
Hay derrotas que no se registran en las actas electorales ni en los discursos triunfalistas. No se anuncian con cifras ni se celebran en plazas públicas. Son derrotas silenciosas, pero devastadoras, que ocurren en el terreno donde se juegan las cosas importantes: la moral pública. Cuando una fuerza política pierde ahí, puede conservar el poder, pero ya no conserva la razón ni la legitimidad. Esa es, hoy, la derrota de Morena.
La incongruencia diluye la esperanza. Nada resulta más decepcionante que un movimiento que se proclamó regenerador de la vida nacional y terminó reproduciendo y, en algunos casos profundizando, los vicios que juró erradicar. Morena llegó a la vida pública con una promesa ética antes que política: acabar con la corrupción, desterrar el cinismo del poder y devolverle dignidad a la vida pública. Hoy, esa promesa yace traicionada. Más que por errores aislados, por una deriva sistemática.
Los símbolos importan. Y cuando los símbolos se degradan, el mensaje es inequívoco. Un presidente de la Suprema Corte más preocupado por el lustre de sus zapatos que por la dignidad de las y los trabajadores el Poder Judicial. Un presidente municipal de Tequila, postulado por Morena para “servir al pueblo”, detenido por su presunta pertenencia al crimen organizado. Un sistema de salud colapsado, incapaz de contener brotes que creíamos superados, como el sarampión, que ya ha cobrado vidas —entre ellas, las de bebés— en un país que alguna vez se enorgulleció de su política nacional de vacunación. No son anécdotas. Son señales.
En este contexto, el probable abatimiento de Rubén Nemesio Oseguera, El Mencho, ha sido presentado por algunos como una suerte de redención tardía del Estado. Pero conviene decirlo con claridad: la caída de un capo no limpia las sospechas ni borra las culpas de quienes permitieron que el crimen se incrustara en las estructuras del poder. No absuelve a los funcionarios coludidos ni a los gobiernos omisos ni a los políticos que miraron hacia otro lado mientras el narcotráfico se convertía en poder territorial, económico y político. Un golpe al crimen no desmantela, por sí solo, un narcogobierno cuando éste ha echado raíces.
Las preguntas, entonces, son inevitables. ¿Por qué hasta ahora se actúa contra el CJNG cuando Morena lleva más de siete años en el poder? ¿Dónde estuvieron las instituciones durante este tiempo? ¿Y los demás grupos criminales? La acción selectiva, tardía y sin rendición de cuentas no construye justicia: alimenta la desconfianza. El Estado no puede pretender autoridad moral cuando sus propias estructuras han sido permeadas.

El tríptico fundacional de Morena -no robar, no mentir, no traicionar- se ha convertido en su sentencia. Han robado: han sido protagonistas del que ya muchos llaman el robo del siglo, el huachicol fiscal, una maquinaria de corrupción que ha drenado cientos de miles de millones de pesos del erario. Han mentido: lo han hecho de manera cotidiana, desde tribunas oficiales convertidas en escenarios de propaganda, durante más de siete años. Han traicionado: han traicionado su palabra, su causa y a la ciudadanía que confió en ellos.
La corrupción no fue erradicada; fue reorganizada. El crimen organizado no fue derrotado; fue normalizado. En demasiadas regiones del país, los gobiernos locales se han convertido en nodos funcionales de economías criminales que operan con impunidad. La frontera entre autoridad y delincuencia se volvió difusa, conveniente, peligrosa.
Ante esta realidad, los defensores del régimen recurren a la evasión: culpar al pasado, a los adversarios, a enemigos abstractos o incluso a civilizaciones desaparecidas. Todo, menos asumir la responsabilidad del presente. Pero el poder no admite coartadas históricas. Gobernar es hacerse cargo. Y cuando no se hace, la derrota es moral antes que política.
Sin embargo, la historia no se detiene. Las derrotas morales también obligan a la reflexión colectiva. Nos fuerzan a mirarnos al espejo y a preguntarnos por la calidad de nuestras decisiones, por el valor de nuestro voto, por el costo de nuestro silencio. Muchos queríamos un cambio. El hartazgo era real: corrupción, pobreza, impunidad, violencia. El error no fue desearlo. El error fue creer que podía comprarse al precio de entregar la crítica, la vigilancia y los contrapesos.
Nadie vendrá a salvarnos. Esa es la lección más dura y, al mismo tiempo, la más liberadora. No hay redentores ni atajos éticos. Solo ciudadanía, instituciones que deben ser defendidas y reconstruidas, y una democracia que no se hereda, se trabaja.
Como ciudadano demócrata lo digo sin ninguna duda: la derrota moral de Morena no es el final de la historia. Puede ser, si así lo decidimos, el inicio de una etapa más adulta, más exigente y menos ingenua: una verdadera evolución nacional.

Hombre de confianza de “El Mencho”, Hugo César Macías Ureña había ascendido en el Cartel Jalisco Nueva Generación gracias a su control de los sicarios y su capacidad de reclutamiento.
Llegó a ofrecer 20.000 pesos (US$1.150) por cada militar abatido en los disturbios.
Mandó bloquear carreteras y vías de comunicación, quemar carros y otros vehículos, atacar cuarteles y negocios y sembrar el caos tras el operativo militar que este domingo descabezó al peligroso Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) matando a su líder, Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”.
Su mano derecha, Hugo César Macías Ureña, alías “El Tuli” o “El Tulipán”, fue identificado por las autoridades mexicanas como coordinador de células armadas y operador financiero del CJNG, y como el autor intelectual de los bloqueos y disturbios que siguieron a la muerte de “El Mencho”, y en los que 25 miembros de la Guardia Nacional y tres civiles fallecieron.
El propio Macías Ureña también perdió la vida en los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, así como otros 33 presuntos criminales ligados al CJNG.
“Con inteligencia militar central también se obtuvo información que Hugo ‘H’, alias ‘El Tuli’, quien era el operador logístico, financiero y la principal persona de confianza de ‘El Mencho’ se encontraba en El Grullo, Jalisco”, aseguró el general Ricardo Trevilla Trejo, secretario de Defensa Nacional, en la conferencia de prensa en la que se detalló la cronología del operativo contra el CJNG.
Desde El Grullo “él estaba coordinando bloqueos sobre las vías de comunicación, los incendios a vehículos, los ataques a instalaciones militares, a la Guardia Nacional, en fin, negocios, instalaciones del gobierno, etcétera. Y ofrecía, además, 20.000 pesos por cada militar que asesinara a todo el personal de este grupo delincuencial”, reveló el Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch.
En respuesta, se desplegó una unidad aeromóvil de Fuerzas Especiales de la Brigada de Fusileros Paracaidistas, explicó Trevilla Trejo.
Al ser localizado, “El Tuli” intentó escapar en un vehículo y presuntamente abrió fuego contra los efectivos desplegados para capturarlo, que respondieron matando al que se consideraba como uno de los más estrechos colaboradores de “El Mencho”, también conocido como “El señor de los gallos”.
Macías Ureña tenía en su poder varias armas, más de 7,2 millones de pesos y casi US$1 millón.
Hugo César Macías Ureña aparece en investigaciones ministeriales e informes de inteligencia como uno de los mandos operativos más cercanos al ahora fallecido Nemesio Oseguera Cervantes, según el diario “Milenio”.
Así lo revelan incluso varios narcocorridos dedicados a “El Tuli”, ese género musical popular en algunas zonas de México que ensalza las figuras de los narcos y ofrece detalles sobre sus vidas.
En “El Tulipán”, de Martín Castillo, se señala, por ejemplo que “el 5”, como también era conocido Macías Ureña, es “compadre de mucha confianza para aquel Señor de los Gallos, en las buenas y en las malas, nunca lo han dejado abajo, y en las peores batallas siempre han salido ganando”.
“No diré a qué se dedica, no quiero malentendidos”, continúa Martín Castillo, “pero es compadre de Mencho y quiere mucho a sus hijos”.
“El Tuli” fue, al parecer, señalado como jefe directo de células de choque con influencia en la operación territorial, según la información que proporcionaron sicarios detenidos y documentos filtrados, según “Milenio”.
Las autoridades aclararon que Macías Ureña no había sido oficialmente nombrado sucesor de “El Mencho”, pero asumió rápidamente el control operacional del cartel tras la muerte del líder.
Durante la etapa de expansión del grupo en el oeste mexicano, “El Tuli” formaba parte de la segunda línea operativa del cartel, momento en el que consolidó su modelo basado en células móviles fuertemente armadas.
Tres factores habían hecho, según el rotativo, que Macías Ureña consolidara su crecimiento dentro de la estructura del CJNG: la capacidad que tenía para reclutar a nuevos miembros, el control de grupos de sicarios y la coordinación táctica en campo.
Estos son atributos que el pasado domingo pudo demostrar cuando tomó las riendas de la respuesta del cartel al operativo militar contra “El Mencho”
La detención en el pasado de miembros del cartel como Juan Francisco Aguilar Santana, alias “Juan Pistolas”, lo sitúan como mando regional con acceso a la estructura central del CJNG.
Haz clic aquí para leer más historias de BBC News Mundo.
Suscríbete aquí a nuestro nuevo newsletter para recibir cada viernes una selección de nuestro mejor contenido de la semana.
También puedes seguirnos en YouTube, Instagram, TikTok, X, Facebook y en nuestro nuevo canal de WhatsApp.
Y recuerda que puedes recibir notificaciones en nuestra app. Descarga la última versión y actívalas.