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¿Para qué quemar el país? Tres reflexiones sobre el domingo ardiente
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¿Para qué quemar el país? Tres reflexiones sobre el domingo ardiente

Los partidarios del antiguo líder del CJNG quemaron el país el pasado domingo por una razón emocional, porque tuvieron la oportunidad y porque necesitaban demostrar fuerza dentro y fuera de su organización. En otras palabras: porque querían, porque podían y porque debían.
27 de febrero, 2026
Por: Manuel Pérez Aguirre

Llevamos años conviviendo con niveles de violencia que resultarían intolerables en la mayoría de los países. Pero el domingo ardiente fue distinto. El miedo colectivo alcanzó otra escala. Nunca nos había paralizado a tantos al mismo tiempo. En redes sociales, en chats grupales y en conversaciones nerviosas —cuando alguien salía a comprar comida— se repetía la misma pregunta: si lo capturaron en Jalisco, ¿para qué estaban quemando el país?

Desde luego, la caída de un personaje como Nemesio Oseguera “El Mencho” no ocurre con frecuencia. Tengo para mí que es y será uno de los acontecimientos más importantes de México en el siglo XXI. Pero ese hecho, por sí solo, no termina de explicar la quemazón del domingo. Este texto presenta tres reflexiones al respecto. Los partidarios del antiguo líder del CJNG quemaron el país por una razón emocional, porque tuvieron la oportunidad y porque necesitaban demostrar fuerza dentro y fuera de su organización. En otras palabras: porque querían, porque podían y porque debían.

Porque querían

La violencia del domingo puede entenderse, en parte, como la manifestación del apego emocional de los partidarios de “El Mencho” hacia su líder tras su eliminación. No fue solo una operación criminal, sino también una reacción simbólica que incluyó duelo, rabia y manifestaciones públicas de lealtad. El equipo del Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México (SVyP-Colmex) analizó esa dinámica en redes sociales durante las horas posteriores a la noticia. El SVyP-Colmex identificó expresiones de añoranza hacia el líder, manifestaciones de religiosidad dirigidas a su figura, mensajes de duelo y respeto por su eliminación, así como formas de identificación aspiracional dentro del grupo. En resumen, las emociones también sirvieron como combustible durante el domingo ardiente, en tanto la violencia funcionó como canal de las emociones colectivas dentro de la organización y entre sus simpatizantes, según lo manifestaron ellos mismos.

Porque podían

El domingo también dejó ver, una vez más, que el Estado mexicano no controla amplias zonas del país. Su presencia es desigual, con regiones en las que llega tarde o simplemente no llega. Durante horas, grupos asociados al CJNG bloquearon carreteras, incendiaron vehículos y atacaron negocios en varios estados. Quemaron autos, camiones y autobuses de pasajeros. También bloquearon las entradas y salidas de ciudades enteras, con millones de personas dentro.

El contraste fue evidente: mientras la organización criminal reaccionó con rapidez y coordinación, el Estado tardó horas —que parecieron días— en recuperar el control.

Sin duda, capturar o eliminar a un líder criminal de ese calibre es una operación compleja. Requiere inteligencia, coordinación institucional y, muchas veces, colaboración internacional, como lo evidenciaron las múltiples reacciones de funcionarios de Estados Unidos que señalaron su participación en la caída del líder criminal. En ese sentido, fue un esfuerzo notable y un triunfo del gabinete de seguridad nacional. Pero una cosa es realizar una operación quirúrgica y otra muy distinta es quedarse a limpiar el quirófano y cuidar al paciente. Así, aunque la comunicación oficial presentó el operativo como un éxito de precisión, lo cierto es que el país vivió un vacío de control en amplias zonas del territorio durante las primeras horas posteriores al enfrentamiento.

Estamos, una vez más, ante la evidencia de la falta de coordinación inmediata entre las autoridades federales, estatales y municipales. Puede explicarse por el temor a filtraciones hacia el grupo criminal o por la rapidez del operativo. En cualquier caso, la conclusión es la misma: el Estado mexicano no controla el territorio a cabalidad y, en consecuencia, los criminales pueden desplegar distintas formas de violencia, como ocurrió este domingo ardiente. Quizá no sabíamos que podían hacerlo con tal rapidez y de manera simultánea, hasta llenar de miedo a millones de personas que terminamos autoimponiéndonos un toque de queda.

Porque debían

Los eventos del domingo también respondieron a una lógica corporativa: los encargados en el territorio debían mostrar fuerza y lealtad a la organización, además de enviar un mensaje al Estado, a sus competidores y a la población de que controlan ese espacio. Sí, el CJNG es una organización enorme, transnacional, con recursos económicos significativos y acceso a armamento de alto calibre. Pero no es un monolito. Como ocurre con muchas organizaciones criminales en México, se trata de una red de liderazgos regionales que deben demostrar constantemente su capacidad operativa y su control territorial.

Dos consideraciones finales ayudan a explicar este punto. Primero, desde la expansión del componente paramilitar de las organizaciones criminales en México —especialmente desde la emergencia de Los Zetas— la violencia se volvió parte estructural del modelo de negocio criminal. Desde hace décadas, estas organizaciones son mucho más que narcotraficantes: participan en extorsiones, secuestros, tráfico de personas y control territorial. Como en otros contextos, los actores armados utilizan la violencia para cumplir funciones económicas, políticas y simbólicas; les sirve para disciplinar a las poblaciones, intimidar a rivales y enviar mensajes al Estado.

Segundo, estas organizaciones operan en un entorno en el que la impunidad sigue siendo más la regla que la excepción. En ese contexto, las acciones espectaculares de violencia pública también funcionan como demostraciones de poder necesarias para conservarlo. Por eso, en buena medida, sostengo que “debían” hacerse presentes y demostrar su fuerza ante un evento de la magnitud de la caída de Nemesio Oseguera.

A manera de cierre

Por eso, la pregunta que circuló ese domingo —¿para qué quemar el país?— tiene una respuesta incómoda. Lo hicieron porque querían manifestar su rabia y su lealtad; porque podían aprovechar vacíos de autoridad, y porque, dentro de su propia lógica organizacional, debían demostrar que son la fuerza armada dominante en regiones enteras del país, capaces de competir con el Estado de uno de los países más grandes y ricos del mundo.

Entender estas dinámicas no significa justificarlas. Pero sí implica reconocer algo incómodo: en México, el poder criminal no solo se disputa con armas, tal como lo sufrimos el domingo pasado. 

* Manuel Pérez Aguirre es integrante del Seminario sobre Violencia y Paz y Doctor por el Departamento de Gobierno de la Universidad de Essex, especializado en violencia.

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Imagen BBC
Cómo Guadalajara se convirtió en la “casa elegida” del narcotráfico en México y qué rol tuvo “El Mencho” y el CJNG
6 minutos de lectura

Aunque muchos narcotraficantes viniesen de otras regiones, la ciudad de Guadalajara ha sido la base práctica y simbólica del auge del narco en México. Nadie lo demostró tanto como el El Mencho.

25 de febrero, 2026
Por: BBC News Mundo
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Mario, vecino del municipio de Tlaquepaque, en Guadalajara, hace fila en una tortillería el lunes en la tarde. “Son compras de pánico”, dice, ante una cola kilométrica.

El domingo, las autoridades mataron a “El Mencho”, el narco más buscado del país, y en represalia su gente sitió la ciudad con bloqueos, quemas y enfrentamientos.

Después de tres horas, con sus tortillas bajo el brazo, Mario explica: “Ayer la violencia estuvo muy cerca y hoy ya menos, pero el temor sigue y la gente se prepara para cualquier evento que pueda regresar”.

Él hizo la fila para las tortillas, una de sus hijas para el pollo, su esposa para las verduras.

La calma ha ido volviendo a la capital de Jalisco, el estado que da nombre al cartel que lideraba El Mencho: Cartel de Jalisco Nueva Generación. Pero, según Mario, que como conductor de taxi conoce las calles y la gente de primera mano, “el temor persiste”.

“Este tipo de medidas (matar a un capo del narco) tal vez son necesarias, urgentes, pero los más golpeados somos la ciudadanía, los que trabajamos en la calle. Ya son 15 años de esto”.

15 años, tal vez más, en los que Guadalajara se convirtió en la capital del narco: allí donde lavan la mayor parte de sus ganancias, desaparecen más personas que en cualquier parte y controlan regiones enteras en las que montan centros de reclutamiento y entrenamiento militar.

“En casi todas las colonias de la zona metropolitana se han encontrado fosas de cuerpos, y se ha ejecutado y torturado gente”, asegura Mario. “Es muy triste lo que se ha vivido en nuestro estado”.

Monumento a los Niños Héroes en Guadalajara
Getty Images
Jalisco es el estado con más desaparecidos de México. Un viejo monumento a los Niños Héroes es hoy conocida como “la glorieta de los desaparecidos”

Capital del narco ascendente

A Guadalajara, una de las tres sedes mexicanas del Mundial de fútbol 2026, se le conoce como “la segunda ciudad de México” por muchas más razones que su población, cuyo número, entre 5 y 6 millones de habitantes, es el mismo que Monterrey.

Es la segunda ciudad, también, por historia, porque durante la Colonia y el siglo XIX se fundó allí un polo de poder, económico y cultural, tan fuerte como Ciudad de México.

En algún sentido es incluso la primera ciudad, porque de ahí sale la cultura mariachi, ranchera y tequilera que le dio fama al país.

Y en lo que al narco se refiere también: al ser el eje geográfico y económico de una vasta región cercana a Estados Unidos que incluye relevantes estados como Sinaloa, Guanajuato y Michoacán, los narcos hicieron de la capital jalisciense su base durante el auge de la industria en los años 80 y 90.

“Desde que tengo recuerdo esta ciudad está atravesada por el narco”, dice Verónica López García, una experimentada periodista cultural de la ciudad. “Primero fue su casa elegida, lo que nos dio una falsa seguridad, y luego nos convirtieron en un campo de guerra, en un territorio en disputa”.

Guadalajara
Getty Images
Guadalajara estará en el foco de atención en pocos meses, cuando se jueguen allí cuatro partidos del Mundial de fútbol.

Lo que ocurrió el domingo por la caída de El Mencho no fue la primera vez que la ciudad vive una ola de violencia, aunque sí una de las más graves.

Entre los ejemplos en la memoria de los tapatíos están el Rancho Aguirre, un centro de entrenamiento paramilitar encontrado a 30 kilómetros el año pasado; o la cifra de desaparecidos, que en Jalisco registra cerca de 16.000; o las veces que aparecieron cuerpos colgados de un puente; o la muerte del arzobispo en un tiroteo entre bandas del narco en 1993.

En 1985 ocurrió un caso clave: el narco mató a Enrique “Kike” Camarena, un agente mexicano-estadounidense de la DEA (Administración de Control de Drogas) que estaba investigándolo.

Un golpe de poder con el que el narco, en ese entonces en manos del Cartel de Guadalajara, quiso mostrar su poderío en una ciudad donde hasta entonces había mantenido el bajo perfil.

Zapopan
Getty Images
Zapopan es el municipio más rico de Guadalajara. Allí también hubo violencia tras la muerte de El Mencho.

La llegada agria a la modernidad

En estas tres décadas Guadalajara vivió un boom inmobiliario y reemplazó su vocación industrial por una economía de los servicios y la tecnología, y en ambos procesos el narco tuvo cierta participación.

El Mencho no solo traficó metanfetamina y fentanilo, sino que construyó un imperio criminal con sofisticadas operaciones de lavado de activos y extorsión.

El Departamento del Tesoro de EE.UU. estima que ocho de cada 10 negocios utilizados para lavar dinero en México ocurren en Jalisco y que 106 de 136 empresas ligadas al lavado de dinero están allí.

También calcula que el 80% de las empresas dedicadas al lavado en México están relacionadas con el CJNG.

Es difícil que esto ocurriera sin la complicidad de élites gobernantes.

En el caso Camarena se comprobó que oficiales estatales omitieron importantes detalles y encubrieron a algunos de los acusados. Con frecuencia surgen casos de policías destituidos por colusión con el narco. Al alcalde del emblemático municipio de Tequila lo arrestaron por lo mismo.

Jalisco es uno de los estados con mayor impunidad del país: la tasa de casos no resueltos por el poder judicial es, según un estudio de la Universidad de Guadalajara, del 99%.

Guadalajara
Getty Images
Un carro quemado, y detrás la “Inmolación de Quetzalcóatl”, del artista Víctor Manuel Contrera.

El narco convertido en cultura

De muchas maneras, Guadalajara no fue tomada por el narco: fue cedida. Los narcos se volvieron parte de la sociedad. Sus hijos entraron a los colegios.

Surgieron lujosos barrios y centros comerciales que hasta el más ingenuo de los tapatíos ve como parte del fenómeno narco.

Surgió una cultura con manifestaciones musicales, estéticas, incluso aspiracionales que para muchos en Jalisco era la única vida posible: la “cultura buchona”, esa estética y estilo de vida ostentosos que traspasaron las fronteras del narco.

“Cuando estaba en la preparatoria, a finales de los 80, vi los primeros indicios de esto, de gente con autos de lujo, que iban a Puerto Vallarta de vacaciones”, dice López García.

“Eventualmente decidí no ser parte, no ir a tal fiesta, así quisiera, porque sabía que algún vínculo con el narco tenía”.

Pero no todos tienen la posibilidad de tomar esa decisión, advierte Verónica: “O porque es la única solución económica, o porque es lo que te exige la cultura, hay mucha gente, muchos chavos, que lo asumieron como parte del paisaje”.

Guadalajara
Getty Images
Las filas este lunes en Guadalajara.

En una región desigual donde el trabajo informal es la norma, tranzar con el narco fue la única opción para muchos campesinos, pequeños emprendedores o jóvenes deseosos de surgir.

“Soy el dueño del palenque, cuatro letras van al frente”, dice un corrido dedicado a El Mencho.

Las cuatro letras son las del CJNG y la canción es una oda al líder: “Soy el señor de los gallos, el del cártel jalisciense”.

El líder cuya muerte revivió el trauma histórico de Guadalajara, la ciudad que el narco convirtió en su casa.

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BBC

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