
La elección de un tema de investigación conlleva su reflexión teórica, pero en mi caso, me vi imbuida en dilemas éticos y, a veces, con pesadillas entre vísceras y guerras sangrientas. Despertar con la inquietud y perseguida con la duda de si mi interés genuino no se estaría convirtiendo en actitud morbosa, me inicié en una cavilación en la que ahora puedo reparar.
Pero ¿en dónde encontrar aliento, lejos de la terapia tan socorrida en estos tiempos? ¿Qué espacios son propicios para sincerarse ante la inquietud por el dolor ajeno y el propio? Hay pocos espacios en los cuales volcarse hacia la reflexión de cómo nos afectan nuestras investigaciones, o la realidad misma, y cómo nos dejamos afectar por ella. Esta clase de expresiones son frecuentemente ligadas con el patetismo de quien simula una pena para cautivar miradas. A veces, queda el diálogo interior y la escritura.
Lejos nos encontramos ya de aquellas grandes interrogativas: ¿cómo contribuir a evitar una guerra? que Virginia Woolf se dispuso a responder en Tres guineas. Aunque la bomba ha vuelto a explotar y cientos de destellos brillan a lo largo de la República Mexicana, no se diga ya en el mundo entero. Observamos desde nuestras trincheras —por seguir con este lenguaje bélico— el teatro de la catástrofe y caminamos junto a la afirmación de Wilfred Owen secundada por Woolf de que la guerra es insoportable, horrible y bestial (2013).
Los violentómetros y la enumeración de daños colaterales, ocurridos bajo la declarada guerra contra el narcotráfico, son el encuadre en el que se circunscribe nuestro sentido común al pensar cuándo comenzó esta cadena de escenas violentas en el país. Como antecedente de la violencia homicida, de las extorsiones predatorias y demás crímenes donde la integridad física es un cuerpo abierto a la vulnerabilidad se tiene a ese cuadro; quizá nuestros marcos de sentido común se topen con ese escollo y no nos permita ver que más allá hay toda una tradición en operaciones militares y psicológicas que han alimentado a esa guerra no convencional en donde la confrontación es un conflicto bélico intermitente para abatir al enemigo interno, nutrido de las doctrinas de contrainsurgencia puestas en operación por Estados Unidos en épocas de posguerra (Flores, 2018).
Entonces, la ola de violencia que nos alcanza hasta hoy no es fortuita; en esa construcción del imaginario social se esconde aquella guerra no convencional que sería también consecuencia de las masacres de la Segunda Guerra Mundial. La guerra de aniquilación descrita por Arendt (2024) destruye, además de la infraestructura, todos aquellos sistemas de relaciones surgidos de la acción, la posibilidad de mundo se ve impedida por la violencia total.
Por un lado, tenemos la guerra de aniquilación que busca borrar del mapa a toda aquella relación humana y su historia, y la guerra intermitente o no convencional en un territorio dado, la cual apunta hacia un enemigo interno. En México, nos encontramos en una guerra no convencional de la que algunos grupos —delincuencia organizada— se han apropiado, y hacen uso tanto de las tácticas militares convencionales como de las operaciones psicológicas que buscan infundir temor y rendición. Arendt nos advertía que la aniquilación es propia de los totalitarismos y que estos mediante el terror sistemático aniquilan todas las relaciones interhumanas. Pero este terror sistemático ha alcanzado la práctica de aquellos que inclusive no se ciñen al totalitarismo.
También, vemos en la actualidad una serie de vestigios del poder punitivo (Foucault) en donde los suplicios eran públicos para complacer a las multitudes. Si bien a nivel jurídico el castigo se inserta ya en los cuerpos y mentes de diferente manera, la enseñanza del castigo mediante el suplicio en los cuerpos pone su impronta en las prácticas de la delincuencia organizada en México, y esto se constata por el cúmulo de imágenes que circulan en redes sociales y periódicos en donde los cadáveres son herida abierta, son expuestos para que el mensaje llegue a su destino, a los contras (contrincantes).
Las reacciones ante estas fotografías —tomadas por quién sabe qué alma atormentada, testigo de las masacres— también dan muestra de que el castigo se extiende más allá de los involucrados (es decir de los “combatientes”), pues los espectadores apoyan el derramamiento de sangre, y justifican la muerte: “son daños colaterales”, “está bien que se maten entre ellos”, “son los causantes de la situación del país”, “se lo merecían”. El castigo-espectáculo es el que se vuelve público ahora por redes sociales y, que una parte de la sociedad se contenta con estos suplicios, el de los desmembramientos y las decapitaciones, como si la guillotina no hubiera sido suficiente, ahora se toma el arma y el clic del gatillo muestra la potencia para ejercer la violencia (Arendt, 2024).
Pero no solo es la violencia la que se ejecuta con estos suplicios, sino también el poder sobre los cuerpos. El necropoder que ya Mbembe (2011) señala en su texto Necropolítica, se advierte como consecuencia de la colonización y las guerras de ocupación. Tal necropoder también se da en este país. Se decide a quién se le da muerte.
La continuación de la guerra en la cotidianidad de nuestros días ha ido reforzando el castigo. El disciplinamiento de los cuerpos torturados y la política de muerte se han insertado en la doctrina militar, así como en las capas civiles donde varios adolescentes se jactan de pertenecer a un “cártel”, portando chalecos, armas, radios mientras vigilan el horizonte de un campo abierto. Estos cuadros son los que he visto repetirse en TikTok, plataforma social en la que se acumulan videos con este tipo de perfiles. Dice una canción “ya no hay remordimiento solo muerte de contrarios”, pista con la que es musicalizado un video en donde un joven desmiente su muerte y celebra su vida ante los rumores de que había fallecido en un topón (enfrentamiento).
Mientras que unos cuantos espectadores avivan el fuego de la hoguera de los suplicios, a mí me recorre un escalofrío ante las fotografías que, como afirma Virginia Woolf, son la burda expresión de un hecho, dirigida a la vista (2015). Este escalofrío se va removiendo desde los cabellos hasta los órganos, se revuelca y desemboca en náusea. Antes de cerrar los ojos, me quedo perpleja ante la imagen y los videos con alarde de violencia total. Cavarero (2009) nos dice que este sentir se acerca al horror, un horror que va más allá de la repugnancia ocasionada al ver la cabeza de Medusa en tanto mito cosificado en las violencias de ayer y ahora, sin embargo, las formas que las violencias actuales expresan son tan indecibles que no alcanza esa palabra para definir ese afecto, es más bien horrorismo el que entra en la jugada de la emocionalidad, de mi emocionalidad.
Es inmirable lo que pasa en México. La fotografía y los videos no cesan de circular. A dónde dirigir la mirada si no hacia adentro, lugar donde podemos reconocer la forma en la que nos afectan los sucesos y en mi caso, el tema que estudio. Si mis ojos no apartan instantáneamente la mirada de la pantalla, no es morbo seco, es falta de huida que Cavarero (2009) relaciona a la constelación afectiva del horror y la repugnancia. Más allá del miedo y del terror —también éste último muchas veces mencionado por Mbembe para denotar lo que ocasiona la necropolítica— es un horror que no acaba, porque bien puede uno cerrar los ojos o apagar los monitores, pero el derramamiento de sangre sigue allá afuera.
La preocupación propia recae en que en cuanto se activa la espectacularización de los suplicios, todavía brotan hurras. La muerte en sí misma no es el fin. Se busca destruir la unicidad del cuerpo dándonos a saber que estamos en un hilo; nuestra vulnerabilidad es constantemente demostrada.
Mi reacción es una afectación orgánica corporal, un horror(ismo) que no es para menos ante la brutalidad. Queda pensar en el revés para dejar de afirmar la vida como un campo de batalla, pensar a los adolescentes sicarios no como “soldados de barrio” sino como vidas que merecen ser vividas, prevenir para que el castigo no estalle en suplicio.
*Alejandra Jimena Arias Vásquez es doctorante en Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) e investigadora en el Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México.

Analizamos la vida del máximo líder de Irán, el poder que ejerce y el papel que desempeñan sus hijos en la política del país que fue atacado este sábado por EE.UU. e Israel.
Un nuevo desafío para el hombre más poderoso de Irán, el ayatolá Alí Jamenei.
El ejército de Israel lanzó este sábado un ataque contra su país con la participación de Estados Unidos.
En enero, el líder supremo iraní enfrentó el reto más serio a su poder desde la Revolución Islámica de 1979, cuando manifestaciones masivas sacudieron las calles del país y desataron una crisis de legitimidad del gobierno.
En las protestas antigubernamentales, que alcanzaron un nivel nunca visto en los 47 años de historia de la República Islámica, murieron miles de personas por la represión de las fuerzas de seguridad.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, repetidamente amenazó con tomar acción militar por la muerte de los manifestantes.
Ante esas amenazas, el gobierno de Irán señaló que Teherán estaba abierta a conversar con Washington, pero aseguró que el país estaba “preparado para la guerra”.
Entretanto, el ayatolá Jamenei acusó a EE.UU. de “engaño” y de usar a “mercenarios traidores” para atizar las protestas.
Ni Trump, ni el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, han ocultado su deseo de un cambio de régimen en Irán.
Durante décadas, Washington e Israel han acusado a Irán de intentar desarrollar en secreto un arma nuclear. Irán ha negado repetidamente que busque una bomba y afirma que su programa solo tiene fines pacíficos.
Este mes se celebraron tres rondas de negociaciones entre Estados Unidos e Irán para alcanzar un acuerdo sobre su programa nuclear, y se esperaban nuevas negociaciones la próxima semana.
Pero este sábado, la situación dio un giro dramático.
“Hace poco, el ejército de Estados Unidos inició importantes operaciones de combate en Irán. Nuestro objetivo es defender al pueblo estadounidense eliminando las amenazas inminentes del régimen iraní, un grupo despiadado de gente muy dura y terrible. Sus actividades amenazantes ponen en peligro directo a Estados Unidos, a nuestras tropas, a nuestras bases en el extranjero y a nuestros aliados en todo el mundo”, dijo Trump en la red social Truth Social.
Una fuente dijo a Reuters que el líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, no se encontraba en Teherán y que había sido trasladado a un lugar seguro.
Tras el ataque “preventivo” de Estados Unidos e Israel, la presión sobre el líder supremo no cede.
¿Quién es el ayatolá Alí Jamenei, qué poder ejerce en el país y qué rol desempeña su familia en la política iraní?
El ayatolá Alí Jamenei es apenas el segundo líder supremo del país desde la revolución islámica de 1979. Ocupa el cargo desde 1989. Los jóvenes iraníes nunca han experimentado la vida sin él en el poder.
Jamenei, que está en el medio de una compleja red de poderes rivales, es capaz de vetar cualquier asunto de política pública y elegir a dedo a candidatos para cargos públicos.
Como jefe de Estado y comandante en jefe del Ejército, que incluye al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria de Iran (CGRI), su posición lo convierte en una figura con todo tipo de poderes.
Nacido en Mashhad, la segunda ciudad más grande de Irán, en 1939, Jamenei es el segundo de ocho hijos en una familia religiosa. Su padre era un clérigo de rango medio de la rama chiita del islam, el grupo religioso dominante en Irán.
Su educación se centró principalmente en el estudio del Corán y obtuvo el título de clérigo a los 11 años. Pero, al igual que muchos líderes religiosos de la época, su rol siempre ha sido tanto político como espiritual.
Jamenei, un hábil orador, se unió a los críticos del Sha Reza Pahlavi, el monarca que fue derrocado por la Revolución Islámica de 1979.
Durante años, vivió en la clandestinidad y estuvo detenido. Fue arrestado seis veces por la policía secreta del Sha, sufriendo torturas y el exilio interno.
Un año después de la revolución, el ayatolá Jomeini lo nombró líder de la oración de los viernes en la capital, Teherán.
Jamenei fue elegido presidente en 1981, antes de ser designado en 1989 por los ancianos religiosos como el sucesor del ayatolá Jomeini, quien había muerto a los 86 años.
Alí Jamenei, quien rara vez viaja al exterior, vive junto a su esposa con austeridad en un complejo residencial en el centro de Teherán.
De Jamenei se sabe que disfruta de la jardinería y la poesía, que fumó en su juventud –algo inusual para una figura religiosa en Irán– y que perdió la movilidad de su brazo derecho en un intento de asesinato en la década de 1980.
Junto a su esposa, Mansoureh Khojasteh Baqerzadeh, tienen seis hijos: cuatro varones y dos mujeres.
La familia Jamenei no suele aparecer en público ni en medios de comunicación, por lo que la información oficial y verificada sobre la vida privada de sus hijos ha sido limitada.
De sus cuatro hijos, el segundo, Mojtaba, es el más conocido por su influencia y el importante papel que desempeña en el círculo íntimo de su padre.
Mojtaba estudió en la escuela secundaria Alavi en Teherán, un colegio cuyos alumnos tradicionalmente son hijos de altos funcionarios de la República Islámica, y se casó con la hija de una destacada figura conservadora del país, Gholam-Ali Haddad-Adel, en un momento en que todavía no se había convertido a clérigo.
Comenzó sus estudios religiosos formales en el seminario de Qom, el centro chiita más importante de Irán, a los 30 años.
A mediados de la década de 2000, la influencia de Mojtaba en la política del país se hizo más evidente, aunque rara vez esto haya sido reconocido por los medios de comunicación locales.
Mojtaba saltó a la escena tras las controvertidas elecciones presidenciales de 2004, cuando el candidato Mehdi Karroubi lo acusó en una carta abierta dirigida al ayatolá Jamenei de haber interferido de manera encubierta a favor de Mahmud Ahmadineyad.
Desde la década de 2010, Mojtaba ha sido considerado como una de las personas más poderosas de la República Islámica. Relatos anecdóticos sugieren que él es el candidato preferido de Jameneí para reemplazarlo. Sin embargo, algunas fuentes oficiales han negado estas afirmaciones.
Aunque Alí Jamenei no es rey ni puede ceder el trono a su hijo, Mojtaba tiene un poder significativo dentro de los círculos de línea dura de su padre, incluyendo la poderosa oficina del Líder Supremo, que eclipsa a los órganos constitucionales.
El hijo mayor de la familia es Mustafa Jamenei, quien está casado con la hija de Azizollah Khoshvaght, un clérigo tradicional firmemente conservador.
Tanto Mustafa como Mojtaba sirvieron en el frente durante la guerra entre Irán e Irak de la década de 1980.
El tercer hijo de Alí Jamenei es Masoud. Nacido en 1972, está casado con Susan Kharazi, hija de Mohsen Kharazi, un conocido clérigo afiliado a la conservadora Asociación de Maestros del Seminario de Qom y es hermana de Mohammad Sadegh Kharazi, exdiplomático con inclinaciones reformistas.
Masoud Jamenei se ha mantenido alejado de los círculos políticos y se sabe poco sobre su vida.
Antes, había dirigido la oficina que supervisa las obras de su padre, una institución que funciona como un brazo clave de propaganda para el ayatolá Jamenei. También había sido responsable de la recopilación de la biografía y las memorias de su padre.
El hijo menor, Meysam, nació en 1977 y, al igual que sus tres hermanos mayores, también es clérigo.
Su esposa, cuyo nombre no ha sido mencionado en los medios, es hija de Mahmoud Lolachian, un comerciante con mucho dinero e influyente, conocido por apoyar financieramente a clérigos revolucionarios antes de la revolución de 1979.
Meysam ha trabajado junto a su hermano Masoud en la Oficina para la Preservación y Publicación de las obras de su padre.
Sobre las hijas de Jamenei se sabe poco.
Bushra y Hoda son las menores de la familia y ambas nacieron después de la revolución de 1979.
Bushra nació en 1980 y está casada con Mohammad-Javad Mohammadi Golpayegani, hijo de Gholamhossein (Mohammad) Mohammadi Golpayegani, jefe de gabinete de Jamenei.
Hoda, la menor de las hijas del líder, nació en 1981. Está casada con Mesbah al-Hoda Bagheri Kani, quien estudió marketing y daba clases en la Universidad Imam Sadiq.
*Esta es una actualización de un artículo originalmente publicado el 16 de junio 2025, con información de BBC News, BBC Verify y el corresponsal de la BBC en Washington Paul Adams
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