de lo contrario, es como si hubiera estado muerta. Como si ya no existiera”.
Durante una de las raras veces que tomó el estrado en el tribunal, la señora Pelicot le dijo a su exmarido que su traición había sido “inmensurable”.
“Siempre traté de llevarte hacia la luz, pero elegiste las profundidades del alma humana”, dijo. Es un sentimiento que repite ahora.
En la vida, dice, “siempre tienes que elegir, decidir qué camino seguir. Hay uno correcto y uno incorrecto”.
“En cuanto a mí, siempre he elegido caminar hacia lo mejor”, concluye con su voz serena.
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