
El pasado 14 de enero, desde el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, convocamos a una conversación pública con María Teresa Blandón Gadea, socióloga feminista y activista nicaragüense, actualmente exiliada en Costa Rica. En este texto comparto la entrevista con ella.
El encuentro partió de una inquietud compartida: pensar los autoritarismos en Centroamérica no como fenómenos aislados ni como simples “desviaciones” del orden democrático, sino como procesos con raíces profundas, inscritos en historias políticas, sociales y culturales de larga duración.
El tema de la charla, Nicaragua, no solo como caso extremo de cierre del espacio cívico y concentración del poder, sino como laboratorio histórico donde se condensan muchas de las tensiones que atraviesan la región: la herencia colonial, la fragilidad del Estado, la captura de lo público por élites políticas y religiosas, y la reiterada promesa —una y otra vez frustrada— de democratización. La conversación buscó entender sus genealogías: cómo se construyen estos poderes, qué memorias activan, qué lenguajes reutilizan y por qué logran, en determinados momentos, arraigar socialmente.
Los autoritarismos contemporáneos —y en particular los populismos de extrema derecha— no reproducen mecánicamente los fascismos del siglo XX, pero dialogan con ellos, reciclan sus repertorios simbólicos y actualizan viejas pulsiones antiliberales bajo condiciones nuevas. No se trata de copias, sino de herencias transformadas: liderazgos personalistas que se presentan como encarnación del pueblo, desprecio por los contrapesos institucionales, construcción de enemigos internos y una relación instrumental con la legalidad.
Pensar Nicaragua desde esta perspectiva genealógica permite escapar tanto de la excepcionalidad como del fatalismo. Permite, sobre todo, comprender que los autoritarismos no se sostienen únicamente por la fuerza, sino por narrativas, alianzas morales y arreglos históricos que es necesario analizar para poder desmontarlos. Esa es la apuesta de esta conversación: entender para resistir sin renunciar a la memoria ni a la imaginación política.
El deterioro democrático en Centroamérica no llegó de golpe: se incubó en Estados frágiles, construidos desde la exclusión colonial, atravesados por alianzas persistentes entre élites políticas, económicas y religiosas, y sostenidos por una idea del poder como botín y saqueo antes que como responsabilidad pública.
Tras los acuerdos de paz de finales del siglo XX, la región pareció abrir una posibilidad —precaria pero real— de democratización. Sin embargo, la pobreza estructural, la desigualdad persistente, la captura del Estado y la violencia criminal erosionaron rápidamente ese horizonte. El golpe de Estado en Honduras en 2009 marcó un punto de inflexión: el retorno explícito de formas autoritarias que ya no necesitan ocultarse detrás del lenguaje democrático, aunque lo siguen haciendo como una revestidura de las nuevas derechas.
Hoy, Nicaragua es un régimen que cancela derechos y también reconfigura el sentido común, normalizando la excepción, la represión y el castigo como formas legítimas de orden social. Frente a este panorama, la pregunta ya no es sólo cómo se consolidan los autoritarismos, sino cómo se resiste cuando el espacio cívico se cierra, cuando la violencia se vuelve política pública y cuando la esperanza parece un gesto ingenuo. Qué podemos aprender en México de mirar a Centroamérica, una región que siempre pasamos de largo en nuestros análisis políticos desde la izquierda pero también para pensar las nuevas derechas que ya no llegan al poder de la mano de los golpes militares sino de procesos democráticos que después del momento populista se establecen como dictaduras más o menos veladas, con derivas propias pero aprendizajes que deberíamos observar de cerca desde México.
En tus análisis aparece una idea incómoda pero persistente: que los autoritarismos centroamericanos no son una anomalía histórica, sino una continuidad. ¿Qué estamos dejando de ver cuando los tratamos como desviaciones excepcionales?
Lo que solemos pasar por alto es que estos regímenes no emergen en el vacío ni rompen del todo con el pasado. Se apoyan en estructuras estatales que desde su origen fueron diseñadas para excluir, controlar y disciplinar. El Estado centroamericano nace como una extensión del orden colonial: administra desigualdades, criminaliza la pobreza y subordina a quienes no encajan en el ideal de ciudadanía dominante. En ese sentido, el autoritarismo no irrumpe; se reactiva.
Cuando hablamos de “retrocesos democráticos” damos por sentado que hubo democracias sólidas, cuando en realidad lo que existió fue una institucionalidad frágil, capturada por élites, con partidos políticos cada vez más alejados del bien común. Los liderazgos autoritarios explotan ese vacío: prometen orden donde hubo abandono, seguridad donde hubo violencia impune, pertenencia donde hubo exclusión. El problema no es solo el caudillo; es el terreno fértil que lo hace posible.
Muchos de estos gobiernos se presentan como respuestas eficaces a la criminalidad, a la corrupción. ¿Por qué ese discurso logra tanta adhesión social incluso cuando implica la renuncia explícita a derechos?
Porque ofrece algo que la democracia liberal en la región nunca terminó de garantizar: certezas. En contextos marcados por el miedo, la precariedad y la desconfianza institucional, la promesa de orden resulta profundamente seductora. El autoritarismo no se impone solo por la fuerza; se legitima emocionalmente. Construye un relato donde el castigo se vuelve sinónimo de justicia y la obediencia de estabilidad.
Además, estos proyectos se apoyan en imaginarios conservadores muy arraigados: el patriarcado, la moral religiosa, la idea de que ciertos cuerpos y ciertas vidas son sacrificables en nombre del bien común. Así, la suspensión de derechos deja de percibirse como una pérdida colectiva y se convierte en una medida “necesaria” contra enemigos internos cuidadosamente construidos: delincuentes, feministas, periodistas, defensores de derechos humanos.
En ese sentido, ¿qué papel juegan los conservadurismos religiosos y morales en la consolidación de estos regímenes?
No son aliados circunstanciales; son pilares. Los autoritarismos necesitan un marco moral que justifique la represión, y los conservadurismos ofrecen exactamente eso: una narrativa del orden natural, de la obediencia, del castigo como corrección. La fusión entre poder político y poder religioso refuerza la idea de que el líder no solo gobierna, sino que encarna una voluntad superior, casi providencial.
Esto tiene consecuencias muy concretas: la criminalización de las mujeres que defienden su autonomía, la persecución de personas LGBTIQ+, la censura de la educación crítica, el ataque frontal a la noción misma de derechos humanos. Todo aquello que implique pluralismo, diversidad o igualdad se presenta como una amenaza externa, como una imposición ajena a la “identidad nacional”.
Frente a un cierre tan agresivo del espacio cívico —cárceles, exilio, desnacionalización, censura—, hablar de resistencia puede sonar abstracto. ¿Dónde ves hoy las posibilidades reales de resistir al autoritarismo en Centroamérica?
Resistir no siempre significa confrontar de manera frontal. En contextos autoritarios, la resistencia adopta formas fragmentadas, a veces invisibles: redes de cuidado, memoria compartida, documentación de abusos, pedagogías clandestinas, solidaridad transnacional. Defender la vida cotidiana se vuelve un acto político.
También es clave disputar el lenguaje. Los autoritarismos avanzan cuando logran nombrar el mundo sin que encuentren oposición: cuando seguridad significa militarización, cuando soberanía significa impunidad y no pasa nada. Resistir es insistir en otros significados, sostener la idea de que los derechos no son concesiones del poder, sino conquistas históricas. No es una tarea épica; es persistente, colectiva y profundamente desgastante, pero necesaria.
Para cerrar: en un contexto tan adverso, ¿cómo se defiende la esperanza sin caer en la ingenuidad o el voluntarismo?
Defender la esperanza no es negar la gravedad del momento, sino rechazar la idea de que el autoritarismo es inevitable. Centroamérica tiene una historia dolorosa, sí, pero también una memoria densa de luchas, de organización social, de conquistas parciales que parecían imposibles. Recordar eso es un acto político.
La esperanza, hoy, pasa por reconstruir vínculos, por sostener diálogos incómodos, por no resignarnos al cinismo. No se trata de idealizar la democracia que tuvimos, sino de insistir en la que aún podemos imaginar y construir. Resistir es, en última instancia, negarle al autoritarismo el monopolio del futuro.

Analizamos la vida del máximo líder de Irán, el poder que ejerce y el papel que desempeñan sus hijos en la política del país que fue atacado este sábado por EE.UU. e Israel.
Un nuevo desafío para el hombre más poderoso de Irán, el ayatolá Alí Jamenei.
El ejército de Israel lanzó este sábado un ataque contra su país con la participación de Estados Unidos.
En enero, el líder supremo iraní enfrentó el reto más serio a su poder desde la Revolución Islámica de 1979, cuando manifestaciones masivas sacudieron las calles del país y desataron una crisis de legitimidad del gobierno.
En las protestas antigubernamentales, que alcanzaron un nivel nunca visto en los 47 años de historia de la República Islámica, murieron miles de personas por la represión de las fuerzas de seguridad.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, repetidamente amenazó con tomar acción militar por la muerte de los manifestantes.
Ante esas amenazas, el gobierno de Irán señaló que Teherán estaba abierta a conversar con Washington, pero aseguró que el país estaba “preparado para la guerra”.
Entretanto, el ayatolá Jamenei acusó a EE.UU. de “engaño” y de usar a “mercenarios traidores” para atizar las protestas.
Ni Trump, ni el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, han ocultado su deseo de un cambio de régimen en Irán.
Durante décadas, Washington e Israel han acusado a Irán de intentar desarrollar en secreto un arma nuclear. Irán ha negado repetidamente que busque una bomba y afirma que su programa solo tiene fines pacíficos.
Este mes se celebraron tres rondas de negociaciones entre Estados Unidos e Irán para alcanzar un acuerdo sobre su programa nuclear, y se esperaban nuevas negociaciones la próxima semana.
Pero este sábado, la situación dio un giro dramático.
“Hace poco, el ejército de Estados Unidos inició importantes operaciones de combate en Irán. Nuestro objetivo es defender al pueblo estadounidense eliminando las amenazas inminentes del régimen iraní, un grupo despiadado de gente muy dura y terrible. Sus actividades amenazantes ponen en peligro directo a Estados Unidos, a nuestras tropas, a nuestras bases en el extranjero y a nuestros aliados en todo el mundo”, dijo Trump en la red social Truth Social.
Una fuente dijo a Reuters que el líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, no se encontraba en Teherán y que había sido trasladado a un lugar seguro.
Tras el ataque “preventivo” de Estados Unidos e Israel, la presión sobre el líder supremo no cede.
¿Quién es el ayatolá Alí Jamenei, qué poder ejerce en el país y qué rol desempeña su familia en la política iraní?
El ayatolá Alí Jamenei es apenas el segundo líder supremo del país desde la revolución islámica de 1979. Ocupa el cargo desde 1989. Los jóvenes iraníes nunca han experimentado la vida sin él en el poder.
Jamenei, que está en el medio de una compleja red de poderes rivales, es capaz de vetar cualquier asunto de política pública y elegir a dedo a candidatos para cargos públicos.
Como jefe de Estado y comandante en jefe del Ejército, que incluye al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria de Iran (CGRI), su posición lo convierte en una figura con todo tipo de poderes.
Nacido en Mashhad, la segunda ciudad más grande de Irán, en 1939, Jamenei es el segundo de ocho hijos en una familia religiosa. Su padre era un clérigo de rango medio de la rama chiita del islam, el grupo religioso dominante en Irán.
Su educación se centró principalmente en el estudio del Corán y obtuvo el título de clérigo a los 11 años. Pero, al igual que muchos líderes religiosos de la época, su rol siempre ha sido tanto político como espiritual.
Jamenei, un hábil orador, se unió a los críticos del Sha Reza Pahlavi, el monarca que fue derrocado por la Revolución Islámica de 1979.
Durante años, vivió en la clandestinidad y estuvo detenido. Fue arrestado seis veces por la policía secreta del Sha, sufriendo torturas y el exilio interno.
Un año después de la revolución, el ayatolá Jomeini lo nombró líder de la oración de los viernes en la capital, Teherán.
Jamenei fue elegido presidente en 1981, antes de ser designado en 1989 por los ancianos religiosos como el sucesor del ayatolá Jomeini, quien había muerto a los 86 años.
Alí Jamenei, quien rara vez viaja al exterior, vive junto a su esposa con austeridad en un complejo residencial en el centro de Teherán.
De Jamenei se sabe que disfruta de la jardinería y la poesía, que fumó en su juventud –algo inusual para una figura religiosa en Irán– y que perdió la movilidad de su brazo derecho en un intento de asesinato en la década de 1980.
Junto a su esposa, Mansoureh Khojasteh Baqerzadeh, tienen seis hijos: cuatro varones y dos mujeres.
La familia Jamenei no suele aparecer en público ni en medios de comunicación, por lo que la información oficial y verificada sobre la vida privada de sus hijos ha sido limitada.
De sus cuatro hijos, el segundo, Mojtaba, es el más conocido por su influencia y el importante papel que desempeña en el círculo íntimo de su padre.
Mojtaba estudió en la escuela secundaria Alavi en Teherán, un colegio cuyos alumnos tradicionalmente son hijos de altos funcionarios de la República Islámica, y se casó con la hija de una destacada figura conservadora del país, Gholam-Ali Haddad-Adel, en un momento en que todavía no se había convertido a clérigo.
Comenzó sus estudios religiosos formales en el seminario de Qom, el centro chiita más importante de Irán, a los 30 años.
A mediados de la década de 2000, la influencia de Mojtaba en la política del país se hizo más evidente, aunque rara vez esto haya sido reconocido por los medios de comunicación locales.
Mojtaba saltó a la escena tras las controvertidas elecciones presidenciales de 2004, cuando el candidato Mehdi Karroubi lo acusó en una carta abierta dirigida al ayatolá Jamenei de haber interferido de manera encubierta a favor de Mahmud Ahmadineyad.
Desde la década de 2010, Mojtaba ha sido considerado como una de las personas más poderosas de la República Islámica. Relatos anecdóticos sugieren que él es el candidato preferido de Jameneí para reemplazarlo. Sin embargo, algunas fuentes oficiales han negado estas afirmaciones.
Aunque Alí Jamenei no es rey ni puede ceder el trono a su hijo, Mojtaba tiene un poder significativo dentro de los círculos de línea dura de su padre, incluyendo la poderosa oficina del Líder Supremo, que eclipsa a los órganos constitucionales.
El hijo mayor de la familia es Mustafa Jamenei, quien está casado con la hija de Azizollah Khoshvaght, un clérigo tradicional firmemente conservador.
Tanto Mustafa como Mojtaba sirvieron en el frente durante la guerra entre Irán e Irak de la década de 1980.
El tercer hijo de Alí Jamenei es Masoud. Nacido en 1972, está casado con Susan Kharazi, hija de Mohsen Kharazi, un conocido clérigo afiliado a la conservadora Asociación de Maestros del Seminario de Qom y es hermana de Mohammad Sadegh Kharazi, exdiplomático con inclinaciones reformistas.
Masoud Jamenei se ha mantenido alejado de los círculos políticos y se sabe poco sobre su vida.
Antes, había dirigido la oficina que supervisa las obras de su padre, una institución que funciona como un brazo clave de propaganda para el ayatolá Jamenei. También había sido responsable de la recopilación de la biografía y las memorias de su padre.
El hijo menor, Meysam, nació en 1977 y, al igual que sus tres hermanos mayores, también es clérigo.
Su esposa, cuyo nombre no ha sido mencionado en los medios, es hija de Mahmoud Lolachian, un comerciante con mucho dinero e influyente, conocido por apoyar financieramente a clérigos revolucionarios antes de la revolución de 1979.
Meysam ha trabajado junto a su hermano Masoud en la Oficina para la Preservación y Publicación de las obras de su padre.
Sobre las hijas de Jamenei se sabe poco.
Bushra y Hoda son las menores de la familia y ambas nacieron después de la revolución de 1979.
Bushra nació en 1980 y está casada con Mohammad-Javad Mohammadi Golpayegani, hijo de Gholamhossein (Mohammad) Mohammadi Golpayegani, jefe de gabinete de Jamenei.
Hoda, la menor de las hijas del líder, nació en 1981. Está casada con Mesbah al-Hoda Bagheri Kani, quien estudió marketing y daba clases en la Universidad Imam Sadiq.
*Esta es una actualización de un artículo originalmente publicado el 16 de junio 2025, con información de BBC News, BBC Verify y el corresponsal de la BBC en Washington Paul Adams
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