
Hace meses, una lluvia convirtió la Calzada Zaragoza, al oriente de la Ciudad de México, en un río ingobernable. Autos flotando, coladeras colapsadas y personas colgadas de la reja del Metro que querían cruzar charcos nos recordaron que intentar “domar” el agua con tubos y concreto ya no funciona.
Construimos nuestras ciudades para climas que ya no existen. Según el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC), casi 70 % de los municipios en México tienen vulnerabilidad alta y muy alta ante los impactos del cambio climático, afectando principalmente zonas urbanas.
Por eso el libro de Miguel Treviño, Contracorriente, llega en un momento tan necesario. Aunque surge de su experiencia como alcalde independiente en San Pedro Garza García, ofrece enseñanzas clave para quienes trabajamos en la agenda de ciudades sustentables: rescatar nuestro entorno urbano requiere, ante todo, la voluntad de desafiar la inercia.
La sustentabilidad urbana no es un concepto abstracto, se mide en algo sencillo como la calidad de vida al caminar. Es la diferencia entre una calle donde te quemas bajo el sol y una con sombra de árboles que refresca el barrio. Se mide en qué tan segura se siente una ciudad cuando llueve fuerte o en si las niñas y niños pueden jugar tranquilos y respirar aire limpio en el parque de su colonia.
Esta cotidianidad es la que Treviño pone sobre la mesa en su libro, en el que narra cómo la recuperación de parques y ampliación de banquetas suelen enfrentar la resistencia de sectores acostumbrados al automóvil. Sin embargo argumenta, con mucha razón, que el espacio público es lugar donde todos somos iguales y el cimiento desde el cual se construyen las ciudades.
Para nosotros, ese espacio es también donde las ciudades respiran, el agua se infiltra al subsuelo para evitar inundaciones y se restaura parte de esa vida natural que perdimos.
Ir “a contracorriente” es entender que un parque no es un adorno, sino infraestructura vital para el clima y el tejido social. La visión del libro coincide con la urgencia de transitar de un modelo de “pavimentar y entubar” a uno de “regenerar y conservar”.
Es preciso reconocer que ya existen gobiernos locales en México que dan pasos valientes en esta dirección, impulsando proyectos de movilidad activa y rescate de ríos urbanos que rompen con la inercia del siglo pasado. Sin embargo, ante la velocidad de la crisis climática, estos esfuerzos todavía son insuficientes.
El autor es realista: para que estos avances dejen de ser aislados, se requieren capacidades institucionales sólidas, servidores públicos profesionales y datos precisos. No basta con el entusiasmo ambientalista; la transformación urbana exige rigor técnico, transparencia y equipos que antepongan el bien común a cualquier inercia política.
Un punto que resuena con nuestra misión en WWF México es la participación ciudadana. Treviño enfatiza que “entrarle al reto” implica que la ciudadanía sea corresponsable, algo que comprobamos en el trabajo con las ciudades mexicanas.
Lo vimos en Hermosillo, donde nuestra campaña We Love Cities, que fomenta la comunicación entre los gobiernos y ciudadanos, movilizó miles de personas que retroalimentaron el trabajo de su gobierno en el cuidado de recursos naturales, parques y espacios públicos y movilidad.
Hoy también los vemos en Guadalajara con la iniciativa “Puntos Verdes Metropolitanos”, donde los vecinos participan activamente en la valorización de residuos y promueven la sostenibilidad en sus colonias. Cuando la ciudadanía se organiza para proteger su entorno, construye en la práctica la gobernanza que el libro propone como antídoto a la apatía tradicional.
Contracorriente es un recordatorio de que el tiempo de las soluciones de corto plazo se agotó. Con temperaturas extremas (muy bajas o altas) y ciudades cada vez menos habitables, el costo de hacer lo mismo es muy alto.
Hoy, las ciudades mexicanas están en un punto crítico: seguir el flujo de una urbanización desmedida o nadar contra corriente para rediseñar su relación con el entorno.
La transición hacia ciudades sustentables y resilientes no sucederá por accidente; será el resultado de conversaciones, algunas difíciles, y liderazgos valientes que, como sugiere Treviño, se atrevan a reconstruir la ciudad desde su fibra más básica: la calle, el árbol y el ciudadano. Es momento de entrarle al reto, porque en la salud de nuestras ciudades nos jugamos, literalmente, nuestro futuro. La meta es traer la naturaleza de vuelta.
* Álvaro Rodríguez es Oficial de Ciudades Sustentables en WWF México.

Francia informó que un contingente militar de 15 efectivos había llegado a la isla ártica y que más serían desplegados en los próximos días.
Un contingente militar francés con un personal de 15 efectivos llegó a Nuuk, la capital de Groenlandia, al mismo tiempo que varios países europeos están enviando más soldados allí como parte de lo que llaman una misión de reconocimiento, según los funcionarios.
El despliegue, que también incluirá personal de Alemania, Suecia, Noruega y Reino Unido, sucede cuando el presidente de EE.UU. continúa presionando con su intención de hacerse de la isla ártica, que es un territorio semiautónomo de Dinamarca.
El envío de militares a Nuuk por parte de aliados de Dinamarca en la OTAN (Organización del Atlántico Norte) no tiene precedentes, expresó el enviado especial de Francia Olivier Poivre d’Arvor, que lo interpreta como una fuerte señal política.
“Este es un primer ejercicio… le demostraremos a EE.UU. que la OTAN está presente”.
El movimiento de personal militar sucede después de que los ministros de Relaciones Exteriores de Dinamarca y Groenlandia viajaron a Washington para reunirse con el vicepresidente de EE.UU., JD Vance, el miércoles.
Tras la reunión, el ministro de Relaciones Exteriores danés, Lars Lokke Rasmussen, expresó que las conversaciones fueron constructivas aunque admitió que seguía habiendo un “desacuerdo fundamental” entre ambas partes y luego criticó la puja de Trump por adquirir Groenlandia.
Entretanto, Trump redobló su intención de poner la isla bajo control estadounidense, afirmando a los periodistas en la Oficina Oval que “necesitamos a Groenlandia para la seguridad nacional”.
Aunque no descartó el uso de fuerza, aseguró más tarde que creía que algo podía resolverse con Dinamarca.
“El problema es que no hay nada que Dinamarca pueda hacer si Rusia o China quisieran ocupar a Groenlandia, pero nosotros podemos hacer de todo. Ustedes lo vieron la semana pasada en Venezuela”.
El primer ministro de Polonia, Donald Tusk, expresó que su país no participaría del despliegue militar europeo en Groenlandia, pero advirtió que cualquier intervención militar de EE.UU. allí “sería un desastre político”.
“Un conflicto o un intento de anexión del territorio de un país miembro de la OTAN por otro miembro de la OTAN sería el fin del mundo como lo conocemos y que por mucho tiempo ha garantizado nuestra seguridad”, afirmó en una rueda de prensa.
Entretanto, la embajada de Rusia en Bélgica manifestó una “seria preocupación” sobre lo que ocurría en el Ártico, acusando a la OTAN de incrementar una presencia militar allí “bajo el falso pretexto de una creciente amenaza de Moscú y Pekín”.
Sin embargo, el despliegue de fuerzas europeas de la OTAN consiste en solo unas cuantas decenas de personal militar como parte de los ejercicios liderados por Dinamarca y denominados Operación de Resistencia Ártica.
Aunque cargado de simbolismo, no quedó inmediatamente claro cuánto permanecerían allí los efectivos militares.
Alemania, por ejemplo, se comprometió a enviar un avión de trasporte A400M a Nuuk este jueves, con un contingente de 13 soldados, pero los funcionarios declararon que sólo permanecerían en Groenlandia hasta el sábado.
Las autoridades de Defensa danesa señalaron haber decidido con el gobierno de Groenlandia que habría un incremento de la presencia militar alrededor del territorio en el período venidero para reforzar “la huella (de la OTAN) en el Ártico para beneficio de la seguridad tanto europea como trasatlántica”.
Estados Unidos ya cuenta con una base militar en Groenlandia, con un personal actual de 150 efectivos, y tiene la opción de llevar muchas más personas bajo los acuerdos existentes con Copenhague. Pero la iniciativa liderada por Dinamarca se interpreta como una señal al gobierno de Trump que los aliados europeos también tienen un interés en la seguridad del Ártico y del Atlántico Norte.
El primer ministro de Suecia, Ulf Kristersson, informó que oficiales militares de su país fueron enviados a Nuuk el miércoles. Dos oficiales militares noruegos y uno británico también estaban siendo desplegados.
Downing Street declaró que Reino Unido comparte la preocupación del presidente Trump sobre “la seguridad del norte extremo” y añadió que el despliegue suponía “un refuerzo con ejercicios más intensos, para disuadir la agresión rusa y la actividad china”.
La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, dijo el jueves que la defensa y protección de Groenlandia era de común interés para toda la alianza de la OTAN.
El ministro de Defensa danés, Troels Lund Poulsen, explicó que la intención era tener una presencia militar “en rotación”, con miras a mantener una presencia más permanente en la isla con aliados extranjeros participando en ejercicios de entrenamiento.
Copenhague ha cuestionado la justificación de Trump de querer tener control de Groenlandia.
Rasmussen, el ministro de Exteriores, manifestó el miércoles que no había una “amenaza inmediata” de China o Rusia que Dinamarca o Groenlandia no pudieran manejar, aunque entendió, hasta cierto punto, las preocupaciones de seguridad planteadas por Washington.
Rasmussen emitió sus declaraciones al lado del ministro de Exteriores de Groenlandia después de sostener conversaciones con el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, el miércoles.
“La ambición del presidente está sobre la mesa”, dijo el diplomático danés al noticiero Fox News. “Por supuesto que tenemos nuestras líneas rojas. Esto es 2026, comercias con las personas pero no comercias a las personas”.
El primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielson, anunció esta semana que el territorio estaba en medio de una crisis geopolítica, y que si su pueblo se viera obligado a tomar una decisión, escogería a Dinamarca sobre EE.UU.
“Groenlandia no quiere pertenecer a Estados Unidos. Groenlandia no quiere ser gobernada por Estados Unidos. Groenlandia no quiere ser parte de Estados Unidos”, resaltó.
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