
La inversión de 102 mil 948 millones de pesos en becas escolares durante 2024 –equivalentes al 9.3% del presupuesto público– no impidió que 994 mil 219 estudiantes abandonaran la educación en el ciclo escolar pasado.
Aunque estas transferencias beneficiaron a 2 de cada 10 estudiantes durante el ciclo 2024-2025, no hay evidencia que muestre que estos programas estén manteniendo a los niños y jóvenes en las escuelas. Además, se ha presentado una baja en la cobertura de las becas para educación básica y medio superior.
Frente a este panorama, los especialistas Patricia Ganem y Juan Martín Pérez subrayan que las autoridades educativas no han generado políticas públicas que atiendan esta problemática, lo que contribuye a que en el mediano y largo plazo las generaciones que abandonan la trayectoria escolar tengan menos oportunidades de mejorar sus condiciones económicas y sociales.

Patricia Ganem, investigadora de la asociación Educación con Rumbo, apunta que existen diversos factores que explican el abandono escolar, que puede ser temporal o definitivo, entre ellos “el aburrimiento, la desmotivación, la reprobación o el que los estudiantes no encuentren en la escuela un espacio en donde desarrollar el perfil profesional que esperan”.
Otras de las razones que motivan la deserción son los embarazos y uniones tempranas, además de que la pandemia de COVID-19 fue determinante para el abandono de las escuelas por parte de niños y jóvenes, sin que al terminar el periodo de confinamiento y la crisis de salud se implementaran programas para que volvieran a clases, indica Juan Martín Pérez, de Tejiendo Redes Infancia en América Latina y el Caribe.
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Sin embargo, Pérez apunta que la razón histórica por la que los adolescentes y jóvenes dejan la escuela es la necesidad económica, pues aun cuando la educación es gratuita “el traslado y los útiles escolares cuestan, además de que hay necesidad de dinero en casa, lo que los obliga a intentar trabajar y estudiar, pero al final terminan desertando”.

Ante esa necesidad económica, el especialista considera que el monto de las transferencias de las becas resulta insuficiente, ya que “con 800 pesos mensuales que le pueden dar a un estudiante no se soporta un mes de transporte, alimentos, materiales y las dificultades familiares que tienen”.
“El abandono escolar es la parte final de muchísimos temas que no se están atendiendo explícita y públicamente por parte de la Secretaría de Educación Pública (SEP). Y no quiero ser injusto con las y los maestros que acompañan a millones de alumnos del país, pero no sirven los esfuerzos individuales, lo que necesitamos es política pública para garantizar el acceso universal y la permanencia de los estudiantes”, agrega.

Juan Martín enfatiza que “nos conviene a todas y todos tener a los niños y jóvenes en las escuelas, porque quienes quedan fuera están en mayor riesgo de trabajo infantil, de embarazo, de ser víctimas de reclutamiento y del consumo de sustancias“.
Además, Ganem plantea que el no concluir sus estudios acentúa las brechas de desigualdad. “Porque los jóvenes requieren de formación y preparación para poder enfrentar de mejor forma el trabajo en equipo, para tomar decisiones y proyectar su futuro, lo que no solo se cruza con las habilidades que puedan adquirir, sino con oportunidades para conseguir mejores salarios”.
Un análisis de los resultados de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) realizado por el Instituto de Estudios sobre Desigualdad (INDESIG) encontró que la cobertura de becas Benito Juárez para educación básica y media superior –creadas en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador en sustitución del programa Prospera– se redujo en 6.7% entre 2022 y 2024.
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Según lo reportado por la ENIGH, el estado con la mayor reducción de la cobertura fue Chiapas (-16.1%), seguido de Oaxaca (-15.1%), Puebla (-13.7%), Guerrero (-13.3%), Yucatán (-12.3%), Campeche (-11.5%), Hidalgo (-11.5%), Durango (-10.5%), Veracruz (-9.2%) y Tlaxcala (-8.3%).
Baja California (-1.3%), Sonora (-2.7%), Jalisco (-2.9%), Chihuahua (-2.9%), Querétaro (-3.2%), Tamaulipas (-3.2%), Nuevo León (-3.3%), Coahuila (-3.5%), Ciudad de México (-3.8%) y Guanajuato (-4.3%) fueron las entidades con menor variación.

Máximo Ernesto Jaramillo, investigador del INDESIG, comenta que esta baja en las becas se reflejó en todos los estratos económicos, “aunque es mucho más pronunciado en los hogares más pobres, porque es ahí donde tenía una cobertura más importante”.
A partir del análisis del INDESIG, Jaramillo observó que la baja en la cobertura tiene que ver con el diseño y la estrategia de distribución, ya que “para empadronar y entregar los recursos, la SEP se basó mucho en las escuelas y no tanto en una búsqueda territorial de las personas que requerían el apoyo”, lo que pudo dificultar que se llegara a los hogares más pobres.

Independientemente de esta posibilidad, Jaramillo aclara que “los objetivos del programa, como tal, no incluyen el seguimiento de la deserción”, aunque tenga el nombre de beca, pues en realidad busca “elevar el ingreso de los hogares más pobres” como una transferencia de ingreso para niños y jóvenes, aunque “los más vulnerables están quedando fuera”.
Tomando en cuenta que el presupuesto para programas sociales aumentó –incluido el de las becas Benito Juárez–, el investigador concluye que “el análisis demuestra que no se trata solo de invertirles más dinero sino de contar con un diseño adecuado, basado en evidencia para saber cómo llegar a los hogares más pobres, lo que no necesariamente se está haciendo bien”.
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Por ello, el INDESIG recomienda que se debe reforzar a los programas sociales que hoy tienen una cobertura marginal, y que se reestructure y amplíe la Beca Rita Cetina –impulsada por la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum– tomando como referencia las deficiencias que tuvo la Benito Juárez.

Aunque muchos narcotraficantes viniesen de otras regiones, la ciudad de Guadalajara ha sido la base práctica y simbólica del auge del narco en México. Nadie lo demostró tanto como el El Mencho.
Mario, vecino del municipio de Tlaquepaque, en Guadalajara, hace fila en una tortillería el lunes en la tarde. “Son compras de pánico”, dice, ante una cola kilométrica.
El domingo, las autoridades mataron a “El Mencho”, el narco más buscado del país, y en represalia su gente sitió la ciudad con bloqueos, quemas y enfrentamientos.
Después de tres horas, con sus tortillas bajo el brazo, Mario explica: “Ayer la violencia estuvo muy cerca y hoy ya menos, pero el temor sigue y la gente se prepara para cualquier evento que pueda regresar”.
Él hizo la fila para las tortillas, una de sus hijas para el pollo, su esposa para las verduras.
La calma ha ido volviendo a la capital de Jalisco, el estado que da nombre al cartel que lideraba El Mencho: Cartel de Jalisco Nueva Generación. Pero, según Mario, que como conductor de taxi conoce las calles y la gente de primera mano, “el temor persiste”.
“Este tipo de medidas (matar a un capo del narco) tal vez son necesarias, urgentes, pero los más golpeados somos la ciudadanía, los que trabajamos en la calle. Ya son 15 años de esto”.
15 años, tal vez más, en los que Guadalajara se convirtió en la capital del narco: allí donde lavan la mayor parte de sus ganancias, desaparecen más personas que en cualquier parte y controlan regiones enteras en las que montan centros de reclutamiento y entrenamiento militar.
“En casi todas las colonias de la zona metropolitana se han encontrado fosas de cuerpos, y se ha ejecutado y torturado gente”, asegura Mario. “Es muy triste lo que se ha vivido en nuestro estado”.
A Guadalajara, una de las tres sedes mexicanas del Mundial de fútbol 2026, se le conoce como “la segunda ciudad de México” por muchas más razones que su población, cuyo número, entre 5 y 6 millones de habitantes, es el mismo que Monterrey.
Es la segunda ciudad, también, por historia, porque durante la Colonia y el siglo XIX se fundó allí un polo de poder, económico y cultural, tan fuerte como Ciudad de México.
En algún sentido es incluso la primera ciudad, porque de ahí sale la cultura mariachi, ranchera y tequilera que le dio fama al país.
Y en lo que al narco se refiere también: al ser el eje geográfico y económico de una vasta región cercana a Estados Unidos que incluye relevantes estados como Sinaloa, Guanajuato y Michoacán, los narcos hicieron de la capital jalisciense su base durante el auge de la industria en los años 80 y 90.
“Desde que tengo recuerdo esta ciudad está atravesada por el narco”, dice Verónica López García, una experimentada periodista cultural de la ciudad. “Primero fue su casa elegida, lo que nos dio una falsa seguridad, y luego nos convirtieron en un campo de guerra, en un territorio en disputa”.
Lo que ocurrió el domingo por la caída de El Mencho no fue la primera vez que la ciudad vive una ola de violencia, aunque sí una de las más graves.
Entre los ejemplos en la memoria de los tapatíos están el Rancho Aguirre, un centro de entrenamiento paramilitar encontrado a 30 kilómetros el año pasado; o la cifra de desaparecidos, que en Jalisco registra cerca de 16.000; o las veces que aparecieron cuerpos colgados de un puente; o la muerte del arzobispo en un tiroteo entre bandas del narco en 1993.
En 1985 ocurrió un caso clave: el narco mató a Enrique “Kike” Camarena, un agente mexicano-estadounidense de la DEA (Administración de Control de Drogas) que estaba investigándolo.
Un golpe de poder con el que el narco, en ese entonces en manos del Cartel de Guadalajara, quiso mostrar su poderío en una ciudad donde hasta entonces había mantenido el bajo perfil.
En estas tres décadas Guadalajara vivió un boom inmobiliario y reemplazó su vocación industrial por una economía de los servicios y la tecnología, y en ambos procesos el narco tuvo cierta participación.
El Mencho no solo traficó metanfetamina y fentanilo, sino que construyó un imperio criminal con sofisticadas operaciones de lavado de activos y extorsión.
El Departamento del Tesoro de EE.UU. estima que ocho de cada 10 negocios utilizados para lavar dinero en México ocurren en Jalisco y que 106 de 136 empresas ligadas al lavado de dinero están allí.
También calcula que el 80% de las empresas dedicadas al lavado en México están relacionadas con el CJNG.
Es difícil que esto ocurriera sin la complicidad de élites gobernantes.
En el caso Camarena se comprobó que oficiales estatales omitieron importantes detalles y encubrieron a algunos de los acusados. Con frecuencia surgen casos de policías destituidos por colusión con el narco. Al alcalde del emblemático municipio de Tequila lo arrestaron por lo mismo.
Jalisco es uno de los estados con mayor impunidad del país: la tasa de casos no resueltos por el poder judicial es, según un estudio de la Universidad de Guadalajara, del 99%.
De muchas maneras, Guadalajara no fue tomada por el narco: fue cedida. Los narcos se volvieron parte de la sociedad. Sus hijos entraron a los colegios.
Surgieron lujosos barrios y centros comerciales que hasta el más ingenuo de los tapatíos ve como parte del fenómeno narco.
Surgió una cultura con manifestaciones musicales, estéticas, incluso aspiracionales que para muchos en Jalisco era la única vida posible: la “cultura buchona”, esa estética y estilo de vida ostentosos que traspasaron las fronteras del narco.
“Cuando estaba en la preparatoria, a finales de los 80, vi los primeros indicios de esto, de gente con autos de lujo, que iban a Puerto Vallarta de vacaciones”, dice López García.
“Eventualmente decidí no ser parte, no ir a tal fiesta, así quisiera, porque sabía que algún vínculo con el narco tenía”.
Pero no todos tienen la posibilidad de tomar esa decisión, advierte Verónica: “O porque es la única solución económica, o porque es lo que te exige la cultura, hay mucha gente, muchos chavos, que lo asumieron como parte del paisaje”.
En una región desigual donde el trabajo informal es la norma, tranzar con el narco fue la única opción para muchos campesinos, pequeños emprendedores o jóvenes deseosos de surgir.
“Soy el dueño del palenque, cuatro letras van al frente”, dice un corrido dedicado a El Mencho.
Las cuatro letras son las del CJNG y la canción es una oda al líder: “Soy el señor de los gallos, el del cártel jalisciense”.
El líder cuya muerte revivió el trauma histórico de Guadalajara, la ciudad que el narco convirtió en su casa.
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