
El lunes 12 de enero, la presidenta Claudia Sheinbaum sostuvo una llamada con el presidente Donald Trump, a partir de la cual asegura que ha quedado descartada la intervención militar de Estados Unidos en territorio nacional, lo cual es una buena noticia, por lo menos hasta la siguiente bravata del presidente estadounidense con una nueva amenaza de incursión militar en nuestro territorio.
Como ya expuse, el gobierno de la presidenta Sheinbaum ha sido particularmente eficaz al momento de apaciguar las presiones ejercidas por Trump, básicamente debido a que se ha cedido en gran parte de las demandas realizadas por este, por lo menos en materia de seguridad, como se pudo observar con la entrega de 55 criminales culpables de narcotráfico a los EUA.
En esta última llamada que sostuvieron no sabemos cuáles fueron los nuevos acuerdos (¿demandas?), pero hay medios como el Wall Street Journal que señalan la discusión en torno a la captura y entrega de políticos (principalmente pertenecientes a Morena) vinculados con la delincuencia organizada. En el mismo texto se señala que el margen de acción de la presidenta Sheinbaum se está terminando y que puede llegar el momento en que lo que ofrezca a Trump no va ser suficiente; en consecuencia, la incursión militar terminaría siendo inevitable. En este contexto, ¿qué puede hacer México para evitar una posible intervención militar estadounidense?
En el margen de maniobras reducido que algunos analistas y medios dicen que le resta a la presidenta, veo tres posibilidades:
En esta primera opción, tendría que tratarse de una figura como Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, presunto líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, para que Trump lo considere un intercambio aceptable. Sin embargo, esto plantea un problema de fondo: si supiéramos que la captura o abatimiento de un líder como “El Mencho” podría iniciar una escalada de violencia criminal capaz de hundir a amplias regiones del país en un conflicto de gran escala, ¿seguiría siendo razonable proceder contra dicho personaje?
Hacia finales del año pasado, Trump declaró en conferencia de prensa que “conoce todos los domicilios de cada capo del narcotráfico” y añadió que estaría dispuesto a lanzar ataques contra ellos con tal de “proteger a su país”. Considerando la existencia de canales de comunicación y cooperación entre las agencias de ambos países, es razonable suponer que las autoridades mexicanas cuentan, al menos en parte, con información similar. Esto plantea una pregunta inevitable: si dicha información existe, ¿por qué no hemos visto detenciones de capos de alto perfil más allá de aquellas realizadas bajo presión directa de Estados Unidos?
La experiencia del periodo de la llamada “guerra contra el narcotráfico” durante el sexenio de Calderón dejó una lección clara: acciones centradas en la Kingpin Strategy están destinadas a fracasar si lo que se busca es pacificar. El caso reciente de Sinaloa lo ilustra claramente: la extracción de Ismael “el Mayo” Zambada, derivada de la traición de uno de sus aliados, “Los Chapitos”, generó una crisis de seguridad que no muestra signos de disminuir. Mientras en Estados Unidos se celebró este hecho como un triunfo de la justicia en aquel país, en México la violencia se desbordó. Replicar este esquema en otras partes del país podría conducir a una espiral de violencia incontrolable y, paradójicamente, generar el escenario que permitiría a Washington justificar una intervención abierta y directa en territorio mexicano.
La segunda opción se trata de la captura y entrega de políticos vinculados con grupos de la delincuencia organizada y es la opción que parece más viable en este momento, y al mismo tiempo, la más costosa políticamente para la presidenta. Entre el sexenio pasado y el actual no se han presentado acusaciones de alto perfil contra políticos por delitos relacionados con delincuencia organizada o uso de recursos de procedencia ilícita, a pesar de que no faltan las acusaciones ni los señalamientos, lo cual sugiere la existencia de un manto de protección que evita sean llamados a declarar por las autoridades correspondientes. En el caso más relevante, el actual senador morenista, exgobernador de Tabasco y exsecretario de gobernación en el sexenio de AMLO, Adán Augusto López, no ha sido considerado públicamente sujeto de interés en las investigaciones sobre Hernán Bermúdez Requena, quien fuera su secretario de seguridad y presunto líder de la agrupación “La Barredora”, ligada al llamado Cartel Jalisco Nueva Generación.
Como señalé en un texto previo, diversos medios apuntan a la existencia de una “lista negra” que Marco Rubio tiene sobre políticos mexicanos, por lo que no resultaría sorprendente que las autoridades estadounidenses tengan ya identificados políticos mexicanos por su presunta relación con la delincuencia organizada. Es previsible que aumente la presión por detener a estos personajes, de modo que podría obligar a la presidenta a romper los presuntos pactos de protección al interior del partido.
Los costos políticos vendrían al interior del partido, ya que obligaría a políticos a velar por su supervivencia y reconsiderar sus afiliaciones políticas, lo cual podría significarle un menor apoyo a la presidenta para impulsar sus reformas estructurales. Algunos podrían argumentar una “cacería de brujas”, pero la realidad es que la interrelación del campo político con el campo delictivo está en el centro del problema de la seguridad en México, si recordamos -como dice Luis Astorga- que el tráfico de drogas “nació a la sombra de los intereses del campo político y supeditado a él”.
Por último, las autoridades podrían optar por buscar establecer un nuevo acuerdo bilateral de seguridad, similar a lo que fue la Iniciativa Mérida que enmarque nuevamente y de forma clara los lineamientos de la cooperación entre países y esperar que el gobierno de Trump se apegue a éste. Un problema es la volubilidad del presidente estadounidense donde los acuerdos entre países no aseguren su respeto pleno.
Por otra parte, discursivamente los gobiernos de la autodenominada “4T” se han desmarcado frente al electorado mexicano del discurso de la “guerra contra las drogas”, al reconocerla como un grave error de los gobiernos anteriores, a pesar de que varios de los principios de esta política sigan presentes (como la militarización y la falta de legalización del consumo de algunas drogas). Sin embargo, no dudo que la 4T tiene el capital político, la popularidad suficiente y los medios para realizar un acuerdo de este tipo y mantener su imagen intacta frente a la población mexicana.
Esta última opción es la menos deseable, pues como varios analistas y activistas han comentado, las intervenciones estadounidenses en naciones extranjeras no terminan en su pacificación. A su vez, representaría una derrota moral del gobierno ya que finalmente sería aceptar la intervención estadounidense, solo que con “el aval” del gobierno mexicano. Además, cualquier política que se asemeje a “la guerra contra las drogas” debería ser rechazada, pues ha sido ampliamente documentado que termina por funcionar como un mecanismo de violencia ejercido contra la población.
* Gerardo López García (@gera_emp) es licenciado en Ciencias Políticas y maestro en Estudios Políticos, ambos grados por la UNAM. Realizó el Diplomado en Defensa y Seguridad Nacionales en la UNAM y se especializa en análisis de seguridad pública, delincuencia organizada y control territorial. Ha sido funcionario público federal y local (INEGI, FGR Y SSC-CDMX).

A lo largo de más de 100 años de desarrollo petrolero tradicional en Venezuela, se han descubierto alrededor de 75.000 millones de barriles de reservas producibles en unos 320 campos petrolíferos, entre los que se incluyen 28 yacimientos petrolíferos gigantes.
El petróleo venezolano ha ocupado las portadas de todos los medios del mundo en estos primeros días de 2026, tras la captura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, por tropas de EE.UU. y las palabras de Donald Trump sobre la riqueza petrolera del país sudamericano.
No es casualidad que Venezuela sea un país petrolero: su posición geográfica, su historia tectónica, la extensión de sus cuencas sedimentarias y la interacción entre clima, relieve y tiempo geológico crearon condiciones únicas para generar y preservar hidrocarburos a escala mundial.
Venezuela está dividida en dos mitades en sentido geológico. Cada parte queda a un lado y a otro de la cordillera de los Andes que se extiende por el oeste y suroeste del país, atravesando los estados de Táchira, Mérida y Trujillo. En esta cadena montañosa destacan el Pico Bolívar, con más de 5.000 metros sobre el nivel del mar, y la Sierra de Mérida.
La existencia de grandes cadenas montañosas en conjunción con cuencas planas tienen mucho que ver en la formación de yacimientos y en cómo se acumuló el crudo a lo largo de los años.
Y aunque las condiciones de su subsuelo son similares a las que se dan en otras potencias petroleras, incluidas su vecina Colombia, unos pocos factores geológicos extremadamente raros son los que llevaron al terreno venezolano a crear la Faja Petrolífera del Orinoco, considerada la mayor acumulación de hidrocarburos del mundo, y los yacimientos del Lago de Maracaibo.
Esas mismas características provocaron, a lo largo de los siglos, que el crudo venezolano sea extrapesado y ácido, rico en azufre y difícil de procesar.
“El crudo pesado -como el de Venezuela- es especialmente importante para la producción de diésel y combustible para aviones”, explica Mauro Ratto, cofundador y director de inversiones, Plenisfer Investments, parte de Generali Investments.
“No es bueno ni malo, simplemente es que tiene otros usos distintos de los que puede tener el crudo ligero. Así es como hay que expresarlo. Es un producto diferente”, dice a BBC News Mundo el geólogo y profesor de la Universidad de Virginia Tech, Philip Prince.
¿Por qué Venezuela tiene tanto petróleo?
“Se debe a la forma en que está configurada. Además de tener una roca madre realmente buena y una roca reservorio excepcional, todo encaja a la perfección para tener estos grandes recursos petrolíferos en tierra firme en un volumen tremendo”, responde Prince.
Venezuela se sitúa en el borde norte de América del Sur, en una zona de interacción compleja entre la placa tectónica Sudamericana, la placa del Caribe y la de Nazca.
Este contexto tectónico ha generado cuencas sedimentarias profundas, sistemas de fallas, pliegues y trampas estructurales que acumulan el petróleo a la espera de ser descubierto. Son los elementos geográficos ideales para la acumulación.
“Las placas tectónicas se empujan entre sí. El borde de la placa sudamericana está siendo tragado bajo la placa del Caribe, como si se tratase de una máquina quitanieves apilando roca que tiene literalmente kilómetros de espesor. Por eso, se forman cuencas que se llenan de sedimentos”, cuenta Prince.
“El choque tectónico entierra la roca madre y genera el petróleo, y luego el petróleo migra a esas nuevas capas de sedimentos y se abre camino hacia la parte exterior”, añade.
Lo que el profesor nos describe que los choques tectónicos crean cadenas montañosas elevadas que permiten que los sedimentos que contienen el petróleo se desplacen como si volcáramos un plato hacia uno de sus lados. Ese lado que recoge todo es, por ejemplo, la Faja del Orinoco o los yacimientos del Lago de Maracaibo.
“Las vastas reservas del país se explican quizás mejor si se reconoce que las cuencas actuales son remanentes de áreas sedimentarias mucho más amplias que probablemente alimentaron las trampas geológicas. Esta historia implicó migración y remigración a larga distancia”, escribió el geólogo K. H. James en un artículo en el Journal of Petroleum Geology.
Básicamente, ese cinturón petrolero del Orinoco es casi como si fuera el lugar al que ha ido a parar todo el petróleo de las profundidades de la cuenca.
Desde sus inicios en la década de 1910 y hasta 1975, la industria petrolera venezolana estuvo operada por empresas privadas, lideradas por las legendarias empresas de la época: Shell, Exxon, Chevron, Mobil, Texaco, Gulf Oil, Sinclair y Phillips, por mencionar algunas.
El primer gran descubrimiento petrolero fue el campo Mene Grande en la cuenca occidental de Maracaibo en 1914. Desde entonces y hasta 1917, se descubrieron varios yacimientos importantes, incluyendo el legendario y gigantesco Campo Costero Bolívar, todos en el occidente de Venezuela.
En la Cuenca Oriental, la producción comercial de petróleo comenzó en 1937 con el descubrimiento del yacimiento de Oficina. A finales de la década, Venezuela producía 560.000 barriles diarios y se había convertido en el tercer mayor productor mundial de petróleo, después de Estados Unidos y la Unión Soviética.
A lo largo de más de 100 años de desarrollo petrolero tradicional en Venezuela, se han descubierto alrededor de 75.000 millones de barriles de reservas producibles en unos 320 campos petrolíferos, entre los que se incluyen 28 yacimientos petrolíferos gigantes.
Pero sus enormes reservas se crearon hace cientos de millones de años.
“En el subsuelo venezolano hay una secuencia gruesa de rocas sedimentarias de grano fino que se deposita en el agua y tiene mucho contenido orgánico. Esta es la fuente del petróleo. Tiene pequeños cuerpos, un poco de plancton y algas, cosas microscópicas que utilizan la fotosíntesis en el agua del océano para vivir. En realidad, esos son los ingredientes iniciales del petróleo”, explica Prince.
Es decir, hace millones de años, existían pantanos prehistóricos con abundantes algas y fitoplancton, y esos materiales se acumularon y acabaron enterrados. Las reacciones químicas a largo plazo, bajo altas presiones, convirtieron toda esa materia orgánica descompuesta en petróleo.
El otro de los elementos indispensables para la formación de los enormes yacimientos es la roca madre del Cretácico, que se encuentra por todas partes en Venezuela, es de muy alta calidad y tiene un enorme potencial para generar petróleo.
“En Venezuela, la roca reservorio es una buena arenisca. Es realmente muy buena para retener el petróleo en el subsuelo y además vemos todas estas fallas que son vías excelentes para trasladar el petróleo a estas pequeñas estructuras geológicas que llamamos trampas, situadas básicamente para recogerlo bajo tierra, de modo que se pueda perforar y extraer”, concluye el geólogo.
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