En el sexenio de Andrés Manuel López Obrador se gastaron más de 120 mil millones de pesos en repartir becas de Jóvenes Construyendo el Futuro a más de 3 millones de beneficiarios en todo el país. Sin embargo, aunque el objetivo del programa es apoyar a jóvenes de entre 18 y 29 años que no estudian ni trabajan para que encuentren un empleo, datos oficiales muestran que el número de jóvenes con trabajo formal y afiliados al seguro social no solo no aumentó al término del gobierno obradorista, sino que, por el contrario, se redujo en comparación con el de Enrique Peña Nieto.
A pesar de esta reducción, Marath Bolaños, titular de la Secretaría del Trabajo, presumió en un evento en noviembre pasado que hasta un 70 % de los jóvenes que participaron en el programa social salieron con trabajo.
Pero, datos de la propia Secretaría entregados a Animal Político vía transparencia pública reflejan que la cantidad de jóvenes becados que salieron con trabajo no alcanzó ni el 5 % en 2023, mientras que el año pasado el porcentaje cayó hasta menos de un 1 %.
Por otra parte, aunque al final del sexenio anterior se logró reducir en algo más de 690 mil casos la cifra de jóvenes que no estudian ni trabajan, en comparación con los que había al inicio del sexenio, dicha cifra apenas supone unos 278 mil casos más de lo logrado en el gobierno priista, cuando no se hizo un desembolso millonario en becas.
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En cuanto a la cobertura del programa social, existen discrepancias sobre el número real de beneficiarios. Por ejemplo, la Secretaría del Trabajo reportó para 2022 un promedio de 328 mil participantes a los que entregó la beca. Mientras que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reportó la identificación ese mismo año de 122 mil beneficiarios; es decir, a un 37 % de los participantes que se reportan en el padrón único de beneficiarios del programa Jóvenes Construyendo el Futuro, un tercio. O, en otras palabras: hay al menos 206 mil beneficiarios que el INEGI no encontró.
“¿Por qué faltan dos terceras partes de los beneficiarios? Esta discrepancia tan amplia genera la duda sobre cuál es la cobertura real de los jóvenes que reciben transferencias económicas del programa”, señaló en entrevista Rogelio Gómez Hermosillo, coordinador de la organización civil Acción Ciudadana Frente a la Pobreza.
Asimismo, ‘Jóvenes Construyendo el Futuro’ tampoco está priorizando a los jóvenes con menos preparación escolar, pues más de un 65 % de los becados tenían la preparatoria completa, o incluso un grado de educación superior completo, de acuerdo con un análisis realizado por Acción Ciudadana Frente a la Pobreza.
Por su parte, Jorge Cano, coordinador del programa de Gasto Público y Rendición de Cuentas de México Evalúa, señaló que, de acuerdo con datos de la Secretaría de Hacienda, el programa tampoco beneficia principalmente a los jóvenes más pobres.
“Es un programa ligeramente regresivo: los jóvenes del decil 3, 4 y 5, es decir, de medianos ingresos, reciben más apoyos que los de menos ingresos. Por ejemplo, el primer decil, o el 10 % de la población más pobre, recibe el 7.2 % de las transferencias de este programa, mientras que el decil número 8, ya clase media, recibe el 10.2 % de las transferencias. Esto nos dice que los jóvenes en mayor situación de pobreza no son los más beneficiados y esto limita mucho la efectividad del programa”, expuso el investigador de México Evalúa, quien agregó que tampoco se ofrecen opciones de cuidado para las mujeres, “lo que limita que sean beneficiaras del programa”.
Las fallas en el reparto de la beca son una deficiencia que ha sido constante desde el inicio del programa. Por ejemplo, en 2021, este medio publicó una investigación que reveló que Jóvenes Construyendo el Futuro se concentró en 2019, su primer año de operación, en zonas donde se necesitaba menos, según sus mismas reglas de operación, como municipios con bajo índice de pobreza o de marginación.
Mientras que la investigación ‘México Destruyendo el Futuro’, publicada por este medio en julio de 2023, reveló que, a pesar de la inversión millonaria del gobierno federal en becas, el programa tampoco priorizó a los municipios donde la juventud se ha visto más afectada por la violencia.
Aunque las autoridades también presumieron que gracias a las becas los jóvenes ya no son reclutados por el crimen organizado, lo cierto es que las cifras oficiales recabadas para esa investigación revelan que no solo no bajaron los homicidios de niños, niñas, adolescentes y jóvenes de hasta 29 años, sino que aumentaron en el sexenio de López Obrador, como también lo hicieron las detenciones de jóvenes por delitos vinculados al crimen organizado y las desapariciones.
De hecho, a excepción de Acapulco y León, ninguno de los 15 municipios con más asesinatos de jóvenes de hasta 29 años están ni entre los 100 primeros lugares con mayor reparto de becas para jóvenes.
Previo a la publicación de esta nota, Animal Político solicitó por escrito una entrevista a la Secretaría del Trabajo, pero no hubo respuesta.
En lo que respecta al empleo formal, datos del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) muestran que, en 2018, al término del sexenio priista de Peña Nieto, se registraron en total 6.8 millones de jóvenes entre 15 y 29 años que tenían un trabajo formal, el 18.1 % de la población joven en ese momento.
En 2024, al término de los 6 años de gobierno obradorista, y después de una inversión superior a los 120 mil millones de pesos, se registraron en total 6.6 millones de jóvenes ante el seguro social, también el 18.1% de toda la población joven.
Esto es: en el sexenio de López Obrador se crearon, según datos oficiales, 168 mil puestos de trabajo menos para jóvenes, en comparación con la administración de Peña Nieto, que también creó 1 millón 277 mil puestos formales más para jóvenes que en el gobierno de Felipe Calderón.
“Son datos que llaman mucho la atención, porque uno esperaría que muchos más jóvenes estuvieran incorporados al trabajo formal y, de acuerdo con las cifras oficiales del IMSS, no es el caso”, subrayó Gómez Hermosillo.
Ante las cifras del IMSS, el investigador de México Evalúa, Jorge Cano, apuntó que una de las posibles causas de la caída de empleo formal en jóvenes a pesar del programa, es que dicho programa social no incluye un plan para conectar a los beneficiarios con ofertas de trabajo.
Sobre las cifras presumidas el pasado 29 de noviembre de 2024 por el actual secretario del Trabajo, Marath Bolaños, cuando aseguró que 7 de cada 10 beneficiarios del programa ‘Jóvenes Construyendo el Futuro’ consiguieron un empleo formal, estas, como ya se expuso párrafos arriba, tampoco se corresponden con los datos ofrecidos por la propia Secretaría del Trabajo vía transparencia pública.
A pregunta de este medio, acerca de cuál es la fuente o el estudio que corrobore la aseveración del titular del Trabajo, la dependencia solo ofreció los datos de jóvenes que estaban inscritos en el programa y que encontraron trabajo en 2023 y 2024.
En 2023, siempre según la respuesta de la dependencia federal, un total de 19 mil 355 becados encontraron trabajo después del programa, de un total de 495 mil 240 inscritos ese año. Es decir, apenas un 4 %.
Mientras que en 2024, la cifra de empleados es todavía mucho menor: 443 contratados, según las cifras de la dependencia federal, de los 120 mil 945 jóvenes inscritos en el programa ese año. Esto es, el 0.4 %.
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En ambos casos, los datos ofrecidos por Trabajo de jóvenes que terminan la beca y encuentran un empleo formal distan mucho del 70 % de efectividad que tendría el programa que presumen las mismas autoridades federales.
Animal Político buscó a la Secretaría del Trabajo para preguntarle cómo llegaron a ese porcentaje tan alto de éxito, pero no hubo respuesta a la solicitud de entrevista.
La misma pregunta se le hizo a Rogelio Gómez Hermosillo, quien respondió que la Secretaría del Trabajo está utilizando de manera “engañosa” esa cifra para generar una percepción de éxito del programa.
En entrevista, el experto explicó que la dependencia federal ha elaborado a la fecha dos evaluaciones de impacto del programa social, realizados por la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Conasami), que usa datos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos en los Hogares (ENIGH) del INEGI para comparar participantes y no participantes del programa de Jóvenes, y medir cuántos consiguieron empleo.
En esos estudios la Secretaría del Trabajo llega a la conclusión, por ejemplo, de que los jóvenes que participan en el programa tienen hasta 2.7 veces más probabilidades de conseguir empleo, que los que no estuvieron en él. Es decir, que 62 % con beca consiguieron empleo, frente a 23 % sin beca y que también consiguieron empleo. Y de ese 62 % –aunque en noviembre pasado el titular del Trabajo elevó el dato a un 70 %–, es de donde se agarran las autoridades para presumir la alta efectividad del programa social.
El problema, apuntó Hermosillo, es que esos datos del INEGI solo reflejan un tercio del universo de participantes del programa en 2022. Además, compara esos 120 mil participantes con un universo de 12.2 millones que no participó.
Es decir, el 70 % de los casos de éxito sería sobre ese 15-20 % de la muestra total, por lo que, a decir del experto, se trata de una cifra “sesgada e incompleta, que no respalda las conclusiones triunfalistas”.
“Más aún –agregó–, las estimaciones estadísticas robustas, de ‘pareamiento’ y sus similares, presentan resultados de diferencia entre participantes y no participantes del programa de un 30 %, de ninguna manera de 270 % (las 2.7 veces más posibilidades de éxito de encontrar un empleo que presume el programa) como se trata de sugerir”.
Por otra parte, ‘Jóvenes Construyendo el Futuro’ busca beneficiar a jóvenes que están fuera de la escuela y sin trabajo, y reporta que apoyó a 3 millones de jóvenes para que estudiaran y aprendieran un oficio al mismo tiempo.
Sin embargo, los datos muestran resultados muy limitados en la reducción del número de jóvenes fuera de la escuela y sin trabajo, a pesar del desembolso millonario, o al menos no distan tanto de lo sucedido en el gobierno anterior (2012-2018), cuando no se había creado el programa.
De acuerdo con datos del INEGI, al final del sexenio de López Obrador se registraron 5.8 millones de jóvenes fuera de la escuela y sin trabajo, una reducción con el gobierno antecesor de 691 mil casos. Aunque se trata de una cifra significativa, no obstante, está muy lejos de los más de 3 millones de jóvenes a los que el programa dijo que entregó una beca.
Por su parte, al final del gobierno de Peña Nieto se registraron 6.5 millones de jóvenes fuera de la escuela y sin trabajo, una cifra que supuso una reducción de 413 mil casos en comparación con el gobierno de Calderón.
Es decir, en el gobierno de AMLO se redujeron 691 mil jóvenes que están fuera de la escuela y el trabajo, mientras que con Peña, sin el desembolso de la beca, la reducción fue de 413 mil casos en comparación con Calderón. Por lo que el efecto ‘diferenciador’ de Jóvenes Construyendo el Futuro fue de apenas 278 mil jóvenes en 6 años que salieron de la condición de estar fuera de la escuela y sin trabajo, menos del 10 % del total que recibió la ayuda.
El investigador Rogelio Gómez Hermosillo concluyó que ‘Jóvenes Construyendo el Futuro’, uno de los programas sociales ‘estrella’ de la administración pasada y actual, “no garantiza una experiencia laboral significativa, ni capacitación o desarrollo de competencia”.
“Es decir, el joven puede estar en un centro de trabajo y no aprender nada, pues no hay un seguimiento real de su estancia en el programa. Incluso, hay evidencia de que puedes no estar presente en el trabajo. Es decir, alguien puede decir que te registró y te mandan el dinero, y tú, o bien te quedadas ese dinero, o bien lo comparte con quien dijo que te registró”.
“No sabemos si esto lo hace 1 persona o 100 mil –añadió–, pero no hay mecanismos de control en el programa que garanticen que realmente estés en un centro de trabajo, ni que estés aprendiendo, ni que luego salgas con un empleo formal”, subrayó el investigador.
Sobre esto, cabe recordar también que la Auditoría Superior de la Federación (ASF) ha detectado en varias ocasiones irregularidades en la operación del programa Jóvenes Construyendo el Futuro.
En la Cuenta Pública de 2020, la ASF determinó que la Secretaría del Trabajo no logró mejorar sus mecanismos para evitar pagos irregulares, como los 28 millones de pesos entregados a jóvenes que se registraron para ser aprendices, pero en realidad eran beneficiarios de otros programas sociales y empleados en la administración pública y privada.
Por ejemplo, la ASF detectó “un probable daño o perjuicio, o ambos, a la Hacienda por 19 millones 604 mil pesos”, por el pago a 1 mil 315 beneficiarios del programa, “los cuales también se identificaron como beneficiarios en el Padrón de Beneficiarios del programa Jóvenes Escribiendo el Futuro, inscritos en alguna institución de educación superior del Sistema Educativo Nacional”.
Además, la dependencia, en ese entonces encabezada por Luisa María Alcalde, no presentó pruebas de las revisiones que, según los lineamientos del programa, se deben hacer a los centros de trabajo donde los jóvenes aprenden un oficio.
En 2022, la ASF también detectó que, al tiempo que trabajaban en una dependencia pública de gobierno, al menos 242 funcionarios estaban inscritos en el programa Jóvenes Construyendo el Futuro y cobraron la beca, lo que representó un monto total de 5 millones 110 mil pesos.
Además de los 120 mil millones de pesos gastados en el sexenio obradorista en Jóvenes Construyendo el Futuro, para este 2025, ya con Claudia Sheinbaum, se aprobó un presupuesto de otros 24 mil 200 millones de pesos. Una cifra, no obstante, que supone un recorte del 39 % en comparación al monto máximo ejercido en 2019, al inicio del sexenio pasado, o 15 mil 700 millones de pesos menos.
“Es un programa que está limitando su prioridad, y esto también está limitando que abarque o beneficie a más personas”, concluyó el investigador de México Evalúa, Jorge Cano.
En la isla se están construyendo edificaciones que buscan adaptarse al territorio y al entorno para ayudar a aliviar los estragos del cambio climático. Y utilizando saberes tradicionales.
Cuando Erle Rahaman-Noronha decidió dedicarse a la agricultura en 1997, el terreno donde se instaló en Freeport, como mucha de la tierra agrícola en la isla caribeña de Trinidad, era de monocultivo, un remanente de las plantaciones coloniales que marcaron la historia de la región.
“Hay un árbol de limón cada seis metros. Y esos árboles no son aquí”, señala Rahaman.
Ahora, estas 12 hectáreas se parecen más a un bosque, salpicado de estructuras construidas con materiales reutilizados.
Pero Rahaman-Noronha no solo ha reforestado sus terrenos, también es bastante entusiasta conque las estructuras que conforman su granja sean sostenibles.
Una vez entras a la finca, el concreto te da la bienvenida con forma de casa. Pero toda otra estructura que hay en el lugar tiene un toque de la naturaleza: arcilla, que se consigue en un terreno cercano, madera de los árboles que están en la parte de atrás de la granja, botellas de vidrios recicladas y de todos los colores que brillan con la luz del sol.
También se pueden apreciar los rastros redondos de lo que solían ser algunas llantas de bicicletas que fueron enterradas para darle fuerza a la estructura. Todo esto terminado con parches de hierba seca que sirve de textura para las paredes.
La granja abraza las antiguas tradiciones de Trinidad para construir sus casas, cuando sus habitantes las construían con lo que tenían en la mano, en vez de importar materiales.
Pero él no solo está utilizando materiales que terminarían de otro modo en la basura, sino que está utilizando estilos de construcción que proveen algo de resistencia en contra de los efectos del cambio climático.
El esfuerzo es parte del proyecto llamado Wa Samaki Ecosystems, una organización sin ánimo de lucro fundada por Rahaman-Noronha que desea resaltar los beneficios de los cultivos regenerativos en el Caribe y educar a los residentes en cómo ejercer la sostenibilidad mientras rehabilitan los espacios que los rodean.
“La idea a largo plazo es tener un lugar dónde educar a las personas sobre el medio ambiente y vivir en equilibrio con la naturaleza”, explica.
Mucho de la arquitectura en Wa Samaki se apoya en el pensamiento creativo de la arquitecta y escultora Celine Ramjit.
Formas de cuerpos cósmicos, criaturas y animales míticos adornan el paisaje además de esta estructura única, todos hechos usando un proceso conocido como construcción de la Tierra: usando materiales del ecosistema.
Y significa que cada espacio construido tiene su propia personalidad y una huella ecológica.
Esto está muy lejos del estándar común de construcciones en Trinidad, donde muchas de las edificaciones modernas proyectan una uniformidad estéril.
Ramjit nota que en estos días la decisión de construir un edificio o una casa tiene que ver primordialmente con el presupuesto y el acceso a los materiales.
“Esto viene con un tema de educación, donde no se considera de dónde vienen los materiales o cómo se producen”, señala la arquitecta.
Pero construir rápido no deja mucho tiempo para observar el medio ambiente: patrones de lluvia, plantas, la vida animal o donde sopla el viento.
“Es de ese tipo de cosas de las que estamos desconectados”.
En vez de tener en cuenta estos aspectos, se opta por nivelar el terreno, remover los árboles y empezar la construcción casi desde cero, sin considerar qué hay ya presente en ese terreno y cómo se puede integrar con el diseño.
Como la deforestación y la pérdida de especies nativas son un problema ambiental, la práctica de limpiar lo que existe y crear algo completamente nuevo puede tener un efecto dominó en el suelo, por ejemplo el incremento de deslizamientos.
La desconexión con el medio ambiente es un sello de lo que se conoce como la “cultura del concreto” que se convirtió en algo prevalente en Trinidad a principios del siglo XX.
Asad Mohammed, director de la Red del Manejo Urbano y de la Tierra del Caribe, atribuye esto al “impacto de la influencia de la arquitectura Occidental que tienen poca relevancia en el contexto en donde vivimos”.
Él describe un “estilo moderno de edificios cuadrados” que no están aclimatados a los calores intensos del verano o los huracanes y las inundaciones de la época de lluvias.
Esas cajas de concreto no siempre fueron la norma en el Caribe.
A través de la historia, en esta región del planeta se han visto varios estilos arquitectónicos que han usado lo que Mohammed llama un “buen diseño típico”.
Por ejemplo, describe a las casas europeas hechas en madera, con adaptaciones con el clima regional como ventanas que podían cerrarse o abrirse adecuadamente durante la temporada de tormentas y toldos para protegerse de la fuerte luz del sol.
Ahora, señala el experto, esas viviendas han sido reemplazadas con ventanas planas que tienen que estar cerradas siempre para evitar la exposición constante al sol o de la lluvia, por lo que el edificio tiene que tener aire acondicionado.
De hecho, las primeras casas en la región no tenían ventanas o incluso, muros.
Tracy Assing, miembro de la Comunidad de Pueblos Originarios en Arima y directora del documental “The Amerindians” anota que para sus ancestros, las estructuras más viejas eran de madera y techos de paja.
Y la mayoría de ellas estaban abiertas al aire.
“Era más como un refugio, con una situación de ático”, señala Assing.
Eran estructuras de temporadas, construidas para ser devueltas a la tierra y reconstruir si era necesario.
“El barro fue un avance tecnológico”, agrega.
Mientras las comunidades indígenas en el Caribe usaban arcilla para construir pequeñas estructuras como hornos en los tiempos precolombinos, fue tiempo después que se utilizó en una vivienda.
Pero para el siglo XVII, la influencia colonial española combinada con las técnicas indígenas había conducido a la popularidad de las estructuras de barro y adobe conocidas como tapia, que es lo más cercano a la técnica utilizada en la actualidad por Wa Samaki.
El historiador Glenroy Taitt, en una investigación publicada hace poco señala que las casas de tapia son como un refugio con forma ovalada con un marco de madera y hecho con una mezcla de arcilla, agua y hierba para las paredes y un techo de paja y hojas de palma.
Incluso esos tipos de edificios se podían encontrar en todo el país bien entrado el siglo XX.
“La era de la tapia finaliza alrededor de los años 40. No solo la gente dejó de utilizar este método para construir sus casas, sino que comenzaron a verlo como algo de personas de menos recursos y primitivo”, señala.
Casas de esta época ahora son difícil de hallar en Trinidad y solo se pueden ver en museos, como el Avocat Mud House.
Este lugar fue construido en 1885 y se erige como un registro de los métodos de construcción del pasado, utilizando técnicas popularizadas aún más por los inmigrantes indios que migraron al Cáribe en el periodo conocido como fr “trabajo no remunerado”
Dentro de esta casa que tiene más de un siglo, uno puede sentir como la temperatura desciende, que es un signo de las casas construidas con arcilla.
Al ser la arcilla más porosa que el concreto, logra atrapar humedad que luego se evapora y de esta forma libera el calor de la superficie.
Con el cambio climático causando temperaturas récord en el Cáribe, un cuarto con una temperatura normal al mediodía es una hazaña sorprendente en una estructura sin ventanas, ventiladores o aire acondicionado.
Construcciones adaptadas al clima fue un sello de la arquitectura del Caribe y con los patrones climáticos cambiando alrededor del mundo y afectando particularmente los pequeños estados caribeños, hay una necesidad creciente de mirar el éxito de estos estilos antiguos de arquitectura, a la vez que se incorporan los avances del mundo moderno.
Desde casas de arcilla hasta casas de hierba, pasando por las estructuras coloniales europeas con sus techos altos y espacios abiertos y aireados, cada etapa de la historia del Caribe se ha reflejado en el estilo de la arquitectura construida en esos tiempos.
Cuando Trinidad y Tobago se independizó en 1962, tuvo que lidiar con lo que esto significaba para su identidad nacional y sus edificios.
El Arquitecto Sean Leonard habla de este desafío de la identidad.
“Después de la independencia, como parte de definir cómo sería este nuevo país se decidió cómo tenían que lucir nuestros edificios”, explica.
En paisajes urbanos, como las áreas donde Leonard usualmente trabaja, hacer cambios ecológicos es algo totalmente distinto a lo que se hac en el campo, como Wa Samaki.
Mientras él habla con clientes corporativos, quienes podrían no considerar un diseño tropical como prioridad, mejorar las cosas pueden ser detalles tan pequeños como utilizar un modelo más tradicional de ventana para poder atrapar mejor el viento frío que viene de afuera o dejar dejar una parte del suelo sin pavimentar para que pueda absorber mejor el agua de la lluvia.
Otra adaptación del clima usada a través de la historia del Caribe es construir estructuras elevadas del suelo, que ayuda a la circulación del aire frío durante el verano y protege de las inundaciones en las épocas de lluvias.
Leonard describe esto como una técnica que ha sido usada a través de la historia de Trinidad, que todavía es utilizada y que puede servir tanto en la ciudad como en el campo.
Para las estructuras de arcilla como las que está construyendo Ramjit, que la estructura esté elevada del suelo es una necesidad de proteger la arcilla de absorber mucha humedad del piso.
Técnicas tradicionales y materiales como la arcilla y la hierba no son las únicas utilizadas en Wa Samaki, ellos también usan materiales de la basura, para reducir los desperdicios.
El mirador del lugar está hecho de guadua que crece en esta región.
Y para los cimientos y los muros, con forma de dragón, de esta estructura utilizaron llantas usadas tiradas a la basura, que fueron recogidas por los vecinos y rellenadas de botellas vacías y otros desperdicios de plástico antes de ser cubiertas con arena y arcilla.
El techo está cubierto de viejos carteles publicitarios reciclados y un trozo de un tanque de agua, cuya otra mitad se utiliza para albergar algunos de los peces de Rahaman-Noronha (Wa Samaki significa “De los peces” en suajili, un guiño a su lugar de nacimiento, Kenia).
En otras construcciones de la granja, botellas de vidrio multicolores incrustadas en las paredes proporcionan una vía para que entren fuertes halos de luz y color.
Sin su intervención, estos materiales probablemente habrían terminado en uno de los vertederos de desechos de Trinidad, filtrando sustancias químicas a entornos cercanos como la Reserva Natural del Pantano de Caroni.
En Wa Samaki, el equipo ha plantado vetiver, una planta multiusos que se puede utilizar para tratar el residuo químico que dejan las basuras en el suelo.
En la granja, lo utilizan para estabilizar las orillas de sus estanques y evitar deslizamientos de tierra, pero también es uno de los ingredientes principales de sus construcciones de arcilla.
Ramjit lo utiliza en tiras para dar forma a las paredes de tierra. La hierba se cosecha y se seca, y sus hojas largas y resistentes forman la red perfecta para mantener unida una estructura de arcilla.
Pero Ramjit enfatiza la importancia de experimentar con las hierbas disponibles, en lugar de intentar conseguir un tipo específico.
En lugar de tener “recetas” fijas sobre lo que deberían ser sus materiales de construcción, prueba y experimenta con lo que tiene a mano y alienta a otros a hacer lo mismo.
Durante todo el proceso, hay una idea subyacente de tener curiosidad por lo que nos rodea, observar y colaborar con el mundo natural en lugar de tratar de someterlo a nuestro control.
Assig describe una filosofía similar transmitida a través de su comunidad, de “trabajar con el medio ambiente, en lugar de imponerse a él”.
Este enfoque colaborativo podría ser la clave, no solo para construir estructuras sostenibles que tomen prestado tanto del pasado como del presente, sino para cambiar toda una cultura de cómo los humanos piensan sobre su relación con la tierra.
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