

En redes sociales circulan capturas de pantalla que muestran a presentadores del clima mostrando mapas de Europa de diferentes colores en diferentes años. Las imágenes son acompañadas de frases como “no es cambio climático, es cambio cromático”, negando la existencia de la crisis ambiental, pero esto no tiene sustento pues existe evidencia científica de que la temperatura del planeta ha aumentado como consecuencia de la actividad humana.
Una de las múltiples publicaciones que encontramos registra más de 2 mil 800 me gusta en Twitter. En Facebook e Instagram, las publicaciones utilizan el hashtag #Cambiocromatico.
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Incluso, esta desinformación fue retomada por supuestos portales de noticias que replicaron que el cambio climático es un invento de la televisión. Por ejemplo, uno de los portales tituló su texto como: “La imagen que desmonta el excesivo calor actual”.
Estas desinformaciones se dan en medio de las olas de calor registradas recientemente en Europa y que expertos han atribuido al cambio climático.
En las publicaciones que niegan el calentamiento global, utilizan comparativos de diferentes presentadores de televisión, supuestamente mostrando la temperatura del mismo lugar en 2017 y luego en 2022. Estos comparativos son usados para argumentar que la temperatura no ha aumentado y lo único que ha cambiado es el color de los mapas que muestran.
Pero de acuerdo con la NASA: “Existe evidencia inequívoca de que la Tierra se está calentando a un ritmo sin precedentes. La actividad humana es la causa principal”.
Explican que la información científica extraída de fuentes naturales como núcleos de hielo, rocas y anillos de árboles, así como de equipos modernos como satélites muestra signos de un clima cambiante.
Y sí, es verdad que el clima de la tierra ha cambiado a lo largo de su historia, incluso antes de que existiera la primera ciudad del mundo, pero el calentamiento actual está ocurriendo a un ritmo que no se había visto en los últimos 10.000 años.
Tal y como se puede observar en el siguiente comparativo, que muestra evidencia de que el CO2 atmosférico ha aumentado desde la Revolución Industrial.

El calentamiento global no sólo se trata de que se perciba, o no, más calor que en años anteriores. La NASA explica que esto se debe a que las actividades humanas han producido los gases atmosféricos que han atrapado una mayor parte de la energía del Sol en el sistema de la Tierra. Es como si le pusiéramos una tapa a la olla para evitar que la comida se enfríe.
Esta energía adicional que se queda atrapada en el planeta ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra, lo que en consecuencia ha producido cambios rápidos en la biósfera.
Y más allá de los colores con los que se presente esta información, lo cierto es que la temperatura promedio de la superficie del planeta ha aumentado alrededor de 1 grado Celsius desde finales del siglo XIX.
Es cierto que 2022 quizá no es el año en el que más calor se ha registrado en una determinada zona, pues los años 2016 y 2020 están empatados como el año más cálido registrado.
Y si todavía tienes dudas, también puedes revisar los datos del Servicio Mundial de Vigilancia de Glaciares (WGMS), en donde se observa que, desde 1970, los glaciares perdieron masa, es decir: comenzaron a derretirse de forma acelerada, lo que además incrementa el nivel del mar.

Si quieres revisar más a detalle los cambios y afectaciones del cambio climático puedes consultar aquí el último informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), que es el organismo de las Naciones Unidas para evaluar la ciencia relacionada con el cambio climático.
En conclusión: Hay evidencia científica que demuestra la existencia del cambio climático, y que no sólo se trata de un cambio de color en los mapas que presentan noticieros en televisión.

Según expertos, los humanos ya estamos dejando una huella indeleble. Pero, ¿qué exactamente quedará de nosotros dentro de cientos de millones de años?
Fragmentos de un mineral llamado pirita de hierro hallados donde eran raros y una fina capa de arcilla de color rojo, junto con mucho trabajo, investigación y conocimiento acumulado, recientemente cambiaron el eje cronológico de la evolución humana.
Los hallazgos revelaron que uno de los momentos fundamentales de nuestra historia, aquel en el que aprendimos a controlar el fuego, ocurrió 350.000 años antes de lo que se pensaba.
El descubrimiento nos recuerda que, con el paso del tiempo, hasta lo crucial puede extraviarse, y es una muestra de cómo los rastros que quedan son a veces la única esperanza de que en el futuro se pueda imaginar lo que fue.
¿Qué quedará de nuestra civilización cuando ya no existamos?
Si, como hacen los científicos ahora, algún ser del futuro lejano explorara la Tierra, ¿cómo podría saber que estuvimos aquí?
Eso se preguntó Steve, oyente del programa CrowdScience de la BBC, inspirado por el famoso poema de Percy Bysshe Shelley “Ozymandias”, que llama a reflexionar cómo hasta lo más magnífico y colosal es insignificante ante el fluir irrefrenable del tiempo.
De los dinosaurios, por ejemplo, hemos encontrado fósiles, aunque se extinguieron hace unos 65 millones de años tras vivir en la Tierra durante unos 165 millones de años… ¿habrá oportunidad de que hallen fósiles nuestros?
“El problema con los fósiles es que la mayoría de las cosas no se fosilizan; solo una pequeña fracción de la vida terrestre se ha fosilizado”, señala el astrofísico Adam Frank, de la Universidad de Rochester, en EE.UU.
Efectivamente, se estima que menos de una décima parte del 1% de todas las especies que han vivido se han convertido en fósiles.
Aún más bajas son las posibilidades de que, así algunos nos convirtamos en fósiles, nos encuentren.
Sin embargo, no es imposible, apunta Paul Davis, curador de geología en el Museo de Lyme Regis, en la Costa Jurásica inglesa.
“Los fósiles pasan por un proceso de transformación de ser vivo a, en esencia, piedra.
“Los huesos o las conchas se van modificando lentamente, a través de millones de años de agua, productos químicos y minerales fluyendo a través de los sedimentos y rocas en los que están incrustados”.
Los humanos, agrega, tenemos a nuestro favor el contar con partes duras, como los huesos y los dientes.
Para potenciar la posibilidad de convertirse en fósil, “lo mejor es que te entierren en el mar, en algún lugar de una buena cuenca donde se depositen sedimentos muy finos y haya suficiente profundidad para que las aguas no sean muy ricas en oxígeno”.
No obstante, insiste, “las probabilidades de que los humanos se conviertan en fósiles serán escasas, como ocurre con la mayoría de la vida a lo largo del tiempo geológico”.
Entonces, ¿dejaremos huella?
Los paleontólogos Jan Zalasiewicz y Sarah Gabbott, de la Universidad de Leicester (Reino Unido), argumentan que sí, que ya la imprimimos y que además es indeleble.
Los dos científicos escribieron un libro llamado “Discarded” (Desechados, 2025) en el que afirman que los tecnofósiles serán nuestro legado definitivo.
Los humanos modernos (Homo sapiens) hemos existido una fracción muy pequeña de la historia de la Tierra -apenas unos 300.000 años de los ~4.540 millones de años del planeta-, y al parecer somos los artesanos de nuestra propia destrucción.
Pero así nuestra existencia termine siendo poco más que un pequeño parpadeo perdido en un gran periodo geológico, Zalasiewicz considera que seremos como otro parpadeo que tuvo un enorme efecto: “El gran meteorito que acabó con los dinosaurios. En este caso, nosotros somos el meteorito”.
Puede que no seamos la inmensa roca que chocó con la Tierra y eliminó especies, pero estamos interfiriendo con ellas de otras formas sorprendentes.
“Al causar la extinción o transportar animales y plantas, hemos alterado el camino de la evolución biológica, por lo tanto, hemos alterado el patrón del registro fósil, y eso va a aparecer”, dice el paleontólogo.
“Basándose en eso, nuestros exploradores del lejano futuro se preguntarán qué pasó y por qué. Y van a centrarse en la capa donde empezó todo: la nuestra”.
Zalasiewicz se refiere a los estratos en la Tierra, capas de roca, sedimento o suelo que se acumulan a lo largo del tiempo como las páginas de un libro, mostrando la historia geológica del planeta, donde las capas más profundas son las más antiguas.
La composición química de esas capas indica qué procesos físicos estaban ocurriendo en ese momento.
Una de las cosas que encontrarían esos paleontólogos futuros es el resultado del gran impacto que los humanos hemos tenido en otros animales.
Cuando no los transportamos de un rincón del mundo a otro, elegimos ganadores y perdedores, señala Gabbott.
“Hoy en día, solo el 4% de los mamíferos son salvajes. El otro 96% somos nosotros o los animales que criamos para comer. Así que hemos cambiado por completo la diversidad de la vida.
“Fíjate en los pollos. Matamos 75.000 millones de pollos cada año. Y los pollos representan dos terceras partes de la biomasa de aves en la Tierra… ¡dos terceras partes son pollos!”.
Así que esos científicos del futuro remoto, al examinar los estratos de toda la historia de la Tierra en busca de rastros de alguna civilización posiblemente se preguntarán: ¿Por qué hay tantas aves parecidas? ¿Y por qué morían en masa?
Así como nuestra habilidad de controlar el fuego, otras formas de generar calor y energía ya han dejado y siguen dejando huellas que los futuros paleontólogos podrían notar.
Entre ellas, residuos mortales que tenemos que enterrar profundamente bajo tierra, los nucleares, “unos de los pocos que realmente hemos pensado profundamente sobre cuánto tiempo van a durar, aunque seguimos dejando la solución del problema para más adelante”, resalta Gabbott.
Y luego están las minas de carbón gigantes, presas enormes y huellas menos directas.
“Un rastro que ya hemos dejado tras la quema de enormes cantidades de carbón, petróleo y gas es la ceniza que ha subido a la atmósfera como humo y contaminación”, señala Zalasiewicz.
“Se llaman partículas carbonáceas esféricas. Son trozos muy pequeños de carbono sin quemar. Son realmente, realmente robustas. Son indigeribles y simplemente se quedan ahí como una capa dentro de los estratos.
“En un futuro lejano, los paleontólogos podrán encontrar esos pequeños restos de ceniza rica en carbono fósil de manera muy similar a como ahora encontramos habitualmente esporas fósiles de polen en estratos: tomas un poco de roca, la disuelves, miras los restos bajo el microscopio y, voilà, habrá unos trozos de ceniza volante únicos. No hay nada igual en el registro geológico”.
Entonces, las huellas químicas en las rocas nos delatarán en el futuro. ¿Pero, no perdurarán rastros más concretos? ¿Un poco de cultura quizás?
“Si tienes una ciudad, como Venecia, Nueva Orleans o Shanghái, que se están hundiendo, eventualmente empezarán a cubrirse por capas de arena y barro. Los edificios en ruinas quedarán en muy mal estado; se convertirán en una capa de escombros.
“Pero lo que está debajo de eso -aparcamientos subterráneos, sistemas de alcantarillado y demás-, estará mucho mejor conservado, simplemente porque tendrán una capa de suelo, sedimento, barro y arena encima, y se convertirán en estratos”, anticipa el paleontólogo.
Mmm… poco romántico. Aunque quizás quede algo de las obras de arte que varios museos almacenan en sus bodegas subterráneas.
Y tal vez otras pistas les permitirán sospechar al menos que fuimos creativos.
“Creo que dirán que éramos tecnológicamente avanzados porque hemos combinado elementos y materiales de formas muy imaginativas”, supone Gabbott.
“Además hemos creado muchísimos materiales nuevos: hay unos 5.200 minerales que se encuentran de forma natural en el planeta; los humanos hemos producido artificial y sintéticamente 300.000 minerales nuevos”.
Esa manipulación del entorno, ya sea fabricando nuevos materiales, quemando combustibles fósiles o interfiriendo con otras especies, nos hará detectables durante mucho tiempo.
¿Habrá alguna idea de cuánto?
Es muy difícil probar cuánto durarán nuestras cosas, explica Gabbott.
“Lo que podemos hacer son experimentos en el laboratorio, y yo hago muchos, en los que básicamente asalto un material con temperaturas o presiones altas, o a veces, luz ultravioleta muy fuerte, para acelerar artificialmente su descomposición.
“Esos experimentos son útiles, pero realmente no nos dicen cuánto van a durar las cosas, por eso buscamos análogos en el registro fósil.
“Por ejemplo, tenemos hojas fósiles de hace cientos de millones de años. El papel está hecho de celulosa, que es lo mismo que las hojas. Así que usamos eso como análogo para afirmar que el papel, en el entorno adecuado, probablemente podría durar cientos de millones de años”, ilustra la experta.
Ahora, si tuviera que calcular durante cuántos millones o miles de millones de años en el futuro seguirán presentes nuestras huellas, ¿cuál sería su mejor estimación?
¿Durante cuánto tiempo cree que los paleontólogos podrían mirar atrás y ver que existimos?
“Mi apuesta sería hasta el fin del planeta, honestamente”, responde.
“Piensa que la Tierra tiene 4.500 millones de años y tenemos rocas de 4.000 millones de años que contienen grafito. Así que, el grafito en forma de lápiz podría durar 4.000 millones de años.
“Y el plástico va a durar muchísimo”.
Así que esos exploradores del futuro posiblemente encontrarán, enterrados en algunos estratos del suelo, lápices y bolígrafos…
…y hasta cosas que quizás los confundan, como las figuritas de plástico con forma de dinosaurios que quizás puedan sobrevivir más tiempo que los fósiles de los animales que sirvieron de modelo.
“Potencialmente, sí podría pasar pues los fósiles de dinosaurios son materiales biológicos. Así que el hueso de los dinosaurios remineralizado probablemente podría durar cientos y cientos de millones de años, pero no estoy segura de si miles de millones de años, porque realmente no tenemos un caso de prueba para eso.
“Los dinosaurios de plástico con los que juegan los niños, por su parte, si acabaran enterrados en sedimentos en el fondo del océano, podrían durar más que un hueso real de dinosaurio”.
Quién sabe cómo los paleontólogos del futuro lejano interpretarían la presencia de objetos con la forma de esos gigantes extintos.
Al fin y al cabo, ayer, hoy y mañana -por distante que sea ese mañana-, lo que hacen los científicos que exploran el pasado es imaginárselo a partir de las pocas piezas que logran hallar de un rompecabezas inmenso.
* Este artículo está basado en el episodio “How long will traces of our civilisation last?”, realizado por Caroline Steel y Sam Baker, de la serie del Servicio Mundial de la BBC CrowdScience.
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