
La política energética de México enfrenta un gran desafío. El país consume más gas natural del que produce: 75 % de este recurso, necesario para la generación de electricidad, proviene de Texas, Estados Unidos.
Ante esa situación y con la finalidad de fortalecer la soberanía y justicia energética, la presidenta Claudia Sheinbaum dio a conocer este miércoles que su gobierno analiza vías para aumentar la extracción nacional. Aunque evitó pronunciar el polémico término fracking, dio a entender que su gobierno analiza recurrir a esa técnica, que consiste en inyectar al subsuelo agua, mezclada con químicos y arena, para romper roca y liberar hidrocarburos.
“Hay un grupo de trabajo de expertos que ven si es factible el gas no convencional con reciclaje de agua, con el uso de otros químicos, con otras formas que no tengan los impactos ambientales que hoy tiene la fractura hidráulica”, dijo en su conferencia de prensa matutina.
🛢️La presidenta @Claudiashein habló sobre la búsqueda y explotación de yacimientos de gas en el país.
La mandataria rechazó la implementación de técnicas de fracturación hidráulica e insistió en la consulta de las comunidades antes de realizar cualquier proyecto. pic.twitter.com/DprPf8ihmh
— Animal Político (@Pajaropolitico) February 18, 2026
En la narrativa oficial destaca la cautela y la intención de buscar opciones para que esta técnica pudiera emplearse aminorando las afectaciones que genera al entorno y que constituyen los principales argumentos del rechazo unánime al fracking por parte de las organizaciones que defienden el medio ambiente. Razones que, como científica especialista en cambio climático, la presidenta domina también. “Está en estudio”, especificó y prometió que “todo va a ser transparente”.
En México no existe una prohibición legal explícita al fracking, pero sí es una técnica vetada desde el sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Tal postura fue asumida desde la campaña por la presidenta Sheinbaum. “No va a haber fracking” dijo, cuestionada al respecto, en su conferencia del 6 de diciembre de 2024, solo dos meses después de su llegada a Palacio Nacional.
Ante el cambio que se vislumbra con la finalidad de poder acceder a las reservas de gas no convencional ya detectados por Pemex en estados como Coahuila, Tamaulipas y Veracruz, organizaciones como la Alianza Mexicana contra el Fracking, CartoCrítica y Conexiones Climáticas llamaron a no impulsar de nuevo esta “contaminante técnica” y subrayaron que “la soberanía energética no debe ser sacrificio”.
“Buscan convencernos de que se requiere el uso de esta técnica para depender menos del gas estadounidense, pero el retorno posible de gas, incluso desde las proyecciones más optimistas no alcanzan para hacer un contrapeso a esta dependencia. La realidad garantizada sería el envenenamiento del agua y el aire de comunidades cercanas a la extracción, así como, daños a su salud y la destrucción de economías locales que requieren de un ambiente sano”, afirmaron en un pronunciamiento conjunto.
En el mismo sentido, desde agosto de 2025, cuando se presentó el Plan Estratégico de Pemex 2025-2035, Greenpeace ya advertía que el proyecto, aunque no lo llamaba por su nombre, contemplaba el uso de fracking para la extracción de gas “traicionando el compromiso por la protección del agua y el ambiente de la 4T”.

“Las metas que propone Pemex para la extracción de gas fósil conllevan impactos irreversibles al ambiente, agua, clima y a la salud, sumando una incalculable deuda con las futuras generaciones”, advirtió Greenpeace.
La presidenta Sheinbaum afirmó que, para garantizar la soberanía energética, todos los países tienen que buscar formas para producir la mayor parte de lo que consumen y, en el caso de México, alcanzar esa meta incluye la búsqueda de “nuevas tecnologías”.
Recordó que durante muchos años dijo “no a la fractura hidráulica”, debido a los químicos, a que contamina el agua y a que se usa en lugares donde ese recurso es insuficiente.
Por otra parte, Sheinbaum planteó ampliar la generación con fuentes renovables como la solar, la eólica y la geotérmica, “siempre y cuando haya trabajo con las comunidades” donde se desarrollen los proyectos.
Estimó que a lo largo de su gobierno la participación de estas energías en la generación eléctrica aumentará entre 15 y 20 por ciento. No obstante, reconoció que persiste una interrogante de fondo: “¿qué hacemos con el gas?”.
La presidenta insistió en que la discusión central gira en torno a la necesidad de fortalecer la soberanía energética nacional, pero sin perder la perspectiva del cuidado ambiental.
“Todo el gas que importamos de Texas proviene de fracking, por eso el desafío consiste en ampliar la producción interna sin replicar los daños ambientales asociados a esa técnica”, señaló.
El 19 de octubre de 2025, diputados y diputadas de los partidos Morena y PT anunciaron la elaboración de una iniciativa que retomara las ideas y sugerencias de expertos y sociedad civil para prohibir el fracking en México.
Tal propuesta surgió tras la realización del foro “Fracking en México: riesgos, impactos y resistencias”, donde recordaron que no se había cumplido la promesa que se hizo desde el sexenio de López Obrador: “No al fracking”.

Entre los legisladores que suscribieron la iniciativa se encuentran Reginaldo Sandoval Flores, coordinador del Grupo Parlamentario del PT, y Adrián González Naveda, del mismo partido; así como Manuel Vázquez Arellano y Olga Juliana Elizondo Guerra, ambos de Morena.
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“El desarrollo se ha ido solamente en la ruta del priorizar la ruta de la ganancia, sobre cualquier cosa, sobre el impacto ecológico, el impacto social, prevalece siempre el interés económico y eso ha dado al traste con la Tierra”, argumentó entonces Sandoval Flores.
No hay una fecha prevista para saber qué concluyen los expertos que, de acuerdo a la presidenta Sheinbaum, se encuentran evaluando la viabilidad de recurrir a la fractura hídrica para la extracción de gas en el territorio nacional. En el aire se queda la moneda que podría dar un giro —no solo a la política energética de México con su respectivo costo político—, sino también a la posición del país frente a sus convicciones ambientales en el contexto mundial.

Las relaciones de Japón con China están en su nivel más bajo en años, luego de varios episodios que han elevado la tensión entre ambos países.
Los osos panda Xiao Xiao y Lei Lei fueron despedidos el mes pasado entre lágrimas en el Zoológico Ueno de Tokio por miles de japoneses, antes de ser enviados de regreso a China.
El hecho, que dejó a Japón sin pandas chinos por primera vez en décadas, se convirtió en uno de los últimos símbolos del deterioro de las relaciones entre China y Japón.
Desde que la primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, hizo comentarios que llevaron las relaciones con China a su nivel más bajo en años, Pekín ha aumentado la presión por diversas vías.
Lo ha hecho enviando buques de guerra, restringiendo las exportaciones de tierras raras, frenando el turismo chino, cancelando conciertos e incluso recuperando a sus pandas.
Mientras Takaichi inicia un nuevo mandato, tras obtener un respaldo histórico en las recientes elecciones anticipadas, los analistas advierten que China y Japón tendrán dificultades para reducir la tensión y que la relación no se recuperará pronto.
La disputa empezó en noviembre, cuando Takaichi pareció sugerir que Japón activaría su fuerza de autodefensa en caso de un ataque a Taiwán.
China considera a Taiwán como una provincia propia rebelde y no ha descartado el uso de la fuerza para “reunificarse” con ella algún día.
Taiwán, que se gobierna de forma independiente desde hace décadas, considera a EE.UU. como un aliado clave que se ha comprometido a ayudarla a defenderse.
Desde hace tiempo, la preocupación ha sido que cualquier ataque a Taiwán pudiera resultar en un conflicto militar directo entre Estados Unidos y China, que luego se ampliara a otros aliados estadounidenses en la región como Japón y Filipinas.
La cuestión de Taiwán es una línea roja absoluta para China, que reacciona con furia ante cualquier comentario percibido como “injerencia externa” e insiste en que es una cuestión de soberanía que solo China puede decidir por sí misma.
Casi inmediatamente después de las declaraciones de Takaichi, Pekín respondió con una oleada de condenas y exigió una retractación.
Los observadores han señalado que los comentarios de Takaichi coincidían con la postura del gobierno y con lo que otros líderes japoneses habían dicho en el pasado.
Pero la diferencia radica en que era la primera vez que un primer ministro japonés en funciones expresaba tales opiniones.
Por su parte, Takaichi se negó a disculparse o retractarse de sus comentarios, una postura que, según los analistas, probablemente se vea justificada por el sólido respaldo electoral que ha obtenido.
Sin embargo, Takaichi sostuvo que sería más cautelosa al comentar sobre escenarios específicos. A su vez, su gobierno ha enviado diplomáticos de alto rango a reunirse con sus homólogos chinos.
Sin embargo, esto no ha contribuido a calmar la ira china.
Ante la firme negativa de Takaichi a ceder, China ha aumentado la presión de forma constante.
Si bien en las últimas décadas han surgido disputas entre ambos países, alimentadas por la animosidad histórica, esta vez la situación es diferente, según los analistas.
China ha ampliado su presión en una gama mucho más amplia de frentes, señaló Robert Ward, presidente de Japón del centro de estudios Instituto Internacional de Estudios Estratégicos.
Se trata de una presión difusa y de bajo nivel, similar a la “guerra de zona gris” que libra contra Taiwán, afirmó, cuyo objetivo es “desgastar [al oponente] para normalizar cosas que en realidad no son normales”.
En el ámbito diplomático, ha presentado quejas ante las Naciones Unidas y pospuesto una cumbre trilateral con Japón y Corea del Sur.
China también ha intentado involucrar a otras partes en la contienda y ha pedido a Reino Unido y Francia que se unan a ella, al tiempo que insta a sus aliados, Rusia y Corea del Norte, a denunciar a Japón.
Durante el fin de semana, el ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, invocó el historial de agresión de Japón durante la Segunda Guerra Mundial al dirigirse a los líderes occidentales en la Conferencia de Seguridad de Múnich y calificó las declaraciones de Takaichi como un “acontecimiento muy peligroso”.
En el ámbito militar, Japón sostuvo que China ha enviado drones y buques de guerra cerca de sus islas y que sus cazas de combate han fijado los radares que guían sus armas en aviones japoneses.
Además, buques de la guardia costera japonesa y china se han enfrentado cerca de las disputadas islas Senkaku/Diaoyu, mientras que la semana pasada las autoridades japonesas incautaron un buque pesquero chino.
Pero está claro que China también quiere golpear a Japón donde más le duele: su economía.
Pekín ha impuesto restricciones a las exportaciones a Japón de tecnologías de doble uso, incluyendo tierras raras y minerales críticos, en lo que se ha considerado una forma de coerción económica.
También ha advertido a los ciudadanos chinos que eviten Japón para sus estudios y vacaciones y ha cancelado vuelos en 49 rutas a Japón, lo que ha provocado una disminución del turismo y una caída en el valor de algunas acciones.
Los ciudadanos chinos representan una cuarta parte de todos los turistas extranjeros que llegan a Japón, según cifras oficiales.
Ni siquiera el entretenimiento y la cultura ha quedado exentos de las consecuencias.
Eventos musicales japoneses en China han sido cancelados, incluido uno en el que un cantante fue retirado apresuradamente del escenario a mitad de la actuación. Además, las distribuidoras cinematográficas han pospuesto el estreno de varias películas japonesas.
Una de las exportaciones culturales más famosas de Japón, Pokémon, también fue criticada por un evento que debía celebrarse en el Santuario Yasukuni. El templo honra a los japoneses caídos en guerra, incluyendo a algunos que China considera criminales de guerra. El evento finalmente fue cancelado.
En el frente de las redes sociales, los nacionalistas chinos han lanzado ataques online contra Takaichi, incluyendo la divulgación de videos generados por IA que muestran a la figura de la cultura pop Ultraman y al personaje de anime Detective Conan peleando contra la primera ministro.
Pero, en general, China ha tomado medidas menos provocativas en comparación con conflictos anteriores con Japón, según dicen Bonny Lin y Kristi Govella, del centro de estudios Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés).
“Hasta ahora, sus respuestas económicas y militares han sido relativamente limitadas en comparación con el pasado, pero hay amplio margen para una mayor escalada”, señalaron en un análisis reciente.
China también puede estar absteniéndose de adoptar una postura demasiado dura con Japón, ya que actualmente se está “posicionando activamente como el guardián del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial” y quiere ser visto como una potencia responsable en comparación con Estados Unidos, añadió Ward.
Los observadores coinciden en que, si las tensiones se calman, probablemente se asentarán en un nivel más alto que antes. Es menos probable que ambas partes desescalen esta vez, señalaron Lin y Govella en su análisis.
China es una potencia mucho más fuerte ahora y “Taiwán es el núcleo de los intereses chinos, lo que significa que es más probable que Pekín adopte una postura de línea dura que en episodios anteriores”.
“Pekín también desconfía profundamente de Takaichi y es probable que considere sus intentos de reducir la tensión sin retractarse explícitamente de sus comentarios como hipócritas o, peor aún, estratégicamente engañosos”, agregaron.
Mientras tanto, Japón tiene un mayor interés en mantenerse firme, especialmente tras la contundente victoria electoral de Takaichi, que “interpretará como una reivindicación de su postura respecto a China”, señaló Ward.
Govella le dijo a BBC que Takaichi probablemente podría usar su victoria como “capital político” para impulsar políticas económicas y de defensa para fortalecer la posición de Japón.
Takaichi se ha comprometido a aumentar el gasto de defensa de Japón al 2% del PIB dos años antes de lo previsto, completar una revisión de las estrategias de seguridad clave para finales de este año y lanzar pronto un paquete de estímulo económico.
A su vez, China “considera que Takaichi es un líder bastante fuerte y que la campaña de presión solo podría fortalecerla a nivel nacional, por lo que es posible que no intensifiquen mucho su presión”, sostuvo Kiyoteru Tsutsui, experto en Japón y director del Centro de Investigación Shorenstein Asia-Pacífico de la Universidad de Stanford.
“Así que esta relación probablemente continuará por un tiempo”.
El factor imponderable podría ser que el presidente estadounidense, Donald Trump, ha prometido hasta ahora un fuerte apoyo a Takaichi, emitiendo un respaldo inusual en el momento previo a las elecciones anticipadas.
Sin embargo, muchos esperan que las relaciones entre Estados Unidos y China se intensifiquen aún más este año, señaló Tsutsui, con varias reuniones programadas entre Trump y el presidente chino, Xi Jinping, incluida la visita de Estado del presidente estadounidense a Pekín en abril.
Y, en comparación con incidentes anteriores, la respuesta de Estados Unidos al último enfrentamiento “ha sido moderada hasta ahora, lo que podría envalentonar a China”, afirmaron Lin y Govella.
“Los japoneses temen que se produzca un gran acuerdo entre Xi y Trump”, declaró Ward.
Durante el fin de semana, Estados Unidos y Japón reafirmaron sus vínculos en el marco de la Conferencia de Seguridad de Múnich en una reunión entre el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, y su homólogo japonés, Toshimitsu Motegi.
Takaichi también tiene previsto reunirse de nuevo con Trump en marzo, cuando visite Washington, antes de su viaje a China.
A medida que China sigue aumentando la presión, Tokio probablemente “redoblará” sus esfuerzos para asumir una mayor parte de la carga de defensa que comparte con Estados Unidos, dijo Ward, y “realmente trabajará más estrechamente con ellos para asegurarse de que Estados Unidos no se desvíe y pierda interés en la región”.
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