
Estados Unidos presentó el jueves su visión de una “nueva Gaza” que en tres años convertiría el devastado territorio palestino en un lujoso complejo de rascacielos junto al mar.
“Vamos a tener mucho éxito en Gaza. Va a ser algo grandioso”, expresó el presidente estadounidense, Donald Trump, al presentar su polémico “Consejo de Paz” durante el Foro Económico Mundial de Davos, en Suiza.
Esta junta fue inicialmente concebida para supervisar la reconstrucción de Gaza, pero en realidad aspira a resolver los conflictos en el mundo, en competencia con la ONU.

“Dije, mira esta ubicación junto al mar. Mira esta hermosa propiedad. Lo que podría significar para tanta gente”, afirmó Trump en la estación alpina suiza, dejando muy claro a los presentes que él era experto en bienes inmobiliarios.
Su yerno Jared Kushner, que no tiene un cargo oficial en el gobierno, pero es uno de los enviados de Trump para el alto el fuego en Gaza, vaticinó un “éxito descomunal” para su “plan maestro”.
Kushner mostró diapositivas en las que se veían decenas de torres de apartamentos con terrazas y vistas a un paseo arbolado.
“En Oriente Medio construyen ciudades como esta, para dos o tres millones de personas, lo construyen en tres años”, dijo. “Y así, cosas como esta son muy factibles si las hacemos realidad”, añadió.
El yerno de Trump barajó inversiones de al menos 25 mil millones de dólares para reconstruir la infraestructura y los servicios públicos destruidos desde la guerra desencadenada por un ataque masivo de combatientes del grupo islamista palestino Hamás en Israel en octubre de 2023.

Dentro de diez años, el PIB del territorio sería de 10 mil millones de dólares, y los hogares disfrutarían de un ingreso promedio de 13 mil dólares al año gracias a “un empleo pleno al 100 % y oportunidades para todos allí”, afirmó.
“Podría ser una esperanza. Podría ser un destino, tener mucha industria y realmente ser un lugar donde la gente pueda prosperar”, comentó Kushner.
Según él, el llamado Comité Nacional para la Administración de Gaza ha solicitado ayuda a la compañía inmobiliaria israelí Yakir Gabay.
“Se ha ofrecido a hacer esto no por lucro, realmente porque de corazón quiere hacerlo”, dijo Kushner, y prometió que en “los próximos cien días” van a centrarse en que “esto se implemente”.
Un alto cargo de la ONU advirtió este mes que los gazatíes viven en condiciones “inhumanas” pese a que la tregua respaldada por Estados Unidos entra en su segunda fase. Barrios enteros, hospitales y colegios han sufrido daños cuantiosos que obligan a cientos de miles de personas a vivir en refugios improvisados.
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Según Kushner, durante mucho tiempo el 85 % del PIB de Gaza procedió de ayuda. “Eso no es sostenible. No les da dignidad a estas personas. No les da esperanza”.

Insistió en que el desarme total de Hamás, previsto en el alto el fuego de octubre, convencería a las empresas y donantes a comprometerse con el territorio.
“Anunciaremos muchas de las contribuciones que se harán en un par de semanas en Washington”, adelantó. “Habrá oportunidades de inversión increíbles”.
Por de pronto, los expertos de la ONU que investigan las violaciones de derechos humanos en Israel y los territorios palestinos esperan que el Consejo de Paz creado por Trump les abra las puertas para acceder al lugar.
Las autoridades israelíes han bloqueado la labor de la Comisión internacional independiente de Investigación de la ONU en la Franja de Gaza, donde el organismo estima que Israel ha cometido genocidio.
La comisión fue establecida en 2021 por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, pero Israel se ha negado a cooperar.

“Con este plan de paz en marcha, se espera que eso pueda cambiar. Podría haber algo de cooperación por parte de aquellos que controlarán los asuntos de esa zona de conflicto”, declaró el presidente de la comisión, Srinivasan Muralidhar, en rueda de prensa en Ginebra.
“Esperemos que confíen en nosotros para llevar a cabo nuestra investigación de la manera más profesional”, añadió.
El plan de paz para Gaza respaldado por Estados Unidos entró en vigor por primera vez el 10 de octubre, lo que facilitó el retorno de todos los rehenes en manos de Hamás y el fin de los combates con Israel.
La segunda fase del plan se encuentra en marcha, aunque ensombrecida por cuestiones no resueltas.
En octubre de 2025, a dos años del conflicto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirmó que el hambre en Gaza no había disminuido desde que entró en vigor la tregua entre Hamás e Israel, y la ayuda que entraba al territorio palestino era incluso insuficiente.
“La situación sigue siendo catastrófica porque lo que llega no es suficiente”, declaró a los periodistas el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus.
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“El hambre no disminuye porque no hay suficientes alimentos“, añadió en la sede de la agencia sanitaria de la ONU en Ginebra.
Israel impidió repetidamente que entrara ayuda a la Franja de Gaza durante la guerra, empeorando la situación humanitaria en el asediado territorio. A finales de agosto, Naciones Unidas declaró oficialmente la hambruna en varias partes de la franja costera, donde viven más de dos millones de habitantes.

Japón enciende un reactor en la planta nuclear más grande del mundo a 15 años de haber cerrado sus 54 reactores luego de que un terremoto y un tsunami provocaran una fusión en Fukushima, que causó uno de los peores desastres nucleares de la historia.
Japón reinició las operaciones en la central nuclear más grande del mundo por primera vez desde que el desastre de Fukushima obligara al país a clausurar todos sus reactores hace 15 años.
La decisión de reactivar el reactor número 6 en Kashiwazaki-Kariwa, al noroeste de Tokio, se tomó a pesar de las preocupaciones de seguridad de los residentes locales.
Su puesta en marcha se retrasó un día debido a un fallo en la alarma y está previsto que comience a operar comercialmente el próximo mes.
Japón, que depende en gran medida de las importaciones de energía, fue uno de los primeros países en adoptar la energía nuclear.
Sin embargo, en 2011 sus 54 reactores tuvieron que cerrarse después de que un terremoto y un tsunami masivos provocaran una fusión en Fukushima, que causó uno de los peores desastres nucleares de la historia.
Esta es la última etapa en la reactivación de la energía nuclear de Japón, que aún tiene un largo camino por recorrer.
No se espera que el séptimo reactor en Kashiwazaki-Kariwa se reactive hasta 2030 y los otros cinco podrían ser desmantelados. Esto deja a la planta con mucha menos capacidad que la que tenía cuando los siete reactores estaban operativos: 8,2 gigavatios.
Desencadenada por el terremoto más potente jamás registrado en Japón, la fusión de los reactores de Fukushima Daiichi, 220 kilómetros al noreste de Tokio, provocó una fuga radiactiva en la costa.
Las comunidades locales fueron evacuadas y muchas no han regresado a pesar de las garantías oficiales de que es seguro hacerlo.
Los críticos afirman que la empresa propietaria de la planta, Tokyo Electric Power Company (Tepco), no estaba preparada y que su respuesta y la del gobierno no estuvieron bien coordinadas.
Un informe gubernamental independiente lo calificó de “desastre provocado por el hombre” y culpó a Tepco, aunque un tribunal posteriormente absolvió de negligencia a tres de sus ejecutivos.
Aun así, el miedo y la falta de confianza alimentaron la oposición pública a la energía nuclear y Japón suspendió sus 54 reactores poco después del desastre.
Durante la última década, el país intentó reactivar estas centrales eléctricas, con el objetivo de alcanzar cero emisiones netas para 2050.
Desde 2015, Japón ha reactivado 15 de sus 33 reactores operativos. La central de Kashiwazaki-Kariwa es la primera de las que posee Tepco en reactivarse.
Antes de 2011, la energía nuclear representaba casi el 30% de la electricidad de Japón y el país planeaba alcanzar el 50% para 2030.
Su plan energético del año pasado reveló un objetivo más moderado: Japón quiere que la energía nuclear cubra el 20% de sus necesidades eléctricas para 2040.
Pero incluso eso puede ser complicado.
La energía nuclear está cobrando impulso a nivel mundial.
El Organismo Internacional de Energía Atómica estima que la capacidad mundial de energía nuclear podría duplicarse para 2050.
En Japón, la energía nuclear representaba tan solo 8,5% de la electricidad en 2023.
La primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, quien asumió el cargo en octubre, ha enfatizado la importancia de la energía nuclear para la autosuficiencia energética de Japón, especialmente considerando que se prevé un aumento repentino de la demanda de energía debido a los centros de datos y la fabricación de semiconductores.
Los líderes japoneses y sus empresas energéticas llevan mucho tiempo impulsando la energía nuclear.
Afirman que es más fiable que las energías renovables, como la solar y la eólica, y más adecuada para el terreno montañoso de Japón.
Sin embargo, los críticos afirman que el énfasis en la energía nuclear se produce a costa de la inversión en renovables y la reducción de emisiones.
Mientras Japón intenta revitalizar sus ambiciones en materia de energía nuclear, los costos de funcionamiento de los reactores se dispararon, en parte debido a las nuevas comprobaciones de seguridad que exigen cuantiosas inversiones por parte de las empresas que intentan reactivar las centrales.
“La energía nuclear se está volviendo mucho más cara de lo que jamás se hubiera imaginado”, afirma la doctora Florentine Koppenborg, investigadora principal de la Universidad Técnica de Múnich.
El gobierno podría subvencionar los costos o trasladarlos a los consumidores, pero ambas opciones son inaceptables para los líderes japoneses, que durante décadas han elogiado la asequibilidad de la energía nuclear.
Una factura energética elevada también podría perjudicar al gobierno en un momento en que los hogares protestan por el aumento de los costos.
El gobierno “tiene las manos atadas para apoyar financieramente la energía nuclear, a menos que esté dispuesto a ceder en uno de sus principales argumentos de venta”, señala Koppenborg.
“Creo que este resurgimiento es una gota en el océano, porque no cambia el panorama general del declive de la energía nuclear en Japón”.
Además del temor a otro desastre como el de Fukushima, una serie de escándalos también socavaron la confianza pública.
La central de Kashiwazaki-Kariwa, en particular, se vio envuelta en un par de ellos.
En 2023, uno de sus empleados perdió un fajo de documentos tras colocarlo encima de su auto y olvidar que estaba allí antes de arrancar.
En noviembre, se descubrió que otro empleado había manipulado de forma inadecuada documentos confidenciales.
Un portavoz de Tepco dijo que la compañía informó de los incidentes a la Autoridad de Regulación Nuclear (NRA, por sus siglas en inglés) y añadió que su objetivo era mejorar la gestión de seguridad.
Estas revelaciones son una “buena señal” para la transparencia, apunta Koppenborg. Pero también indican que Tepco “está teniendo dificultades para cambiar sus métodos y su enfoque de seguridad”.
A principios de este mes, la NRA suspendió su revisión para reiniciar los reactores nucleares en la planta de Hamaoka de Chubu Electric, en el centro de Japón, tras descubrirse que la compañía había manipulado datos sísmicos en sus pruebas.
La compañía se disculpó y declaró: “Seguiremos respondiendo con sinceridad y en la mayor medida posible a las instrucciones y directrices de la NRA”.
Hisanori Nei, un antiguo alto funcionario de seguridad nuclear, declaró a la BBC que si bien estaba “sorprendido” por el escándalo en Hamaoka, creía que la severa sanción impuesta a su operador debería disuadir a otras empresas de hacer lo mismo.
“Las compañías eléctricas deberían reconocer la importancia de no falsificar datos”, dijo. Añadió que las autoridades “rechazarán y castigarán” a las empresas infractoras.
Lo ocurrido en Fukushima hizo que la opinión pública japonesa se opusiera a lo que se había proclamado como una forma de energía asequible y sostenible.
Miles de residentes presentaron demandas colectivas contra Tepco y el gobierno japonés, para exigir indemnizaciones por daños materiales, angustia emocional y problemas de salud supuestamente relacionados con la exposición a la radiación.
En las semanas posteriores al desastre de marzo de 2011, el 44% de los japoneses consideraba que se debía reducir el uso de la energía nuclear, según una encuesta del instituto de estudios Pew.
Esa cifra aumentó al 70% en 2012. Pero luego, las encuestas realizadas por la publicación empresarial japonesa Nikkei en 2022 mostraron que más del 50% de la gente apoyaba la energía nuclear si se garantizaba la seguridad.
Aún persiste el miedo y la desconfianza. En 2023, el vertido de agua radiactiva tratada de la central nuclear de Fukushima Daiichi generó ansiedad e ira tanto en el país como en el extranjero.
Y muchos siguen oponiéndose a la reactivación de las centrales nucleares.
En diciembre, cientos de manifestantes se congregaron frente a la asamblea de la prefectura de Niigata, donde se encuentra Kashiwazaki-Kariwa, expresando su preocupación por la seguridad.
“Si algo ocurriera en la central, seríamos nosotros quienes sufriríamos las consecuencias”, declaró un manifestante a la agencia de noticias Reuters.
La semana pasada, antes de la reactivación de Kashiwazaki-Kariwa, una pequeña multitud se congregó frente a la sede de Tepco para protestar de nuevo.
Las normas de seguridad nuclear se reforzaron tras el desastre de Fukushima.
La NRA, un órgano ministerial establecido en 2012, supervisa ahora la reactivación de las centrales nucleares del país.
En Kashiwazaki-Kariwa se han construido muros de contención de 15 metros de alto para protegerse de grandes tsunamis y se instalaron puertas estancas para resguardar los equipos críticos de la instalación.
“Con base en las nuevas normas de seguridad, [las centrales nucleares japonesas] podrían sobrevivir incluso a un terremoto y tsunami similares al que tuvimos en 2011”, defiende Nei, exalto funcionario de seguridad nuclear.
Sin embargo, Koppenborg sigue preocupada por la situación: “Se están preparando para lo peor que han visto en el pasado, pero no para lo que está por venir”.
A algunos expertos les inquieta que estas políticas no ofrezcan suficiente planificación frente al aumento del nivel del mar debido al cambio climático, o del megaterremoto, único en un siglo, que Japón ha estado anticipando.
“Si el pasado se repite, Japón está muy bien preparado”, admite Koppenborg.
“Pero si ocurre algo realmente inesperado y se produce un tsunami más grande de lo esperado, no lo sabemos”.
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