
Este 25 de febrero se cumplen 14 años desde que, en Telacingo, Veracruz, Ernestina Ascencio Rosario, mujer nahua de 73 años, fue torturada sexualmente por al menos cuatro miembros del Ejército Mexicano, muriendo como consecuencia de la tortura sexual. Desde el 2007 se tejió una red de impunidad y misoginia, encabezada por el expresidente Felipe Calderón, que sigue vigente y de la que no se han realizado investigaciones ni se han aplicado sanciones. Por esta razón, no ha sido posible implementar medidas de reparación o garantías de no repetición.
La presencia de tropas y patrullajes en la zona huasteca se puede detectar desde el año 2000, debido a movimientos sociales que luchaban por la autonomía. Sin embargo, la militarización de la zona huasteca, junto con la militarización de todo el país, comenzó a incrementar a partir de los primeros meses del 2007 como parte de la “estrategia” de seguridad del presidente Felipe Calderón Hinojosa, por virtud de la cual la violación de derechos humanos por parte del ejército se convirtió en la norma. Fue dentro de este contexto que, a menos de un kilómetro de la casa de Ernestina, se instaló un campamento de militares.
El 25 de febrero de 2007, la señora Ernestina fue encontrada por sus familiares en estado grave, y cuando se le preguntó qué le pasaba, respondió, “se me echaron encima los soldados, mija, me duele la cadera”. Al ser una mujer indígena monolingüe, Ernestina no hablaba español y el Estado que debía protegerla hizo lo contrario al imponer, una vez más, su visión colonizadora y occidental a través de prácticas de sumisión, extorsión y terrorismo para consolidar su poder “blanco” contra las pueblos indígenas, despojándolos así de su territorio y autodeterminación. La violación como arma de guerra se documentó por primera vez en México durante la invasión española en 1519, donde el primer paso fue violar a las mujeres indígenas, dañando la “pureza” de raza y la cosmovisión de los pueblos. En el caso de Ernestina, ser indígena no solo fue el “motivo” para ser torturada sexualmente, sino que también fue un obstáculo para el acceso a la justicia, ya que ni los servicios de salud ni los de justicia la apoyaron con intérpretes. Esta discriminación continuó en el caso de sus familiares que, al buscar justicia, tampoco contaron con recursos lingüísticos. La situación fue todavía peor cuando el ejército simuló realizar una investigación, violentando el derecho al acceso a la justicia y al debido proceso al considerar que la violación de una civil debía ser investigada por instituciones militares y no civiles.
A través de la historia, la militarización ha supuesto un riesgo para las mujeres en México y en el mundo, debido a que ésta ha tenido como estrategia milenaria la violación como arma de guerra, ya sea en conflictos formales o no reconocidos. Derivado de esto, se ha fundamentado y legitimado la identidad femenina como “símbolo-objeto”, y ha operado como un significante cultural en el que participan construcciones simbólicas como la identidad, la nacionalidad, el honor, lo femenino y lo masculino. La violación sexual, al ser perpetrada por agentes del estado, se clasifica como tortura sexual. Este tipo de delitos, al atacar la identidad, indemnidad, libertad e integridad personal y cultural, corresponde a una estrategia que pretende alcanzar la intimidación y destrucción social.
Regresando a los hechos desafortunados en contra la señora Ernestina, es importante recordar que en ese momento ella tenía 73 años, lo cual la ubica en el grupo de la tercera edad. Existen estereotipos que desacreditan la sexualidad de las mujeres en este rango de edad como un argumento para negar la posibilidad de abuso sexual, negando la visión de que la violación sexual es un acto de poder y no meramente de deseo sexual. El gobierno de Veracruz, encabezado por Fidel Herrera del Partido Revolucionaria Institucional, atribuyó la muerte de Ernestina a “causas naturales”, pues al ser una anciana, era natural que su ciclo de vida terminara. Sin embargo, parece más bien que la “causa natural” a la que se hizo referencia es el hecho de que, por ser mujer, la señora Ernestina fue violada, asesinada y condenada a la impunidad.
La falta de acceso a recursos económicos y materiales para cubrir las necesidades básicas también se hace presente en los casos de mujeres indígenas, quienes no solo viven en pobreza alimentaria, sino que también enfrentan pobreza de capacidades. Esto quedó de manifiesto en el caso de Ernestina, quien no pudo recibir atención médica durante un periodo de diez horas debido a la falta de centros de salud primaria o especializados en la zona.
Las mujeres indígenas enfrentan la interseccionalidad de la discriminación. La discriminación contra el mundo indígena tiene su base en un patriarcado colonialista, que no solamente somete a las mujeres, sino que a todo lo que no es blanco y occidental. Así, en la condición de mujer de la señora Ascencio, podemos ver cómo los pactos patriarcales provocan y legitiman el feminicidio. Para entender el vínculo entre el feminicidio y la impunidad, utilizaremos el concepto que aporta Celia Amorós acerca de los pactos patriarcales, a los cuales define como “las actitudes y prácticas de complicidad entre diversos individuos que se autodefinen en función de su pertenencia e identidad de grupo, donde el poder, además, se concibe como patrimonio del género masculino”. Relacionado al concepto de Amóros, resulta pertinente la definición de Feminicidio Sexual Sistémico de Julia Monárrez Fragoso, definido como la codificación de los crímenes en el cuerpo de las mujeres asesinadas por los hombres en función del sexismo y la misoginia, y que conlleva a un terrorismo de Estado donde encontramos factores que dañan la debida diligencia, dando lugar a la impunidad en el sistema de procuración de justicia.
En los procesos de militarización y de guerras -formales o de baja intensidad- se busca lacerar el tejido social y las relaciones humanas al interior de las comunidades. En este caso, la presencia de militares en esa zona de Veracruz se justificaba con la misión de “proteger” a la población de la presencia de grupos guerrilleros. Sin embargo, el cuerpo de Ernestina Ascencio fue utilizado como campo de batalla, pues fue torturada sexualmente no solo para causar sufrimiento en su cuerpo, sino que para dejar un mensaje de poder en el cuerpo social de la comunidad. Atacar la cuna de la guerrilla o de los grupos contrarios al Estado opera también en un nivel simbólico: para desaparecer al guerrillero hay que desaparecer su cuna y su comunidad. En las declaraciones del caso, se establece que previo al feminicidio de la señora Ascencio, niñas y mujeres de las comunidades habían sido violadas por parte del ejército. En los testimonios del caso encontramos que “sus agresores le introdujeron vía anal un objeto punzocortante que le destrozó el riñón, el hígado y el intestino”. ¿Esto era la gastritis de la que hablaba Calderón cuando afirmó que esa fue la causa de muerte de la señora Ascencio? ¿Obstaculizar la justicia y burlarse del feminicidio de una mujer indígena debe quedar impune?
En diciembre de 2020, el actual gobierno se pronunció respecto al caso a través del subsecretario Alejandro Encinas Rodríguez, subsecretario de Derechos Humanos, Población y Migración de la Secretaría de Gobernación, garantizando que el Gobierno de México buscaría agotar todas las líneas de investigación para garantizar la verdad y justicia . Sin embargo, las organizaciones que han llevado el caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos mostraron su descontento con que sea nuevamente la Procuraduría de Justicia de Veracruz la que lleve a cabo las investigaciones”.
Así como en 2007 Calderón argumentó que la señora Ernestina murió por gastritis, encubriendo al ejército, existe un temor fundado de que el actual gobierno no sancione a los militares y a las demás autoridades responsables. Estas dudas tienen fundamento debido a la resistencia a juzgar a militares que ha mostrado el gobierno, además se mantiene la expectativas respecto a si se investigará y juzgará no solo a los responsables directos, sino a también a toda la línea de mando del ejército responsable de las operaciones en el lugar donde fue torturada Ernestina, así como a los integrantes del gobierno de Veracruz, a los comisionados de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos que se alinearon a la versión del Estado, así al presidente Calderón, y demás funcionarios públicos participantes en los hechos o en obstaculizar el acceso a la justicia.
El Estado Mexicano, tiene la oportunidad de romper el pacto patriarcal y actuar de conformidad con sus obligaciones en materia de derechos humanos, así como el de demostrar que, aunque el feminicidio de Ernestina fue realizado por militares, habrá justicia. Esta es una oportunidad histórica de garantizar el acceso a la justicia para todas las mexicanas. Esperamos que el actual gobierno cumpla su compromiso y que, ante las demandas de justicia y sanciones, el presidente no responda “ya chole”.
Revisión Editorial: Andrea Harris Heredia
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Los Juegos Olímpicos de Invierno de 2026 se acercan a su fin y la BBC recopila algunas de las fotos más impresionantes capturadas en Milán-Cortina.
Según el antiguo testimonio de una pintura rupestre de la Edad de Piedra en las montañas de Altái, en el noroeste de China, el arte del esquí podría ser tan antiguo como el arte de la escritura.
La imagen, que representa a cazadores deslizándose sobre esquís primitivos en persecución de animales salvajes, sugiere que las primeras recompensas que recibían estos competidores no eran medallas de oro, plata o bronce, sino carne, piel y huesos de los animales que perseguían.
En lo que respecta a la crónica de los logros de los atletas de invierno, las cosas han cambiado en los milenios transcurridos desde los garabatos con carbón sobre rocas sombrías.
Nuestros obturadores son más rápidos, pero la maravilla no es menos profunda.
A continuación se muestran algunas de las imágenes más impactantes captadas en las últimas dos semanas en los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina, que recuerdan grandes obras de arte que sus cautivadores contornos evocan.
Una fotografía infrarroja de la deportista ucraniana Yulianna Tunytska, participando en la prueba individual femenina de luge el tercer día en el Centro de Deslizamiento de Cortina, parecía capturar una forma en metamorfosis, como si se hubiera sincronizado con la frecuencia misma del hielo sobre el que se deslizaba.
Disolviéndose en una línea radiante, transmisora del frío arquetípico, mientras el mundo que la rodea es un campo de energía, el físico de Tunytska se hace eco de la pintura de la artista futurista italiana Benedetta Cappa “Síntesis de las comunicaciones radiofónicas” (1933-1934), parte de un ciclo de obras que visualizan fuerzas invisibles.
Hay una ferocidad silenciosa en la mirada verde del tigre impreso en la parte superior del casco de la esquiadora italiana Federica Brignone, tal y como se aprecia en una foto de la atleta entrenando para la prueba femenina de descenso en la primera jornada de los Juegos Olímpicos de Invierno en el Centro de Esquí Alpino Tofane, en Cortina d’Ampezzo.
El impulso de fusionar el sentido del yo y la determinación del espíritu con el poder primitivo de un tigre indomable fue puesto a prueba hace casi dos siglos por el artista romántico italiano Francesco Hayez, cuya extraordinaria pintura de 1831 Autoritratto con tigre e leone (“Autorretrato con tigre y león”) se puede ver en Milán, en el Museo Poldi Pezzoli.
La larga exposición necesaria para capturar el desenfoque cromático de Gregor Deschwanden, de Suiza, en pleno salto durante la décima jornada de los Juegos en el estadio de saltos de esquí de Predazzo, permitió al fotógrafo extraer del cuerpo del esquiador un fantasma prismático de su fugaz presencia en el aire helado.
La disolución diáfana de la forma en iridiscencia recuerda las vívidas vibraciones del homenaje que el pintor húngaro Vilmos Huszár rindió a Vincent van Gogh en 1915, que extrae del alter ego del postimpresionista, el girasol, un espíritu espectral que sentimos tanto como vemos.
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Una foto etérea de cumbres nevadas hacia el paso de Stelvio, asomándose a través de un desgarro en la tela de la niebla helada.
Antes de una carrera de esquí alpino masculino en el quinto día de los Juegos en Bormio, Italia, tiene un aire decididamente místico, como de mundo flotante.
La brumosa reflexión de la imagen sobre la inmanencia y la quietud refleja la mentalidad de un paisaje tardío del artista japonés de ukiyo-e del siglo XIX Utagawa Hiroshige,
Las montañas Kiso nevadas, uno de los tres trípticos sobre el tema de setsugetsuka (o “nieve, luna y flores”) que realizó un año antes de su muerte. Aquí, las monumentales montañas casi se disuelven ante nuestros ojos en una meditación sobre algo misterioso que se encuentra más allá.
Hay una fuerza centrípeta en la mirada recortada de la patinadora artística alemana Annika Hocke, con la cabeza a pocos centímetros del hielo, mirando a través de la estrecha abertura triangular que forman las piernas cruzadas de su compañero de patinaje Robert Kunkel, mientras él la hace girar rápidamente con los brazos extendidos en un peligroso movimiento conocido como “espiral de la muerte” en el día 11 de los Juegos.
El aislamiento de los ojos como centro implosivo de la imagen, capturado milagrosamente por el fotógrafo, se hace eco del vórtice visual de contemplar el corazón de un fenómeno olvidado del siglo XVIII en Inglaterra, las llamadas “miniaturas oculares”.
Una foto de Marco Heinis, del equipo francés, surcando el aire en una ronda de prueba de salto de esquí durante el quinto día de los Juegos en el estadio de salto de esquí de Predazzo, en Val di Fiemme (Italia), era impresionante por su incisiva angularidad.
Con el cuerpo inclinado hacia delante en pleno vuelo y los esquís afilados como cuchillas, se convirtió en un vector viviente, un eje que se cruzaba con los afilados pinos sobre los que parecía flotar.
Las incisiones lineales de Heinis en el pálido tejido de la calma invernal recuerdan los controvertidos cortes que el artista espacialista italiano Lucio Fontana realizó en lienzos monocromáticos, como Concetto spaziale, Attese (“Concepto espacial, Expectativa”), de 1968, que presenta una única fisura filosófica que invita a contemplar la textura de lo que se encuentra bajo la superficie de nuestra visión.
Transformada por el lente de un fotógrafo en líneas borrosas que aceleran tras el empuje cuidadosamente calibrado de su pulida piedra de curling, la suiza Briar Schwaller-Huerlimann, que compite en un partido de dobles mixtos contra Canadá en la cuarta jornada de los Juegos, parece haberse fusionado con la propia piedra.
Sus conciencias se han fusionado. Esta fusión de la materia con la mente y viceversa se hace eco de la fluidificación de la masa y el movimiento que logró Umberto Boccioni en su escultura de bronce que difumina los límites “Formas únicas de continuidad en el espacio” (1913), una obra tan filosófica como física.
A caballo entre la gracia y la gravedad, entre el control coreografiado y la tranquila rendición a las leyes de la naturaleza, una foto de Anastasiya Andryianava, nacida en Bielorrusia y miembro del Equipo de Atletas Neutrales Individuales (atletas individuales rusos y bielorrusos), compitiendo en el entrenamiento de esquí acrobático estilo libre el octavo día de los Juegos (14 de febrero) en el Livigno Snow Park, parece poner a prueba los límites de la levitación humana.
Aislada en el espacio, ingrávida pero acelerando, como si el chirrido de la velocidad y el aire helado la hubieran transformado en una forma aerodinámica pura, su suspensión llena de suspense recuerda la pintura “aeropittural” del artista italiano dálmata Tullio Crali, de 1939, “Antes de que se abra el paracaídas”, que también fusiona las geometrías de la forma y el vuelo.
Las imágenes del patinador artístico estadounidense Ilia Malinin, cuyas acrobáticas volteretas hacia atrás han emocionado al público y a los jueces, cayendo al hielo durante la competición individual masculina de patinaje libre en la séptima jornada de los Juegos de Milán, revelan una dignidad en la devastación.
Con el torso retorcido y los brazos apoyados contra la superficie blanca como el mármol, la postura derrumbada de Malinin recuerda a la de la estatua romana del Gladiador moribundo (una copia del siglo II a.C. de una escultura griega perdida de un siglo antes), que captura de forma exquisita los torpes giros y rotaciones de una mente musculosa que lucha contra la derrota.
Una foto del snowboarder surcoreano Geonhui Kim, compitiendo en las rondas clasificatorias de halfpipe durante el quinto día de los Juegos en el Livigno Snow Park —con su cuerpo invertido agachado bajo la tabla y fijado para siempre en un firmamento de nieve helada— captura una sensación de propulsión emocionante.
Colgando ingrávido bajo la marca “NITRO”, estampada en su tabla, y rodeado por un denso brillo de cristales luminosos, el atleta parece casi una molécula flotante, vaporizada en un velo de elementos dispersos.
La suspensión coreografiada del color y la energía recuerda la sublime fragmentación de la forma y la figura en las obras maestras de esmalte lanzado de Jackson Pollock.
Las sombras tienen la capacidad de mecanizar el movimiento. Anónima en la oscuridad, una figura atrapada en la sombra a menudo parece esencializada en una forma arquetípica: un cuerpo de bordes que de alguna manera trasciende los límites.
Tal es el poder de una foto multinacional de atletas tomada el tercer día de los Juegos en el Estadio de Esquí de Fondo de Tesero, en Lago di Tesero (Val di Fiemme).
Sombras que proyectan sombras, estas figuras austeras pero indistintas recuerdan los contornos de los experimentos futuristas que despojaban a la forma de su fuerza.
En el cuadro de 1913 del modernista italiano Giacomo Balla “Velocidad abstracta”, la oscuridad y la luz son engranajes de una máquina cromática que va más allá del movimiento.
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