
Es otoño y el verano se terminó, pero el gobernador de Nuevo León, Samuel García, ya dado muestra de dominar el juego de las redes sociales. Esto no es casualidad. Desde sus días como senador, su estrategia ha sido una sola: diferenciarse del político tradicional. Adiós a los trajes acartonados y las poses lejanas. Dio la bienvenida a las fotos en traje de baño el pasado verano.
Cuando vemos a Samuel García en una alberca, no es solo una imagen. Es una declaración. Según el consultor en estrategia política en Sentido Común Latinoamérica, José Manuel Urquijo, esta fotografía lo presenta como un “ser humano común y corriente”, alguien cercano y transparente. En este caso, el gobernador no teme mostrarse vulnerable, lo que genera una conexión más personal con la audiencia. Y los comentarios que atrae son piropos: unos inadecuados, otros simpáticos acerca de su físico. Un bono que los hombres pueden hacer valer de forma diferenciada de sus pares mujeres del mismo ámbito (y si somos francos de casi cualquiera).

Las fotos donde aparece el gobernador de 37 años en bañador han sido durante sus vacaciones de verano y en actividades oficiales en una inauguración de un nuevo balneario en el Parque Fundidora. Es un acto de comunicación estratégica. ¿Esa es la mejor manera de conectar con la gente que inaugurar un espacio popular de esparcimiento familiar, y hacerlo como si fueras un padre más? Parece que sí funciona.
Además, el gobernador aprovecha para mostrar su buena forma física, un mensaje subliminal de fuerza, vitalidad y juventud. Atributos que lo alejan del arquetipo del político viejo y aburrido.

El recurso banal de la belleza en la política mexicana ha estado en diversos momentos, posiblemente el más memorable fueron las candidaturas de Enrique Peña Nieto. Que para los parámetros de estética del político en México, el exgobernador mexiquense y presidente de la República era un “adonis”.
La campaña de Peña Nieto fue un manual de cómo usar el atractivo personal. Más allá de sus propuestas (que en muchos casos se simplificaron), su equipo apostó por una estrategia mediática intensiva.
El caso del mexiquense es un ejemplo claro de cómo la imagen política, si bien es una herramienta poderosa para ganar una elección, necesita de resultados tangibles para mantener la confianza de la gente. El electorado puede ser conquistado por la apariencia, pero la realidad, al final, siempre se impone.
En sus redes sociales el gobernador, que es el más joven de la historia del estado norestense, aparece haciendo sus rutinas de ejercicio, no solo esto muestra parte de su vida cotidiana como padre de familia y a su esposa Mariana Rodríguez (un caso aparte para hablar de redes sociales y política, porque nadie olvida el “fosfo fosfo”). Esta intimidad es una receta que al público -en este caso electorado y opinión pública le encanta- neoleonés disfruta ampliamente. En su momento lo vimos con la misma Mariana Rodríguez y Jaime Rodríguez Calderón “El Bronco”.
Su aparición más notoria mostrando su cuerpo fue cuando el 26 de julio dio a conocer la inauguración de un nuevo balneario en el Parque Fundidora. Urquijo lo deja claro: si Samuel hubiera inaugurado el balneario en traje y corbata, habría sido un político más. Pero su post en traje de baño generó una de las mayores tasas de interacción y comentarios positivos en el último mes.
Esta estrategia, aunque dirigida a un público más joven y aspiracional, tiene sus riesgos. Algunos votantes, especialmente los más conservadores, podrían ver estas imágenes como algo frívolo, sobre todo si se publican en medio de una crisis.
La sobreexposición de la vida personal en redes sociales puede ser un arma de doble filo. Funciona para conectar y humanizar la figura política, pero el riesgo de que se convierta en un boomerang es real si no se complementa con resultados concretos de su gobierno. Al final, los resultados de un político son lo que más importa.
Aun le quedan un par de años despachando desde el palacio de cantera rosa en Monterrey y esto seguramente tendrá algunas vueltas más por las redes sociales.

Durante el esperado encuentro entre María Corina Machado, la líder opositora venezolana y el presidente Donald Trump en la Casa Blanca, Machado le “presentó a Trump su premio Nobel de la Paz. ¿Puede realmente ofrecérselo?
Para un presidente que le encanta pararse frente a las cámaras, la visita de la líder opositora venezolana y premio Nobel de la Paz María Corina Machado fue, como mínimo, atípica.
Fue un encuentro breve y a puertas cerradas, que se desarrolló lejos de la presencia de los periodistas.
“Sepan que contamos con el presidente Donald Trump para la libertad de Venezuela”, comentó Machado poco después de la reunión.
“Me impresionó mucho lo claro que está. Cómo conoce la situación de Venezuela, cómo le importa lo que está sufriendo el pueblo de Venezuela”, añadió más tarde, al salir de una reunión con un grupo de legisladores en el Capitolio.
Pero no fue solo generosa en elogios con el presidente Donald Trump: durante el encuentro le osbsequió la medalla del Nobel de la Paz que recibió en diciembre como “un reconocimiento por su compromiso único con nuestra libertad”.
“Le dije: ‘Hace 200 años, el general Lafayette le entregó al presidente una medalla con la cara de George Washington a Simón Bolívar, que siempre atesoró. Justo 200 años después, la gente de Bolívar le está devolviendo a Washington una medalla en reconocimiento”, explicó la opositora.
“El hecho de que este gesto tenga lugar dos siglos después, casi como un espejo histórico, le otorga un poder simbólico excepcional”, agregó Machado en un comunicado publicado tras el encuentro.
Horas después, Trump confirmó en un mensaje en su red social Truth Social que había recibido el galardón de manos de Machado.
Y para acallar cualquier tipo de especulación la Casa Blanca publicó más tarde una foto de Machado de pie junto a Trump en la Oficina Oval mientras sostiene la medalla en un marco grande.
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Si bien el gesto suscitó muchas preguntas, no fue una sorpresa para nadie.
Machado había anunciado la semana pasada su intención de compartir el premio más prestigioso del mundo que recompensa los esfuerzos diplomáticos en pos de la paz con el presidente estadounidense.
¿Pero puede realmente hacerlo?
La respuesta del Instituto Noruego de los Nobel es clara como el agua.
“Una vez anunciado el premio Nobel, no puede ser revocado, compartido ni transferido a otras personas”, afirmó en un comunicado.
“La decisión es definitiva y válida para siempre”, dijeron.
La organización también señala que los comités que otorgan los premios Nobel nunca han considerado revocar un premio.
También, por principio, no comenta lo que dicen o hacen los ganadores del premio Nobel de la Paz tras recibirlo.
Hasta el momento, fiel a lo que dice en su sitio web, la organización no ha hecho comentarios específicos sobre el gesto de Machado.
No obstante, los medios noruegos, así como numerosos expertos no dan crédito a la noticia.
“Es completamente inaudito”, comentó Janne Haaland Matlary, profesora de la Universidad de Oslo y expolítica, a la emisora pública NRK, y añadió “es una total falta de respeto por el premio”.
“Esto es increíblemente vergonzoso y perjudicial para uno de los premios más reconocidos del mundo”, escribió en sus redes sociales Raymond Johansen, secretario de la ONG Ayuda Popular Noruega y exconcejal de Oslo.
Independientemente de lo que establecen las bases del premio Nobel, en el pasado ha habido medallas que han cambiado de manos, una nominación retirada y otras que han sido rechazadas.
El diplomático vietnamita Lê Đức Thọ, por ejemplo, fue galardonado junto con el entonces secretario de Estado de Estados Unidos Henry Kissinger en 1973, por haber negociado el alto el fuego en la Guerra de Vietnam.
Sin embargo, se negó a aceptarlo argumentando que el otro bando había violado la tregua.
En 2014, el desacreditado científico estadounidense James Watson subastó la medalla que recibió en 1962 junto con Maurice Wilkins y Francis Crick por descubrir la estructura del ADN, convirtiéndose en el primer galardonado que vende en su premio.
Watson argumentó que se había desecho de la medalla porque había sido condenado al ostracismo por la comunidad científica tras hacer comentarios racistas en una entrevista en 2007.
Leon Lederman, un físico experimental de EE.UU. que ganó el Nobel de Física en 1988 junto con dos colegas, decidió en 2015 subastar su medalla, ganada tras el descubrimiento de una partícula subatómica llamada neutrino muónico.
El dinero obtenido fue utilizado para comprar una cabaña de madera cerca del pequeño pueblo de Driggs, en el este de Idaho, para irse de vacaciones.
Más recientemente, en 2022, el periodista ruso Dmitry Muratov subastó su Nobel de la Paz por US$103.5 millones para recaudar fondos para los niños refugiados de Ucrania.
El “regalo” de María Corina Machado a Trump no fue la primera ocasión en que un premio nobel se convirtió en obsequio.
En 1954, el escritor estadounidense Ernest Hemingway obtuvo el Nobel de Literatura por obras como “El viejo y el mar”, que narra la historia de un pescador cubano que capturó un pez gigante.
Debido a problemas de salud, el escritor y periodista no viajó a Suecia para la ceremonia y fue el embajador sueco en Cuba quien le entregó la medalla y el diploma en su casa cerca de La Habana.
Años después, Hemingway donó la medalla y el diploma al pueblo de Cuba, poniéndolos al cuidado de la Iglesia Católica de El Cobre.
La medalla fue robada y recuperada rápidamente en 1986. Hoy solo permanece el diploma en exposición.
Mientras que el premio no puede ser transferido o revocado, existe la posibilidad de retirar una nominación.
Los archivos del Instituto Nobel Noruego guardan una historia curiosa de 1939, en la que un malentendido llevó a sus organizadores a esta situación.
Ese año, 12 parlamentarios suecos nominaron al primer ministro británico Neville Charmberlain al Nobel de la Paz
Argumentaban que Chamberlain había salvado la paz mundial mediante el Acuerdo de Múnich con Adolf Hitler en septiembre de 1938, cuando la región checoslovaca de los Sudetes fue entregada a Alemania.
Tres días más tarde, el parlamentario sueco y líder socialdemócrata Erik Brandt envió una carta al Comité del Nobel explicando que quien debía ser nominado era Hitler.
La nominación generó indignación y una ola de protestas en el país.
Brand fue calificado de “loco, torpe y traidor a los valores de la clase trabajadora”, según explica el sitio web de los Nobel.
Su nominación tenía la intención de ser irónica, explicó Brandt en una entrevista.
El parlamentario escribió que al nominar a Hitler buscaba, mediante el uso de la ironía, “clavarlo en el muro de la vergüenza como enemigo número uno de la paz en el mundo”.
Pero al observar que las reacciones a su propuesta habían sido tan violentas y que la mayoría no había captado su intención, decidió enviar una carta al comité para retirar su nominación.
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