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Y cuando desperté, el genocidio seguía ahí
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Y cuando desperté, el genocidio seguía ahí

Entre octubre de 2023 y el 14 de enero de este año, 1046 palestinos han sido asesinados en Cisjordania, de los cuales 229 eran menores de edad. Sólo en 2025, más de 830 palestinos fueron heridos por colonos israelíes, envalentonados por el genocidio en Gaza que sigue su curso.
22 de enero, 2026
Por: Daniela S. Valencia

A mediados de octubre pasado, Aysam Mualla, de 13 años, acompañó a su familia a cosechar aceitunas en su campo de olivos, al sur de Nablús. Un comando israelí les tiró gases lacrimógenos que lo intoxicaron hasta dejarlo en coma. Finalmente, el 11 de noviembre falleció.

Aysam Mualla, de 13 años, fallecido el 11 de noviembre luego que un comando israelí le tiró gases lacrimógenos que lo intoxicaron hasta dejarlo en coma.
Foto proporcionada por la familia de Aysam Mualla a los medios.

 

Murad Fawzi Abu Seifen murió desangrado el 6 de noviembre después de que soldados israelíes le dispararan cuatro veces tras una redada en las calles de la ciudad de Al Yamoun e impidieran la entrada de ambulancias. Tenía 15 años.

Murad Fawzi Abu Seifen, de 15 años, murió desangrado el 6 de noviembre de 2025 después de que soldados israelíes le dispararan cuatro veces tras una redada en las calles de la ciudad de Al Yamoun e impidieran la entrada de ambulancias.
Foto proporcionada por la familia de Murad a la prensa.

 

Nazih Masalma tuvo “la suerte de solo perder un ojo”. El 27 de octubre, mientras esperaba el autobús escolar junto a su hermana en la villa de Beit Awwa, al sur de Hebrón, un soldado abrió la puerta de uno de los tres jeep militares que pasaban y lanzó una bomba de gas lacrimógeno directamente al rostro de este estudiante de 14 años.

Nazih Masalma, de 14 años, esperaba el autobús escolar junto a su hermana en la villa de Beit Awwa, al sur de Hebrón, el 27 de octubre de 2025, cuando un soldado abrió la puerta de uno de los tres jeep militares que pasaban y lanzó una bomba de gas lacrimógeno directamente a su rostro. Perdió el ojo izquierdo.
Foto de Alex Levac, publicada en el periódico Haaretz.

 

Estas historias no son de Gaza. Son de Cisjordania y desmontan una de las coartadas más repetidas para justificar la sistemática violencia israelí contra población civil: la idea de una “zona de guerra” contra Hamás.

Empezar por aquí permite comprender que el proyecto de limpieza étnica y colonialismo de asentamiento sobre la que se fundó el Estado de Israel no es un desvío reciente ni una reacción excepcional al 7 de octubre. Es una política de largo aliento que, en los últimos dos años, no ha hecho más que acelerarse sobre la Palestina histórica.

Según datos de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA), entre octubre de 2023 y el 14 de enero de este año, 1046 palestinos han sido asesinados en Cisjordania, 229 eran menores de edad. Sólo en 2025, más de 830 palestinos fueron heridos por colonos israelíes, envalentonados por el genocidio en Gaza que sigue su curso.

Desde el anuncio del supuesto alto al fuego del 10 de octubre pasado, más de 450 gazatíes han sido asesinados por el ejército israelí. Según UNICEF en un reporte al 14 de enero, 100 de ellos eran niños y niñas, cifra que, advierte el organismo, solo refleja aquellos incidentes que se han podido documentar. Entre ellos el de los hermanos Fadi y Jumaa Abu Assi, de 8 y 11 años, asesinados el 29 de noviembre. Fueron considerados “amenaza inmediata” por los soldados israelíes, quienes los abatieron con un dron al verlos cruzar la imaginaria línea amarilla mientras buscaban leña para que su familia pudiera cocinar.

Pero los actos genocidas no se reducen a asesinatos directos. También buscan hacer inviable la vida misma. Según un análisis satelital de The New York Times, 2500 edificios han sido demolidos en Gaza desde el “alto al fuego”. A ello se suma, desde enero, la prohibición impuesta por Israel para que 37 organizaciones humanitarias operen en la Franja, entre ellas Médicos Sin Fronteras. Todo esto en pleno invierno, mientras bebés mueren por hipotermia en campamentos improvisados.

Lo que, en cambio, sí logró el acuerdo de paz trumpiana fue sacar a Palestina de los titulares y desmovilizar las calles. Estos días, el hueco que se abre en los medios internacionales se centra en presentar a los integrantes del “Consejo de Paz” que Donald Trump ha invitado para dar inicio a la segunda fase de su “Plan de Paz” para la franja de Gaza, con el que además pretende ir más allá y crear una estructura paralela a la ONU, eso sí, con cartera en mano que la membresía cuesta 1000 millones de dólares por país.

Ante este panorama, pocos incentivos parecen quedar para el optimismo. Pero si Palestina ha fungido como laboratorio de prueba de este nuevo orden mundial distópico que pretende desplazar el derecho internacional por la ley del más fuerte y la impunidad, es también desde ahí donde podemos encontrar respuestas para revertirlo.

El pueblo palestino, tras décadas sometido a la sistemática desposesión de tierras, negación de derechos y amenaza constante del olvido, ha puesto nombre a la esperanza activa que guía la práctica de resiliencia y cuidado de la vida colectiva que hoy desborda sus fronteras: sumud.

Sumud se refleja en las voces de las “Hijas de la Nakba” y se expresa hoy, dentro de Gaza, en gestos cotidianos que desafían la lógica de la aniquilación: en las familias que celebraron en noviembre que sus hijas e hijos lograron graduarse del tawjihi (el bachillerato), porque saben que estudiar es una vía para defender una posibilidad de futuro, y en la perseverancia de una nueva generación de periodistas gazatíes que, a través de proyectos como Gaza’s Voice, sigue formándose, decidida a que sus comunidades no se queden sin voz.

Pero sumud, entendido como una ética de resistencia civil, se sigue encarnando también fuera de Palestina, en acciones concretas como el movimiento BDS, que disputan la normalización del genocidio y el apartheid. En el terreno simbólico del deporte se han sumado campañas como Game Over Israel, que ha puesto bajo presión a la FIFA y a la UEFA para que suspendan a Israel de las competiciones internacionales, cuestionando que un Estado acusado de graves violaciones a los derechos humanos participe en eventos que pretenden representar valores universales. En el Reino Unido, activistas vinculados a Palestine Action sostuvieron una huelga de hambre desde prisiones británicas para exigir que el gobierno no adjudicara contratos de defensa a Elbit Systems, la principal empresa armamentística israelí; setenta días después, el gobierno anunció la cancelación de uno de esos acuerdos.

Ese mismo desplazamiento del marco —salir de las trampas narrativas heredadas— es el que plantea la One Democratic State Initiative, una iniciativa ciudadana que señala el agotamiento de la retórica de los “dos Estados”, convertida en un dispositivo para gestionar la desigualdad y posponer la justicia. Frente a ello, propone un horizonte político en el que todas las personas que habitan entre el río Jordán y el mar Mediterráneo puedan coexistir como ciudadanos libres e iguales, con los mismos derechos, sin jerarquías impuestas por origen, religión o etnia.

Nada de esto sustituye la responsabilidad concreta de los Estados de salvaguardar el derecho internacional y garantizar justicia. Pero sí muestra cómo, frente a la parálisis institucional y la anestesia mediática, se sigue construyendo democracia desde abajo: a través de la articulación ciudadana, la presión política y la disputa de los marcos de legitimidad que han permitido que lo intolerable se vuelva cotidiano. En tiempos de fatiga apocalíptica y saturación informativa, sumud no es una consigna romántica, sino una interpelación directa: a no dejar de mirar y a actuar para que lo que se normalice sea la solidaridad, no el horror. Despertar, aunque no baste, sigue siendo el primer acto de resistencia frente a la creciente ola autoritaria.

* Daniela S. Valencia (@dany_svalencia) es analista política y directora de la agencia internacional Vibrante Comunicación. Tiene un Máster en Estudios de Mujeres, Género y Ciudadanía por la Universidad de Barcelona. Redes sociales: Instagram, LinkedInBlueSky

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Imagen BBC
“Vimos como moría gente alrededor, pero no podíamos hacer nada”: los relatos de los sobrevivientes del choque de trenes en España
3 minutos de lectura

Sobrevivientes y familiares de las víctimas de la tragedia en España cuentan cómo sucedió el peor accidente de tren del país en más de una década.

19 de enero, 2026
Por: BBC News Mundo
0

Ana viajaba con su hermana y con su perro en uno de los trenes accidentados el domingo por la noche en el peor accidente ferroviario de España en más de una década.

“Algunas personas estaban bien y otras muy mal. Y las teníamos delante, estábamos viendo cómo morían pero no podíamos hacer nada”, le dice a la agencia de noticias Reuters con una herida visible en la cara, mientras cojea en la entrada al hospital.

Ensangrentada y sin saber muy bien cómo, la sacaron del tren otros pasajeros que rompieron las ventanas. A su hermana, que quedó atrapada, la rescataron los servicios de urgencia y está ingresada en observación un hospital de la zona. Del perro, aún no se sabe nada.

Un tren de la compañía Iryo en el viajaban unas 300 personas con destino a Madrid desde Málaga descarriló sus tres últimos vagones e invadió la vía contigua, chocando con otro convoy que cubría la línea Madrid-Huelva y que también descarriló con 184 pasajeros a bordo.

Al menos 39 personas han muerto y decenas más han resultado heridas. La mayoría eran españoles que regresaban a la capital después del fin de semana.

Karina y Ahmed esperan sentados en sillas de plastico verde en el hospital.
Reuters
Las causas del accidente, ocurrido en el municipio de Adamuz a las 19:39 hora local, todavía se desconocen.

La colisión ocurrió a las 19.45 horas del domingo cerca de la localidad de Adamuz, en la provincia de Córdoba, a unos 360 km al sur de la capital, Madrid. Dejó 122 heridos, 48 de ellos siguen aún hospitalizados y 12 en cuidados intensivos, según los servicios de emergencia.

Momentos antes del accidente, Ana se dio cuenta de que algo pasaba: “Pensé que no era normal, viajo mucho en tren. Ahí fue donde miré a mi hermana, la busqué y es el último momento que recuerdo antes de que todo se oscureciera. De repente, solo oí gritos”.

Sentados en una silla de plástico verde de la sala de espera del Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba, Ahmed y Karina Tagedi esperan noticias de su hermano.

“Mi hermano se encuentra bien, dadas las circunstancias, con una fractura en la rodilla izquierda, a la espera de ser trasladado a Huelva”, le dice Ahmed a Reuters.

“Había gente muriendo cerca de él. Me contó que una niña le pedía ayuda. No pudo ayudarla porque tenía una rodilla rota y no podía moverse. Ella pedía ayuda. Se siente mal por no haber podido ayudarla”.

Familiares se abrazan.
Getty Images
Los equipos de socorro señalaron que los restos torcidos de los trenes dificultaban el rescate de las personas atrapadas dentro de los vagones.

Lucas Meriako, describió la experiencia como una “película de terror”.

“Estábamos en el vagón cinco y empezamos a sentir unos golpes en la vía, nada raro, pero de repente los golpes eran más”, relató al noticiero La Sexta Noticias.

“Nos pasó otro tren por al lado y todo empezó a vibrar mucho más, se sintió un golpe atrás y la sensación de que todo el tren se iba a caer… romper”, describió.

Meriako añadió que el impacto del choque rompió los cristales del tren, desplazó las maletas que les cayeron encima a los pasajeros y se empezaron a escuchar los gemidos de los heridos.

En ese momento, según su testimonio, la gente se empezó a mover ya consciente de la situación y a romper los cristales para salir.

Línea gris de separación
BBC

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