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¿Qué pasa cuando el Estado quiere leer tu cuerpo?
Una vida examinada: reflexiones bioéticas
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El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la... Continuar Leyendo
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¿Qué pasa cuando el Estado quiere leer tu cuerpo?

La implementación de la CURP biométrica obligatoria en México promete modernizar la gestión pública, pero también abre la puerta a un modelo de vigilancia estatal sin precedentes, al dominio del cuerpo por otros medios. Convertirnos en datos puede cambiar para siempre nuestra relación con el Estado y, en la misma medida, nuestra relación con la vida.
11 de febrero, 2026
Por: Emmanuel Ávila Estrada y Fernanda De Blas López

El futuro no llegó de golpe, entró por la puerta del Registro Nacional de Población con un decreto que ordena que todas las personas en México actualicen su CURP con datos biométricos: huellas digitales, escaneo de iris, reconocimiento facial, firma electrónica avanzada, la producción de una identidad única, intransferible, y también inevitablemente inmaterial vinculada a un cuerpo carnal, un dispositivo que opera en una doble vía. Esta medida, anunciada como un paso hacia la modernización del Estado y la eficiencia administrativa, fue presentada casi con tono festivo, prometiendo menos filas, trámites más rápidos, seguridad reforzada. Entonces, ¿quién podría oponerse a eso? ¿Quién no quiere un Estado que funcione mejor, que economice los tiempos administrativos? No obstante, bastó leer la letra chiquita para que empezaran a levantarse cejas en organizaciones de derechos digitales, académicos, activistas y hasta tribunales.

Esta CURP biométrica no es sólo una identificación, puesto que abre la puerta a una nueva forma de gobernar, una que pasa directamente por el cuerpo, y que asimismo extrae de éste lo necesario para producir una nueva corporalidad. Y que, en el mismo sentir de las sociedades disciplinarias, es construido bajo los parámetros de una “seguridad digital” o “cyberseguridad”, análogamente encontrada en algunas lecturas de Michel Foucault. 1

Esta idea de ecosistema nos permite analizar cómo esta modernización no supone un hecho aislado para nuestra actualidad, sino un refinamiento y engranaje de las tecnologías y las técnicas de poder 2 por parte de la gubernamentalidad que ahora yacen aunadas a desarrollos tecnológicos y científicos, mismos instrumentos gubernamentales que no han desaparecido y son necesarios para la producción de la población, en tanto que capital humano de inversión: especulación y cálculo para la rentabilidad basada en datos estadísticos y económicos. En este sentido, la gubernamentalidad ligada a directrices biopolíticas, por ejemplo, no sólo busca sostener la vida humana, sino también su producción en favor de un proyecto político en el que la población debe ser objetivada.

Ahora bien, retomando lo que decíamos al principio sobre los beneficios o no de la CURP, tendríamos, ciertamente, que advertir que la pregunta que deberíamos hacernos no es si este dispositivo biométrico agilizará trámites, sino: ¿qué significa que el Estado quiera capturar nuestra identidad biológica? ¿Qué implica o que eventos desencadenaría que los gobiernos tengan en su poder la configuración abstracta (extracción) o digital de nuestra corporalidad?

A este respecto, desde la bioética, el asunto es claro, ya que cualquier intervención que tome datos tan íntimos, como nuestros patrones oculares, nuestras huellas, incluso la geometría de nuestro rostro toca fibras delicadas de consentimiento, autonomía y confidencialidad. ¿Qué pasa si un ciudadano quiere revocar su consentimiento? ¿Puede uno “dejar” de ser sus datos biométricos cuando el Estado ya los recopiló?

Cabe aclarar que no se trata de estar a favor o en contra de la tecnología, este no es el debate que aquí se busca abrir. Se trata de entender que no existe dato más íntimo que aquel que proviene del cuerpo mismo o, de forma más radical, que el cuerpo en su totalidad (conjunto) sea convertido en un dato manipulable objetivamente, y que, una vez entregado, no puede cambiarse como una contraseña. No se quiere con estos cuestionamientos tampoco infundir una suerte de imaginario paranoide en torno a la tecnología, sino más bien y, sobre todo, posibilitar un espacio de reflexión crítica en torno a los desarrollos tecnológicos y su relación con el cuerpo.

Siguiendo con la idea anterior, es innegable la forma en que nuestra cotidianidad está colmada de desarrollos tecnológicos, por lo que es igualmente inevitable sentar un debate claro sobre su incidencia. Entonces, ahí donde la bioética pregunta por la persona, la biopolítica pregunta por la población; ahí donde la bioética cuestiona la conducta y los modos de ser y estar en la sociedad, la biopolítica investiga la genealogía del dispositivo de poder que (re)produce la vida en sociedad. Y es justo a luz de estas dos dinámicas productivas de la vida, donde la CURP biométrica se vuelve más inquietante.

Michel Foucault 3 explicaba que el poder moderno ya no se ejerce principalmente sobre la muerte, una dimensión jurídica adscrita a la figura de soberanía constitutiva del estado de excepción —un análisis bastante importante llevado a cabo también por Arendt 4 y Agamben 5—, sino sobre la vida, sobre cómo vivimos, cómo nos movemos, qué hacemos con nuestros cuerpos. Esto es propio de la transformación a nuestras actuales sociedades de gobierno (el nacimiento de los Estados nación) que toma como objeto privilegiado al cuerpo social. Las campañas de vacunación, los controles de natalidad, los programas de salud pública son ejemplos claros de esta transformación y producción de ese poder.

El problema no es que el Estado cuide, el problema es cuando el cuidado se convierte en vigilancia. Una CURP biométrica obligatoria podría transformarse, sin que nos demos cuenta, en una estructura que permite cruzar datos de salud, movilidad, consumo y comportamiento. La tecnología, lo sabemos desde hace años, siempre ofrece más de lo que se declara en la primera versión de una política pública. Como bien puede aquí notarse, hoy el argumento es “seguridad”. Mañana, podría ser “eficiencia”. Pasado mañana, “salud pública”. Y, eventualmente, algo mucho más cercano a un capítulo de Black Mirror, donde el acceso a derechos, servicios o libertades se condicione a la lectura de nuestros propios rasgos biológicos.

No es una exageración pues, como ya lo indicamos, ya hay países donde las identidades biométricas se han usado para negar servicios públicos a quienes “no coinciden” al cien por ciento con su registro; donde los sistemas fallan más con personas racializadas; donde los datos filtrados terminan en mercados ilegales; donde los gobiernos usan la información para vigilar disidencias políticas. El problema donde la bioética y la biopolítica se tocan es justamente este: el borrado de la línea que diferencia lo público de lo privado, lo que, a su vez, nos devela, siguiendo la línea argumentativa de Berardi 6, la incapacidad de los gobiernos para resolver problemas sin llegar a la coacción, la represión y la violencia. Y aquí va otra pregunta: ¿qué nos hace pensar que México estaría blindado ante estos riesgos?

Por su parte, algunos defensores del proyecto argumentan: “si no tienes nada que ocultar, no pasa nada”. Pero esa frase, además de simplista y conformista, siempre ha sido una trampa. No se trata de que tengamos algo que ocultar, sino de tener el derecho a no ser vigilado. El derecho a que el Estado no construya un expediente biométrico que te acompaña para siempre. El derecho a que tu cuerpo no sea tu pasaporte existencial, a que no sea tratado como un dato disposicional para el poder.

No queremos, pues, reducir el debate, ya que tal vez el problema más profundo es que esta política se implantó sin un debate nacional, sin pedagogía pública, sin explicaciones claras sobre almacenamiento, uso, interoperabilidad de datos, ni mecanismos efectivos de fiscalización. Se nos pidió confiar. Pero la confianza no nace de la obligatoriedad, nace de la transparencia, de la comunicación asertiva, de la política como participación no representativa. Esto último abre por sí sólo un problema profundo que lleva dos siglos sobre la forma en que opera nuestro sistema político (neo)liberal y democrático a través del mecanismo de la representación política, instrumento inexacto, ineficaz, donde ciertamente la participación es lo último que se cumple.

Así la vida, y la identidad, no deberían administrarse únicamente desde la lógica del control. Porque el Estado puede cuidarnos sin vigilarnos. Porque la tecnología puede servir a las personas sin capturar sus cuerpos. Pero ¿los gobiernos sí pueden cuidarnos sin vigilarnos? Insistimos: el problema no es el avance tecnológico que respalda la CURP biométrica, sino las condiciones sobre las que se está efectuando, y lo determinante que hace que nuestros datos corporales sean puestos “a disposición” del conjunto de instituciones que componen la gubernamentalidad. No podemos, por tanto, olvidar que términos como desarrollo, progreso, seguridad o igualdad no siempre nos han llevado a buenos lugares. Porque, en tiempos donde todo se digitaliza, lo más valioso que nos queda es aquello que aún no se convierte en dato: nuestros cuerpos.

* Emmanuel Ávila Estrada es filósofo de formación por la Universidad del Atlántico (Barranquilla, Colombia) y maestro en filosofía por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. Actualmente, cursa el doctorado en Filosofía en la misma institución. Su trabajo académico se desarrolla en la intersección de la filosofía política, la estética, con un enfoque particular en la filosofía francesa contemporánea. Fernanda De Blas López es licenciada en Fisioterapia, especializada en Fisioterapia Neurológica; es maestra y doctora en Ciencias por la UNAM en el Programa de Maestría y Doctorado en Ciencias Médicas, Odontológicas y de la Salud, campo disciplinario en Bioética; es jefa del departamento de gestión académica del Centro de Políticas, Población y Salud de la Facultad de Medicina de la UNAM.

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad exclusiva de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

 

1 Foucault, Michael. Seguridad, territorio y población. Curso del Collège de France (1977-1978). Fondo de Cultura Económica, 2006; Foucault, Michael. “Gubernamentalidad”, en Estética, ética y hermenéutica, Paidós, 1999.

2 Castro-Gómez, Santiago. Historia de la Gubernamentalidad I. Razón de Estado, liberalismo y neoliberalismo en Michel Foucault (Filosofía Política y del Derecho). Siglo del Hombre Editores, 2015.

3 Foucault, Michel. Histoire de la sexualité I: La volonté de savoir. Gallimard, 1976.

4 Arendt, Hannah. Los orígenes del totalitarismo. Taurus, 1998.

5 Agamben, Giorgio. Homo Sacer. El poder soberano y la nuda vida. Pre-Textos, 2013; Agamben, Giorgio. Estado de excepción. Adriana Hidalgo Editorial, 2003.

6 Berardi, Franco. El tercer inconsciente. La psicoesfera en la época viral, Caja negra, 2022.

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Imagen BBC
Quién era y cómo murió Virginia Giuffre, la mujer que expuso la red de abuso sexual de Jeffrey Epstein
7 minutos de lectura

La mujer que llevó su lucha contra el abuso sexual hasta los tribunales falleció en abril de 2025 tras años de batallas personales y judiciales.

06 de febrero, 2026
Por: BBC News Mundo
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En medio del furor desatado por la publicación de los últimos documentos de los archivos Epstein, hay que recordar a una figura que fue clave para que estos documentos acabaran viendo la luz: Virginia Giuffre.

Giuffre, quien murió el pasado abril a los 41 años, fue una de las principales denunciantes de Epstein y su socia Ghislaine Maxwell. El primero se suicidó en la cárcel en 2019 y la segunda cumple una condena de 20 años en EE.UU. por su participación en el tráfico y los abusos sexuales de Epstein.

También denunció por abusos sexuales al príncipe Andrés de Inglaterra, acusación que este siempre ha negado rotundamente.

El pasado octubre, Andrés perdió su título de príncipe tras surgir nuevas revelaciones de sus vínculos con Epstein.

En unas memorias póstumas publicadas a principios de ese mes y tituladas Nobody’s Girl (La chica de nadie), Giuffre reiteró las acusaciones de que, siendo adolescente, mantuvo relaciones sexuales en tres ocasiones con el expríncipe, conocido ahora como Andrew Mountbatten Windsor.

En esas memorias, la mujer también aseguró que había temido “morir como esclava sexual” de Epstein y su círculo.

¿Quién era Virgina Giuffre y por qué fue clave para que el escándalo de abusos de Epstein saliera a la luz pública?

Una infancia “robada”

Giuffre nació como Virginia Roberts en 1983 en el estado de California, en EE.UU. Su familia se trasladó más tarde a Florida.

A los 7 años, según relató, fue abusada sexualmente por un amigo de la familia, y su “infancia fue robada rápidamente”.

“Ya estaba tan mentalmente dañada a tan corta edad que huí de eso”, contó en el programa Panorama de la BBC en 2019.

Durante su infancia pasó por varios hogares de acogida. A los 14 años, ya vivía en la calle, donde aseguró que solo encontró “hambre, dolor y más abuso”.

En el año 2000, mientras intentaba reconstruir su vida, conoció a la socialité británica Ghislaine Maxwell.

Giuffre trabajaba como asistente en los vestuarios del resort Mar-a-Lago, propiedad del presidente Donald Trump en Palm Beach, cuando Maxwell le ofreció entrevistarla para trabajar como masajista.

“Corrí hacia mi papá, que trabajaba en las canchas de tenis de Mar-a-Lago. Él sabía que estaba intentando arreglar mi vida, por eso me había conseguido ese trabajo. Le dije: ‘No lo vas a creer, papá'”, recordó.

Giuffre conoció a Epstein y Maxwell en Florida.
Getty Images
Giuffre conoció a Epstein y Maxwell en Florida.

El encuentro con Epstein

Cuando Giuffre llegó a la casa de Epstein en Palm Beach, dijo que él estaba acostado desnudo y que Maxwell le dio instrucciones sobre cómo masajearlo.

“Durante ese tiempo me hacían preguntas sobre quién era yo”, recordó.

“Parecían buenas personas, así que confié en ellos, y les conté que había tenido una vida muy difícil hasta entonces: que había sido una niña fugitiva, abusada sexual y físicamente… Eso fue lo peor que pude haberles dicho, porque ahora sabían lo vulnerable que era”, le contó a la BBC.

Lo que esperaba que fuera una entrevista de trabajo se convirtió en el comienzo de años de abuso por parte de Epstein y Maxwell, según su testimonio.

Maxwell fue hallada en 2022 culpable de reclutar y traficar jóvenes para que Epstein abusara de ellas y actualmente cumple una condena de 20 años.

Aunque el nombre de Giuffre se mencionó repetidamente durante el juicio, ella no fue una de las cuatro mujeres que testificaron en el caso. Maxwell negó haberla agredido.

En 2015, Giuffre presentó una demanda por difamación contra Maxwell tras ser acusada de mentir. El caso se resolvió posteriormente con un acuerdo.

En sus memorias póstumas, Giuffre cuenta que, incluso décadas después, recordaba cuánto temía a ambos y afirma que Epstein la sometió a sexo sadomasoquista que le causó “tanto dolor que recé para perder el conocimiento”.

Giuffre también detalla las consecuencias físicas que dicho abuso tuvo en su cuerpo, con ojeras y costillas visibles bajo la piel.

En lugar de ofrecerle atención médica, Epstein se sentía “repugnado” por su apariencia, afirma.

“‘Ya no eres la misma chica que eras’, le dijo Epstein con frialdad. ‘Tienes que adecentarte'”, escribe en el libro.

También describe cómo Maxwell facilitó que le presentaran al príncipe Andrés en marzo de 2001.

Las acusaciones contra el príncipe Andrés

Giuffre afirmó que pasó de ser abusada por Epstein a ser “pasada como una bandeja de frutas” entre sus poderosos amigos, mientras la llevaban en jets privados por todo el mundo.

Aseguró que en 2001, cuando tenía 17 años, Epstein la llevó a Londres y se la presentó al príncipe Andrés. Una famosa fotografía que, asegura, fue tomada esa noche muestra al príncipe con el brazo alrededor de Giuffre, con Maxwell sonriendo al fondo.

Virginia Giuffre y el príncipe Andrés
Virginia Roberts
Virginia Giuffre alegó haber pedido a Jeffrey Epstein que le tomara esta foto con el príncipe Andrés.

Giuffre afirmó que, tras acudir a un club nocturno, Maxwell le dijo que “tenía que hacer con Andrés lo que hacía con Jeffrey”.

“Fue una época muy aterradora de mi vida… No estaba encadenada, pero estas personas poderosas eran mis cadenas”, le dijo a la BBC.

En su demanda civil, Giuffre alegó que el príncipe abusó sexualmente de ella en tres ocasiones: en la casa de Maxwell en Londres esa noche, y más tarde en propiedades de Epstein en Manhattan y en Little St. James, en las Islas Vírgenes.

En sus memorias, Giuffre afirma que esa tercera en la isla de Epstein tuvo que participar “una orgía” junto a “otras 8 jóvenes”.

“Las demás chicas parecían ser menores de 18 años y no hablaban inglés. Epstein se reía de su dificultad para comunicarse, diciendo que eran las chicas con las que era más fácil llevarse bien”.

El príncipe Andrés, quien llegó a un acuerdo económico con Giuffre en 2022 después de que esta presentara una demanda contra él en EE.UU. el año anterior, ha negado reiteradamente cualquier delito. En 2019, declaró a BBC Newsnight que no recordaba haber conocido a Giuffre en absoluto y que nunca tuvieron ningún tipo de contacto sexual.

Virginia Giuffre
Reuters

La huida

Giuffre contó que para el año 2002 Epstein había perdido interés en ella porque ya era “demasiado mayor” para él.

Aseguró que lo convenció para que le pagara una formación para convertirse en masajista profesional, y que él y Maxwell la mandaron a un curso en Tailandia. A cambio, se esperaba que trajera a su regreso a EE.UU. a una chica tailandesa.

Sin embargo, Giuffre conoció a un hombre durante el viaje, se enamoró, se casó con él diez días después y se mudaron a Australia para formar una familia.

Según su relato, Epstein y Maxwell se quedaron el shock al oír la noticia de que no regresaba a EE.UU.

En 2009 presentó una demanda civil contra Epstein por explotación sexual en la que aparecía bajo el seudónimo de Jane Doe 102. Giuffre llegó a un acuerdo con Epstein en ese caso antes de que fuera a juicio.

Virginia Giuffre en una imagen de 2019.
Reuters
Virginia Giuffre en una imagen de 2019.

Su muerte

Giuffre estuvo casada con su esposo Robert durante más de dos décadas. Juntos, tuvieron tres hijos, con los que vivían en Australia.

Fundó una organización sin fines de lucro dedicada a “educar y abogar por las víctimas de trata”.

A principios de abril de 2025, publicó en redes sociales una fotografía en la que se la veía con moratones y un mensaje en el que decía que le quedaban pocos días de vida tras el choque de un autobús escolar contra su coche.

El 24 de abril de ese año, su familia anunció que Virginia murió por suicidio a los 41 años en Australia Occidental.

La policía de esa región indicó que fue hallada sin vida en su vivienda de Neergabby y que no había indicios de circunstancias sospechosas.

En un comunicado, sus familiares la describieron como una “guerrera feroz en la lucha contra el abuso sexual”, y señalaron que “el peso del abuso se volvió insoportable”.

Añadieron que perdió la vida como consecuencia de una trayectoria marcada por el abuso sexual y la trata de personas.

“A pesar de todas las adversidades que enfrentó en su vida, brilló con luz propia. La extrañaremos muchísimo”, dijeron.

Josh Schiffer, abogado que representa a otra de las víctimas de Epstein, afirmó que Giuffre fue fundamental para exponer al financista y su cómplice. “El caso no habría existido sin su aporte, su cooperación y su valentía al principio, que inspiraron a tantas otras personas a denunciar”, declaró a una cadena estadounidense.

En 2022, después de que condenaran a Ghislaine Maxwell a 20 años de cárcel en EE.UU., Giuffre declaró al New York Magazine: “Definitivamente, esto no ha terminado”.

“Hay muchas más personas involucradas”, aseguró.

Las nuevas revelaciones que están apareciendo del caso Epstein parecen darle la razón.

*Este artículo se publicó originalmente en abril de 2025 y fue actualizado con motivo de la publicación de los nuevos archivos del caso Epstein.

Aquí encontrarás enlaces de ayuda para la prevención del suicidio.

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BBC

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