
Para entender mejor
Sandra Argüello, quien utiliza silla de ruedas, fue arrastrada el pasado viernes 9 de enero por un automovilista que circulaba en sentido contrario, en la alcaldía Miguel Hidalgo de la Ciudad de México. Indignada, contó que “el señor no se detuvo aun cuando yo empecé a golpear su ventana y a gritar”.
En entrevista, Sandra señaló que su pareja y vecinos de la colonia lograron detenerlo, y presionaron a un policía para que fueran trasladados al Ministerio Público (MP). Sin embargo, debido a que un médico legista determinó que no sufrió lesiones graves, el conductor Roberto “N” pudo irse, “aunque dañó mi silla dejándola inservible, pero no lo hicieron pagar nada”.

Sandra tiene 48 años, de los cuales ha pasado 35 utilizando una silla de ruedas a causa de una lesión en la médula. Junto con su pareja, se dedica a la venta de dulces en la Escuela de idiomas del Casco de Santo Tomás, un trabajo que le permite solventar sus gastos y estar en compañía de su cuidador.
La noche en que ocurrió el incidente vial se encontraba de camino a encontrarse con una prima que tiene un negocio cerca. Sin embargo, en el cruce de las calles Tlaloc y Xolotl, colonia Tlaxpana, el automóvil dio vuelta en sentido contrario, lo que provocó que se rompiera su silla de ruedas.
“No venía rápido, el punto fue que hizo contacto su automóvil con la silla de ruedas y se enganchó. Yo le pegué al carro para hacerle notar lo que pasó y le grité que estaba atorada, pero en vez de detenerse siguió avanzando varios metros conmigo atorada, hasta que mi pareja y un muchacho que iba pasando lograron jalarme”, narró Sandra.
De acuerdo con la mujer, en cuanto llegó un policía al sitio intentó disuadirla de emprender acciones en contra del conductor del automóvil, quien a través del oficial le hizo saber que estaba dispuesto a pagar por los gastos médicos, a lo que ella respondió que el gasto fuerte que tendría sería su silla de ruedas, “porque es especial, activa, de uso continuo y uso urbano, y esas son caras”.
Por insistencia de Sandra, el asunto se llevó ante la Agencia del Ministerio Público MH-5, donde continuaron las dificultades de acceso a la justicia para la afectada, ya que el ingreso al edificio requiere subir varios escalones y el elevador para personas con discapacidad estaba fuera de servicio, por lo que la tuvieron que cargar. Tras 13 horas de espera, tomaron su declaración y le dieron un pase para ser evaluada en un hospital.
El sábado, después de ir a su domicilio para descansar un rato, Sandra tuvo que dedicar otras 14 horas al trámite del certificado de sus lesiones, para que en el Ministerio Público le dijeran que no había delito qué perseguir.
“Yo reclamé que se hiciera un peritaje a mi silla, porque estoy segura de que fue lo que me salvó la vida, y que gracias a las llantas de fibra de carbono resistió el arrastre, porque me pudo matar. Entonces la MP me preguntó cuánto costaba la silla, y con un estimado del precio de venta que aparece en internet le dije que como 50 mil pesos, ante lo cual se rió y comentó que no podía costar eso“, detalló.

Con apoyo de amigos y familiares, Sandra pudo comprar una silla de ruedas nueva, aunque esta no es a su medida ni cuenta con las particularidades de la que había ocupado por ocho años, lo que le ha provocado molestias e irritaciones en la piel.
Decepcionada, expresó que las personas con discapacidad “seguimos siendo invisibles. En el discurso suena muy bonito cuando hablan de accesibilidad e inclusión, pero en realidad eso no existe, porque por ejemplo, yo vivo a tres calles del metro y la Fiscalía está a pocas estaciones de distancia, pero el problema es que en ninguna hay elevadores, por lo que debo tomar taxi forzosamente para ir y eso me obliga a gastar dinero que no tengo”.
A esto se suma el que “no tienen tantita empatía, porque en ningún lado tenemos acceso para absolutamente nada, ni para la justicia, porque aún cuando vieron que uso silla de ruedas y que el elevador está fuera de servicio en el MP no nos dieron apoyo para subir, y eso es algo que me ha pasado en todos lados”.
“El señor que iba manejando está en su casa, viviendo como si nada, y yo me quedé sin la silla que lleva conmigo ocho años, a la que estoy adaptada. Y para las autoridades es sólo un objeto, pero para las personas con discapacidad es parte de nuestro cuerpo porque no podemos vivir sin ella, es como si te rompieran la pierna, pero ellos no lo toman así”, subrayó.
Debido al trato que recibió del personal del Ministerio Público, Sandra interpuso una queja en asuntos internos y buscó la asesoría legal de un abogado del Instituto de las Personas con Discapacidad (Indiscapacidad), quien la apoyará para buscar la reparación por el daño que sufrió su silla de ruedas.
También recibió el ofrecimiento de apoyo de una asociación civil que le dijo que podrían prestarle una silla de ruedas activa, como la que se dañó, en tanto que logra reparar la suya o contar con una nueva. Sandra se dijo agradecida, pero molesta porque aunado a lo ocurrido con su aparato de apoyo para la movilidad, perdió los ingresos de toda una semana de trabajo por todos los trámites derivados del percance.

Según expertos, los humanos ya estamos dejando una huella indeleble. Pero, ¿qué exactamente quedará de nosotros dentro de cientos de millones de años?
Fragmentos de un mineral llamado pirita de hierro hallados donde eran raros y una fina capa de arcilla de color rojo, junto con mucho trabajo, investigación y conocimiento acumulado, recientemente cambiaron el eje cronológico de la evolución humana.
Los hallazgos revelaron que uno de los momentos fundamentales de nuestra historia, aquel en el que aprendimos a controlar el fuego, ocurrió 350.000 años antes de lo que se pensaba.
El descubrimiento nos recuerda que, con el paso del tiempo, hasta lo crucial puede extraviarse, y es una muestra de cómo los rastros que quedan son a veces la única esperanza de que en el futuro se pueda imaginar lo que fue.
¿Qué quedará de nuestra civilización cuando ya no existamos?
Si, como hacen los científicos ahora, algún ser del futuro lejano explorara la Tierra, ¿cómo podría saber que estuvimos aquí?
Eso se preguntó Steve, oyente del programa CrowdScience de la BBC, inspirado por el famoso poema de Percy Bysshe Shelley “Ozymandias”, que llama a reflexionar cómo hasta lo más magnífico y colosal es insignificante ante el fluir irrefrenable del tiempo.
De los dinosaurios, por ejemplo, hemos encontrado fósiles, aunque se extinguieron hace unos 65 millones de años tras vivir en la Tierra durante unos 165 millones de años… ¿habrá oportunidad de que hallen fósiles nuestros?
“El problema con los fósiles es que la mayoría de las cosas no se fosilizan; solo una pequeña fracción de la vida terrestre se ha fosilizado”, señala el astrofísico Adam Frank, de la Universidad de Rochester, en EE.UU.
Efectivamente, se estima que menos de una décima parte del 1% de todas las especies que han vivido se han convertido en fósiles.
Aún más bajas son las posibilidades de que, así algunos nos convirtamos en fósiles, nos encuentren.
Sin embargo, no es imposible, apunta Paul Davis, curador de geología en el Museo de Lyme Regis, en la Costa Jurásica inglesa.
“Los fósiles pasan por un proceso de transformación de ser vivo a, en esencia, piedra.
“Los huesos o las conchas se van modificando lentamente, a través de millones de años de agua, productos químicos y minerales fluyendo a través de los sedimentos y rocas en los que están incrustados”.
Los humanos, agrega, tenemos a nuestro favor el contar con partes duras, como los huesos y los dientes.
Para potenciar la posibilidad de convertirse en fósil, “lo mejor es que te entierren en el mar, en algún lugar de una buena cuenca donde se depositen sedimentos muy finos y haya suficiente profundidad para que las aguas no sean muy ricas en oxígeno”.
No obstante, insiste, “las probabilidades de que los humanos se conviertan en fósiles serán escasas, como ocurre con la mayoría de la vida a lo largo del tiempo geológico”.
Entonces, ¿dejaremos huella?
Los paleontólogos Jan Zalasiewicz y Sarah Gabbott, de la Universidad de Leicester (Reino Unido), argumentan que sí, que ya la imprimimos y que además es indeleble.
Los dos científicos escribieron un libro llamado “Discarded” (Desechados, 2025) en el que afirman que los tecnofósiles serán nuestro legado definitivo.
Los humanos modernos (Homo sapiens) hemos existido una fracción muy pequeña de la historia de la Tierra -apenas unos 300.000 años de los ~4.540 millones de años del planeta-, y al parecer somos los artesanos de nuestra propia destrucción.
Pero así nuestra existencia termine siendo poco más que un pequeño parpadeo perdido en un gran periodo geológico, Zalasiewicz considera que seremos como otro parpadeo que tuvo un enorme efecto: “El gran meteorito que acabó con los dinosaurios. En este caso, nosotros somos el meteorito”.
Puede que no seamos la inmensa roca que chocó con la Tierra y eliminó especies, pero estamos interfiriendo con ellas de otras formas sorprendentes.
“Al causar la extinción o transportar animales y plantas, hemos alterado el camino de la evolución biológica, por lo tanto, hemos alterado el patrón del registro fósil, y eso va a aparecer”, dice el paleontólogo.
“Basándose en eso, nuestros exploradores del lejano futuro se preguntarán qué pasó y por qué. Y van a centrarse en la capa donde empezó todo: la nuestra”.
Zalasiewicz se refiere a los estratos en la Tierra, capas de roca, sedimento o suelo que se acumulan a lo largo del tiempo como las páginas de un libro, mostrando la historia geológica del planeta, donde las capas más profundas son las más antiguas.
La composición química de esas capas indica qué procesos físicos estaban ocurriendo en ese momento.
Una de las cosas que encontrarían esos paleontólogos futuros es el resultado del gran impacto que los humanos hemos tenido en otros animales.
Cuando no los transportamos de un rincón del mundo a otro, elegimos ganadores y perdedores, señala Gabbott.
“Hoy en día, solo el 4% de los mamíferos son salvajes. El otro 96% somos nosotros o los animales que criamos para comer. Así que hemos cambiado por completo la diversidad de la vida.
“Fíjate en los pollos. Matamos 75.000 millones de pollos cada año. Y los pollos representan dos terceras partes de la biomasa de aves en la Tierra… ¡dos terceras partes son pollos!”.
Así que esos científicos del futuro remoto, al examinar los estratos de toda la historia de la Tierra en busca de rastros de alguna civilización posiblemente se preguntarán: ¿Por qué hay tantas aves parecidas? ¿Y por qué morían en masa?
Así como nuestra habilidad de controlar el fuego, otras formas de generar calor y energía ya han dejado y siguen dejando huellas que los futuros paleontólogos podrían notar.
Entre ellas, residuos mortales que tenemos que enterrar profundamente bajo tierra, los nucleares, “unos de los pocos que realmente hemos pensado profundamente sobre cuánto tiempo van a durar, aunque seguimos dejando la solución del problema para más adelante”, resalta Gabbott.
Y luego están las minas de carbón gigantes, presas enormes y huellas menos directas.
“Un rastro que ya hemos dejado tras la quema de enormes cantidades de carbón, petróleo y gas es la ceniza que ha subido a la atmósfera como humo y contaminación”, señala Zalasiewicz.
“Se llaman partículas carbonáceas esféricas. Son trozos muy pequeños de carbono sin quemar. Son realmente, realmente robustas. Son indigeribles y simplemente se quedan ahí como una capa dentro de los estratos.
“En un futuro lejano, los paleontólogos podrán encontrar esos pequeños restos de ceniza rica en carbono fósil de manera muy similar a como ahora encontramos habitualmente esporas fósiles de polen en estratos: tomas un poco de roca, la disuelves, miras los restos bajo el microscopio y, voilà, habrá unos trozos de ceniza volante únicos. No hay nada igual en el registro geológico”.
Entonces, las huellas químicas en las rocas nos delatarán en el futuro. ¿Pero, no perdurarán rastros más concretos? ¿Un poco de cultura quizás?
“Si tienes una ciudad, como Venecia, Nueva Orleans o Shanghái, que se están hundiendo, eventualmente empezarán a cubrirse por capas de arena y barro. Los edificios en ruinas quedarán en muy mal estado; se convertirán en una capa de escombros.
“Pero lo que está debajo de eso -aparcamientos subterráneos, sistemas de alcantarillado y demás-, estará mucho mejor conservado, simplemente porque tendrán una capa de suelo, sedimento, barro y arena encima, y se convertirán en estratos”, anticipa el paleontólogo.
Mmm… poco romántico. Aunque quizás quede algo de las obras de arte que varios museos almacenan en sus bodegas subterráneas.
Y tal vez otras pistas les permitirán sospechar al menos que fuimos creativos.
“Creo que dirán que éramos tecnológicamente avanzados porque hemos combinado elementos y materiales de formas muy imaginativas”, supone Gabbott.
“Además hemos creado muchísimos materiales nuevos: hay unos 5.200 minerales que se encuentran de forma natural en el planeta; los humanos hemos producido artificial y sintéticamente 300.000 minerales nuevos”.
Esa manipulación del entorno, ya sea fabricando nuevos materiales, quemando combustibles fósiles o interfiriendo con otras especies, nos hará detectables durante mucho tiempo.
¿Habrá alguna idea de cuánto?
Es muy difícil probar cuánto durarán nuestras cosas, explica Gabbott.
“Lo que podemos hacer son experimentos en el laboratorio, y yo hago muchos, en los que básicamente asalto un material con temperaturas o presiones altas, o a veces, luz ultravioleta muy fuerte, para acelerar artificialmente su descomposición.
“Esos experimentos son útiles, pero realmente no nos dicen cuánto van a durar las cosas, por eso buscamos análogos en el registro fósil.
“Por ejemplo, tenemos hojas fósiles de hace cientos de millones de años. El papel está hecho de celulosa, que es lo mismo que las hojas. Así que usamos eso como análogo para afirmar que el papel, en el entorno adecuado, probablemente podría durar cientos de millones de años”, ilustra la experta.
Ahora, si tuviera que calcular durante cuántos millones o miles de millones de años en el futuro seguirán presentes nuestras huellas, ¿cuál sería su mejor estimación?
¿Durante cuánto tiempo cree que los paleontólogos podrían mirar atrás y ver que existimos?
“Mi apuesta sería hasta el fin del planeta, honestamente”, responde.
“Piensa que la Tierra tiene 4.500 millones de años y tenemos rocas de 4.000 millones de años que contienen grafito. Así que, el grafito en forma de lápiz podría durar 4.000 millones de años.
“Y el plástico va a durar muchísimo”.
Así que esos exploradores del futuro posiblemente encontrarán, enterrados en algunos estratos del suelo, lápices y bolígrafos…
…y hasta cosas que quizás los confundan, como las figuritas de plástico con forma de dinosaurios que quizás puedan sobrevivir más tiempo que los fósiles de los animales que sirvieron de modelo.
“Potencialmente, sí podría pasar pues los fósiles de dinosaurios son materiales biológicos. Así que el hueso de los dinosaurios remineralizado probablemente podría durar cientos y cientos de millones de años, pero no estoy segura de si miles de millones de años, porque realmente no tenemos un caso de prueba para eso.
“Los dinosaurios de plástico con los que juegan los niños, por su parte, si acabaran enterrados en sedimentos en el fondo del océano, podrían durar más que un hueso real de dinosaurio”.
Quién sabe cómo los paleontólogos del futuro lejano interpretarían la presencia de objetos con la forma de esos gigantes extintos.
Al fin y al cabo, ayer, hoy y mañana -por distante que sea ese mañana-, lo que hacen los científicos que exploran el pasado es imaginárselo a partir de las pocas piezas que logran hallar de un rompecabezas inmenso.
* Este artículo está basado en el episodio “How long will traces of our civilisation last?”, realizado por Caroline Steel y Sam Baker, de la serie del Servicio Mundial de la BBC CrowdScience.
Haz clic aquí para leer más historias de BBC News Mundo.
Suscríbete aquí a nuestro nuevo newsletter para recibir cada viernes una selección de nuestro mejor contenido de la semana.
Y recuerda que puedes recibir notificaciones en nuestra app. Descarga la última versión y actívalas.