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“Destecnologicemos” nuestra vida
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Una vida examinada: reflexiones bioéticas
El Programa Universitario de Bioética (UNAM) desarrolla investigaciones interdisciplinarias, docencia y difusión que promuevan la... Continuar Leyendo
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“Destecnologicemos” nuestra vida
El mundo virtual ha traído ignorancia, enajenación, adicción, credulidad, manipulación, destrucción de la privacidad y una pérdida total de las nociones de respeto y debate, entre otros problemas.
17 de febrero, 2021
Por: Rodrigo Ruiz Spitalier
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Se me pregunta a menudo si lo que quiero es volver a la humanidad premecanista; demagógicamente, se me pregunta si lo que deseo es prescindir de la heladera eléctrica. No, lo que yo quiero es algo mucho más modesto: es bajarla del pedestal en que ella está entronizada como un grotesco diosecillo laico, para ponerla al nivel del suelo, en la cocina. Donde le corresponde.

Ernesto Sábato, “Las letras y las artes en la crisis de nuestro tiempo”

 

En 2020 el documental de Netflix El dilema de las redes sociales (The social dilemma) llegó para escandalizar y horrorizar a una sociedad entubada en el mundo virtual, y que por años lo había visto como “la octava maravilla”. Finalmente quedó expuesto, por participantes de esa misma industria, el lado oscuro de la era digital, el cual no se previó, acaso, por idolatría hacia lo tecnológico. Personalmente, yo siempre fui escéptico de las redes sociales (nunca pasé del correo electrónico), igual que de muchas aplicaciones del teléfono. Pero si bien algunas de las cosas reveladas en el documental ya las veía venir, otras me sorprendieron, sobre todo porque descubrí que yo tampoco he sido inmune.

Espero que sea innecesario decir, trilladamente, algo como “No niego todas las ventajas que ha traído el mundo virtual, etcétera”; por supuesto que no las niego, estoy escribiendo esto para una publicación digital. Pero se ha vuelto igual de obvio que, cuando apareció esta nueva dimensión, “la gente se apantalló por sus aportes sin predecir los potenciales peligros”. Que algo sea útil e impresionante no significa que no vaya a tener consecuencias negativas, así como “que sea tecnológicamente posible no significa que sea éticamente aceptable”; eso debimos haberlo aprendido hace casi un siglo, cuando los valores de la Modernidad (entre ellos la adoración ciega por el avance tecnológico) quedaron refutados por sus consecuencias catastróficas. Si bien la tecnología construyó la civilización 1, la penosa situación actual, sobre todo en la parte ecológica, demuestra que nuestra especie ha cometido errores de perspectiva que necesitamos cambiar; ese es justamente uno de los propósitos de la Bioética.

En este caso, lo que pretendía mejorar la información se ha usado para desinformar; lo que iba a ampliar la interacción social acabó por envenenarla; lo que quería “difundir positividad” está aniquilando autoestimas (esto lo confiesa el creador del botón like de Facebook); etcétera. Lo sé: ese nunca fue el propósito, no tiene necesariamente que ser así… pero lo es. The social dilemma demuestra que, en la práctica, el mundo virtual ha traído ignorancia, enajenación, adicción, credulidad, manipulación, destrucción de la privacidad y una pérdida total de las nociones de respeto y debate, entre otros problemas. Este mundo nació y creció sin una guía ética… y henos aquí.

Hace tiempo, el rechazo de la tecnología todavía se consideraba algo romántico, caricaturesco o hasta reaccionario, pero ya es tiempo de admitir que recibir pasivamente cada novedad que surge no es un curso de acción menos ingenuo. Por ello pienso que podríamos plantearnos una opción que sonará radical: empezar a rechazar reflexivamente algunas invenciones; es decir, no adquirir individualmente lo que no nos sirve ni permitir como sociedad lo que no nos conviene. No hablo de renunciar a todo y volver a la prehistoria; lo que propongo más bien es: uno, reevaluar el lugar que ciertas tecnologías ocupan en nuestra dinámica cotidiana, cosmovisión y lista de prioridades, en contraste con el que sería sano que ocuparan; y dos, actuar en consecuencia, esto es, asegurarnos de delegarlas estrictamente a lo segundo. No estimo conveniente destecnologizar totalmente la civilización, pero sí un poco, por lo menos en el ámbito virtual, la vida diaria. Y, dado el papel prominente que ocupan hoy las redes sociales, deberíamos empezar por allí.

Los ingenieros de Internet que, al hablar de sus experiencias, son los que realizan la denuncia en el documental, ya mencionan posibles soluciones para los problemas que señalan. Muchos nos dicen tajantemente: “borra tus cuentas, desinstala tus aplicaciones”. No porque todas sean detestables, sino porque si no las necesitamos y nos pueden hacer daño o, en el mejor de los casos, robarnos tiempo y atención que estarían mejor empleados en otras cosas (incluso en lo que concierne a la recreación) ¿qué caso tienen? Por eso los entrevistados también proponen limitar el tiempo que pasamos en línea. El participante principal, Tristan Harris, coincide además en implementar políticas (de preferencia, de Estado) orientadas a regular los aspectos nocivos, como la cantidad de información que se almacena en línea; él ya antes había propuesto regular éticamente el diseño redes y plataformas, enfocándose no tanto en “mejorar” la experiencia como en disminuirla.

En este mismo tenor, yo diría que la clave se resume en dos términos que tal vez incomoden: “regular” y “restringir”, sin que equivalga a “oprimir”. Cuando se alababa cómo las redes “aumentan la libertad” se olvidaba la paradoja ética de que, a mayor libertad, más restricciones se requieren, para evitar que esa libertad sea usada de forma dañina. Con esto en mente, añado a las anteriores algunas ideas propias.

En el plano individual debemos restringir nuestro uso, reflexionando qué grado y qué tipo de aparatos y aditamentos virtuales necesitamos de verdad, qué importancia les damos y qué consecuencias tienen. El resultado empírico debería ser usar únicamente lo que nos es objetivamente útil, únicamente en la medida y la cantidad de tiempo en las que objetivamente nos es útil: a eso me refiero con “destecnologizar” nuestra vida. Debo admitir que esta idea sí tiene algo de radical, pues lo anterior incluiría usar el teléfono para comunicarse y no para tomar tres mil selfies; olvidarse de los followers y enfocarse en los amigos; olvidarse de los perfiles y tratar de ser mejores personas; renunciar a un tipo de convivencia falso y venenoso, donde uno puede lanzar su opinión a los cuatro vientos como si fuera la única válida y odiar a sus disidentes impunemente, para resignarse a las reglas de la convivencia en el mundo real.

En una perspectiva pública, considero que la creación misma de nueva tecnología (virtual o de otro tipo) debería reorientarse y restringirse estrictamente a lo que se necesita, siempre buscando su posible lado negativo para “curarlo en salud”. Un nuevo modelo de celular puede ser más avanzado que el anterior, pero ¿cuáles de estos avances son realmente útiles y para qué? Eso sin mencionar la generación de basura electrónica por el constante reemplazo de modelos, al que casi nos obligan. Mientras tanto, los recursos que se invierten en crear aplicaciones adictivas y ociosas son recursos que no se están invirtiendo en tecnología que nos ayude a resolver los problemas urgentes que padecemos en el mundo físico; igual a como la industria automotriz sigue generando autos “mejorados” sin concentrarse en acelerar la creación de vehículos de menor impacto ambiental, por poner un ejemplo. Así las cosas, valdría la pena pensar hasta qué punto deben regularse la investigación y el desarrollo en general.

Así pues, considero que es una buena oportunidad para regular sensatamente la tecnología: que se rediseñe, se limite a lo útil, deseche lo inútil y destruya lo dañino. Hay una lección que debió de haberse aprendido hace mucho tiempo, antes de que llegaran el Internet y los gadgets: si se inventa una herramienta, que puede tener alcances extraordinarios, hay que usarla, verla y vivirla como eso: una herramienta. Nada menos, y nada más.

* Rodrigo Ruiz Spitalier es Licenciado en Letras Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y actualmente trabaja en el área editorial del Programa Universitario de Bioética. También ha sido colaborador para varias revistas literarias digitales.

 

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

 

 

Referencias:

Cfr. Manuel Segundo Garrido, Estar de más en el globo, Grijalbo, México, 1999.

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