
La semana pasada en dos series distintas de televisión escuché diálogos en donde se decía prácticamente la misma línea: “Mamá, para qué quieres que me preocupe por la universidad si ya hay inteligencia artificial”. Al principio me arrancó una sonrisa, pero conforme más lo iba pensando, menos chistoso me parecía. Y es que, por donde se vea, las implicaciones de esa frase no son muy halagüeñas: por el lado de que ya no se necesita “pensar” o “saber”, porque todo te lo dará la inteligencia artificial (IA), significa renunciar a la capacidad de pensamiento, y si se lo ve por el aspecto de que la educación que se ofrece está resultando obsoleta para el mercado laboral, implica desastrosas perspectivas de empleo para generaciones más jóvenes.
Como madre de dos preadolescentes, no puedo permanecer indiferente frente al tema. Si de por sí antes de la invención de ChatGPT el sistema educativo en general parecía desfasado del resto del mundo, ahora parecieran existir en universos paralelos.
A diferencia de otras tecnologías anteriores, esta adopción ocurrió de la noche a la mañana. Casi literal. De un día para otro, los profesores se encontraron con que sus alumnos podían entregar tareas completas elaboradas por ChatGPT, distintas entre sí, sin ser identificable el plagio. En Estados Unidos y muchos países de habla inglesa, la respuesta inicial por gran parte de las escuelas fue prohibir su uso y el de otras herramientas conocidas como Large Language Models (LLM), ya que generaban entender y generar texto de forma similar a los humanos. Sin embargo, a tres años de su lanzamiento en noviembre del 2022, estas medidas se han relajado un poco. Tanto alumnos como profesores lo han incorporado dentro de sus actividades de aprendizaje de manera positiva.
Aunque los profesores reportan aprovechar las ventajas de la IA generativa para planear mejor sus clases, y tener acceso a recursos y actividades novedosas, son quienes por ahora llevan la mayor carga de este cambio. El mayor peso es para los de nivel universitario y nivel medio superior, ya que son quienes dependen más del trabajo externo a las aulas, para promover y evaluar el aprendizaje.
Algunos han decidido darle la vuelta a la tortilla a la enseñanza, cambiando el rol del alumnado frente a la información. Los alumnos pasan de ser creadores de contenidos a ser supervisores. En vez de pedirles que escriban sobre algún tema, juntos buscan en clase los resultados que les arroja herramientas como ChatGPT, y las critican. Analizan si tiene lógica, si es cierta la información, o sugieren ideas respecto a cómo se podría haber abordado el tema de forma distinta.
De inicio esto suena bien, innovador, adaptado a los tiempos cambiantes. Sin embargo, presenta el inconveniente de que no se promueve la originalidad de pensamiento. Es decir, de creación de ideas. Si nuestro papel de ahora en adelante se va a limitar a sancionar ideas, ciertas habilidades cognitivas se atrofian.
Según un estudio conducido por el Massachusetts Institute of Technology (MIT) Lab, en el cual se ponía a un grupo de estudiantes a realizar un ensayo con ChatGPT y a otros con Google o sin ayuda, se descubrió que quienes lo hacían con la ayuda de la IA generativa mostraban menos áreas de su cerebro iluminadas. La actividad neuronal disminuía en un 47 % en promedio. A primera vista su ensayo era más completo, pero al terminar el ejercicio estos estudiantes tenían una menor retención de lo aprendido. Su atención en el proceso había sido menor. Y esto es importante, ya que la memoria juega un papel fundamental en el aprendizaje y creación de conocimiento, según las neurociencias. Sólo puedes comparar y establecer patrones respecto de cualquier tema, si tienes guardado ese contenido.
Incluso para sacarle provecho a esta inteligencia artificial, se necesita obtener a priori esas funciones cognitivas relacionadas con la originalidad de pensamiento. Sólo puedes saber que la IA está equivocada si conoces previamente sobre un tema. Así que el sistema educativo debe garantizar que esas habilidades permanezcan. Quizás una primera propuesta sería limitar el uso de la inteligencia artificial a nivel primaria, donde se fundan las bases de estas habilidades; sin embargo, es aquí donde se han presentado casos de éxito con herramientas para facilitar el aprendizaje, por ejemplo, para facilitar la lectura o el entendimiento de matemáticas, así como para el desarrollo de idiomas.
En Estados Unidos se han instalado escuelas privadas, las llamadas Escuelas Alpha, que dependen mayoritariamente de aplicaciones de inteligencia artificial. Los profesores no imparten las clases, simplemente guían el aprendizaje o resuelven dudas. Cada veinte minutos, los alumnos descansan. Se identifica como gran ventaja un mayor rendimiento, tener más tiempo para dedicar a otras actividades, y la posibilidad de avanzar a un ritmo individualizado.
Efectivamente, las plataformas de IA resultan muy útiles para atender a poblaciones con necesidades especiales: permiten traducir un contenido a múltiples lenguajes (incluyendo el de señas) de manera inmediata, repetir una lección hasta que el alumno entienda, o proponer sin esfuerzo material nuevo y más avanzado para los pupilos más dotados. Herramientas como Lexia ayudan a leer a aquellos estudiantes más tímidos, que quizá no se atrevan a leer un texto en frente de la maestra o compañeros por miedo a ser juzgados, y que encuentran en la IA un interlocutor más respetuoso y amable.
La clave de estas herramientas es que de antemano fueron diseñadas para la educación. El sistema educativo espera que el alumno dé respuestas. ChatGPT da respuestas, pero las plataformas educativas están diseñadas para acompañar al alumno en utilizarlas. Es por ello que pueden aportar valor, aunque estudios realizados en niños de varias edades demuestran que leer un libro en dispositivo digital activa menos el cerebro que hacerlo en uno físico, según comenta la investigadora Maryanne Wolf en su libro Reader: Come Home. Que un adulto le lea a un niño, dispara toda una serie de conexiones que no son posibles con la IA.
Lo mismo con los profesores. Si bien un agente de IA pueda parecer tener más conocimiento, explicar de manera más divertida y clara, y ser más paciente que un profesor de carne y hueso, la realidad es que nuestro cerebro está hecho para procesar información de la vida real. El aprendizaje que se obtiene de la IA es más volátil, los alumnos le prestan menos atención; en cambio, la interacción con una persona dispara más actividad cerebral, crea circuitos que dejarán una huella. Especialmente en aspectos como lo emocional-social, como señala la neuróloga Vanessa Pytel.
Todavía es pronto para saber si estos experimentos educativos como las Escuelas Alpha tendrán éxito, pero lo que ya puede vislumbrarse es la necesidad de capacitar al profesorado. Desafortunadamente, tanto alumnos como maestros no reportan haber recibido la capacitación adecuada para utilizar la IA generativa. Conforme a la encuesta Crossroads: Navigating the Intersections of AI, en México, el 51 % de estudiantes no saben cómo usarla. Además, no se trata de cómo usar en sí la herramienta o de hacer prompts, sino de identificar cómo posibilitar el aprendizaje en este nuevo entorno. Buscar la pedagogía.
Para ello es indispensable revisar la misión del sistema educativo. Si sólo se trata de acumular conocimiento y obtener destrezas, la educación como la conocemos se vuelve obsoleta frente a la IA. Pero si lo que se busca es el desarrollo humano, entonces lo importante es redefinir los métodos con los que se plantea llegar a ello. La discusión no es trivial, es casi filosófica, ya que el ser humano siempre se había planteado como un ente con una capacidad excepcional de inteligencia. Si eso ya no es lo que lo distingue, qué es lo que sí. Ese será el valor agregado que deberá buscarse propagar en un nuevo sistema educativo.
No resulta claro que se esté llevando a cabo un redimensionamiento de este tamaño en la política educativa de los países. Para variar, este nuevo cambio en los países no desarrollados será aún más complicado, y ahondará los rezagos ya existentes. Las desventajas de posibilidad de plagio y renuncia al pensamiento original estarán presentes como en todo el mundo, pero las oportunidades de capacitación de los maestros y de contar con equipo para hacer un uso adecuado de la IA tardarán demasiados años en presentarse.
Es decir, que los alumnos que quieran copiar respuestas lo harán más fácil y con mayor impunidad, sin que se gocen de las ventajas motivacionales y personalizadoras de los programas educativos de IA en las aulas. Al respecto, recuerdo que hace diez años al platicar con una de las fundadoras de Zorro Rojo -una organización mexicana dedicada a enseñar a leer y escribir a niños mayores de ocho años-, me señalaba que niños llegaban hasta quinto de primaria sin saber leer y escribir bien, gracias al acceso que tenían a la información que les daba un celular. No quiero ni pensar lo fácil que será aparentar progreso ante sus maestras para estos niños rezagados al contar ahora con ChatGPT.
Si bien resulta posible imaginar que no será necesario aumentar el número de maestros para enfrentar estos cambios, lo innegable es que el nivel de preparación de los mismos deberá ser sin lugar a dudas más alto del actual. En especial porque lo que se busca no es inundar el tiempo de escuela con pantallas, sino dotar a los niños de las habilidades y conocimientos necesarios para que el uso que hagan en sus casas sea a favor, y no en detrimento de su aprendizaje. Esto resulta crucial si tomamos en cuenta que es muy probable que saliendo de la escuela los niños tengan acceso a varias horas de pantalla, cuyo abuso actual está llevando a un incremento en la ansiedad de niños y adolescentes, con funestas consecuencias en su salud mental, que en casos extremos está llevando al suicidio. Es decir, que se debe de dar capacitación para la IA, sin que el uso de pantallas en la clase sea predominante.
También es importante destacar que la IA al día de hoy ha sido diseñada para complacer. Y para promover el estudio, es necesario que alguien externo al alumno ofrezca resistencia a la procrastinación y distracción que de manera automática presentamos los seres humanos. La concentración y atención que estudiar requiere no se presenta de manera fácil. Si el alumno le dice a ChatGPT “No quiero seguir estudiando”, probablemente le diga que se tome un descanso o le proponga otras actividades para realizar; no le va a insistir que lo haga ni le explicará los motivos por los que es importante que lo haga. De ahí que la presencia de maestros competentes refuerce su papel en el sistema educativo.
Por último, el cambio frente al mercado laboral es bastante incierto. No sólo se trata de entrenar a la gente en el uso de una herramienta nueva, como había venido ocurriendo con muchos cambios tecnológicos, sino que implica un viraje de rumbo en la idea que teníamos de valor agregado que puede aportar la humanidad a la economía en al menos el último siglo.
Antes, se veía a la tecnología como automatizadora de actividades monótonas, repetitivas, que en una época hicieron los animales y luego las máquinas. Luego, sirvió de facilitadora de operaciones humanas fácilmente parametrizables. Pero la IA generativa ha penetrado en el mundo de la creación y la identificación de contexto, que se concebía como exclusivo de lo humano. Trabajos “de escritorio”, que solían ser considerados como punta de lanza de la economía contemporánea, corren ahora peligro. Como es el caso de los mismos programadores, pero también los doctores, psicólogos y artistas. Paradójicamente, tendrán más empleo quienes laboren en áreas lejanas a la IA, en actividades manuales que los robots todavía no dominan. Imposible saber cuáles permanecerán así.
Claro que hay muchas industrias que seguirán teniendo el ritmo de crecimiento de las tecnologías anteriores, donde lo conveniente para un joven será aprender a usarlas para implementarlas. Pero la posibilidad de actuación autónoma de las tecnologías dificulta la visualización del futuro. Se pone en evidencia la tensión que ha existido en la educación previamente a la IA, sobre la misión del sistema educativo, si debe de servir para crear competencias para el mercado laboral o para el desarrollo humano en la sociedad. O las dos. Parece un buen momento para volver a discutirlo, regular y actuar en consecuencia.
En pocas palabras, por lo que se ha observado hasta ahora, la IA tiene gran potencial de complementar la actividad de aprendizaje en las aulas, pero su uso debe de ser reglamentado, y no podrán sustituir a los profesores de carne y hueso. Es imperativa la capacitación de los profesores y alumnos en el uso de la IA, y no sólo como entrenamiento de uso, sino para facilitar los objetivos de aprendizaje. Para ello es indispensable revisar lo que se busca con la educación, garantizando el desarrollo de las habilidades cognitivas a la niñez. Las grandes empresas de tecnología ya están viendo cómo adaptar las herramientas tipo ChatGPT a la educación, pero como es natural, sólo buscarán su propio interés. Las agencias educativas de los países deben involucrarse de forma activa, ya que la pervivencia de las cualidades humanas que nos hacen ser lo que somos, depende de ello.

Se trata de uno de los incendios más agresivos de la década y se extendió por las regiones de Ñuble y Biobío en el sur de Chile.
Sandra Soto, de 62 años, no se quiso ir a dormir la noche del sábado 17 de enero.
Las llamas que se veían a lo lejos desde la casa que compartía con su pareja en la población Ríos de Chile, localidad de Lirquén, región del Biobío, la tenían inquieta.
Estaba sola y algo le decía que las cosas se iban a complicar y que no era seguro quedarse en el bloque de dos pisos en el que vivía.
Decidió llamar a un taxi para irse a la casa de sus padres.
Cuando volvió a la mañana siguiente para buscar su uniforme de trabajo se encontró sólo con escombros.
“Nosotros quedamos en la calle, todo se desintegró”, le dice a BBC Mundo.
La técnica en enfermería es una de las tantas personas que lo perdieron todo en el que se considera uno de los incendios más agresivos de la década en el país sudamericano, y que afecta las regiones de Ñuble y Biobío, en el sur de Chile.
Lirquén, en la comuna de Penco, es una de las zonas más afectadas por los siniestros que ya han alcanzado 34.000 hectáreas.
El gobierno de Chile decretó estado de catástrofe y siguen los esfuerzos por extinguir los focos activos, mientras el país se viste de luto ante una tragedia que ya cuenta 20 muertos y decenas de heridos, desaparecidos y damnificados.
No todos corrieron la suerte de Sandra en la población en la que vive.
La mujer explica que, al volver a su casa la mañana del domingo, se enteró del verdadero infierno que vivieron sus vecinos y familiares, quienes optaron por quedarse protegiendo sus enseres mientras las llamas se acercaban cada vez más.
“Al subir para acá yo no podía creer cómo quedó todo. Vimos cómo sacaban los cuerpos”, relata.
“Aquí detrás de nuestra casa un matrimonio se quemó completo. Al frente otros vecinos muertos. Entonces, es muy grave”, agrega.
En varios momentos de la conversación, Sandra se quiebra.
Dice que lo más fuerte para ella fue el temor que sintió por la vida de su familia.
Antes de irse en taxi donde sus padres, pasó a despertar a su hermana Marlenne Soto, de 56 años, quien vive en la misma población con sus hijos y su nieta.
Intentó convencerla de que evacuaran, pero ella no quiso dejar su casa. Tampoco su cuñada. “Yo les decía que arrancaran, pero ellas pensaron que estaba exagerando”, recuerda.
“Les decía ‘por favor, vengan conmigo’. Pero me decían que no, que no era para tanto”.
Pasaron varias horas antes de que Sandra pudiera confirmar que su hermana estaba viva y que su cuñada también había sido evacuada del lugar.
Dice que nunca se va a olvidar de lo que sintió cuando se reencontró con Marlenne.
“Menos mal que salieron, porque muchos no quisieron salir por cuidar sus cosas y ahora están muertos. La casa de mi hermana quedó hecha carbón”, sostiene.
“No todos querían hacer caso de arrancar, dejar todos sus bienes, su esfuerzo, su sacrificio. Nosotros nos endeudamos para tener una cama, una tele, yo sigo endeudada. Ahora no sé qué va a pasar con nosotros”.
Sandra afirma que, hasta ahora, no ha recibido ayuda directa de ninguna autoridad.
Este lunes se quedará a pasar la noche junto a su pareja, Jorge Moya, en uno de los tantos albergues que se han habilitado para las víctimas de los incendios.
Para ella la prioridad es resolver, aunque sea de manera provisoria, la situación de vivienda de las miles de personas que quedaron en la calle.
“Porque yo me pregunto, ¿dónde van a ir a vivir los que no tienen ningún apoyo? ¿Qué va a ser de ellos?, si no tienen una red”, plantea.
Sandra recalca que “lo importante es que el mismo gobierno se ponga la mano bien en el corazón y actúe de forma rápida y oportuna. Porque esto de verdad es algo muy complejo”.
“Ahora imagínese si yo estoy de allegada en la casa de la mamá de mi pareja, qué va a ser de mí…porque claro, yo voy a tener un pancito, un cafecito, pero dónde voy a dormir, dónde me voy a duchar, dónde me voy a lavar, dónde voy a calentar agua. Qué voy a hacer, uno no se puede organizar porque es un caos el que uno tiene en la cabeza. ¿Por dónde empiezo? De verdad, por dónde empiezo”.
Matías Arriagada se ha convertido en una de las caras más tristes de la tragedia en la localidad de Lirquén.
Estaba trabajando en la región de Rancagua durante el fin de semana cuando las alertas sobre la gravedad de los incendios en la zona se intensificaron.
Al no poder contactar con su familia, utilizó sus redes sociales para saber si alguien había tenido novedades sobre sus padres.
Horas después, subió un video a Instagram para contar que su papá, Pedro Arriagada, murió consumido por las llamas.
“Me acabo de enterar, mi papá falleció en el incendio, falleció acostadito con mi perrita, se quemó toda la hueá, porfa, necesito que la mayor cantidad de gente, a nivel país, se reúna y ayude a toda la gente de ahí, por favor, se los pido”, relató en el video.
“Yo más encima voy manejando, me quedan hartas horas todavía, necesito llegar y saber cómo está mi mamá, ya me informaron que mi papá fue consumido por las llamas”, dijo.
El video se viralizó ampliamente en redes sociales y en medios locales, ante lo que el joven inició una campaña para recaudar fondos e ir en ayuda de otras víctimas de los incendios.
“Por fa, mi gente, porfa, yo no soy influencer ni nada, pero necesito que la mayor parte del país se junte y colabore y ayude a la gente que lo está pasando pésimo, yo soy uno de ellos, pero toda la gente lo está pasando muy mal en Lirquén, Penco, todos los alrededores, por favor, necesitamos ayuda, tanto material, agua, ropa y gente que vaya a cooperar, a ayudar”.
De acuerdo a las autoridades, la comuna de Penco es la más golpeada.
Ahí es donde se concentra el mayor número de muertos, cifra que podría seguir aumentando conforme se realicen las labores de localización e identificación de los cuerpos.
Patricio Valenzuela, vendedor de 47 años, relató lo que vivió al evacuar su vivenda en esa zona.
“Fuego, humo y todo negro. La gente corría desesperada, algunos gritaban. Era prácticamente como una zona de guerra. Y eso que estábamos en la parte baja. Yo no tenía idea de que mientras yo estaba abajo, esto (la parte alta) se estaba quemando”, le dijo a la agencia de noticias AFP.
Matías Cid, estudiante de ingeniería de 25 años, también habló con AFP: “A las 2:30 de la madrugada el fuego estaba fuera de control. Había remolinos, consumió las casas de la población de abajo y después se propagó hacia arriba. Ya no había forma de quedarse”.
Y añadió: “El humo era muy tóxico. Salimos solo con la ropa que llevábamos puesta, con nada más. Tuvimos muy poco contacto con otros vecinos y logramos evacuar rápido, porque creo que si nos hubiéramos quedado 20 minutos más, habríamos muerto calcinados”.
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