
Hay debates que parecen técnicos pero no lo son. La discusión sobre la reforma electoral y el papel de figuras como Arturo Zaldívar no es un asunto meramente jurídico. Es, en realidad, una pregunta sobre qué entendemos por Constitución y qué significa vivir bajo ella.
Zaldívar ha defendido, una visión formalista de la Constitución: es una norma jurídica. La cual puede modificarse siempre que se cumpla el procedimiento previsto. Desde esa perspectiva, si hay mayoría suficiente, la reforma es válida. Punto.
Pero esa lectura, aunque jurídicamente ordenada, es conceptualmente insuficiente.
Hace algunos años, en el contexto de la reforma energética, el profesor Arnaldo Córdova explicó con claridad que la Constitución no es solo norma. Es pacto político. El artículo 39 no es una frase decorativa: “La soberanía reside esencial y originariamente en el pueblo”. Esa afirmación no describe una regla técnica; expresa una decisión colectiva. Es el momento en que una comunidad decide organizarse, limitar el poder y reconocerse como unidad plural.
La Constitución no es únicamente el “cómo” se gobierna; es el “quiénes somos” cuando decidimos gobernarnos juntos.

El constitucionalismo moderno reconoce un dualismo estructural: la Constitución es norma jurídica y acto político fundante al mismo tiempo. Carl Schmitt —más allá de sus controversias históricas— formuló una idea poderosa: la Constitución es la decisión fundamental mediante la cual una comunidad se da forma a sí misma. No es solo texto; es voluntad política existencial.
Si esto es así, entonces reformar la Constitución no puede tratarse como un simple procedimiento legislativo. No basta con cumplir requisitos formales. La legitimidad importa tanto como la validez.
Las mayorías son circunstanciales. El pacto constitucional, en cambio, pretende perdurar. Cuando una reforma nace únicamente de la voluntad de una mayoría momentánea, sin buscar consensos amplios, se debilita la dimensión política que le da sentido a la norma.
En regímenes democráticos consolidados, las reformas constitucionales relevantes se construyen con diálogo transversal. No porque la ley lo exija expresamente, sino porque la estabilidad del pacto depende de ello.
Reducir la Constitución a una herramienta técnica es empobrecerla. Es convertir el pacto en trámite.
La reforma electoral promovida desde el oficialismo no puede analizarse solo por su contenido específico. El problema de fondo es el paradigma que la sostiene. Si la Constitución se concibe como un instrumento moldeable por quien detenta la mayoría, entonces modificar las reglas del juego es un acto de poder ordinario.
Pero si la Constitución es pacto plural, entonces cambiar las condiciones que hicieron posible la alternancia democrática exige algo más que votos suficientes: exige legitimidad estructural.
El sistema electoral mexicano no surgió de la nada. Es resultado de décadas de reformas negociadas, de conflictos superados, de acuerdos construidos entre adversarios. Las autoridades electorales autónomas no fueron concesión graciosa del poder; fueron garantía contra su captura.
Resulta, cuando menos, paradójico que una fuerza política que llegó al gobierno gracias a ese diseño institucional ahora impulse su transformación profunda sin un consenso equivalente al que lo creó.
El miedo a perder elecciones futuras no puede convertirse en justificación para rediseñar unilateralmente las reglas que permiten competir.
La Constitución cumple una función esencial: permite que cada integrante de la comunidad política preserve su existencia. No es el estatuto de una facción, aunque esa facción sea mayoritaria. Es la garantía frente al poder del Estado.
Cuando se reforma sin consenso amplio, lo que se erosiona no es solo una disposición normativa; se debilita la confianza. Y sin confianza, la unidad política se fragmenta.
El debate actual no es meramente jurídico. Es profundamente político. ¿Queremos una Constitución entendida como pacto plural o como herramienta de administración del poder? ¿Queremos mayorías que gobiernen dentro de límites o mayorías que redefinan esos límites a su conveniencia?
La respuesta definirá la calidad de nuestra democracia en los próximos años.
Porque una Constitución puede sobrevivir formalmente mientras se vacía de su espíritu. Y cuando eso ocurre, la norma permanece, pero el pacto se diluye. Y un país sin pacto común no se desmorona de inmediato. Simplemente deja de reconocerse en el espejo que alguna vez lo unió.

Los ataques de Estados Unidos e Israel afectaron el año pasado el programa nuclear iraní, que vuelve a estar en el centro del pulso de Trump con Teherán.
El programa nuclear de Irán está nuevamente en el centro de atención.
Estados Unidos ha concentrado aeronaves y buques de guerra en la región, aparentemente listo para atacar si Teherán no acepta un acuerdo sobre sus actividades nucleares.
El presidente Trump amenazó el 19 de febrero con que sucederían “cosas malas” si no se alcanzaba un “acuerdo significativo”, y reiteró su posición: “No pueden tener un arma nuclear, es muy simple… no puede haber paz en el Medio Oriente si tienen un arma nuclear”.
Irán niega haber buscado fabricar una bomba nuclear, pero muchos países, así como el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) no están convencidos.
El estado del programa nuclear de Irán no está completamente claro tras los ataques a sitios nucleares clave durante la guerra de 12 días entre Israel e Irán del pasado junio.
Estados Unidos se unió brevemente a la guerra y atacó tres sitios nucleares: el mayor complejo de investigación nuclear de Irán en Isfahan, y las instalaciones en Natanz y Fordo, que se usaban para enriquecer uranio, es decir, aumentar la proporción de ciertos isótopos para que pueda usarse como combustible nuclear.
Después de los ataques, Trump dijo que las instalaciones habían sido “arrasadas”. Una semana después, el director del OIEA, Rafael Grossi, dijo que los ataques habían causado daños graves, aunque “no totales”, lo que sugiere que cierto enriquecimiento podría reiniciarse en cuestión de meses.
El OIEA estima que, cuando Israel lanzó ataques aéreos el 13 de junio, Irán tenía una reserva de 440 kg de uranio enriquecido a hasta un 60% de pureza, cerca del 90% requerido para el uso armamentístico.
Grossi dijo a la agencia Associated Press en octubre que si se enriqueciera más esta cantidad sería suficiente para 10 bombas nucleares.
En noviembre, el ministro de Relaciones Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, dijo al semanario británico The Economist que el enriquecimiento de uranio “ahora se ha detenido”.
El mes pasado, le dijo a Fox News: “Sí, destruyeron las instalaciones, las máquinas… pero la tecnología no se puede bombardear, y la determinación tampoco se puede bombardear”.
Grossi le dijo a Reuters en enero que el OIEA había podido inspeccionar 13 sitios nucleares en Irán que no fueron bombardeados, pero no los tres sitios clave que sí lo fueron. Dijo que habían pasado siete meses desde que el OIEA verificó por última vez la reserva de uranio altamente enriquecido de Irán.
Persiste la incertidumbre sobre preguntas clave, particularmente la ubicación y el estado de la reserva, y en qué estado se encuentran las instalaciones de enriquecimiento.
El gobierno iraní insiste en que sus actividades nucleares tienen únicamente con fines civiles.
El país firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), que permite la tecnología nuclear para fines civiles, como medicina, agricultura y energía, pero prohíbe la obtención de armas nucleares.
Sin embargo, una investigación del OIEA encontró que Irán llevó a cabo “una gama de actividades relevantes para el desarrollo de un dispositivo explosivo nuclear” desde finales de la década de 1980 hasta 2003.
El OIEA dice que la información indica que este programa, conocido como Proyecto Amad, se detuvo entonces. Sin embargo, en 2009, agencias de inteligencia occidentales identificaron la instalación de Fordo.
En 2015, el OIEA dijo en un informe que no tenía “indicaciones creíbles de actividades en Irán relevantes para el desarrollo de un dispositivo explosivo nuclear después de 2009”.
También en 2015, Irán firmó un acuerdo con seis potencias mundiales y aceptó límites estrictos a sus actividades nucleares a cambio del levantamiento de sanciones. El acuerdo limitó el enriquecimiento al 3,67%, adecuado para la producción de energía nuclear, y detuvo el enriquecimiento en Fordo bajo un monitoreo reforzado.
Pero en 2018, el presidente Trump se retiró del acuerdo, argumentó que no bloqueaba el camino de Irán hacia una bomba, y restableció las sanciones.
Irán respondió al incumplir los límites del acuerdo: enriqueció uranio al 60%, desplegó centrifugadoras avanzadas y reanudó el enriquecimiento en Fordo.
El 12 de junio de 2025, la junta de gobernadores del OIEA declaró formalmente a Irán en incumplimiento de sus obligaciones de no proliferación por primera vez en dos décadas. Al día siguiente, Israel comenzó ataques aéreos.
Imágenes satelitales muestran que en los últimos meses se han realizado trabajos tanto en los sitios de Natanz como de Isfahan.
En Isfahan, todas las entradas al complejo de túneles parecen ahora selladas con tierra, y se ha construido un nuevo techo, según revelan imágenes satelitales que revisó el Instituto para la Ciencia y la Seguridad Internacional (ISIS), un grupo de expertos con sede en Estados Unidos.
Las fotos muestran que también se ha construido un techo en el sitio de Natanz.
Imágenes satelitales recientes que analizó primero el ISIS también muestran que Irán está fortificando un complejo subterráneo, el Monte Kolang Gaz La. También conocido como Montaña Pico, el sitio no recibió ataques de Israel o Estados Unidos, y está a unos 2 km al sur de la instalación nuclear de Natanz.
Producir uranio enriquecido de grado armamentístico no es lo mismo que construir un arma nuclear que pueda desplegarse, lo cual requiere pasos técnicos adicionales.
Una evaluación de la Agencia de Inteligencia de Defensa de Estados Unidos (DIA, por sus siglas en inglés) de mayo del año pasado, antes de los ataques israelíes y estadounidenses, concluyó que Irán podría producir suficiente uranio de grado armamentístico para un primer dispositivo nuclear en “probablemente menos de una semana”.
Sin embargo, las evaluaciones varían sobre si Irán ha intentado crear la capacidad de convertir en arma el uranio enriquecido.
La evaluación de la DIA también dijo: “Casi con certeza, Irán no está produciendo armas nucleares, pero ha emprendido actividades en años recientes que lo posicionan mejor para producirlas, si decide hacerlo”.
Sin embargo, el Ejército israelí dijo en junio que había acumulado inteligencia que mostraba que los esfuerzos del régimen iraní para producir componentes de armas adaptados para una bomba nuclear habían hecho “progresos concretos”.
“Irán había desarrollado cierta capacidad en el diseño de ojivas hasta 2003, cuando pareció detener el programa”, dice Patricia Lewis, una experta independiente en control de armas.
Sin embargo, añade que “después del colapso del acuerdo nuclear de 2015 y el fracaso continuo de las conversaciones hacia un nuevo acuerdo, es posible que Irán… decidiera comenzar de nuevo a desarrollar una capacidad de ojiva”.
Cuando le preguntaron el 18 de febrero si el OIEA había visto señales de desarrollo activo de armas, Grossi dijo a la cadena francesa TF1: “No”.
Añadió que veía “una voluntad” tanto del lado estadounidense como iraní “de alcanzar un acuerdo”.
Los líderes occidentales han subrayado durante mucho tiempo su creencia de que no se debe permitir a Irán tener un arma nuclear.
Trump dijo en mayo de 2025 que si llegara a conseguir una “el mundo será destruido”.
En la campaña electoral de 2024 dijo que significaría “un mundo completamente diferente… una negociación completamente diferente” e Israel “desaparecería”.
El primer ministro británico, Keir Starmer, ha dicho que un Irán con armas nucleares como “la mayor amenaza para la estabilidad en la región”.
H A Hellyer, experto en Medio Oriente del Instituto Real de Servicios Unidos, un grupo de expertos con sede en el Reino Unido, dijo que esa eventualidad “aumentaría la tensión regional y complicaría la gestión de crisis, particularmente para Israel y Estados Unidos”.
Algunos analistas argumentan que adquirir un arma nuclear podría envalentonar a Irán en la región, reforzar sus crecientes lazos con China y Rusia, y potencialmente desatar una carrera armamentística con Arabia Saudita.
Se sabe que Israel tiene armas nucleares, aunque no lo confirma ni lo niega.
Hellyer argumenta que esto significa que el “resultado probable” de que Irán tenga un arma nuclear “sería la disuasión mutua en lugar de una escalada inmediata”.
Dice que la mayoría de los actores regionales ven “el poder israelí, no una hipotética bomba iraní, como la preocupación de seguridad más inmediata y disruptiva”.
Un riesgo importante de un Irán con armas nucleares sería “el error de cálculo durante períodos de confrontación”, advierte.
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