
Caracas despertó la madrugada del 3 de enero con una serie de explosiones y bombardeos. Tras semanas de crecientes tensiones con Estados Unidos, Washington lanzó ataques contra infraestructura gubernamental y de defensa venezolana, acompañados de una operación militar cuyo objetivo fue capturar a Nicolás Maduro y a su esposa. En respuesta, el gobierno venezolano declaró el estado de emergencia en todo el país. Sin embargo, si algo queda claro es que el bombardeo sobre Caracas y la posterior captura de Maduro no deben entenderse únicamente como una acción destinada a desestabilizar al régimen venezolano. Reducir los hechos a un episodio bilateral o a una escalada coyuntural implica perder de vista su significado político y estratégico más profundo, así como su repercusión en el orden internacional.
Más allá del impacto inmediato sobre Venezuela y el posible vacío de poder que surja (cuyas principales víctimas no son las élites del régimen, sino la población civil), esta operación militar tiene un alcance político mucho más amplio: funciona como un mensaje dirigido a toda América Latina. Washington deja claro que su política exterior hacia el hemisferio ha entrado en una nueva fase, marcada por el uso directo de la fuerza como instrumento de control regional. Esto no solo es la confirmación de la desintegración de un orden internacional que al menos aparentaba estar basado en el derecho internacional, en reglas e instituciones claras, es también la manifestación tangible de la nueva estrategia de seguridad estadounidense y la nueva realidad en la geopolítica latinoamericana.
Durante las últimas dos décadas, Estados Unidos privilegió herramientas indirectas para influir en la región. Las sanciones económicas, el aislamiento diplomático, la presión multilateral y la condicionalidad financiera se convirtieron en los mecanismos centrales de coerción. Venezuela fue uno de los principales laboratorios de esta estrategia. Sin embargo, los resultados fueron limitados. Las sanciones no produjeron un cambio político decisivo, se desgastó su eficacia con el tiempo e inclusive erosionaron el control de Washington abriendo camino a la influencia de potencias como China en la región.
El bombardeo y posterior secuestro de Nicolas Maduro marca un quiebre con esa lógica. No necesariamente sustituye del todo a las sanciones ni a la diplomacia coercitiva, pero introduce un elemento que había permanecido en segundo plano: la disposición a emplear poder militar de manera directa en el hemisferio occidental. Esto es algo que no habíamos visto, al menos a esta escala, desde la intervención militar estadounidense en Panamá en 1989. Este giro no responde a una amenaza militar inmediata proveniente de Venezuela y ni siquiera a un tema de combate al narcotráfico, sino que responde a una reevaluación estratégica más amplia. Para Washington, ya no existe la limitante de usar la fuerza para lograr los objetivos de política exterior que se plantea la Casa Blanca.
El gobierno estadounidense mostró de forma tangible el regreso de la Doctrina Monroe. Un hecho ya previamente anunciado como nuevo eje de su política de seguridad hemisférica, lo que refleja una revalorización del dominio regional como prioridad estratégica. En este marco, América Latina deja de ser un espacio periférico y pasa a ocupar un lugar central en la política exterior estadounidense, particularmente ante la expansión de la influencia china en la región. Dicha influencia se expresa tanto en el acercamiento de Beijing a gobiernos como el venezolano, evidenciado por la reunión de Nicolás Maduro con una delegación especial china horas antes del inicio de la operación militar, orientada a consolidar un nuevo mundo multipolar. También responde a dinámicas como en la profundización de los vínculos de países como Brasil con los BRICS, un bloque que disputa la primacía estratégica de Estados Unidos, particularmente en el Sur Global.
En este contexto, el bombardeo de Caracas y el secuestro de Maduro no son solo una operación de cambio de régimen o un mensaje que está dirigida exclusivamente contra Venezuela, sino que envía un mensaje más amplio a la región. Estados Unidos señala que, en un escenario de competencia global intensificada, el hemisferio occidental no será tratado como un espacio secundario ni gestionado con mecanismos exclusivamente diplomáticos, y que las desviaciones estratégicas e ideológicas dentro de su entorno inmediato ya no serán toleradas. El uso de la fuerza operará como una señal sobre el modo en que Washington está dispuesto a actuar en su entorno inmediato, más allá de que este sea la respuesta a una crisis puntual. El bombardeo de Caracas es la carta de presentación de la nueva realidad latinoamericana y presenta un precedente peligroso.
Lo que ocurrió en Caracas no es solo una intervención con el objetivo de castigar un régimen incómodo, sino que responde a un reajuste más amplio en la manera en que Estados Unidos entiende su seguridad regional. Retomar la Doctrina Monroe como eje rector de la política exterior estadounidense no es un retorno retórico al pasado, sino una adaptación pragmática y peligrosa a un contexto en el que Washington muestra menor disposición a tolerar ambigüedades estratégicas en su entorno inmediato y un creciente escepticismo frente a la eficacia de las sanciones económicas y del aislamiento diplomático o comercial.
Estados Unidos asume que las herramientas como las sanciones económicas, por sí solas, ya no son suficientes para asegurar control ni disuasión efectiva en el hemisferio. En consecuencia, avanza hacia una estrategia más directa, en la que el poder militar vuelve a ocupar un lugar central como instrumento de orden regional. Es decir, volvemos a una lógica de “gunboat diplomacy”, que opera como el brazo coercitivo de una política hemisférica nuevamente centrada en el control regional. Y esta realidad tiene consecuencias profundas. Los márgenes de autonomía estratégica de los países latinoamericanos se estrechan, no solo en términos formales, sino prácticos. Las decisiones y políticas de los Estados soberanos, sobre todo en materia de política exterior, los alineamientos económicos y las relaciones con actores externos comenzarán a evaluarse bajo un entorno donde la coerción militar explícita vuelve a ser una posibilidad real. Dicho de otra forma, la autonomía de los países soberanos en Latinoamerica queda en tela de duda.
Independientemente de las valoraciones ideológicas, políticas o incluso prácticas que puedan hacerse sobre el régimen de Nicolás Maduro, el hecho central resulta inquietante: estamos frente a la consolidación de un escenario internacional en el que una potencia puede intervenir militarmente, violar la soberanía de un Estado y capturar a su dirigencia política sin enfrentar consecuencias claras. Este tipo de acciones no solo erosionan las normas que regulan la convivencia internacional, sino que introducen un nivel de incertidumbre estructural que termina afectando a todos los países, independientemente de su orientación política o de su régimen interno.
Lo que vemos con esta operación es nada más y nada menos que la completa desintegración de un orden internacional, que al menos en el plano discursivo, se presentaba como un orden basado en el derecho internacional, en reglas compartidas y en instituciones multilaterales. Cuando una potencia recurre abiertamente a la fuerza para capturar al liderazgo político de otro Estado, ese marco normativo deja de operar como límite efectivo y se convierte en una referencia retórica sin capacidad de contención. Lo verdaderamente peligroso no es solo el caso venezolano, sino el precedente que establece: si la intervención militar directa se normaliza como herramienta legítima frente a gobiernos considerados incómodos, el umbral para acciones similares se reduce en otros contextos, desde Brasil, Colombia, Nicaragua, Cuba o incluso en México, en donde el riesgo de operaciones militares estadounidenses en suelo mexicano justificadas bajo la bandera de la lucha contra el narcotráfico sigue cerniéndose como una perpetua espada de Damocles.
Este riesgo, además, no se limita a América Latina. Una vez erosionada la idea de que la soberanía está protegida por reglas comunes, la pregunta deja de ser qué está prohibido y pasa a ser qué es operativamente posible: ¿qué impediría entonces a Estados Unidos avanzar sobre Groenlandia, a Rusia profundizar su expansión en Ucrania, o a China tomar Taiwán por la fuerza? La lógica que se abre no es la del orden, sino la de la fuerza como árbitro último, y en ese escenario las reglas dejan de proteger a los Estados pequeños y medianos para convertirse en herramientas flexibles al servicio de las potencias.
Es cierto que ese orden internacional nunca logró impedir intervenciones militares previas. Conflictos como Irak, Afganistán o Libia lo demuestran, pero su erosión actual resulta más peligrosa por el contexto en el que ocurre. A diferencia de momentos anteriores, en el mundo multipolar de hoy no existe una potencia contra-hegemónica capaz de imponer límites estables ni un consenso mínimo sobre las reglas del juego. El uso abierto de la fuerza ya no se produce en un sistema jerárquico relativamente ordenado, sino en uno fragmentado, competitivo y crecientemente multipolar, donde cada intervención reduce aún más los incentivos para la contención. Lo que emerge es un orden internacional abiertamente hostil, en el que la soberanía se vuelve condicional y revocable, y donde la pregunta deja de ser qué está prohibido para convertirse en qué es viable imponer por la fuerza.
Ignorar esta realidad sería un error por parte de las capitales latinoamericanas, es un mensaje muy claro que se sintió desde Santiago de Chile hasta Ciudad de México. No se trata solo de Venezuela ni de una crisis específica, sino de un reordenamiento de las reglas no escritas que han gobernado la relación entre Washington y América Latina en los últimos años. Bajo este escenario, la nueva geopolítica latinoamericana se perfila bajo un contexto más agresivo, violento y menos ambiguo. Un escenario en el que el hemisferio vuelve a ser un espacio de alta prioridad estratégica y donde el uso de la fuerza deja de ser una excepción para convertirse en una herramienta disponible abiertamente para imponer los intereses de la política estadounidense en la política local de las capitales latinoamericanas. Caracas no es una excepción. Es el precedente. Y como todo precedente de esta magnitud, redefine las reglas del juego para todos.
* Adrián Marcelo Herrera Navarro (@adrianmarcelo96) es maestro en Ciencia Política por El Colegio de México, con especialización en temas de seguridad nacional y relaciones internacionales.

La decisión ha sido condenada por los ministros de Asuntos Exteriores de Somalia, Egipto, Turquía y Yibuti, quienes en un comunicado afirmaron su “rechazo total” al anuncio de Israel.
Israel se ha convertido en el primer país en reconocer formalmente como nación independiente a Somalilandia, la región separatista de Somalia.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, declaró este viernes que su país tiene la intención de ampliar de inmediato la cooperación en agricultura, salud y tecnología con Somalilandia.
Por su parte, el presidente de Somalilandia, Abdirahman Mohamed Abdullahi, calificó la declaración israelí de “momento histórico”.
El reconocimiento por parte de Israel podría animar a otras naciones a seguir su ejemplo, lo que fortalecería la posición diplomática de la región independentista y su acceso a los mercados internacionales.
Sin embargo, la decisión ha sido condenada por los ministros de Asuntos Exteriores de Somalia, Egipto, Turquía y Yibuti, quienes en un comunicado afirmaron su “rechazo total” al anuncio de Israel.
Abdullahi declaró en un comunicado que Somalilandia se unirá a los Acuerdos de Abraham promovidos por Israel y con los que normalizó relaciones con varios países musulmanes.
“Somalilandia está comprometida con la construcción de alianzas, el impulso de la prosperidad mutua y la promoción de la estabilidad en Oriente Medio y África”, añadió.
Los dos países acordaron establecer “relaciones diplomáticas plenas, que incluirán el nombramiento de embajadores y la apertura de embajadas”, declaró el ministro de Asuntos Exteriores israelí, Gideon Saar, en un comunicado publicado en X.
“He dado instrucciones a mi ministerio para que actúe de inmediato a fin de institucionalizar las relaciones entre ambos países en una amplia gama de ámbitos”, afirmó.
Mientras tanto, el ministro de Asuntos Exteriores de Egipto mantuvo conversaciones telefónicas por separado con sus homólogos de Somalia, Turquía y Yibuti para abordar diversos temas, incluida la declaración de Israel.
En un comunicado, el Ministerio de Asuntos Exteriores egipcio informó que los cuatro países reafirmaron su apoyo a la unidad, la soberanía y la integridad territorial de Somalia, y advirtieron en contra cualquier medida unilateral que pudiera socavar la estabilidad o crear lo que denominaron “entidades paralelas” a las instituciones estatales somalíes.
Asimismo, argumentaron que reconocer la independencia de partes de Estados soberanos sentaría un precedente peligroso en el derecho internacional y en el marco de la Carta de las Naciones Unidas.
El comunicado añadió que los ministros reiteraron su rechazo a cualquier plan para desplazar a los palestinos fuera de su territorio.
Israel lleva años intentando fortalecer las relaciones con países de Oriente Medio y África, pero las guerras recientes, incluidas las de Gaza y contra Irán, se han considerado un obstáculo para ello.
Los Acuerdos de Abraham, firmados en 2020 durante el primer mandato de Trump en EE.UU., permitieron que varios países, entre ellos los Emiratos Árabes Unidos y Marruecos, de mayoría musulmana, normalizaran sus relaciones con Israel.
Somalilandia goza de una posición estratégica en el Golfo de Adén y cuenta con su propia moneda, pasaportes y fuerza policial.
Nacida en 1991 tras una guerra de independencia contra el exdictador general Siad Barre, ha lidiado con décadas de aislamiento desde entonces.
Con una población de casi seis millones de habitantes, esta república autoproclamada ha estado recientemente en el centro de varias disputas regionales que involucran a Somalia, Etiopía y Egipto.
El año pasado, un acuerdo entre Etiopía, país sin litoral, y Somalilandia para el arrendamiento de un tramo de costa para un puerto y una base militar enfureció a Somalia.
Haz clic aquí para leer más historias de BBC News Mundo.
Suscríbete aquí a nuestro nuevo newsletter para recibir cada viernes una selección de nuestro mejor contenido de la semana.
También puedes seguirnos en YouTube, Instagram, TikTok, X, Facebook y en nuestro nuevo canal de WhatsApp.
Y recuerda que puedes recibir notificaciones en nuestra app. Descarga la última versión y actívalas.