
El jefe del Departamento de Servicios Generales de la Casa Hogar “Patos”, albergue para personas migrantes del DIF de Oaxaca, fue detenido por su probable responsabilidad en la muerte de dos niñas originarias de Haití, cuyos cuerpos fueron encontrados en una fosa séptica.
Con la detención de E.J.B.Z. suman tres servidores públicos puestos a disposición de las autoridades.

Este caso ocurre en un contexto en el que funcionarios del DIF han sido señalados de cometer abusos, violencia y explotación laboral infantil contra niños, niñas y adolescentes que se encuentran en los albergues administrados por el DIF.
Las dos niñas estaban alojadas temporalmente en Casa Hogar “Patos”, y tras haberse reportado su extravío, fueron localizadas en una fosa.
El gobernador del estado, Salomón Jara, ordenó la destitución de la directora general del DIF Oaxaca, así como la destitución de la directora del Albergue y de la Coordinadora de Albergues.
Recalcó que la fiscalía ya realiza las diligencias correspondientes para determinar las circunstancias de lo ocurrido y, en su caso, fincar las responsabilidades que procedan conforme a la ley, sin excepción y con pleno respeto al debido proceso.
El Instituto para las Mujeres en la Migración (IMUMI) expresó su más profunda indignación, dolor y rabia ante la muerte de las dos niñas de nacionalidad haitiana y destacó que las infancias en situación de movilidad humana son sujetas de derechos y el Estado mexicano, a través del DIF, que tiene la obligación legal, moral e internacional de garantizar su vida, integridad y seguridad.
“El lugar que debía ser un refugio seguro para ellas y su madre se convirtió en el escenario de una tragedia prevenible. El hecho de que hayan caído en una cisterna sin restricción de acceso y sin la vigilancia adecuada —además de haber sido encontradas posteriormente al interior de una fosa séptica— no es un accidente, es una negligencia institucional y una omisión de cuidados”.

Asimismo, señaló que las mujeres y las niñas haitianas que transitan por México enfrentan múltiples fronteras de exclusión, discriminación interseccional y racismo institucional. “Ser mujer, ser niña, ser afrodescendiente y ser migrante en México a menudo significa ser relegada a espacios precarios e inseguros que el propio Estado legitima bajo la figura de albergues”.
“La política migratoria y el sistema de asistencia social no pueden seguir operando bajo condiciones de precariedad que cuestan vidas. Las niñas migrantes no deben ser víctimas de un sistema que promete protección y entrega abandono”, sostuvo.
De acuerdo con el Instituto para las Mujeres en la Migración este no es el primer caso en que una niña muere bajo custodia del Estado mexicano. Recordó que en mayo de 2019, una niña de origen guatemalteco murió bajo custodia del Instituto Nacional de Migración, en la estación migratoria de la Ciudad de México “Las Agujas”, por negligencia médica del doctor de la estación migratoria. Hasta la fecha, casi 7 años después, la madre sigue sin recibir reparación integral del daño.
Ante los hechos, el IMUMI pide a la Fiscalía del estado una investigación exhaustiva, pronta y transparente, que debe incorporar perspectiva de niñez, de género y antirracista, que determine las responsabilidades penales y administrativas por omisión de cuidados y negligencia criminal de las autoridades y personal a cargo del albergue “Casa Pato”.
A la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas y a las autoridades estatales, demandan garantizar acompañamiento psicosocial, médico, asesoría jurídica gratuita, servicios de traducción al creole haitiano y la reparación integral del daño para la madre de las niñas, evitando en todo momento su revictimización o criminalización.
Al Sistema Nacional DIF y a la Procuraduría Federal de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes solicitan una inspección inmediata y exhaustiva de todos los Centros de Asistencia Social del país para asegurar que cumplan con los estándares internacionales de habitabilidad, seguridad y dignidad.
También exhortaron al Estado mexicano a que asuma su responsabilidad y deje de administrar la migración desde un enfoque de contención y negligencia, priorizando verdaderas políticas de cuidados y protección integral para las familias transnacionales.

Aunque muchos narcotraficantes viniesen de otras regiones, la ciudad de Guadalajara ha sido la base práctica y simbólica del auge del narco en México. Nadie lo demostró tanto como el El Mencho.
Mario, vecino del municipio de Tlaquepaque, en Guadalajara, hace fila en una tortillería el lunes en la tarde. “Son compras de pánico”, dice, ante una cola kilométrica.
El domingo, las autoridades mataron a “El Mencho”, el narco más buscado del país, y en represalia su gente sitió la ciudad con bloqueos, quemas y enfrentamientos.
Después de tres horas, con sus tortillas bajo el brazo, Mario explica: “Ayer la violencia estuvo muy cerca y hoy ya menos, pero el temor sigue y la gente se prepara para cualquier evento que pueda regresar”.
Él hizo la fila para las tortillas, una de sus hijas para el pollo, su esposa para las verduras.
La calma ha ido volviendo a la capital de Jalisco, el estado que da nombre al cartel que lideraba El Mencho: Cartel de Jalisco Nueva Generación. Pero, según Mario, que como conductor de taxi conoce las calles y la gente de primera mano, “el temor persiste”.
“Este tipo de medidas (matar a un capo del narco) tal vez son necesarias, urgentes, pero los más golpeados somos la ciudadanía, los que trabajamos en la calle. Ya son 15 años de esto”.
15 años, tal vez más, en los que Guadalajara se convirtió en la capital del narco: allí donde lavan la mayor parte de sus ganancias, desaparecen más personas que en cualquier parte y controlan regiones enteras en las que montan centros de reclutamiento y entrenamiento militar.
“En casi todas las colonias de la zona metropolitana se han encontrado fosas de cuerpos, y se ha ejecutado y torturado gente”, asegura Mario. “Es muy triste lo que se ha vivido en nuestro estado”.
A Guadalajara, una de las tres sedes mexicanas del Mundial de fútbol 2026, se le conoce como “la segunda ciudad de México” por muchas más razones que su población, cuyo número, entre 5 y 6 millones de habitantes, es el mismo que Monterrey.
Es la segunda ciudad, también, por historia, porque durante la Colonia y el siglo XIX se fundó allí un polo de poder, económico y cultural, tan fuerte como Ciudad de México.
En algún sentido es incluso la primera ciudad, porque de ahí sale la cultura mariachi, ranchera y tequilera que le dio fama al país.
Y en lo que al narco se refiere también: al ser el eje geográfico y económico de una vasta región cercana a Estados Unidos que incluye relevantes estados como Sinaloa, Guanajuato y Michoacán, los narcos hicieron de la capital jalisciense su base durante el auge de la industria en los años 80 y 90.
“Desde que tengo recuerdo esta ciudad está atravesada por el narco”, dice Verónica López García, una experimentada periodista cultural de la ciudad. “Primero fue su casa elegida, lo que nos dio una falsa seguridad, y luego nos convirtieron en un campo de guerra, en un territorio en disputa”.
Lo que ocurrió el domingo por la caída de El Mencho no fue la primera vez que la ciudad vive una ola de violencia, aunque sí una de las más graves.
Entre los ejemplos en la memoria de los tapatíos están el Rancho Aguirre, un centro de entrenamiento paramilitar encontrado a 30 kilómetros el año pasado; o la cifra de desaparecidos, que en Jalisco registra cerca de 16.000; o las veces que aparecieron cuerpos colgados de un puente; o la muerte del arzobispo en un tiroteo entre bandas del narco en 1993.
En 1985 ocurrió un caso clave: el narco mató a Enrique “Kike” Camarena, un agente mexicano-estadounidense de la DEA (Administración de Control de Drogas) que estaba investigándolo.
Un golpe de poder con el que el narco, en ese entonces en manos del Cartel de Guadalajara, quiso mostrar su poderío en una ciudad donde hasta entonces había mantenido el bajo perfil.
En estas tres décadas Guadalajara vivió un boom inmobiliario y reemplazó su vocación industrial por una economía de los servicios y la tecnología, y en ambos procesos el narco tuvo cierta participación.
El Mencho no solo traficó metanfetamina y fentanilo, sino que construyó un imperio criminal con sofisticadas operaciones de lavado de activos y extorsión.
El Departamento del Tesoro de EE.UU. estima que ocho de cada 10 negocios utilizados para lavar dinero en México ocurren en Jalisco y que 106 de 136 empresas ligadas al lavado de dinero están allí.
También calcula que el 80% de las empresas dedicadas al lavado en México están relacionadas con el CJNG.
Es difícil que esto ocurriera sin la complicidad de élites gobernantes.
En el caso Camarena se comprobó que oficiales estatales omitieron importantes detalles y encubrieron a algunos de los acusados. Con frecuencia surgen casos de policías destituidos por colusión con el narco. Al alcalde del emblemático municipio de Tequila lo arrestaron por lo mismo.
Jalisco es uno de los estados con mayor impunidad del país: la tasa de casos no resueltos por el poder judicial es, según un estudio de la Universidad de Guadalajara, del 99%.
De muchas maneras, Guadalajara no fue tomada por el narco: fue cedida. Los narcos se volvieron parte de la sociedad. Sus hijos entraron a los colegios.
Surgieron lujosos barrios y centros comerciales que hasta el más ingenuo de los tapatíos ve como parte del fenómeno narco.
Surgió una cultura con manifestaciones musicales, estéticas, incluso aspiracionales que para muchos en Jalisco era la única vida posible: la “cultura buchona”, esa estética y estilo de vida ostentosos que traspasaron las fronteras del narco.
“Cuando estaba en la preparatoria, a finales de los 80, vi los primeros indicios de esto, de gente con autos de lujo, que iban a Puerto Vallarta de vacaciones”, dice López García.
“Eventualmente decidí no ser parte, no ir a tal fiesta, así quisiera, porque sabía que algún vínculo con el narco tenía”.
Pero no todos tienen la posibilidad de tomar esa decisión, advierte Verónica: “O porque es la única solución económica, o porque es lo que te exige la cultura, hay mucha gente, muchos chavos, que lo asumieron como parte del paisaje”.
En una región desigual donde el trabajo informal es la norma, tranzar con el narco fue la única opción para muchos campesinos, pequeños emprendedores o jóvenes deseosos de surgir.
“Soy el dueño del palenque, cuatro letras van al frente”, dice un corrido dedicado a El Mencho.
Las cuatro letras son las del CJNG y la canción es una oda al líder: “Soy el señor de los gallos, el del cártel jalisciense”.
El líder cuya muerte revivió el trauma histórico de Guadalajara, la ciudad que el narco convirtió en su casa.
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