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Una utopía entre el tecnofeudalismo y la agroecología
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Una utopía entre el tecnofeudalismo y la agroecología

Las élites internacionales que defienden abiertamente el supremacismo nos piden confiar en que son capaces de construir las soluciones tecnológicas necesarias para que el planeta siga siendo habitable. Mientras tanto, sus supuestas innovaciones tecnológicas, como las centrales de datos, la electrificación de la movilidad y la nueva carrera espacial siguen ampliando las fronteras extractivas y contaminando aún más el planeta.
01 de marzo, 2026
Por: Roberto Alviso Marqués

La disputa por la utopía es una lucha política necesaria y urgente. En su libro Ecotopías (Festina, 2025), el profesor y escritor Francisco Serratos hace una revisión de las alternativas de futuro que se difunden actualmente. Milmillonarios (billionaires, en inglés) y políticos conservadores del Norte Global nos presentan como escape a las crisis globales un tecnofuturo a través de la colonización del espacio y la digitalización de nuestras vidas.

Estas élites internacionales que defienden abiertamente el supremacismo -esta visión política que vincula racismo con imperialismo- nos piden confiar en que son capaces de construir las soluciones tecnológicas necesarias para que el planeta siga siendo habitable. Mientras tanto, sus supuestas innovaciones tecnológicas, como las centrales de datos –data centers-, la electrificación de la movilidad y la nueva carrera espacial siguen ampliando las fronteras extractivas y contaminando aún más el planeta.

Frente a este camino, me pregunto: ¿cómo podemos rescatar “la Utopía” para lograr una visión del mundo con más igualdad y menos violencia, con consciencia ecológica y empatía multiespecie? La respuesta se aleja del sci-fi que nos presentan desde siempre y nos regresa hacia la base de la vida: la tierra que habitamos.

A inicios de este año tuve la oportunidad de visitar Kenia como parte del programa de maestría Erasmus Mundus de Desarrollo Territorial Sostenible de la Universidad de Padova, Italia. Durante este viaje pude comprobar cómo algunas agrupaciones campesinas en Kenia como Community Sustainable Agriculture Healthy Environmental Program (CSHEP) y Grow Biointensive Agriculture Center (GBIACK) han consolidado una red de iniciativas agroecológicas con la motivación de asegurar economías de subsistencia y fortalecer los sistemas productivos locales frente a la presión de semillas modificadas y químicos de la agroindustria. De esta forma, han difundido prácticas de agroforestería, la elaboración y uso del bokashi -abono orgánico de origen japonés- y el uso de la mosca soldado negra para compostaje y alimento para gallinas. Así se aprovechan los residuos generados en el agrosistema y se logran fijar nutrientes en la tierra que permiten que conserve su productividad.

Luego de esta experiencia me pregunto: ¿cómo leer esta apuesta desde el contexto mexicano? Nuestro país, como la mayoría de la región latinoamericana, ha vivido desde los 60 un proceso de descampesinización. Este ha sido empujado primero por migraciones masivas del campo a la ciudad, debido a que el desarrollo industrial nacional reemplazó productos elaborados previamente en el campo desde el ejercicio de la artesanía.

Adicionalmente, la rentabilidad de la economía campesina inició una tendencia a la baja al abaratarse los alimentos, proceso que se aceleró en los años 90 con el fin del reparto agrario y la imposición del TLCAN en el 94.  Desde entonces, las y los campesinos mexicanos continuaron sufriendo los impactos por el ingreso de alimentos baratos de la producción subsidiada por Estados Unidos. Por ejemplo, en el caso del maíz, un cultivo clave para la soberanía alimentaria del país, México es un importador neto. En 1994 las importaciones representaban un 15 % de la producción de maíz, mientras que para 2021 crecieron hasta el 63 % de la producción. Nuestro maíz, uno de los cultivos fundacionales de la civilización en América, está en riesgo constante por la presión de las semillas modificadas promovidas por la agroindustria.

Ante el colapso ambiental que ya habitamos, requerimos un viraje urgente tanto en el discurso como en la práctica para una reconexión con la tierra y rescatar las capacidades productivas del campo mexicano. Este proceso no se sostiene con la expansión de la agroindustria en el país en la que pocos dueños operan grandes extensiones de tierra a través de procesos hipertecnificados como las plantaciones de monocultivos que se sostienen con fertilizantes y pesticidas industriales, las cuales son altamente ineficientes en términos energéticos, pues consumen altas cantidades de combustibles y electricidad. Requiere un impulso a los pequeños productores para recuperar la dignidad de la vida rural y asegurar la soberanía alimentaria del país con métodos agroecológicos que han demostrado aumentos en la resiliencia ante eventos climáticos extremos.

La utopía a la que debemos avanzar puede encontrar sus referentes en lugares poco comunes. En Kenia, pero también a lo largo de Latinoamérica, los bancos comunitarios de semillas para proteger a las variedades nativas son un símbolo de resistencia frente a nuevos espacios de apropiación del capital, como las patentes del código genético de semillas transgénicas con las que Monsanto y empresas del ramo pretenden controlar la producción de alimentos a nivel global. Estas variedades de semillas en conjunto con prácticas agroecológicas como el policultivo, el uso de fertilizantes orgánicos y la capacitación y uso eficiente del agua.

Disputemos entonces esa idea de futuro. No caigamos ante la resignación frente a este tecnofeudalismo en donde los dueños de las corporaciones tecnológicas imponen gobiernos y establecen un nuevo orden internacional que continúa con la explotación de la Tierra y toda la vida que la habita. Quien controla nuestra alimentación define gran parte de quienes somos en términos nutricionales, culturales y económicos. No nos dejemos distraer por las pantallas que se roban nuestra atención para hacer negocio. Pongamos de nuevo los pies en la tierra.

* Roberto Alviso Marqués (@robalviso) es organizador comunitario y educador. Forma parte de @_constituyentes.

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Imagen BBC
“El Tuli”, mano derecha de “El Mencho” que organizó los bloqueos y disturbios tras la muerte del jefe del CJNG y que fue abatido
4 minutos de lectura

Hombre de confianza de “El Mencho”, Hugo César Macías Ureña había ascendido en el Cartel Jalisco Nueva Generación gracias a su control de los sicarios y su capacidad de reclutamiento.

24 de febrero, 2026
Por: BBC News Mundo
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Llegó a ofrecer 20.000 pesos (US$1.150) por cada militar abatido en los disturbios.

Mandó bloquear carreteras y vías de comunicación, quemar carros y otros vehículos, atacar cuarteles y negocios y sembrar el caos tras el operativo militar que este domingo descabezó al peligroso Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) matando a su líder, Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”.

Su mano derecha, Hugo César Macías Ureña, alías “El Tuli” o “El Tulipán”, fue identificado por las autoridades mexicanas como coordinador de células armadas y operador financiero del CJNG, y como el autor intelectual de los bloqueos y disturbios que siguieron a la muerte de “El Mencho”, y en los que 25 miembros de la Guardia Nacional y tres civiles fallecieron.

El propio Macías Ureña también perdió la vida en los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, así como otros 33 presuntos criminales ligados al CJNG.

“Con inteligencia militar central también se obtuvo información que Hugo ‘H’, alias ‘El Tuli’, quien era el operador logístico, financiero y la principal persona de confianza de ‘El Mencho’ se encontraba en El Grullo, Jalisco”, aseguró el general Ricardo Trevilla Trejo, secretario de Defensa Nacional, en la conferencia de prensa en la que se detalló la cronología del operativo contra el CJNG.

Desde El Grullo “él estaba coordinando bloqueos sobre las vías de comunicación, los incendios a vehículos, los ataques a instalaciones militares, a la Guardia Nacional, en fin, negocios, instalaciones del gobierno, etcétera. Y ofrecía, además, 20.000 pesos por cada militar que asesinara a todo el personal de este grupo delincuencial”, reveló el Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch.

En respuesta, se desplegó una unidad aeromóvil de Fuerzas Especiales de la Brigada de Fusileros Paracaidistas, explicó Trevilla Trejo.

Un autobús incendiado en los disturbios en México.
Reuters

Al ser localizado, “El Tuli” intentó escapar en un vehículo y presuntamente abrió fuego contra los efectivos desplegados para capturarlo, que respondieron matando al que se consideraba como uno de los más estrechos colaboradores de “El Mencho”, también conocido como “El señor de los gallos”.

Macías Ureña tenía en su poder varias armas, más de 7,2 millones de pesos y casi US$1 millón.

Quién era “El Tuli”

Hugo César Macías Ureña aparece en investigaciones ministeriales e informes de inteligencia como uno de los mandos operativos más cercanos al ahora fallecido Nemesio Oseguera Cervantes, según el diario “Milenio”.

Así lo revelan incluso varios narcocorridos dedicados a “El Tuli”, ese género musical popular en algunas zonas de México que ensalza las figuras de los narcos y ofrece detalles sobre sus vidas.

En “El Tulipán”, de Martín Castillo, se señala, por ejemplo que “el 5”, como también era conocido Macías Ureña, es “compadre de mucha confianza para aquel Señor de los Gallos, en las buenas y en las malas, nunca lo han dejado abajo, y en las peores batallas siempre han salido ganando”.

“No diré a qué se dedica, no quiero malentendidos”, continúa Martín Castillo, “pero es compadre de Mencho y quiere mucho a sus hijos”.

“El Tuli” fue, al parecer, señalado como jefe directo de células de choque con influencia en la operación territorial, según la información que proporcionaron sicarios detenidos y documentos filtrados, según “Milenio”.

Las autoridades aclararon que Macías Ureña no había sido oficialmente nombrado sucesor de “El Mencho”, pero asumió rápidamente el control operacional del cartel tras la muerte del líder.

Durante la etapa de expansión del grupo en el oeste mexicano, “El Tuli” formaba parte de la segunda línea operativa del cartel, momento en el que consolidó su modelo basado en células móviles fuertemente armadas.

Tres factores habían hecho, según el rotativo, que Macías Ureña consolidara su crecimiento dentro de la estructura del CJNG: la capacidad que tenía para reclutar a nuevos miembros, el control de grupos de sicarios y la coordinación táctica en campo.

Estos son atributos que el pasado domingo pudo demostrar cuando tomó las riendas de la respuesta del cartel al operativo militar contra “El Mencho”

La detención en el pasado de miembros del cartel como Juan Francisco Aguilar Santana, alias “Juan Pistolas”, lo sitúan como mando regional con acceso a la estructura central del CJNG.

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BBC

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