
Cualquier persona u organización puede presentar una solicitud ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) cuando considere que un Estado miembro de la Organización de los Estados Americanos (OEA) violó derechos reconocidos en la Convención Americana sobre Derechos Humanos u otros tratados interamericanos. A su vez, de acuerdo con la hoja informativa para presentar una petición, la queja puede presentarla directamente la persona afectada o ser representado por un tercero.
La Comisión Interamericana, con sede en Washington, funciona como la puerta de entrada al sistema. Su utilidad principal es permitir que personas y colectivos que no encontraron justicia en su país puedan denunciar al Estado a nivel internacional.
Ante la CIDH se presentan peticiones mediante un formulario oficial en el que se explican los hechos, los derechos que se consideran violados y las acciones que el Estado tomó o dejó de tomar. No es obligatorio contar con un abogado ni asistir a la sede. El objetivo inicial no es dictar sentencias, sino analizar si el Estado cumplió con sus obligaciones internacionales, y dependiendo de la decisión que tome el comité encargado de revisar los casos, se puede o no turnar a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH).
Si la petición es aceptada, se analizan las posibles soluciones y, si no hay acuerdos, se emiten una serie de recomendaciones al Estado. Y aunque estas recomendaciones no son obligatorias jurídicamente, sí tienen peso político, ya que el incumplimiento queda documentado a nivel internacional y puede derivar en que el caso sea enviado a la Corte IDH, que en un juicio internacional más formal decide si el Estado es responsable y qué medidas debe tomar.
Es importante aclarar que la CIDH no funciona para reabrir juicios solo porque una persona no está conforme con una sentencia, tampoco revisa disputas entre particulares sin participación del Estado y no funciona como una cuarta instancia judicial. Su análisis se centra exclusivamente en violaciones a derechos humanos y en la responsabilidad del Estado.
Cuando los derechos humanos de una persona han sido vulnerados y esta ya agotó los recursos legales —como la presentación de quejas en la Comisión Estatal de Derechos Humanos y la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), dependiendo el caso— es posible que realice una petición para revisar su caso en la CIDH.
El Sistema Interamericano de Derechos Humanos no reemplaza a los tribunales judiciales de ningún país, pero sí funciona como una vía internacional para visibilizar abusos e impunidad ejercida por los Estados. Además, está dividido en dos principales órganos: la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH), que a su vez pertenecen a la Organización de los Estados Americanos (OEA), integrada por 35 países del continente.
México es miembro de la OEA desde 1948, ha ratificado la Convención Americana sobre Derechos Humanos y reconoce la competencia de la Corte, lo que significa que puede ser juzgado por este tribunal internacional.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos con sede en San José, Costa Rica, es uno de los tres tribunales regionales para la protección de los derechos humanos, junto con la Corte Europea de Derechos Humanos y la Corte Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos.
Analiza violaciones graves y estructurales de derechos humanos, como ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, tortura, violaciones al debido proceso, discriminación o falta de acceso a la justicia.
Cuando la corte analiza un caso, no solo determina si el Estado es responsable, sino que ordena medidas concretas para reparar el daño. Estas pueden incluir indemnizaciones, investigaciones penales, capacitación a autoridades o actos públicos de reconocimiento de responsabilidad. El objetivo no es solo compensar a las víctimas, sino modificar prácticas estatales para evitar que las violaciones se repitan.
Si un gobierno no cumple una sentencia, el incumplimiento queda registrado y se convierte en un problema diplomático. La Corte mantiene la supervisión del caso y el Estado enfrenta presión internacional constante. Aunque el tribunal no tiene fuerza coercitiva directa, sus resoluciones tienen un peso jurídico y simbólico que ha obligado a países como México a cambiar leyes, reconocer abusos y modificar políticas públicas.
En conjunto, la Comisión y la Corte Interamericana funcionan como una última vía para quienes no encontraron justicia en su país. No garantizan soluciones rápidas, pero han sido clave para que violaciones graves no queden en el olvido y para recordar a los Estados que la protección de los derechos humanos no es opcional, sino una obligación internacional. Las víctimas no pueden acudir directamente a la Corte, el caso debe llegar a través de la Comisión.
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De acuerdo con el portal del órgano defensor de derechos humanos, desde finales de los años 1990 y principios de 2000, varias peticiones fueron presentadas ante la CIDH por violaciones graves en México. Entre las más conocidas se encuentra:
Aunque la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) de México no forma parte del Sistema Interamericano, su participación es relevante, ya que discute o establece criterios para adaptar la jurisprudencia nacional a las obligaciones internacionales. Por ejemplo, tras el caso Rosendo Radilla y otras polémicas relacionadas con fuero militar, la SCJN adoptó criterios para que casos de violaciones graves cometidas por militares sean juzgados en tribunales civiles, alineándose con estándares interamericanos.
Los casos de México ante la CIDH y la Corte IDH han servido para poner en relieve fallas estructurales en la investigación de graves violaciones a derechos humanos, para establecer parámetros internacionales obligatorios y para presionar al Estado mexicano a cumplir con estándares constitucionales e internacionales.
El camino comienza con una petición ante la Comisión, y si el Estado no cumple, puede llegar a la Corte Interamericana, cuyos fallos son vinculantes. A pesar de eso, el cumplimiento sigue siendo un reto en muchos casos, y la participación de la SCJN y otros órganos nacionales es clave para que las sentencias sean atendidas.

Mientras la atención internacional se centra en los cambios políticos que atraviesa Venezuela, para los venezolanos el aumento de precios es la preocupación más inmediata.
En un supermercado en el este de Caracas hace unos días me enfrenté con un dilema: ¿cuánto estaría dispuesto a pagar por un kilo de manzanas?
Me pasó lo mismo cuando al tratar de adquirir mi desodorante habitual me di cuenta de que en la capital venezolana debía abandonar la fidelidad a un producto que he utilizado durante casi una década.
¿Por qué pagaría US$13 por un desodorante que en Londres cuesta 2,5 libras esterlinas (US$3,4)? ¿Y quién puede pagar en Venezuela US$10 por un kilo de manzanas?
Mientras la atención internacional se centra en el cambio de mando en Venezuela y en el giro del país tras el ataque de EE.UU. y la captura de Maduro, en las calles de Caracas una gran preocupación de los venezolanos vuelve a ser el costo de la vida, los altos precios y la economía del país.
En mercados y comercios de Caracas, los precios suben con enorme rapidez en un contexto marcado por la inestabilidad política y cambiaria y en un país marcado desde hace años por la inflación.
“Me siento más pobre hoy que en diciembre”, dice María Luisa, de unos 50 años, mientras compra hortalizas con su hija Sofía en el mercado de Chacao, en el este de la ciudad. “El dinero rinde menos ahora que hace un mes”, insiste.
Sofía explica que pasó parte del día buscando comida para su gata.
Afirma que a finales del año pasado costaba entre US$3,5 y US$4 el kilo, y hoy está en US$6.
“Cuesta casi el doble de repente”, se queja.
En el centro de Caracas se repite la historia. Con una gran cantidad de bolívares en la mano, que parecen mucho, pero en realidad valen poco, Yarilén, una pensionada de 55 años, afirma que además de la caída del poder adquisitivo, el volátil tipo de cambio es difícil de seguir en una economía que en los últimos años vivió una dolarización de facto.
“Un negocio cobra en bolívares y el siguiente en dólares. Tienes que hacer las cuentas todo el tiempo en tu cabeza”, explica.
La economía venezolana está siendo impactada de nuevo por la inestabilidad política, que tradicionalmente ha elevado el precio del dólar, además de por la incapacidad ahora de vender su petróleo libremente, su principal producto de exportación, debido a las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos y al bloqueo marítimo que impide a Caracas colocar crudo en el mercado negro con ayuda de una “flota fantasma”, como solía hacerlo desde que se impusieron las primeras sanciones en 2017.
Según las últimas proyecciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), publicadas en octubre, Venezuela cerró 2025 con una inflación de 548%.
La misma fuente preveía un crecimiento económico moderado de 0,5%, una cifra muy modesta considerando que el Producto Interno Bruto (PIB) del país es hoy casi un 80% menos al pico histórico de 2012 que logró impulsado por los altos precios del petróleo.
Estas proyecciones no tomaban en cuenta los eventos del 3 de enero, cuando el presidente Nicolás Maduro fue detenido y trasladado a una cárcel de Nueva York, donde se espera que enfrente a la justicia estadounidense por cargos relacionados con narcotráfico y posesión de armas.
Ahora el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, asegura que quiere controlar y vender el petróleo de Venezuela, país que tiene las mayores reservas de crudo del mundo.
Pero un gran número de venezolanos se opone a la idea.
“Este es un país rico en petróleo, oro y minerales (…) Que vengan de afuera a tomar el control es como que alguien entre en tu casa sin pedir permiso”, le dice a BBC Mundo Sandra, quien vende helados para mantener a su familia.
A ella también le ha afectado el bolsillo la inestabilidad del país, y asegura que el temor a nuevos episodios de violencia hace que los venezolanos sean aún más cautelosos con los gastos.
“La gente trabaja con miedo. A tempranas horas ya todos están en su casa”, añade. “Yo quiero un cambio para el país, pero no así”.
Según el economista Jesús Palacios, la economía venezolana se enfrenta a corto plazo a desafíos como la galopante inflación y la presión cambiaria.
“La pérdida de poder de compra ya se sintió en diciembre y eso repercute en un menor ritmo de crecimiento”, le dice el profesor de la UCAB a BBC Mundo.
Señala además que la escasez de divisas por las trabas a la exportación petrolera y la diferencia entre el dólar oficial y el paralelo han empujado a muchos comercios a subir precios incluso en dólares, generando inflación también en moneda extranjera.
El tipo de cambio oficial establece que un dólar cuesta unos 330 bolívares. Pero el cambio paralelo es mucho mayor y es el que se usa muchas veces como referencia para marcar precios, lo que ha sido denunciado por el gobierno como una herramienta de distorsión y especulación.
Palacio advierte que si no hay un ajuste de precios a la baja en dólares, Venezuela podría convertirse en uno de los países más caros de la región, e incluso del mundo.
Pero añade que hay expectativas de que la situación mejore tras los acuerdos petroleros anunciados por Trump y la presidenta encargada Delcy Rodríguez.
“Probablemente en un par de semanas empiece a notarse un flujo de caja importante”.
José Guerra, profesor de Economía de la Universidad Central de Venezuela, concuerda.
“Los anuncios del presidente Trump han logrado crear expectativas favorables: el dólar paralelo ha disminuido más del 40% desde el día 8 de enero, cuando se hizo el anuncio, hasta el día 13 de enero. Y la brecha cambiaria se ha ido reduciendo”, le dice a BBC Mundo.
Oficialmente, el salario mínimo en Venezuela está fijado en 130 bolívares, lo que equivale a menos de un dólar, pero ambos economistas explican que la remuneración real tiende a ser algo mayor.
“El gobierno otorga bonos que hacen que el salario promedio esté entre US$60 y US$70, algo aún muy por debajo de la canasta básica alimentaria, que para una familia de cuatro miembros estaba en US$470 por mes”, apunta Guerra, firme opositor al gobierno actual.
El economista Jesús Palacios añade que el venezolano común tiende a tener varios empleos y no depende tanto de su sueldo oficial, sino que busca actividades complementarias.
“Vende tortas, busca comprar algo y revenderlo. Está constantemente rebuscándose. Cerca del 60% de la población tiene actividades complementarias”.
Nadie en Venezuela quiere hablar abiertamente de la diferencia entre el bolívar oficial y el paralelo por miedo a repercusiones.
Pero es un tema que rige la economía actual.
Mientras tanto, la mayoría, vive buscando alternativas a productos básicos.
Pensativos, dan vueltas en los mercados de la capital venezolana comparando precios y preguntándose si pueden permitirse comprar lo que planeaban.
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