
La jefa de Gobierno de la Ciudad de México (CDMX), Clara Brugada, informó que la conformación del Comité de Solidaridad para las víctimas de la explosión de la pipa de gas en Iztapalapa —que ha dejado 29 muertos hasta el momento— se realizará hasta que la empresa Silza lleve a cabo la reparación del daño.
De acuerdo con la mandataria, la decisión se tomó debido a que hubo “malos entendidos”, luego de que diversos medios de comunicación —sin especificar cuáles— difundieron información que no correspondía con la conformación y el objetivo del comité.
“Pareciera que hay malos entendidos con el comité que anunciamos, porque ahora pareciera que lo que queremos es que se resuelva de manera privada, y no (…) Comenzaron a manejar que lo que queríamos era pedir dinero, que no queríamos resolver”, señaló.

También dijo que tienen los “datos” de los medios de comunicación que difundieron dicha información y que esto no fue lo único, sino que también publicaron que la causa de la volcadura de la pipa habría sido un bache, lo cual fue descartado por Bertha María Alcalde, titular de la Fiscalía capitalina.
Brugada señaló que “hay responsables” por la volcadura y explosión de la pipa y, en ese sentido, indicó que hasta que se garantice la reparación del daño a las víctimas se instalará el Comité de Solidaridad.
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“El comité quedará para después de que la empresa cumpla con la garantía de que va a atender, que va a reparar, los daños a las víctimas (…) Lo vamos a dejar hasta después de que se garantice”, insistió.
El pasado 10 de septiembre, una pipa de gas LP volcó y explotó en el Puente de la Concordia, en Iztapalapa, dejando 29 muertos y 16 personas que permanecen hospitalizadas, de acuerdo con el último corte del gobierno de la CDMX, así como daños en 28 vehículos.

Sobrevivientes al ataque de EU en Venezuela que condujo a la captura de Nicolás Maduro cuentan sus testimonios. Rosa González murió por el impacto de un misil estadounidense en su casa.
Eran las 2:00 de la mañana cuando un proyectil cayó en su departamento. “La onda explosiva me tiró contra la pared”, recuerda Wilman González.
Tirado en el suelo, abrió los brazos mirando al cielo y se despidió: “Dios, perdona todos mis pecados”.
En ese instante, recuerda, “sentí que había muerto”. Momentos después se dio cuenta que tenía enterrada en su cara una astilla de madera que se había desprendido de la puerta.
“Como pude me la saqué y fui a atender a mis hermanos que estaban aturdidos por el impacto”, cuenta a BBC Mundo el electricista de 54 años.
Aún con el pómulo derecho morado, apenas puede creer lo que le pasó a él y su familia este 3 de enero, cuando las fuerzas militares estadounidenses atacaron Venezuela y capturaron al presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.
Wilman vivía en el Bloque 12, un antiguo edificio ubicado muy cerca de una importante base militar de Venezuela, la Academia de la Armada Bolivariana, en la ciudad costera Catia La Mar, estado de La Guaira, a unos 35 kilómetros por carretera de Caracas.
Habitado principalmente por personas de edad avanzada en un barrio popular, el Bloque 12, o lo que queda de él, es ahora un símbolo de uno de los mayores acontecimientos ocurridos en la historia reciente de Venezuela: el bombardeo de Estados Unidos ordenado por el presidente Donald Trump.
Y es uno de los edificios civiles afectados en un ataque que principalmente tuvo como objetivo instalaciones militares y de comunicaciones.
Mientras Maduro permanece detenido en una cárcel de Nueva York acusado por cargos relacionados con narcoterrorismo, la presidenta interina del país, Delcy Rodríguez, es quien asumió esta semana las riendas del país bajo la tutela de EU.
Según el ministro del Interior de Venezuela, Diosdado Cabello, la operación causó la muerte de unas 100 personas, incluyendo civiles y militares.
Wilman es uno de los sobrevivientes, pero su tía Rosa, de 79 años, que dormía en la habitación del lado, no tuvo la misma suerte.
“Ella empezó a gritar: ‘Ay, me duele, me duele el brazo’ (…). Había una lavadora encima de ella. Una lavadora que con el impacto voló y le cayó encima”, cuenta su sobrino que, con dificultad, logró sacarla y sentarla en una silla.
Fue en ese momento cuando la mujer le dijo que no podía respirar.
Desesperados, los familiares llevaron a Rosa González a un hospital donde recibió atención médica de urgencia. Pero pese a todos los esfuerzos, fue demasiado tarde.
Con el ataúd semi abierto para decirle adiós, dos días después del bombardeo, familiares y amigos velaron a Rosa en una pequeña capilla de paredes blancas frente a una estatua de Jesucristo en la cruz.
Wilman, que por ahora está viviendo en la casa de un cuñado, se para frente al que alguna vez fue su hogar y mira los escombros sin explicarse lo que pasó. “Mira cómo quedó… No es justo, no es justa esta vaina”, dice profundamente molesto, mientras señala los restos del Bloque 12.
“La parte más grande del proyectil quedó en el cuarto de mi tía”.
Los restos del misil estadounidense, cuenta, se los llevó el gobierno. Pero el trauma de la experiencia se queda. “Estamos asustados, nosotros nunca hemos estado en una guerra”, cuenta desconsolado.
“Señores, ¡no a la guerra, no a la guerra!. La guerra no hace falta, lo que hace falta es comer, vivir”, grita con rabia frente al edificio. Lo único que hay frente a sus ojos son paredes demolidas, vidrios quebrados, trozos de objetos personales, y los restos de una vida que nunca volverá a ser como antes.
Su vecino, Jorge Cardona, de 70 años, estaba en la sala de su departamento cuando cayó el misil.
De repente, sintió un ruido y luego vino el impacto. “Escuché la explosión y la llamarada de candela y todo voló”.
Quedó tirado en un pasillo. “La pared del vecino se vino para mi casa y se llevó muebles, se llevó todo”. Cuando logró reaccionar, comenzó a sacudirse el polvo y los escombros que habían caído sobre su cuerpo. Rápidamente se puso un pantalón y unos zapatos, y fue a hablar con los vecinos.
“Yo pensé que nos estaban atacando, pero nunca pensé que me iban a atacar a mí”. El proyectil, cuenta, “pegó en la platabanda (techo) de arriba, en el pasillo, y pasó por la ventana del baño de los vecinos”.
“Estamos vivos de milagro”, le dice a BBC Mundo. “Fue algo que se vive una sola vez en la vida y se ve nada más en las películas de Hollywood, donde el muchacho se salva”.
Jesús Linares, de 48 años, estaba durmiendo cuando un zumbido fuerte lo despertó. Lo primero que se le vino a la cabeza es que podía tratarse de un fuego artificial de las celebraciones de fin de año.
Pero cuando llega el impacto, su hija de 16 años, que estaba durmiendo en la misma habitación, le preguntó: “¿Papá qué pasa?”. Él le contestó: “Hija, nos están invadiendo”.
En ese momento la sacó de la cama y mientras iba camino al cuarto de su madre, sintió un nuevo zumbido. Era el misil que impactó el edificio, destruyendo la entrada principal de su casa.
“La onda expansiva me arrojó al piso y sentí que algo me golpeaba la cabeza. Cuando me levanté le grité a mi hija: ‘¡Al suelo, tírate al suelo!'”.
Descalzo, pasó por encima de unos vidrios para buscar zapatos y alcanzó a empacar alguna ropa para él, su hija, y su madre, de 85 años. Luego entró al departamento de su vecina y la encontró tirada en el suelo, totalmente desorientada y con heridas en el cuerpo.
Coronel de bomberos, con 28 años de servicio en la institución, Jesús se dio cuenta que la mujer requería ayuda inmediata. Con una sábana improvisó un vendaje en la cabeza y otro en la pierna para detener la hemorragia.
Su madre y su hija, afortunadamente, solo quedaron con traumatismos leves.
Recordando lo que pasó esa noche, llega a la conclusión de que automáticamente había aplicado el protocolo que se utiliza en caso de un terremoto. Eso le permitió rescatar con vida a su vecina y ponerse a resguardo junto a sus parientes.
Ahora está colaborando en las tareas de reconstrucción del Bloque 12 y permanece alojado en la casa de un familiar junto a su hija y su madre, con la expectativa de volver a su hogar.
Y aunque Jesús está acostumbrado a lidiar con situaciones difíciles, la caída del misil en su edificio le ha dejado algunas secuelas.
Desde el ataque, Jesús se levanta todos los días a eso de las 2:00 de madrugada, la hora en que el proyectil impactó en su vivienda.
A esa hora, “retrocede la película”, y recuerda lo que vivió el día en que Estados Unidos atacó Venezuela e impactó al Bloque 12.
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