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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
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El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la... Continuar Leyendo
6 minutos de lectura

Una reflexión sobre el lenguaje inclusivo no binario

No debemos perder de vista que la posibilidad de nombrar lo diferente y darle reconocimiento es un ejercicio de construcción de la comunidad, entendida como apertura a la diferencia.
22 de septiembre, 2021
Por: Jonathan Caudillo Lozano

Lo primero que debo decir es que este breve texto tiene la intención de compartir un ejercicio de acomodo de ideas, sin ninguna pretensión de resolver de una vez por todas una discusión que sigue abierta, y que creo muy bueno que siga abierta. Recientemente, un video de la clase en la que Andra Escamilla, quien se identifica como persona no binaria, hizo un reclamo, desató una discusión en redes sociales que por momentos resultaba muy interesante y por otros tensa. Como siempre, y casi estoy seguro de que los lectores podrían estar de acuerdo con esto: no es tan importante el video en sí como los comentarios que desata.

Comencemos por decir que cualquier práctica que transgreda la costumbre siempre será chocante en principio, incluso si se está de acuerdo con sus intenciones. Podemos sentir extraño incluir la palabra todes al momento de dirigirnos a una audiencia, y dicha sensación no necesariamente indica una obscura intención de excluir a las poblaciones de sexualidades diversas: tal vez simplemente se siente raro porque no estamos acostumbrados a ello. Sin embargo, la costumbre no es una cuestión neutral; como muy bien señala la filósofa mexicana Paulina Rivero Weber en su texto “El lenguaje inclusivo: ¿cuestión de gramática o de ética?”, hay una cuestión de fondo, que no se puede obviar, y es la historicidad del lenguaje: en resonancia con La Genealogía de la moral de Friedrich Nietzsche, Rivero Weber muestra que las transformaciones del lenguaje tienen repercusiones en las relaciones de poder históricas cuyas huellas quedan en nuestra manera de nombrar la relación con el mundo y con los otros, y que se interiorizan y naturalizan de tal manera que parecieran constantes ahistóricas; igualmente señala que la cuestión del nombrar también tiene que ver con aparecer ante los otros y, por lo tanto, con el reconocimiento ético y político.

En este punto, se debe clarificar que hablar del elemento histórico del lenguaje no quiere decir que sus transformaciones respondan desde su origen a los planes de poderío de unos sobre otros; más bien, y me parece que este es el sentido de la reflexión de Nietzsche y de Rivero Weber, la historicidad implica que al lenguaje le es inherente una plasticidad que puede resultar en implicaciones éticas y políticas insospechadas. El uso del masculino como genérico puede ser resultado más de un accidente en la evolución de la lengua española que de un plan de dominación, pero esto no significa que dicho accidente no tenga repercusiones culturales, éticas y políticas que exijan nuestra atención.

Quienes usan lenguaje inclusivo no creen que esto mágicamente termine con los ejercicios de exclusión y de violencia; lo que se manifiesta es una postura que intenta visibilizar una multiplicidad. Cualquiera podría decir que el género gramatical y el género sexual no son la misma cosa, pero el uso de la “e” aparece en este caso más como un gesto performativo que como una simple cuestión de mala educación, como se ha querido hacer ver (sobre todo, por quienes recurren apresuradamente a la Real Academia Española, RAE, con el afán de invocar una autoridad, como si el lenguaje no fuera una realidad en perpetuo devenir). Nuestras palabras, a veces a pesar de las intenciones, están profundamente cargadas de prejuicios y ejercicios de violencia y exclusión, de los que no siempre somos conscientes; para comprender esto bastaría con mirar La guía para el uso del lenguaje inclusivo de la Ciudad de México, no con el propósito de tomarla como una ley inamovible sino para entender cómo es que ciertos usos de lenguaje, a pesar de que no tengan una intencionalidad excluyente, pueden ser profundamente ofensivos.

Cabe mencionar que, además del recurso de la RAE, en los debates al respecto se ha mencionado que el verdadero lenguaje inclusivo sería aquel que contemple a personas con alguna discapacidad. El problema de esta forma de argumentar es que, en el fondo, sólo hay un intento de descalificación, no un genuino esfuerzo por abordar el problema de la violencia y la exclusión en nuestra sociedad, pues como señala Sofía García-Bullé en su artículo Lenguaje inclusivo y lenguaje de accesibilidad, el asunto no es oponer estas dos formas, y mucho menos con el propósito de la descalificación, sino comprender que la sociedad es un espacio complejo, múltiple y diferencial que requiere nuevas maneras de reconocimiento.

Ahora bien, en esta línea de reflexión hay una cuestión importante a considerar, y es la pregunta por la posibilidad de construir comunidad sin aspirar a lo homogéneo. Como apunta el filósofo italiano Roberto Esposito, la comunidad en la modernidad es comprendida desde el punto de vista de lo homogéneo y de la propiedad, que depende de la exclusión de lo diferente para consolidarse. Esposito regresa al sentido etimológico de la palabra comunidad, communitas, entendida como ley que obliga al intercambio en tanto apertura a la alteridad. Así que la comunidad en su sentido originario tiene que ver con la apertura a la diferencia, lo heterogéneo, y no con una colectividad cerrada ante todo aquello que la contradiga, organización muy cercana a la forma sectaria. Este último tipo de estructuras suele estar articulado en relación con la propiedad, pues se posee un saber, un objeto, una raza, que en su pureza no debe ser mancillada por una exterioridad ajena.

En este sentido, no debemos perder de vista que la posibilidad de nombrar lo diferente y darle reconocimiento es un ejercicio de construcción de la comunidad, entendida como apertura a la diferencia, y no implica la construcción atomizada de grupos cerrados sobre sí mismos que excluyan toda alteridad, ya que esto restaría la potencia política y transformadora de la sociedad civil. Me parece que si no comprendemos esto existe el riesgo de acercarnos a una sociedad atomizada en individualidades cerradas, excluyentes e incluso violentas ante la presencia de otras, entendiéndolas como exterioridad amenazante. Tal como propone Rivero Weber, nombrar y reconocer la diferencia tiene por finalidad fortalecer el tejido social desde la complejidad y la multiplicidad, y esto debe tenerse presente en el debate.

Queda muy claro que el paradigma heteronormativo es inoperante ante la diversidad de las maneras de entender el mundo, los cuerpos y la sexualidad, y esta ruptura ha dejado ver una multiplicidad compleja, donde cada parte de esa diversidad merece reconocimiento. Seguramente el lenguaje es incapaz de nombrar esa complejidad en su totalidad, ya que no puede capturar de una vez y para siempre lo real; sin embargo, paradójicamente, es por esa imposibilidad que el lenguaje mismo abre posibilidades para elaborar el mundo en el que vivimos. El gesto de recurrir al lenguaje inclusivo y no binario, más que insertarse en un territorio únicamente lingüístico, es ético-político, y si bien es temprano para determinar si se acepta o no como regla, me parece que la discusión debe ser resultado de hacer escucha al gesto que se manifiesta, pues es el signo de una alteridad que pide reconocimiento desde su diferencia. El debate en torno al lenguaje es una manera en la que la sociedad se piensa a sí misma, y espero que la discusión lleve a repensar nuestros vínculos desde lo heterogéneo.

* Jonathan Caudillo Lozano es maestro en Saberes sobre Subjetividad y Violencia por parte del Colegio de Saberes y doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana. Realiza investigación sobre temas centrados en la relación entre el cuerpo y la animalidad en la Filosofía y las artes escénicas. Ha publicado diversos artículos en revistas especializadas, y es autor del libro Cuerpo, crueldad y diferencia en la danza butoh, una mirada filosófica, editado por Plaza y Valdez. Actualmente realiza una estancia posdoctoral en el Programa Universitario de Bioética.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

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Imagen BBC