
El avance de los derechos laborales más elementales en México es tan, pero tan lento, que prácticamente son imperceptibles.
Dos décadas en las cuales la exclusión laboral, principalmente de las mujeres, así como la precariedad y la dimensión de los trabajos informales están aletargadas.
Las personas excluidas del trabajo, las que están desempleadas o no pueden trabajar por estar dedicadas a labores domésticas de cuidado, suman 23.8 millones; hace 20 años eran 20.2 millones. En la informalidad laboral, es decir trabajando sin seguro social y sin derechos laborales, actualmente están 33 millones de personas y hace dos décadas eran 24.2 millones.
Esto significa que desde 2005 y hasta el cierre del año pasado, prácticamente hay la misma permanencia en el país en estas dos condiciones laborales.
Son ya tres sexenios completos en los cuales las estructuras del sistema laboral han permanecido sin cambios sustanciales. El contraste con el avance moderado y gradual, pero real de los salarios más bajos también es un aliciente más para “tomar el toro por los cuernos” y enfrentar desde la raíz la exclusión y la precariedad de trabajos informales sin seguro social.
Ver en retrospectiva ayuda a dimensionar los grandes retos que tiene el país para avanzar, corregir el rumbo e implementar medidas que beneficien a quienes sostienen a sus familias para salir de la pobreza.
Con ese propósito, Acción Ciudadana Frente a la Pobreza realizó el Panorama Laboral, una mirada a los datos nacionales de la ENOE del INEGI, un ejercicio que muestra los indicadores del 2025, en contraste con los diversos periodos: el inmediato, los de 2024, los de corto plazo, del 2020 y de 2015, y los de mediano plazo, los de 2005. (Ver estudio completo acá). Compartimos aquí algunos de los hallazgos más significativos.
Primero es importante mirar el comportamiento de la Población Potencialmente Productiva (PPP); esto es, las personas mayores de 15 años en condiciones de realizar un trabajo.
En dos décadas creció en poco más de 20 millones de personas; en proporción poblacional, son el 81%.

Pero no todas ellas cuentan con un empleo. No porque no quieran o no necesiten trabajar, sino porque no hay trabajo o porque las labores de cuidar su hogar se los impide. En la actualidad, 23.8 millones de personas excluidas del sistema laboral.
La exclusión tiene dos manifestaciones centrales: la primera es el desempleo completo: 7 millones de personas que equivalen al 8 % de la PPP. Son poco más de 1 millón que hace 20 años y una reducción porcentual de apenas 2 puntos.

Dentro de esta categoría está el desempleo abierto (personas que buscaron activamente trabajo en la semana previa a la encuesta: 1.8 millones) y el desempleo “oculto” (personas disponibles, pero que ya no buscaron empleo en la semana anterior: 5.3 millones).
Además está la exclusión por labores de cuidado, la principal causa de exclusión: son 14.7 millones de personas (95 % de ellas mujeres), que representan 18 % de la PPP que no pueden incorporarse al sistema laboral porque están dedicadas al trabajo doméstico de cuidados, en muchos casos por una obligación impuesta culturalmente y porque no hay servicios de cuidado a su alcance, como centros de desarrollo infantil o escuelas con horario ampliado.
En 20 años, esta cifra pasó de 13.2 a 14.7 millones. El trabajo de cuidados sigue sin ser reconocido como trabajo ni redistribuido ni remunerado.
Hay, además, otras causas de exclusión en las que se encuentran 2 millones de personas que manifiestan otras razones no contempladas en las categorías anteriores.
Lo que muestran estos 20 años son reducciones marginales en porcentaje y aumentos en cifras absolutas, en pocas palabras, estancamiento.
Tener trabajo no es sinónimo de trabajar con derechos. De los 59.6 millones de personas ocupadas, la mayoría lo hace en condiciones precarias. Y eso no ha cambiado mucho en 20 años.
Uno de los rostros de la precariedad laboral son los trabajos que ejercen personas sin tener seguro social. Son 35.9 millones quienes carecen de acceso a instituciones de salud por vía laboral (61 % de la población ocupada). Hace 20 años eran 26.8 millones (65 %). En dos décadas, la reducción fue de apenas 4 puntos porcentuales, pero en cantidad de personas ahora son 9.1 millones más con respecto a 2005.

También hay otras situaciones de precariedad como la subocupación y los trabajos con jornadas excesivas (más de 48 horas), que afectan a millones de personas con trabajo.
El ingreso laboral ha mejorado, pues estaba muy deprimido, pero apenas llegó a un nivel para superar el umbral de pobreza, lo cual no es suficiente para la vida digna. El resto de las condiciones laborales siguen atrapadas en estructuras de precariedad.
Otro rostro de la precariedad es la informalidad. En la actualidad 33 millones de personas tienen trabajos informales, son 55 % de la población ocupada. Hace 20 años era 60 %. En dos décadas la variación es de 5 puntos menos, aunque en personas aumentó 9 millones, pues en 2005 eran 24.2 millones.
La informalidad laboral se reduce a un ritmo de 0.25 puntos porcentuales por año. A este paso, alcanzar niveles de formalidad similares a los de países con sistemas de protección universal tomaría más de 100 años.
La raíz laboral de la pobreza y la desigualdad no es un destino inevitable. Muchas economías de mercado, competitivas y exitosas, han demostrado que sí es compatible crecer con derechos laborales, fiscalidad progresiva y cuidado del planeta. Podemos adoptar ese camino hacia un México libre de pobreza.
Porque el trabajo digno no es un lujo o un ideal obsoleto. Es la base de cualquier economía que quiera ser próspera, estable y sostenible. Es un impulso indispensable que Acción Ciudadana Frente a la Pobreza ha puesto en la mesa de discusión pública por medio de las “10 Rutas por un México libre de pobreza“.
En este sentido, el reporte de Panorama Laboral aspira a ser un insumo para la conversación entre empresas, gobierno, sindicatos, academia y organizaciones ciudadanas dispuestos a tomar estrategias de desarrollo inclusivo, y por ello a lo largo del año presentaremos análisis más detallados sobre la situación de las mujeres y personas jóvenes, en este mismo ejercicio de retrospectiva a 20 años, además de reportes precisos sobre otros aspectos del sistema laboral como ingreso, trabajo por cuenta propia y tamaño de empresas, entre otros.
Consideramos que la compilación de estas entregas parciales ofrecerá un diagnóstico integrado, riguroso y útil para la toma de decisiones informadas.

Hombre de confianza de “El Mencho”, Hugo César Macías Ureña había ascendido en el Cartel Jalisco Nueva Generación gracias a su control de los sicarios y su capacidad de reclutamiento.
Llegó a ofrecer 20.000 pesos (US$1.150) por cada militar abatido en los disturbios.
Mandó bloquear carreteras y vías de comunicación, quemar carros y otros vehículos, atacar cuarteles y negocios y sembrar el caos tras el operativo militar que este domingo descabezó al peligroso Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) matando a su líder, Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”.
Su mano derecha, Hugo César Macías Ureña, alías “El Tuli” o “El Tulipán”, fue identificado por las autoridades mexicanas como coordinador de células armadas y operador financiero del CJNG, y como el autor intelectual de los bloqueos y disturbios que siguieron a la muerte de “El Mencho”, y en los que 25 miembros de la Guardia Nacional y tres civiles fallecieron.
El propio Macías Ureña también perdió la vida en los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, así como otros 33 presuntos criminales ligados al CJNG.
“Con inteligencia militar central también se obtuvo información que Hugo ‘H’, alias ‘El Tuli’, quien era el operador logístico, financiero y la principal persona de confianza de ‘El Mencho’ se encontraba en El Grullo, Jalisco”, aseguró el general Ricardo Trevilla Trejo, secretario de Defensa Nacional, en la conferencia de prensa en la que se detalló la cronología del operativo contra el CJNG.
Desde El Grullo “él estaba coordinando bloqueos sobre las vías de comunicación, los incendios a vehículos, los ataques a instalaciones militares, a la Guardia Nacional, en fin, negocios, instalaciones del gobierno, etcétera. Y ofrecía, además, 20.000 pesos por cada militar que asesinara a todo el personal de este grupo delincuencial”, reveló el Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch.
En respuesta, se desplegó una unidad aeromóvil de Fuerzas Especiales de la Brigada de Fusileros Paracaidistas, explicó Trevilla Trejo.
Al ser localizado, “El Tuli” intentó escapar en un vehículo y presuntamente abrió fuego contra los efectivos desplegados para capturarlo, que respondieron matando al que se consideraba como uno de los más estrechos colaboradores de “El Mencho”, también conocido como “El señor de los gallos”.
Macías Ureña tenía en su poder varias armas, más de 7,2 millones de pesos y casi US$1 millón.
Hugo César Macías Ureña aparece en investigaciones ministeriales e informes de inteligencia como uno de los mandos operativos más cercanos al ahora fallecido Nemesio Oseguera Cervantes, según el diario “Milenio”.
Así lo revelan incluso varios narcocorridos dedicados a “El Tuli”, ese género musical popular en algunas zonas de México que ensalza las figuras de los narcos y ofrece detalles sobre sus vidas.
En “El Tulipán”, de Martín Castillo, se señala, por ejemplo que “el 5”, como también era conocido Macías Ureña, es “compadre de mucha confianza para aquel Señor de los Gallos, en las buenas y en las malas, nunca lo han dejado abajo, y en las peores batallas siempre han salido ganando”.
“No diré a qué se dedica, no quiero malentendidos”, continúa Martín Castillo, “pero es compadre de Mencho y quiere mucho a sus hijos”.
“El Tuli” fue, al parecer, señalado como jefe directo de células de choque con influencia en la operación territorial, según la información que proporcionaron sicarios detenidos y documentos filtrados, según “Milenio”.
Las autoridades aclararon que Macías Ureña no había sido oficialmente nombrado sucesor de “El Mencho”, pero asumió rápidamente el control operacional del cartel tras la muerte del líder.
Durante la etapa de expansión del grupo en el oeste mexicano, “El Tuli” formaba parte de la segunda línea operativa del cartel, momento en el que consolidó su modelo basado en células móviles fuertemente armadas.
Tres factores habían hecho, según el rotativo, que Macías Ureña consolidara su crecimiento dentro de la estructura del CJNG: la capacidad que tenía para reclutar a nuevos miembros, el control de grupos de sicarios y la coordinación táctica en campo.
Estos son atributos que el pasado domingo pudo demostrar cuando tomó las riendas de la respuesta del cartel al operativo militar contra “El Mencho”
La detención en el pasado de miembros del cartel como Juan Francisco Aguilar Santana, alias “Juan Pistolas”, lo sitúan como mando regional con acceso a la estructura central del CJNG.
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