
El sueño olímpico de la legendaria esquiadora estadounidense Lindsay Vonn apenas duró un puñado de segundos, los que transcurrieron entre la salida del descenso y la grave caída que sufrió y por la que tuvo que ser evacuada en helicóptero.
Fiel a la mentalidad de acero que le ha caracterizado toda su carrera, Vonn tomó la salida pese a haberse roto el ligamento cruzado anterior y dañado el menisco hace menos de diez días en Crans Montana (Suiza).
La “Speed Queen”, campeona olímpica de descenso en 2010 y que salió del retiro hace poco más de un año para volver a competir en unos Juegos, se cayó en el inicio de su descenso en Cortina d’Ampezzo, permaneciendo tumbada en la nieve antes de ser atendida por el equipo médico, entre lágrimas y gritos de dolor, según las imágenes de televisión.
De partida con el dorsal 13 y con una férula para proteger su rodilla derecha, Vonn apenas llevaba trece segundos de bajada cuando se enganchó con una de las puertas y, ya desequilibrada, se cayó al aterrizar de un salto en una curva de derechas.
Vonn permaneció tumbada en el suelo antes de recibir la asistencia médica, y en una estación que quedó enmudecida, se podían escuchar los gritos de dolor y el llanto de la campeona.
Tras más de 10 minutos en la nieve, Vonn fue trasladada en helicóptero a un hospital, mientras el público congregado en la meta la despedía con una gran ovación. Incluso su compatriota, Breezy Johnson, que en esos momentos lideraba la carrera, se llevó las manos a la cara sentada en la silla reservada a la primera clasificada.
La prueba del descenso se reanudó tras más de un cuarto de hora de interrupción.
Con 41 años y 113 días, la estrella estadounidense intentaba una apuesta de locos: volver a ser campeona olímpica de descenso, 16 años después de su título en Vancouver, y tras protagonizar un regreso espectacular el invierno pasado, después de seis años retirada y una prótesis de titanio en su rodilla derecha.
Vonn había terminado en el podio en todas las carreras de descenso de la Copa del Mundo anteriores esta temporada, incluidas dos victorias en St Moritz y Zauchensee, y logró dos podios más en el supergigante.
Pero el desafío se volvió aún más arriesgado tras una nueva y grave lesión sufrida en el descenso de Crans Montana, en Suiza, a una semana de los Juegos.
A pesar de tener la rodilla izquierda muy dañada, con una rotura total del ligamento cruzado anterior, había confirmado su participación en sus quintos Juegos y había realizado entrenamientos oficiales prometedores, en particular el del sábado, que terminó en tercera posición.
“Sólo porque parezca imposible no significa que no sea posible”, afirmó convencia el pasado martes en una multitudinaria conferencia de prensa en Cortina d’Ampezzo.
Después de lo ocurrido este domingo, era inevitable preguntarse cómo de temeraria era su apuesta.
Johan Eliasch, el presidente observador de la Federación Internacional de Esquí (FIS), dijo que la caída de Vonn fue “trágica”, pero que “eso es el esquí de competición”.
“Y solo puedo dar las gracias por lo que ha hecho por nuestro deporte, porque esta carrera ha sido el tema de conversación de los Juegos y ha puesto nuestro deporte bajo el foco”, afirmó.
Eliasch añadió: “Espero que se recupere rápidamente y que vuelva a esquiar muy, muy pronto. Mucha gente va a decir que no debería haber competido hoy con ese tipo de lesión. Obviamente, es su decisión”.
Salvo otro giro inesperado de guión, Vonn parece haber puesto punto final a su carrera, con una de las imágenes que quedarán grabadas para siempre en la historia de los Juegos Olímpicos.
Para la leyenda queda, eso sí, su impresionante palmarés: tres medallas olímpicas (una de oro), cuatro Globos de Oro como N.1 mundial, 84 victorias en Copa del Mundo.

En algunos países la influencia genética en la esperanza de vida parece haberse duplicado. ¿Por qué?
Durante años, la respuesta parecía definitiva: la genética explica entre el 20% y el 25% de la variación en la esperanza de vida humana, y el resto se debe al estilo de vida y al entorno.
Pero un nuevo estudio publicado en Science cuestiona esta perspectiva y afirma sugiere que la contribución genética es considerablemente mayor.
La razón, según los investigadores, es que las estimaciones previas no tenían en cuenta cómo han cambiado las causas de muerte con el tiempo.
Hace un siglo, muchas personas morían por lo que los científicos llaman causas extrínsecas: accidentes, infecciones y otras amenazas externas.
Hoy en día, al menos en los países desarrollados, la mayoría de las muertes se deben a razones intrínsecas: el desgaste gradual de nuestros cuerpos a causa del envejecimiento y enfermedades relacionadas con la edad, como la demencia y las cardiopatías.
Para obtener una visión más clara, el equipo de investigación analizó numerosos grupos de gemelos escandinavos, excluyendo cuidadosamente los fallecimientos por causas externas.
También estudiaron a gemelos criados por separado y a hermanos de centenarios en Estados Unidos.
Al excluir las muertes por accidentes e infecciones, la contribución genética estimada aumentó drásticamente: del habitual 20-25% a alrededor del 50-55%.
El patrón cobra sentido al analizar enfermedades individuales. La genética explica gran parte de la variación en el riesgo de demencia, tiene un efecto intermedio en las enfermedades cardíacas y desempeña un papel relativamente modesto en el cáncer.
A medida que los entornos se vuelven más favorables, las poblaciones envejecen y las enfermedades causadas por el propio proceso de envejecimiento se vuelven más comunes, el componente genético parece naturalmente mayor.
Pero aquí es donde la interpretación se vuelve crucial. Una estimación más alta no significa que los genes se hayan vuelto repentinamente más poderosos, ni significa que solo se pueda influir en la mitad de las probabilidades de llegar a la vejez.
Lo que ha cambiado es el entorno, no nuestro ADN.
Consideremos la estatura humana como ejemplo. Hace cien años, la altura dependía en gran medida de si se tenía suficiente comida y de si las enfermedades infantiles retrasaban el crecimiento.
Hoy en día, en los países ricos, casi toda la población tiene una nutrición adecuada.
Debido a que estas diferencias ambientales se han reducido, la mayor parte de la variación restante en la estatura se explica ahora por diferencias genéticas, no porque la nutrición haya dejado de importar, sino porque la mayoría de las personas ahora alcanzan su potencial genético.
Sin embargo, un niño desnutrido seguirá sin lograr una estatura adecuada, independientemente de sus genes.
El mismo principio se aplica a la esperanza de vida. A medida que hemos mejorado la vacunación, reducido la contaminación, enriquecido la dieta y adoptado estilos de vida más saludables, hemos disminuido el impacto general de los factores ambientales.
Cuando la variación ambiental disminuye, la proporción de variación restante atribuida a la genética —lo que los científicos denominan “hereditabilidad”— aumenta por necesidad matemática.
Las estimaciones anteriores no eran erróneas; simplemente reflejaban circunstancias históricas diferentes.
Esto revela algo fundamental: la hereditabilidad no es una propiedad biológica fija, sino una medida que depende completamente de la población y las circunstancias que se analizan.
La cifra tradicional del 20-25% describía la esperanza de vida tal como se experimentaba en poblaciones históricas, donde las amenazas externas eran importantes.
La nueva estimación del 50-55% describe un escenario diferente, donde dichas amenazas se han eliminado en gran medida, lo que en esencia describe un rasgo distinto.
La cifra principal de una esperanza de vida de alrededor del “50% heredable” corre el riesgo de malinterpretarse, como si los genes determinaran la mitad de las posibilidades de vida de una persona.
En realidad, la contribución genética en un individuo determinado puede variar de muy pequeña a muy grande, dependiendo de sus circunstancias.
Existen innumerables caminos hacia una larga vida: algunas personas tienen perfiles genéticos robustos que las protegen incluso en condiciones difíciles, mientras que otras compensan una genética menos favorable con una excelente nutrición, ejercicio y atención médica.
Cada persona representa una combinación única, y muchas combinaciones diferentes pueden resultar en una longevidad excepcional.
Las combinaciones más comunes dependen completamente de la población y de las circunstancias en las que las personas viven y envejecen. A medida que las causas externas de muerte continúan disminuyendo en el mundo real, aunque no desaparecerán por completo, será fascinante observar cómo evolucionan estos patrones.
Los autores de este último estudio admiten que aproximadamente la mitad de la variación en la esperanza de vida aún depende del entorno, el estilo de vida, la atención médica y procesos biológicos aleatorios, como la división celular descontrolada en el cáncer.
Su trabajo, argumentan, debería renovar los esfuerzos para identificar los mecanismos genéticos involucrados en el envejecimiento y la longevidad.
Comprender cómo interactúan los diferentes factores genéticos con los diferentes entornos es probablemente la clave para explicar por qué algunas personas viven mucho más que otras.
El estudio ofrece información valiosa sobre cómo los diferentes tipos de mortalidad han moldeado nuestra comprensión de la esperanza de vida.
Sin embargo, sus resultados se entienden mejor como una muestra de cómo cambia la hereditabilidad en diferentes contextos, en lugar de establecer una contribución genética única y universal a la longevidad.
En definitiva, tanto los genes como el entorno importan. Y, quizás aún más importante, importan juntos.
Así que, independientemente de si esto parece una buena o mala noticia, probablemente nunca obtendrás una respuesta sencilla sobre qué parte de tu esperanza de vida está determinada únicamente por los genes.
* Karin Modig es profesora asociada de epidemiología del Instituto Karolinska, Suecia. Este artículo apareció en The Conversation. Puedes leer la versión original en inglés aquí.
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