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Leyendas, vampiros y luchadores: *radiografía de la literatura y el cine de terror en México*
Leyendas, vampiros y luchadores: *radiografía de la literatura y el cine de terror en México*
11 minutos de lectura

Leyendas, vampiros y luchadores: *radiografía de la literatura y el cine de terror en México*

22 de octubre, 2021
Por: Abigail Camarillo
@aabi_cm 

Una mujer que llora por sus hijos y busca venganza, un luchador que pelea contra mujeres vampiro o una estatua de piedra que acecha a una familia son elementos de algunas historias que forman parte de la literatura y el cine de terror en México.

Ya lo dijo H. P. Lovecraft, uno de los escritores más representativos del terror a nivel internacional, en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura (1927):

“La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el miedo más antiguo y más intenso es el miedo a lo desconocido”.

Para Edna Campos, creadora y directora del Festival Macabro -el primer festival de cine de terror en México-, este género representa “una oportunidad de superar mis propios miedos; es la oportunidad de hacer como una terapia de choque”.

Y en México, como en otras regiones del mundo, también hacemos catarsis a través del miedo.

“Aunque el género maneja mucho el blanco y el negro, el bien y el mal, tenemos que asumir que somos una mezcla de todo eso y lo que va en medio de esos extremos”dice Campos, quien destaca la necesidad de explorar el lado oscuro de la humanidad, sin negarlo.

En nuestro país -como en otros-, el camino del género de terror comienza en los relatos orales como mitos y leyendas, pasa a la tradición escrita y, por último, llega a la pantalla grande.

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De las leyendas a los cuentos: los inicios del género de terror en México

Rafael Olea Franco –profesor e investigador del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México–, se ha encargado de rastrear cómo la leyenda se transformó en relato fantástico, lo que representa uno de los primeros acercamientos al género del terror en México.

Con base en los estudios de Olea Franco, el escritor Miguel Antonio Lupián Soto explica a Animal MX que uno de los primeros ejemplos de cuentos fantásticos con tintes de horror en México es Lanchitas (1878), de José María Roa Bárcenas, basado en una leyenda urbana de espectros, donde varios hechos sobrenaturales transforman al protagonista, un cura.

Lupián Soto le sabe. Es escritor, editor, tallerista de cine y creación literaria de terror y fantástica, y cofundador de la revista Penumbriaespecializada en literatura fantástica y de terror.

Otro ejemplo de cuento fantástico con tintes de horror, comparte Lupián Soto, es El donador de almas (1889) de Amado Nervo, que, a grandes rasgos, cuenta la historia de un médico que recibe el alma de una joven como regalo.

“En México no se tiene la misma idea del terror –como producto literario y cinematográfico– como en Estados Unidos, donde es muy cerrado y tiene sus propias leyes, reglas y temas. En México hay hibridaciones con lo fantástico y a veces con la ciencia ficción”, explica Antonio Lupián.

Las cuatro brujas mexicanas

Para Lupián Soto, cuatro mujeres han marcado la literatura de terror en México y él mismo las nombra como “las cuatro brujas mexicanas”: Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas, Inés Arredondo y Adela Fernández, quienes, con maestría, trataron temas como la muerte, la locura, el peligro y la traición, con tintes fantásticos y de terror.

Un ejemplo es el cuento más famoso de Amparo Dávila, “El huésped”, que forma parte de su primer libro de relatos Tiempo destrozado, publicado en 1959.

El cofundador de Penumbria explica que las obras de Dávila, Dueñas y Arredondo han sido rescatadas y promovidas por el Fondo de Cultura Económica, no así las de Adela Fernández, la menos popular y solo reconocida por ser la hija de Emilio “El Indio” Fernández, aunque su obra es “sumamente deliciosa”, pues mezcla muchas leyendas y folklore con lo fantástico y lo terrorífico.

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“No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él. Sólo mi marido gozaba teniéndolo allí”.
Fragmento de “El huésped”, de Amparo Dávila.

¿Dónde está parada hoy la literatura de terror mexicana?

Resulta difícil de creer que aunque amemos el género, muchas personas no reconozcan a escritores y escritoras actuales que se dediquen al terror en nuestro país.

Antonio Lupián explica que puede ser porque el terror está mezclado con otros géneros como la ciencia ficción, la fantasía o lo policíaco, por mencionar algunos.

Otra razón, explica Lupián Soto, es porque la literatura de terror continúa “escondida” en la escena independiente y los y las escritoras se sienten cómodas en las penumbras:

“(En lo independiente) hay muchas libertades; de hecho la literatura más propositiva viene de ahí, porque no hay presión de ventas ni de temas, se respeta mucho la propuesta del autor”, explica.

Sin embargo, no niega que hace falta que las grandes editoriales se abran más a escritores o escritoras de este nicho.

Algunos escritores y escritoras de la escena moderna de literatura de terror mexicana son Bernardo Esquinca, Mauricio Molina, Bibiana Camacho, Cecilia Eudave, Adriana Díaz Enciso, Lola Ancira, Iliana Vargas, Efraím Blanco, Néstor Robles.

Del papel a la pantalla: la historia del cine de terror en México

Tal y como sucede con la literatura, Saúl Rosas Rodríguez -autor del libro El cine de horror en México (2003)menciona que el cine de terror tiene sus propias reglas, elementos y temáticas que lo caracterizan, pero el camino de este género en México no es tan simple de rastrear debido a que siempre se le ha tratado como un subgénero.

Sin embargo, por supuesto que existen obras emblemáticas.

La primera película de terror mexicana

Edna Campos, directora y fundadora del Festival Macabro, explica a Animal MX que expertos y expertas consideran La Llorona (1933), de Ramón Peón, como la primera película mexicana de terror.

“Aunque hay algunos cortos del cine mudo, como uno de Don Juan Tenorio (que cuenta con la presencia de fantasmas), es hasta Ramón Peón cuando se ven más claros los elementos del terror”, detalla Campos.

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La leyenda de La llorona fue la primera película de terror en México. Esta es la historia de una mujer que ahoga a sus hijos después de un episodio de celos y se arrepiente tanto que llora todas las noches por lo que hizo.

En la década de los 30 surge la primera gran época de este género en nuestro país, ya que siguieron cintas como Dos monjes (1934) de Juan Bustillo Oro o El fantasma del convento (1934) de Fernando de Fuentes, un par de obras con una evidente influencia del expresionismo alemán a nivel estético.

Estas producciones, dice Edna Campos, sentaron las bases de lo que vendría después en el cine de terror en México.

 

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La influencia de los monstruos de Universal

Hollywood siempre ha influido en la manera de hacer cine en México, incluso el de terror. En los 30, Universal impulsó a Drácula, Frankenstein y demás criaturas clásicas que no tardamos en recrear en nuestro país.

Aunque hay ejemplos risibles, hay otros que valen la pena rescatar y ver. El más emblemático es El Vampiro (1957) de Fernando Méndez, con Germán Robles como el Conde Karlo de Lavud/Duval.

“Es considerada una de las mejores adaptaciones de Drácula en el cine”, cuenta Edna Campos sobre este clásico. Además, señala que lo más notable es cómo supieron adaptar el ambiente inglés de la obra a la vida del campo y en una hacienda en México, por todo lo que representa a nivel social y económico.

De parodias y burlas

Durante los 50 y 60, después del éxito de las películas de Universal, México siguió con la presencia de esos personajes en su versión mexicana y, aunque eran iconos del terror, se les comenzó a utilizar en comedias y parodias.

Cantinflas, Capulina, Tin Tan, Manuel “El Loco” Valdés, Resortes, Clavillazo, entre otros cómicos, tienen al menos una película dentro de su carrera fílmica donde se enfrentan a este tipo de seres.

Algunas de las más recordadas son: Muertos de miedo (1957), El castillo de los monstruos (1957), La casa del terror (1959), Frankenstein, el vampiro y compañía (1961), Échenme a los vampiros (1961) y Los fantasmas burlones (1964).

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El cine de luchadores

Casi al mismo tiempo surgió otro híbrido entre el cine de terror mexicano y el cine de luchadores, el cual, aunque es odiado por algunas personas por “soso”, otras más lo consideran hasta de culto.

Estas producciones se expandieron hasta los 60 y 70, y como lo explica Silvana Flores en su texto El cine de terror en México: entre monstruos, leyendas ancestrales y luchadores populares, este género unido a la ciencia ficción, el terror y lo fantástico se convirtió en una herramienta para combatir el descenso industrial del cine mexicano, el cual que venía saliendo de su Época de Oro.

Además, hay que recordar también que el cine comenzó a tener una lucha con la televisión, la cual estaba marcando otro tipo de gustos y hábitos en la audiencia mexicana. Saúl Rosas Rodríguez explica que la gente ya estaba cansada de las comedias rancheras, los melodramas y el cine de rumberas.

Edna Campos dice que los ejemplos más significativos dentro del cine de luchadores con tintes de terror están Santo vs las mujeres vampiro (1962), de Alfonso Corona Blake; y Santo y Blue Demon vs los monstruos (1970) de Gilberto Martínez Solares, aunque la lista de este tipo de películas es inmensa.

Una nueva era para el cine de terror en México

La directora de Macabro está consciente de que quizá el cine de luchadores no era de gran calidad, pero esa época fue la más fuerte en cuanto a cantidad de películas de terror producidas en México.

Afortunadamente, desde finales de los 60 e inicios de los 70 comenzamos a ver otro tipo de historias en el género que hasta fueron consideradas como algo atrevido.

En 1967 se estrenó una de esas grandes obras: Hasta el viento tiene miedo, de Carlos Enrique Taboada. A pesar de que Taboada ya llevaba años trabajando como guionista, fue a finales de los 60 cuando se estrenó como director.

Hasta el viento tiene miedo, protagonizada por Marga López y Maricruz Olivier, fue su segunda película como director y pieza clave en el cine de terror en México.

La trama es sencilla, pues se trata de un grupo de chicas en un internado que son acechadas por un fantasma. Campos explica que la audiencia conecta con los personajes y la atmósfera llena de suspenso, que atrapa a cualquiera.

 

Desde ahí, Taboada iniciaría su camino en este género seguido por El libro de piedra (1968), Más negro que la noche (1975), Veneno para las hadas (1984), por mencionar algunas.

En 1968 surgió otro proyecto no tan conocido, pero considerado una pieza clave en el cine de terror en México por muchos especialistas, entre ellos, Saúl Rosas Rodríguez.

Se trata del cortometraje La puerta, dirigido por el español Luis Alcoriza y realizado en México.

La trama sucede en una fiesta en casa de una pareja de clase alta. Los invitados se percatan de la presencia de una puerta que al abrirla da hacia un pasillo oscuro con una luz blanca al final. Ahí, un hombre desnudo camina lentamente hacia la puerta.

Aquí no hay fantasmas, extraterrestres, ni monstruos que infundan horror, sino que el miedo proviene de la mente humana: ¿quién es ese hombre y qué hace ahí? ¿Está atrapado o por qué quiere salir? ¿Cuáles son sus intenciones?

 

Otra obra emblemática de los 70 es Alucarda (1975), de Juan López Moctezuma y protagonizada por Tina Romero, que cuenta con temas bastante polémicos para la época: satanismo, posesiones, lesbianismo, exorcismo, entre otros.

Edna Campos considera que esta es de las mejores épocas del cine de terror en México, pues fue cuando se desarrollaron más producciones de corte autoral que salían de la norma establecida.

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¿Qué pasa con el cine de terror mexicano contemporáneo?

La historia del cine en nuestro país también quedó marcada por la aparición del “Nuevo Cine Mexicano” hacia la década de los 90. Edna Campos explica que esta etiqueta se utilizó para definir a aquellas películas que se produjeron con la intención de recuperar el mercado del cine.

La directora de Macabro recuerda que la industria cinematográfica en México había “muerto” un poco con el cine de ficheras, la llegada del videohome y la invasión masiva del cine de Hollywood en las salas mexicanas.

Y algo curioso: la etiqueta de “Nuevo Cine Mexicano” jamás consideró al terror –a excepción de Cronos (1992), de Guillermo del Toro–, pues el género no entraba en el tipo de realismo que manejaban historias como El callejón de los milagros (1994), Cilantro y perejil (1996), Amores Perros (2000) o Y tu mamá también (2001).

Hoy, 20 años después de esa época, Edna Campos considera que el cine de terror mexicano está en muy buen momento, pues los creadores y creadoras se han abierto a un amplio abanico de hibridaciones con otros géneros.

“Están interesados en contar historias del país donde plantean problemas sociales a través del género; por otro lado también plantean cuestiones sobre el terror dentro de la familia. También se recuperan las leyendas tanto urbanas, rurales o de la colonia, y se hablan sobre historias propias de una región”, comenta la directora de Macabro.

Es así que tenemos historias como Vuelven (2017), donde Issa López se encarga de criticar, a través de una fábula, las consecuencias del narcotráfico y la guerra contra este problema desde la perspectiva de niñas y niños que son afectados por este.

Otro caso interesante es el de Somos lo que hay (2010) de Jorge Michel Grau, donde seguimos a una familia que vive del canibalismo. Por cierto, en 2013 se realizó un remake de esta película en Estados Unidos.

Y hay más cineastas cuyo trabajo vale la pena: Lex Ortega, quien “está muy comprometido con el género”, dice Edna Campos; Emilio Portes, que aunque maneja más el humor negro, le entró al terror con Belzebuth; y también Isaac Ezban, quien hace un poco más de ciencia ficción, pero es amante del terror.

¿Y tú qué obras de la literatura y el cine de terror mexicano recomiendas?

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Imagen BBC
Por qué Guatemala e Israel tienen una relación especial y cómo influye el conflicto en Gaza
11 minutos de lectura

Desde 1948 hasta el actual conflicto en Gaza, analizamos la fuerte alianza entre Guatemala e Israel y cómo conviven hoy las comunidades judía y palestina en el país centroamericano.

17 de febrero, 2026
Por: BBC News Mundo
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Frente al constante bullicio de motocicletas, autobuses y vendedores ambulantes de la concurrida 7ª Avenida de Ciudad de Guatemala, un muro custodiado por agentes resguarda el templo de la comunidad judía en el país centroamericano.

Con un imponente tejado blanco cuyas aristas componen la estrella de David, Sharei Binyamin es la principal sinagoga de Guatemala, un pequeño país fuertemente vinculado a Israel desde que jugó un papel relevante en la fundación de ese Estado en 1948.

Allí nos reunimos con miembros de esta comunidad y entrevistamos a su director ejecutivo, Ilan López, para hablar de los vínculos entre estos dos países separados por 12.000 kilómetros en un contexto político marcado por el conflicto en Gaza.

A pocas calles de distancia, en una cafetería, nos encontramos con Jamal Hadweh, presidente de la Comunidad Palestina.

Aunque ambos líderes insisten en el respeto mutuo, difieren en sus visiones sobre la historia compartida entre Guatemala e Israel, y la especial relación que une a ambos países.

Sinagoga Sharei Binyamin
BBC
Construida en 1959, la sinagoga Sharei Binyamin es el templo principal de la comunidad judía en Guatemala.

Esta lleva afianzándose casi ocho décadas desde la histórica votación en la ONU para la fundación del Estado de Israel hasta el traslado de la embajada guatemalteca a Jerusalén, pasando por una controvertida cooperación militar durante el siglo XX.

Ahora, en un contexto internacional polarizado en torno a lo que ocurre en Gaza, Guatemala ha reafirmado su cercanía con Israel, aunque con algunos giros inesperados.

Analizamos cómo se forjó esta peculiar relación y de qué manera los acontecimientos recientes en Oriente Medio la están poniendo a prueba.

Un voto decisivo

El 29 de noviembre de 1947, en la sede de Naciones Unidas en Nueva York, Guatemala fue uno de los 33 países que votaron a favor del Plan de Partición de Palestina, establecido por la Resolución 181.

Esto implicaba, en efecto, respaldar la creación de Israel bajo un sistema de dos Estados en el antiguo protectorado británico.

Gobernaba Guatemala en aquel momento Juan José Arévalo -padre del actual presidente Bernardo Arévalo- que había iniciado una reforma democrática tras décadas de autoritarismo

“Su gobierno consideraba el genocidio judío entre 1933 a 1945 una gran catástrofe y además creía que había que poner fin al colonialismo británico en Palestina. Por eso apoyó desde el principio la Resolución 181 que proponía dos Estados: el Estado judío y el Estado árabe palestino”, explica Mauricio Chaulón, historiador y antropólogo social de la escuela de historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Fue clave en el proceso la figura de Jorge García Granados, embajador de Guatemala ante la ONU e integrante del Comité Especial para Palestina, que trabajó arduamente para lograr los votos en la Asamblea General a favor de la partición, rechazada por los países árabes.

Israel no ha olvidado el empeño de García Granados, a quien dedica sendas calles en Jerusalén y en el área metropolitana de Tel Aviv.

La calle Granados, en Ramat Gan (Tel Aviv)
Google Maps
La calle Granados, en Ramat Gan (Tel Aviv), es una de dos calles en Israel bautizadas en honor al diplomático guatemalteco Jorge García Granados.

El 14 de mayo de 1948 Guatemala fue el segundo país del mundo, por detrás de EE.UU. y delante de la Unión Soviética, en reconocer la existencia del Estado de Israel.

“Guatemala estuvo ahí, en el medio, entre las dos potencias mundiales. Reconoció a Israel y, desde entonces, ha tenido un lugar fundamental en la historia moderna del Estado de Israel”, afirma Ilan López, director ejecutivo de la comunidad judía guatemalteca.

En 1956 Guatemala se convirtió en uno de los primeros países en abrir una embajada en Jerusalén, reconociendo de facto la soberanía israelí sobre una ciudad cuyo estatus estaba en disputa.

La consolidación de la alianza

La estrecha relación entre Guatemala e Israel se consolidó de forma tan decisiva como controvertida en los años más duros del conflicto armado interno de Guatemala.

Tras el derrocamiento del gobierno democrático de Jacobo Árbenz en 1954 y la consolidación de un Estado autoritario y anticomunista alineado con EE.UU., la cooperación entre ambos países se orientó al terreno militar.

“El Estado sionista israelí, que va a empezar a hacer un viraje hacia el anticomunismo también de una manera bastante fuerte dentro del contexto de la Guerra Fría, entabla con el Estado de Guatemala una relación directa dentro de esos gobiernos militares contrainsurgentes”, indica el historiador Mauricio Chaulón.

A partir de los años 1970 esta alianza se intensificó hasta convertir a Israel -ya convertido en toda una potencia mundial en defensa- en el socio clave de los gobiernos militares guatemaltecos.

“En Guatemala el conflicto armado interno había tomado una característica de una guerra sucia desde el Estado, con graves violaciones de los derechos humanos. Cuando el Gobierno de Jimmy Carter, más democrático, decide ya no dar más ayuda militar a Guatemala, esa ayuda militar de Estados Unidos la sustituye Israel”, explica el académico.

Durante los gobiernos de Carlos Arana Osorio (1971-1974), Kjell Laugerud García (1974-1978) y Romeo Lucas García (1978-1982), Guatemala selló acuerdos con Israel que incluyeron venta de armas, municiones, aviones Aravá, helicópteros, sistemas de inteligencia y entrenamiento contrainsurgente.

La cooperación alcanzó su punto más intenso entre 1982 y 1983, durante la jefatura de Estado de Efraín Ríos Montt, una de las más sangrientas y oscuras del conflicto interno.

Efraín Ríos Montt con dos militares durante el golpe de Estado de 1982
Getty Images
Ríos Montt (centro) tomó el poder en Guatemala mediante un golpe militar en marzo de 1982 y encabezó uno de los periodos más violentos y represivos del conflicto armado interno, con masacres, desplazamientos forzados y graves violaciones de derechos humanos.

Además, señala el historiador, esta etapa añadió un tercer componente a la relación bilateral: el religioso.

Ríos Montt y otros miembros de su gobierno provenían del movimiento neopentecostal, lo que generó una identificación ideológica religiosa con el Estado de Israel, basada en interpretaciones bíblicas sobre el pueblo elegido y la Tierra Prometida.

Pese a la estrecha relación que unía a ambos países en aquel momento, y la dependencia guatemalteca de apoyo militar israelí, en 1980 el país centroamericano trasladó su embajada de Jerusalén a Tel Aviv en cumplimiento de una resolución de Naciones Unidas.

Tras casi cuatro décadas después, en 2018, Guatemala se convirtió en el segundo país, después de EE.UU., en reubicar su legación diplomática en Jerusalén.

La acción, marcada por el alineamiento de los entonces gobiernos de Jimmy Morales y Donald Trump, supuso para Guatemala romper con el consenso internacional de mantener las embajadas en Tel Aviv, y reforzar su vínculo político y simbólico con el Estado de Israel.

Unos años antes, en 2013, el gobierno de Otto Pérez Molina había reconocido en la ONU a Palestina como un Estado “libre, independiente y soberano”, lo que se considera una excepción en el alineamiento proisraelí de Guatemala.

Jimmy Morales y Benjamin Netanyahu
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Jimmy Morales y Benjamin Netanyahu protagonizaron una de las etapas de mayor cercanía entre Guatemala e Israel.

Hoy ambos países mantienen una activa agenda de cooperación, reforzada con la puesta en vigor en 2024 de un tratado de libre comercio bilateral.

Guatemala exporta sobre todo productos agrícolas a Israel, que provee al país centroamericano de tecnología, farmacéuticos y maquinaria, entre otros productos, además de brindarle asistencia técnica en recursos hídricos, innovación o seguridad pública.

Ambos Estados también mantienen frecuentes intercambios educativos y culturales, así como programas de cooperación científica y transferencia tecnológica.

La comunidad judía y el sionismo cristiano

Emplazada en un complejo junto a canchas deportivas, un comedor y un extenso jardín, la sinagoga Sharei Binyamin, construida en 1959, resume más de un siglo de presencia de los judíos en Guatemala.

“La comunidad judía en Guatemala se fundó como institución hace 110 años, aunque hay evidencia de comunidades judías desde el siglo XVI, cuando escapaban de la Inquisición en España”, explica Ilan López.

Ilan López en la sinagoga
BBC
Ilan López nos invitó a un recorrido por la sede de la comunidad judía en Ciudad de Guatemala, que alberga desde la sinagoga principal hasta jardines, comedor, una guardería y canchas deportivas.

El director de la comunidad, autodefinida como ortodoxa, sionista y moderna, asegura que “Guatemala siempre ha tenido una política abierta hacia la migración judía, lo que no es el caso de todos los países en América Latina”.

Sin embargo, la población de judíos apenas supera el millar, según estimaciones, en un país con aproximadamente 18,5 millones de habitantes, el más poblado de Centroamérica.

Pese a su reducido número, la comunidad judía asume un papel activo en la vida religiosa y política de Guatemala, algo que López señala como su principal rasgo distintivo.

A diferencia de otras comunidades judías del continente, con estructuras más cerradas por seguridad o tradición, en Guatemala los judíos mantienen intercambios constantes con otros grupos de la sociedad, e incluso su guardería está abierta a niños de familias de cualquier credo.

 interior de la sinagoga Sharei Binyamin
BBC
Así es el interior de la sinagoga Sharei Binyamin, considerada una valiosa pieza arquitectónica en Ciudad de Guatemala.

En todo caso, sus principales aliados son los cristianos evangélicos, que en Guatemala ya superan a los católicos en número de fieles, aproximadamente la mitad de la población.

López atribuye esta cercanía a una base doctrinal: para muchas iglesias evangélicas, el Antiguo Testamento es central y promueve “el amor y respeto al pueblo de Israel”.

“Tenemos una relación sumamente cercana con la Iglesia evangélica, en la que discutimos temas que tenemos en común: valores, la defensa del Estado de Israel, etcétera”, asegura.

Esa afinidad ha contribuido a que la reducida comunidad judía adquiera conciencia pública a través de actos interreligiosos, celebraciones y, sobre todo, los mensajes que los pastores evangélicos transmiten a sus fieles en cada sermón.

Las críticas de la comunidad palestina

No muy lejos de la sinagoga, nos reunimos en una cafetería de la capital con Jamal Hadweh, presidente de la Asociación Palestina Guatemalteca.

Hadwed es cristiano, como la mayoría de los palestinos asentados en el país centroamericano, “más de 25.000 de varias generaciones, aunque en la comunidad tenemos inscritos a unos 7.000”, afirma.

Jamal Hadweh, presidente de la Asociación Palestina Guatemalteca
BBC
Jamal Hadweh, presidente de la Asociación Palestina Guatemalteca, es muy crítico con el vínculo entre los cristianos evangélicos guatemaltecos e Israel.

Explica que el primer registro de un palestino en Guatemala data de 1882.

Desde entonces las llegadas se intensificaron con oleadas entre 1912 y 1926, y posteriormente con las migraciones de 1930, 1948 -fundación de Israel-, 1967 -Guerra de los Seis Días- y las décadas de 1980 y 1990, la mayoría cristianos de Belén, Betjala y otras localidades de Cisjordania.

Estas familias de tercera, cuarta e incluso quinta generación están muy integradas en la vida económica: “Son empresarios, gente que tuvo que ver con la construcción de Guatemala, familias que hoy siguen brillando en el comercio, en la industria, como empresarios”, subraya.

Al igual que la comunidad judía, la Asociación Palestina Guatemalteca representa a la comunidad y organiza actividades sociales, culturales y humanitarias en el país.

Sin embargo, la relación entre ambas es fría y distante.

“La comunidad judía aquí trabaja con la Iglesia Evangélica, trabaja para destruir a Palestina, para destruir la imagen de un Estado palestino”, responde Hadweh cuando le pregunto por el trato con sus homólogos judíos.

Manifestantes propalestinos en Guatemala
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La causa de Palestina también tiene simpatizantes en Guatemala, que se han movilizado en varias ocasiones en los últimos dos años.

Como cristiano nacido en la llamada Tierra Santa, el representante de los palestinos critica el apoyo incondicional de los evangélicos al Estado de Israel.

“Ellos no van a venir a enseñarme mi religión cuando yo nací donde nació Cristo. Si hoy son cristianos es por la resistencia de mi pueblo a lo largo de siglos, cuidando las iglesias y el patrimonio en Tierra Santa, no por Netanyahu. Te lo digo claro y sin miedo: el evangélico aquí es muy ciego”, sentencia.

Gaza y Guatemala

El ataque de Hamás a Israel el 7 de octubre de 2023 y el conflicto que desde entonces se desarrolla en Gaza han impregnado el debate público en Guatemala, cuya sociedad muestra una marcada polarización.

El apoyo incondicional al gobierno de Benjamin Netanyahu por parte de la extensa comunidad evangélica contrasta con el rechazo frontal de grupos de izquierda y estudiantiles, reflejado en ocasionales grafitis de protesta en el centro de la Ciudad de Guatemala.

Pintada de Genocidio en Guatemala
Getty Images
Desde que comenzó el conflicto en Gaza, han aparecido pintadas de denuncia a Israel en varias calles de Guatemala.

Ilán López asegura que la crítica legítima al Estado de Israel “no solamente es aceptada, sino bienvenida” y recuerda que el gobierno de Netanyahu “hoy en día recibe una crítica importante de parte de los propios israelíes”.

Puntualiza, sin embargo, que “cuando se vandaliza el museo, entendemos que se cruza una línea”, en relación a las pintadas sobre Gaza que aparecieron recientemente en las paredes del Museo del Holocausto de la capital.

El conflicto también se deja sentir dentro de la comunidad judía: “tenemos grupos que están a favor del gobierno israelí, grupos que están en contra, y creo que eso es completamente natural”,

Aun así, sostiene que la comunidad coincide en un punto fundamental: “Siempre vamos a defender el derecho de Israel de existir, y parte de esa defensa es ser críticos cuando ocurren cosas con las que no estamos de acuerdo”.

La postura favorable al Estado de Israel que el gobierno de Guatemala ha mantenido históricamente no cambió demasiado con la guerra, salvo excepciones, como el apoyo del gobierno guatemalteco a una resolución de la ONU para reconocer al Estado palestino tras el 7 de octubre.

“Eso fue, de alguna forma, premiar el terrorismo”, censura el líder de la comunidad judía.

Del lado palestino, Jamal Hadweh se queja de que el gobierno guatemalteco “está comprometido hasta el fondo con Israel, porque tiene mucha presión de la comunidad cristiana y la comunidad sionista”.

Evangélicos de Guatemala manifestándose a favor de Israel
Getty Images
Los evangélicos de Guatemala han defendido, en sus iglesias y en las calles, la intervención de Israel en Gaza.

“Guatemala tiene una muy buena amistad con Israel, pero hay cosas que no pueden ser. Si tu amigo está haciendo el mal frente a ti, tienes que pronunciarte, y Guatemala nunca se ha pronunciado cuando matan a niños y mujeres palestinos”, alega.

Así, en un país que acoge a palestinos y judíos desde hace más de un siglo, las diferencias entre ambas comunidades sobre el conflicto que las enfrenta en una tierra lejana parecen difíciles de reconciliar.

Los dos lados coinciden, sin embargo, en el posible motivo de la falta de diálogo: a su juicio, la postura del otro es demasiado extremista.

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