
Para entender mejor
Las diversas manifestaciones del cambio climático, asociadas a las desigualdades estructurales que enfrentan familias y comunidades, tienen impactos directos y a largo plazo sobre la primera infancia, alertan especialistas. Ante ello, proponen ampliar el margen de las políticas públicas que pueden afectar indirectamente el desarrollo de la primera infancia, con consecuencias de por vida.
Entre las estrategias para reducir los impactos indirectos estarían ampliar los espacios verdes, incrementar la resiliencia, proveer centros de enfriamiento y otro tipo de instalaciones para grupos más sensibles a los efectos del calor, la calidad del aire y eventos climáticos extremos.
El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) ha documentado que entre los billones de dólares que se invierten a nivel mundial para la mitigación del cambio climático, solo 2.3 % se dedica a la niñez, y en específico un 0 % a la primera infancia.

Algunos aspectos del cambio climático que tienen efectos significativos se asocian a la administración y las transformaciones relacionadas con el agua, la temperatura y el aire, explica James Cairns, del Centro de Desarrollo de la Niñez de la Universidad de Harvard, durante el Encuentro internacional para la primera infancia organizado por el Centro de Primera Infancia del TEC de Monterrey.
Para cada aspecto del cambio climático existen amplias investigaciones en diferentes áreas, acerca de cómo afectan biológicamente a las personas. Lo que sucede con el cambio climático es que funciona como un potenciador, precisa el investigador. Los días de calor extremo, que antes estaban distribuidos a lo largo de un determinado periodo, han pasado de 5 a 12 días en una determinada comunidad, por ejemplo, o se registran cada vez más incendios forestales.
Sin embargo, no solo se multiplican los eventos, sino que al mismo tiempo las disparidades en el sentido de cómo impactan esos factores a comunidades y lugares específicos, pues ni la prevención ante los hechos climáticos ni las condiciones sociales están distribuidas equitativamente. Existen comunidades, por ejemplo, que son más resilientes que otras a eventos climáticos extremos.

El agua, precisa Cairns, tiene un gran rango de efectos en el cuerpo y en el desarrollo, en un contexto de eventos climáticos cada vez más extremos. Cuando es de mala calidad, por ejemplo, afecta a las infancias directamente en el desarrollo cerebral, las infecciones y el sistema inmune, la expresión genética, así como el crecimiento y la nutrición. En este último caso, sobre todo la que es usada para cultivar alimentos.
En el caso del calor, señala el especialista, existe un efecto invisible que tiene un efecto en cascada, específicamente en el desarrollo de la primera infancia. La alta temperatura excesiva afecta el desarrollo de la niñez, especialmente en bebés y niños pequeños, pues puede causar dificultades en el desarrollo fetal, pérdida del aprendizaje, trastornos del sueño, y alteraciones en la salud mental y el comportamiento. En diversas comunidades ya se han documentado conductas de mayor irritabilidad y agresión asociadas con el calor.

El impacto del cambio, además, afecta en la misma medida a las personas cuidadoras de la primera infancia, y en consecuencia, a las niñeces, pues, por ejemplo, si tienen alteraciones del sueño por calores extremos, no pueden proveer el mejor cuidado posible a las infancias.
En el caso del aire, este ha tenido un fuerte impacto en los incendios forestales, que a nivel mundial son cada vez más intensos, frecuentes y amplios, lo que genera contaminación y afectaciones a la salud.
Sin embargo, Cairns apunta a un factor aún más invisibilizado: la calidad del aire en interiores, en los que personas adultas e infancias pasan hasta un 90 % de su tiempo. De acuerdo con el experto, los contaminantes del aire en espacios cerrados pueden ser de dos a cinco veces más altos que en los exteriores por factores como poca ventilación, químicos y toxinas.
“Si no existe buena ventilación, los contaminantes del exterior entran a los espacios, salones, casas y lugares donde los niños y familias viven. En nuestros hogares tenemos toda clase de artículos y sustancias que emiten diversos tipos de químicos y, de nuevo, si no hay una buena filtración, se quedan atrapados en el aire, y, de nuevo, lo respiramos todo el tiempo”, indica Cairns.

Ese flujo de aire, y de contaminantes que están en él, entran en nuestros cuerpos, llevando con ellos los componentes que arrastran. Estas partículas y toxinas tienen efectos en un amplio rango y diferentes partes de la biología. Algunos son incluso similares a los aspectos en los que incide la contaminación exterior: respuesta inmunológica, expresión genética, desarrollo cerebral y una función pulmonar reducida, que puede generar dificultades críticas tanto en la infancia como a lo largo de la vida.
Ante ello, algunas de las estrategias más importantes que deberían aplicarse para reducir el daño a las infancias son incrementar la cantidad de espacios verdes, encontrar vías para aumentar la resiliencia, proveer centros con diversas facilidades para los grupos más expuestos al calor, calidad del aire y eventos climáticos extremos, así como desarrollar sistemas de alerta temprana relacionados con calidad del aire, calor extremo y eventos climáticos.
Además, es necesario que las personas tomadoras de decisiones amplíen su perspectiva sobre el margen de políticas públicas que afectan el desarrollo de la primera infancia y, por lo tanto, la salud de las personas, de por vida, y que no solo son las tradicionalmente pensadas para las niñeces, sino también la protección ambiental, vivienda, ubicación y planeación urbana, desarrollo económico, y sistemas legales y judiciales.

En algunos países la influencia genética en la esperanza de vida parece haberse duplicado. ¿Por qué?
Durante años, la respuesta parecía definitiva: la genética explica entre el 20% y el 25% de la variación en la esperanza de vida humana, y el resto se debe al estilo de vida y al entorno.
Pero un nuevo estudio publicado en Science cuestiona esta perspectiva y afirma sugiere que la contribución genética es considerablemente mayor.
La razón, según los investigadores, es que las estimaciones previas no tenían en cuenta cómo han cambiado las causas de muerte con el tiempo.
Hace un siglo, muchas personas morían por lo que los científicos llaman causas extrínsecas: accidentes, infecciones y otras amenazas externas.
Hoy en día, al menos en los países desarrollados, la mayoría de las muertes se deben a razones intrínsecas: el desgaste gradual de nuestros cuerpos a causa del envejecimiento y enfermedades relacionadas con la edad, como la demencia y las cardiopatías.
Para obtener una visión más clara, el equipo de investigación analizó numerosos grupos de gemelos escandinavos, excluyendo cuidadosamente los fallecimientos por causas externas.
También estudiaron a gemelos criados por separado y a hermanos de centenarios en Estados Unidos.
Al excluir las muertes por accidentes e infecciones, la contribución genética estimada aumentó drásticamente: del habitual 20-25% a alrededor del 50-55%.
El patrón cobra sentido al analizar enfermedades individuales. La genética explica gran parte de la variación en el riesgo de demencia, tiene un efecto intermedio en las enfermedades cardíacas y desempeña un papel relativamente modesto en el cáncer.
A medida que los entornos se vuelven más favorables, las poblaciones envejecen y las enfermedades causadas por el propio proceso de envejecimiento se vuelven más comunes, el componente genético parece naturalmente mayor.
Pero aquí es donde la interpretación se vuelve crucial. Una estimación más alta no significa que los genes se hayan vuelto repentinamente más poderosos, ni significa que solo se pueda influir en la mitad de las probabilidades de llegar a la vejez.
Lo que ha cambiado es el entorno, no nuestro ADN.
Consideremos la estatura humana como ejemplo. Hace cien años, la altura dependía en gran medida de si se tenía suficiente comida y de si las enfermedades infantiles retrasaban el crecimiento.
Hoy en día, en los países ricos, casi toda la población tiene una nutrición adecuada.
Debido a que estas diferencias ambientales se han reducido, la mayor parte de la variación restante en la estatura se explica ahora por diferencias genéticas, no porque la nutrición haya dejado de importar, sino porque la mayoría de las personas ahora alcanzan su potencial genético.
Sin embargo, un niño desnutrido seguirá sin lograr una estatura adecuada, independientemente de sus genes.
El mismo principio se aplica a la esperanza de vida. A medida que hemos mejorado la vacunación, reducido la contaminación, enriquecido la dieta y adoptado estilos de vida más saludables, hemos disminuido el impacto general de los factores ambientales.
Cuando la variación ambiental disminuye, la proporción de variación restante atribuida a la genética —lo que los científicos denominan “hereditabilidad”— aumenta por necesidad matemática.
Las estimaciones anteriores no eran erróneas; simplemente reflejaban circunstancias históricas diferentes.
Esto revela algo fundamental: la hereditabilidad no es una propiedad biológica fija, sino una medida que depende completamente de la población y las circunstancias que se analizan.
La cifra tradicional del 20-25% describía la esperanza de vida tal como se experimentaba en poblaciones históricas, donde las amenazas externas eran importantes.
La nueva estimación del 50-55% describe un escenario diferente, donde dichas amenazas se han eliminado en gran medida, lo que en esencia describe un rasgo distinto.
La cifra principal de una esperanza de vida de alrededor del “50% heredable” corre el riesgo de malinterpretarse, como si los genes determinaran la mitad de las posibilidades de vida de una persona.
En realidad, la contribución genética en un individuo determinado puede variar de muy pequeña a muy grande, dependiendo de sus circunstancias.
Existen innumerables caminos hacia una larga vida: algunas personas tienen perfiles genéticos robustos que las protegen incluso en condiciones difíciles, mientras que otras compensan una genética menos favorable con una excelente nutrición, ejercicio y atención médica.
Cada persona representa una combinación única, y muchas combinaciones diferentes pueden resultar en una longevidad excepcional.
Las combinaciones más comunes dependen completamente de la población y de las circunstancias en las que las personas viven y envejecen. A medida que las causas externas de muerte continúan disminuyendo en el mundo real, aunque no desaparecerán por completo, será fascinante observar cómo evolucionan estos patrones.
Los autores de este último estudio admiten que aproximadamente la mitad de la variación en la esperanza de vida aún depende del entorno, el estilo de vida, la atención médica y procesos biológicos aleatorios, como la división celular descontrolada en el cáncer.
Su trabajo, argumentan, debería renovar los esfuerzos para identificar los mecanismos genéticos involucrados en el envejecimiento y la longevidad.
Comprender cómo interactúan los diferentes factores genéticos con los diferentes entornos es probablemente la clave para explicar por qué algunas personas viven mucho más que otras.
El estudio ofrece información valiosa sobre cómo los diferentes tipos de mortalidad han moldeado nuestra comprensión de la esperanza de vida.
Sin embargo, sus resultados se entienden mejor como una muestra de cómo cambia la hereditabilidad en diferentes contextos, en lugar de establecer una contribución genética única y universal a la longevidad.
En definitiva, tanto los genes como el entorno importan. Y, quizás aún más importante, importan juntos.
Así que, independientemente de si esto parece una buena o mala noticia, probablemente nunca obtendrás una respuesta sencilla sobre qué parte de tu esperanza de vida está determinada únicamente por los genes.
* Karin Modig es profesora asociada de epidemiología del Instituto Karolinska, Suecia. Este artículo apareció en The Conversation. Puedes leer la versión original en inglés aquí.
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