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El pulso de una juventud en alerta
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El pulso de una juventud en alerta

La juventud no vive ni en la ingenuidad ni en la apatía. No está cruzada de brazos, pero tampoco compra discursos optimistas sin cuestionarlos. Vive en una especie de tensión constante: sabe que el panorama es incierto, pero no está dispuesta a quedarse quieta.
20 de febrero, 2026
Por: Sonia del Valle

Hay momentos en los que conviene hacer una pausa y escuchar. Escuchar de verdad. No para confirmar lo que creemos saber, sino para entender hacia dónde se está moviendo el mundo.

En el Foro Económico Mundial, en Davos, se presentó el informe Youth Pulse 2026. Detrás del nombre hay algo sencillo pero potente: casi 4,600 jóvenes de entre 18 y 30 años, en 144 países, contando qué les preocupa y qué esperan. No es poca cosa. Es, en cierto modo, tomarle el pulso a una generación.

Lo primero que aparece es que la juventud no vive ni en la ingenuidad ni en la apatía. No está cruzada de brazos, pero tampoco compra discursos optimistas sin cuestionarlos. Vive en una especie de tensión constante: sabe que el panorama es incierto, pero no está dispuesta a quedarse quieta.

Cuando se les pregunta por sus prioridades, el mensaje es claro. El 57 % coloca en primer lugar la creación de empleos de calidad y oportunidades de emprendimiento. En segundo sitio, con 46 %, está el acceso equitativo a educación de calidad. Trabajo y educación no son temas separados: son dos caras del mismo problema. Aprender para poder vivir con dignidad.

Esta generación no duda que aprender importa. Lo que pone en duda es si lo que aprende hoy en la escuela le alcanzará mañana.

Más del 40 % identifica una brecha creciente entre lo que enseñan las instituciones educativas y lo que exige el mercado laboral. Y cuando entra en escena la inteligencia artificial, la inquietud aumenta: dos de cada tres jóvenes creen que reducirá los empleos de entrada en los próximos años. Es decir, la puerta tradicional al mundo laboral podría estar encogiéndose justo cuando más personas intentan cruzarla.

Eso no es una discusión académica. Es ansiedad concreta. La inflación y la inestabilidad económica son señaladas como la principal fuente de estrés personal. En ese contexto, estudiar ya no es solo una aspiración; es una apuesta arriesgada. Años de esfuerzo sin garantía de que habrá un trabajo digno al final del camino.

Pero sería un error interpretar estos datos como un desencanto con la educación. Más bien al contrario. Lo que se escucha es una exigencia más fina: no se trata de más años de escuela, sino de una mejor escuela. Educación que dialogue con la realidad tecnológica, que enseñe a pensar críticamente, que incorpore habilidades digitales, pero también ética y herramientas socioemocionales.

La mayoría de las y los jóvenes ya usan inteligencia artificial. La experimentan, la prueban, la integran en su día a día. Pero saben que usar no es lo mismo que entender. Que consumir tecnología no equivale a dominarla. La alfabetización digital aparece como una deuda pendiente, y detrás de ella otra más profunda: formación docente continua, infraestructura que no excluya a zonas rurales, políticas públicas que no amplíen desigualdades.

Porque cuando hablamos de brecha digital no estamos hablando solo de conexión a internet. Estamos hablando de quién puede convertir esa conexión en oportunidad y quién queda como simple espectador.

En América Latina y en partes de África, la educación sigue siendo vista como una posible escalera de movilidad social, aunque cada vez más frágil. En economías desarrolladas, la pregunta es distinta, pero igual de inquietante: si estudiar ya no garantiza progreso respecto a la generación anterior, ¿qué lo hará?

Hay un dato que atraviesa todo el informe: la desigualdad es la tendencia económica que más preocupa. Y en ese escenario, la educación deja de ser únicamente un servicio público; se convierte en un terreno decisivo. Puede cerrar brechas o puede consolidarlas.

Lo que esta generación parece decir –con números, pero también con claridad moral–, es que el derecho a aprender no puede separarse del derecho a construir un proyecto de vida. No basta con ampliar la matrícula. No basta con digitalizar aulas. No basta con repartir dispositivos. Si el conocimiento no conversa con el mundo real, si la tecnología no viene acompañada de regulación y ética, la promesa educativa pierde fuerza.

Escuchar este pulso juvenil obliga a reconocer algo incómodo: el futuro del trabajo, la transformación digital y hasta la respuesta a la crisis climática pasan por las aulas. Y si el sistema educativo no se mueve al ritmo de estos cambios, la frustración puede convertirse en marca generacional.

Youth Pulse 2026 no es un manifiesto optimista ni un anuncio del desastre. Es un diagnóstico sobrio. Y en ese diagnóstico la educación aparece en una encrucijada. Puede ser la rampa que permita enfrentar un mercado laboral incierto o puede volverse la prueba de que no supimos adaptarnos a tiempo.

La pregunta no es si las y los jóvenes creen en la educación. La pregunta es si estamos dispuestos a transformar la educación para que esté a la altura de lo que ya están viviendo.

* Sonia del Valle (@lamalaeducacion) es directora de Comunicación Educativa en Mexicanos Primero (@Mexicanos1o).

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Imagen BBC
La caída del expríncipe Andrés: “hijo favorito” de la reina Isabel II y primer miembro de la familia real arrestado en historia moderna
8 minutos de lectura

Los escándalos han perseguido al hermano del rey Carlos III a lo largo de su vida.

19 de febrero, 2026
Por: BBC News Mundo
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Fue el segundo hijo de Isabel II, pero el primero en nacer cuando ella ya era reina. Un bebé muy deseado por la reina, segundo en la línea sucesoria del trono británico hasta que nació su sobrino William, y ahora caído en desgracia.

Este jueves fue arrestado bajo sospecha de mala conducta en cargo público.

No se conocen los detalles específicos de las acusaciones de conducta indebida en el ejercicio de un cargo público que están siendo investigadas.

Sin embargo, las acusaciones previamente reportadas incluyen que habría compartido informes de viajes comerciales, remitido un informe confidencial sobre inversiones en Afganistán y entregado un informe del Tesoro a un contacto empresarial personal.

El exduque de York se desempeñó como enviado comercial del Reino Unido entre 2001 y 2011, viajando por todo el mundo y disfrutando de acceso privilegiado a altos contactos gubernamentales y empresariales a nivel internacional.

En 2010, Andrés aparentemente remitió al difunto delincuente sexual Jeffrey Epstein informes gubernamentales sobre visitas a Vietnam, Singapur y China, según parecen mostrar archivos relacionados con el fallecido financiero que fueron publicados recientemente por el Departamento de Justicia de Estados Unidos.

Los documentos también parecen indicar que Andrés envió a Epstein información sobre oportunidades de inversión en oro y uranio en Afganistán.

De acuerdo con la normativa oficial, los enviados comerciales tienen el deber de mantener la confidencialidad sobre información sensible comercial o política relacionada con sus visitas oficiales.

Andrés Mountbatten Windsor, que hasta noviembre de 2025 era conocido como el príncipe Andrés, cayó en desgracia en la última década, desde que se destapara su amistad con el financiero estadounidense y fuera acusado de abusar sexualmente de una menor.

Andrés niega cualquier conducta indebida relacionada con los archivos Epstein.

El expríncipe se enfrentó previamente a acusaciones de Virginia Giuffre que se resolvieron extrajudicialmente.

Giuffre alegó que la obligaron a mantener relaciones sexuales con Andrés en varias ocasiones, incluyendo una en la isla privada de Epstein a principios de la década de los 2000.

El acuerdo alcanzado entre Giuffre y el expríncipe no incluyó ninguna admisión de irregularidades por parte de este último.

Andrés se retiró de sus funciones reales en 2019, alegando que las acusaciones habían supuesto una “perturbación” para la familia real.

Posteriormente, perdió sus títulos militares y patrocinios reales cuando Giuffre interpuso una demanda civil contra él en Estados Unidos en 2022.

Andrés fue despojado de su título de príncipe en octubre de 2025, el mismo mes en que se publicaron las memorias póstumas de Giuffre y al mismo tiempo que salían a la luz nuevos detalles sobre su relación con Epstein.

El “hijo favorito”

La reina Isabel II, el príncipe Felipe, la princesa Ana y los príncipes Carlos y Andrés.
EPA/EFE
La reina Isabel II, el príncipe Felipe, la princesa Ana y los príncipes Carlos y Andrés.

Nacido el 19 de febrero de 1960 -este jueves, día de su arresto, justo cumplió 66 años-, Andrés es el tercer hijo de Isabel II y su esposo, el príncipe Felipe, y hermano del actual monarca británico, Carlos III.

A diferencia de lo que ocurrió con sus hermanos mayores, Carlos y Ana, Andrés llegó a la familia cuando la reina ya era monarca.

Andrés y su hermano menor, Eduardo, que se llevan más de una década con Carlos y Ana, pudieron pasar más tiempo con su madre y forjar un vínculo más estrecho. Gran parte de la prensa británica siempre asumió que Andrés fue el hijo favorito de la monarca, al que apoyó incluso en algunos de los momentos más difíciles.

Y la vida de Andrés no ha estado exenta de esos momentos.

Diversas biografías cuentan que no fue un alumno especialmente brillante. Asistió a la Escuela Primaria Heatherdown, en Berkshire, Inglaterra, y al colegio Gordonstoun, en Moray, Escocia, el duro internado al que habían asistido tanto su padre como su hermano Carlos.

Se formó como oficial naval en el Britannia Royal Naval College, para titularse posteriormente como piloto de helicóptero con el Brazo Aéreo de la Flota de la Marina Real.

Como subteniente de la Marina Real asignado al buque HMS Invincible, Andrés voló misiones de helicóptero en la Guerra de las Falklands o Malvinas en 1982.

Se retiró de la Marina en 2001 con el rango de comandante, después de 22 años de servicio activo (aunque los últimos los pasó en un puesto de escritorio). Fue también en 2001 que fue nombrado Representante Especial de Comercio e Inversión de Reino Unido.

También asumió entones funciones más tradicionales propias de los miembros de la familia real, como el apoyo a organizaciones benéficas y la participación en eventos y ceremonias.

Una vida en los tabloides

Sarah Ferguson y el entonces príncipe Andrés en su boda.
BBC
Sarah Ferguson y Andrés el día de su boda.

Andrés se casó en 1986 con Sarah Ferguson, a la que la prensa británica bautizó como “Fergie”, tras lo que recibió el título de “Duque de York”. Tuvieron dos hijas: Beatriz, nacida en 1988, y Eugenia, en 1990.

Su matrimonio y posterior separación en 1992 dio lugar a miles de artículos en la prensa británica. Ese fue un año de escándalos para la familia real, que la propia Isabel II describió como annus horribilis (año terrible).

En 1996 se divorciaron formalmente, aunque la pareja mantuvo una buena relación, e incluso compartieron vacaciones y residencias.

La vida de Andrés siguió acaparando titulares tras abandonar las fuerzas armadas.

La prensa sensacionalista publicó a menudo imágenes del entonces Duque de York en fiestas en yates, rodeado de mujeres en topless, y lo relacionaron sentimentalmente con distintas mujeres, desde modelos hasta empresarias.

Esta es la época en la que Andrés trabajó como representante especial de UK Trade and Investment (UKTI), un organismo del gobierno para el comercio y la inversión, una suerte de cargo de embajador comercial sin remuneración.

Su papel consistía en promover las empresas británicas internacionalmente, publicitar Reino Unido a los potenciales inversores y establecer relaciones para apoyar los intereses empresariales británicos, todo eso apoyado en “la singular posición del duque, que le da un acceso sin igual a miembros de familias reales, jefes de Estado, ministros de gobierno y ejecutivos de compañías”, según describía el organismo.

“Millas aéreas”

El entonces príncipe Andrés vestido con el uniforme de honor militar en 2015.
Niklas Halle’n – WPA Pool / Getty Images

Este rol lo llevó a viajar en delegaciones por todo el mundo con los gastos pagados.

Sus grandes desembolsos, incluido su uso de helicópteros, hicieron que algunos periódicos lo bautizaran como “Andy, el millas aéreas”.

Durante años, los periodistas comentaban cómo los viajes de Andrés al exterior, que supuestamente trataban sobre negocios del gobierno, parecían llevarlo a través de pistas de esquí, campos de golf y otros lugares exóticos.

Tampoco salió indemne del escándalo financiero que rodeó a su exesposa Sarah Ferguson, cuando esta fue grabada en 2010 ofreciendo venderle acceso al príncipe a un reportero que se hacía pasar por un empresario.

Su secretario privado indicó en ese momento que “las insinuaciones e indirectas” que rodeaban al entonces duque no tenían fundamento.

El caso Virginia Giuffre

Andrés tuvo que abandonar el cargo de embajador comercial en 2011, tres años después de que Epstein fuera condenado por delitos sexuales contra menores.

El entonces príncipe había aparecido en fotografías con Epstein después de que este cumpliera su pena de prisión.

En 2019, una entrevista marcó un punto de inflexión en la caída en desgracia de Andrés.

El entonces aún príncipe habló con el programa Newsnight de la BBC, en el que ofreció sorprendentes justificaciones sobre sus encuentros con Virginia Giuffre que no hicieron sino ahondar en la desconfianza de la opinión pública hacia Andrés.

Entre otras cosas, dijo que el relato de Giuffre de que lo había conocido sudando y bailando en un club nocturno de Londres antes de tener relaciones sexuales con él no podía ser cierto porque él no sudaba tras haber sufrido un trauma en la guerra de las Falklands/Malvinas.

Tampoco convencieron sus explicaciones de que fue a ver a Epstein a Nueva York para comunicarle que su amistad había llegado a su fin, o que la historia de Giuffre tenía errores porque esa noche él había llevado a su hija a una pizzería a celebrar su cumpleaños.

La entrevista inspiró la película “Scoop” de Netflix.

En 2021, Virginia Giuffre presentó una demanda civil contra Andrés en Estados Unidos, alegando que abusó de ella cuando tenía 17 años, algo que él siempre negó.

El entonces príncipe Andrés con Virginia Giuffre.
Departamento de Justicia de EE.UU.
Andrés con Virginia Giuffre.

Al año siguiente, Andrés renunció a sus títulos militares (incluido el título honorífico de vicelamirante que había recibido en 2015) y a los patrocinios reales.

No consiguió que la demanda se desestimara y finalmente llegó a un acuerdo económico con Giuffre, del que no se desvelaron los términos económicos.

Cuando se desclasificaron parte de los documentos de Epstein en 2025, el nombre de Andrés Mountbatten Windsor aparecía en varios de ellos.

En octubre de 2025, apremiado por palacio y por la opinión pública, Andrés renunció a todos sus títulos. Poco después, Carlos III le retiró el rango de príncipe.

Este jueves Andrés Mountbatten Windsor se convirtió en el primer miembro de la familia real británica en ser arrestado desde Carlos I en 1647, durante la guerra civil inglesa.

BBC

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