
So why pretend
And let it linger on
The thrill is gone…
Ella tenía 24 cuando le dio el “sí” al novio con quien había durado unos cuatro años. Él le pidió a su chica, después de diez años de novios, que se casaran. Vengan los preparativos: escoger la Iglesia, el jardín, el color de los manteles, el sabor del pastel…
Lo que estos sujetos tenían en común, además del claro hecho de que contraerían nupcias, era una duda fundamental, venenosa, inquietante. Ambos se preguntaban desde lo más hondo de su ser si realmente se iban a casar con la persona correcta. ¿Qué si no?
Hace una semana, la doctora Jennifer Gauvin publicó un texto en The Huffington Post llamado “Why so many of us marry the wrong person?”, después de haber concluido –tras un amplio estudio entre sus pacientes- que 30% de las mujeres divorciadas sabían, desde el principio, que se estaban casando con el hombre incorrecto.
“Sí lo quería, pero la razón más fuerte por la que me casé con él fue para liberarme del yugo de mis papás”, me dijo ella muy decidida. Es un tema que ya maneja perfectamente porque lo ha tratado con su terapeuta durante muchos años. No crean que esta mujer está divorciada. No. Ella sigue con su esposo, aunque honestamente ninguna de las dos sabemos por cuánto tiempo más.
Años buenos, años malos, eso se vive en cualquier tipo de relación humana, no sólo de pareja amorosa. Pero cuando te estás casando con alguien que, sabes de antemano, no es para ti, la cosa se complica.
Cuando la doctora Gauvin emprendió su investigación, en las múltiples charlas que sostuvo con sus pacientes se dio cuenta que las dudas de estas mujeres no eran el tipo de nervios típicos que una persona siente cuando está a punto de tomar una decisión que, saben, les cambiará la vida.
Éstas eran dudas relacionadas con problemas, preocupaciones, en fin, “banderas rojas” que brillaban de tanto peligro, de esas que uno ignora no por pendejo, sino porque una pequeñísima parte de su ser confía en que las cosas cambiarán de un momento a otro. Momento. Eso es ser pendejo. Las cosas NUNCA cambian porque sí.
Estas mujeres dejaron a un lado sus preocupaciones en lugar de enfrentar sus “banderas rojas” y explorar su intuición.
La doctora Gauvin encontró las cinco razones más comunes por que las mujeres se casan con el hombre erróneo:
“Invito a las mujeres y a los hombres también a ser muy específicos con sus preocupaciones. Escríbanlas, articúlenlas. Consideren cómo lucirá la relación en diez años, en el futuro. Y si nada de eso les ayuda, les comparto una de mis citas favoritas del autor Mignon McLaughlin: Cuando el ¿por qué no lo hacemos? apenas supera al ¿por qué hacerlo?, no lo hagas”, escribió Gauvin.
Y aunque la investigación se centró en las mujeres, la doctora Gauvin también habló con muchos hombres, sujetos que también hablan sobre haberse casado con la chica equivocada.
Mírenlo a él. Se casó con la novia “de toda la vida” y tras cinco años de matrimonio, se separaron. Él tuvo esas “banderas rojas” que ignoró. “Muchas veces creo que si hubiera sido más sensato nunca lo habría hecho. Desgraciadamente la sensatez te llega mucho después, cuando tú mismo te dices: te lo dije”, me explicó.
Fue un domingo de Pascua de 2008, recuerda, cuando se preguntó el atemorizante “¿qué diablos estás haciendo aquí?, ¿esto es lo que quieres para el resto de tu vida?” Esa vez decidió quedarse. Era un reto, las cosas TENÍAN que salir bien.
Jennifer Gauvin descubrió que las razones de los hombres para decir “sí” cuando en realidad quieren gritar “no” están más centradas en sus parejas, es decir, la mayoría de los hombres citó un sentido del deber, obligación y preocupación por los sentimientos de sus parejas.
Y sí. ¿Por qué te casaste?, le pregunto. “La presión social, de ella, presión mía. Es lo que sigue. Ya duraron mucho tiempo, la entretuviste tanto, tienes que ver si va a funcionar o no”, respondió.
Me rompe el corazón cuando me explica que tal vez en algún momento ella SÍ era, sin embargo, “ella ya no es”. Todo se acaba, y cuando te unes con dudas sobre la espalda, las cosas se acabarán más pronto, te lo aseguro.
La mesera nos trae unas malteadas de fresa y unos churros de canela. Él piensa. “No te vas a poner a llorar cuando se acabe tu malteada. Estuviste feliz al esperarla, al beberla. Ni modo, las cosas se acaban”.
Le pregunto que si volvería a beberse una malteada. “Es cobarde no arriesgarse”, responde mirando el vaso vacío. Paga la cuenta. Nos vamos.