
Este año se elegirán puestos clave para la impartición de justicia en nuestro país. Sin embargo, nos enfrentamos a la falta de conocimiento de las funciones de cada uno de los puestos que integran el Poder Judicial Federal por parte de la población votante. Es posible identificar varios factores que representan obstáculos para que la ciudadanía comprenda del todo cómo opera el sistema judicial mexicano. Algunos factores pueden ser la complejidad del sistema, ante el uso de términos técnicos y procedimientos complejos, además de una menor presencia y distancia enorme con la ciudadanía, a diferencia de los Poderes Legislativo y Ejecutivo (se percibe como distante, formal, caro y exclusivo) y por último, la exagerada complejidad de las leyes.
A ello se añaden confusiones entre instituciones y sus funciones. Por ejemplo, la existencia de instituciones como la “Policía Judicial” creó el imaginario de imprecisiones como que la policía forma parte del Poder Judicial (en realidad forma parte del Ejecutivo) o que las juezas y jueces son los encargados de hacer las investigaciones para perseguir delitos.
Para explicar mejor las funciones de los tres cargos principales del Poder Judicial Federal proponemos la analogía de un edificio que consta de tres pisos:

Es el juez o jueza que te recibe al entrar al edificio. Por lo tanto, será la primera autoridad que recibirá tu demanda, conocerá de tu asunto y se encargará de resolver los conflictos que le presentemos, es decir, emitir una sentencia. Algunos pueden ser especializados por materias (penal, civil, administrativa, de trabajo, entre otras) o mixtos (resuelven los asuntos de cualquier materia).
En caso de considerar que la sentencia que fue emitida en primera instancia (primer piso) es injusta o creas que existieron errores, tienes la posibilidad de acudir al segundo piso, donde se encuentran los Tribunales Colegiados de Circuito.
Cada Tribunal se integra por 3 magistrados o magistradas, con la finalidad de disminuir posibilidades de que se emitan sentencias arbitrarias o detectar cualquier irregularidad. Estos magistrados serán los responsables de revisar y en su caso, confirmar que el juez tenía la razón o modificar la sentencia.
A diferencia de los Juzgados de Distrito, en este caso se llevan a cabo audiencias públicas (que pueden ser consultadas por internet) en donde cada magistrado expone las razones por las que cree que el juez tenía razón o estaba equivocado y al final se realiza una votación. Gana quien obtenga la mayoría de votos.
Si el primer piso (Juzgado de Distrito) es el responsable de recibir demandas, analizar y emitir las sentencias y el segundo piso es quien revisa que no existan errores y en su caso, los corrige, ¿para qué existe la Suprema Corte? Bueno, el tercer piso se encarga de resolver casos más complejos o relevantes para el país.
Accedemos al tercer piso cuando los Tribunales Colegiados o los Ministros de la Suprema Corte consideran que es necesario un análisis más profundo, debido a que no existen casos similares o las repercusiones políticas o económicas afectarían a gran parte de la población. Esta es la última instancia en México, una vez que llega un caso a la Corte y es resuelto, ya no hay otra instancia en el país.
Por lo tanto, cuando llega un caso hasta la Suprema Corte existirá un análisis minucioso y detallado con la finalidad de evitar que se vulneren los derechos humanos, se preserve el orden legal, se frenen abusos de autoridad y pueden encargarse de obligar a las autoridades a respetar las sentencias cuando se nieguen a cumplir. Las decisiones de la Corte pueden generar criterios que las otras autoridades (Juzgados o Tribunales) deben utilizar al resolver casos similares.
Además de juicios de amparo, es la única instancia que puede resolver las controversias constitucionales (invasión a las competencias entre autoridades) y acciones de inconstitucionalidad (analiza si una norma vulnera la Constitución).
Esta analogía simplifica el mundo del Poder Judicial, cuyos órganos se encuentran en cada estado de la República (llamados “circuitos judiciales”). Aunque no juzgan sólo en el estado en el que se encuentran, es decir, un juzgado de Baja California puede protegernos contra actos de autoridad que fueron ordenados en la Ciudad de México (como el IMSS, el SAT, o cualquier institución que se encuentre en esta Ciudad). Por lo tanto, carece de sentido que los cargos federales se dividieran arbitrariamente como lo hizo el INE, ya que genera mayor confusión sobre la integración y función del Poder Judicial. Los jueces que sean votados en Iztapalapa o Benito Juárez no resolverán sólo para estas alcaldías.
Debemos recordar que la promesa de estas elecciones era la creación de un Poder Judicial cercano a la ciudadanía, libre de nepotismo, sin corrupción y ágil. Sin embargo, ni en la regulación o ejecución de las elecciones encontramos elementos encaminados a la creación de un nuevo Poder Judicial con todas estas características. En cambio, tenemos reglas para las campañas que fomentan la colusión de los candidatos con grupos políticos o económicos con poder, y diluyen el entendimiento de cómo debe operar un Poder Judicial. Un ejemplo preocupante sobre la desinformación de las funciones del Poder Judicial son las propuestas de los candidatos que no pueden cumplir, entre las que se encuentra la modificación de leyes o planes de estudio, cuando son facultades que sólo le corresponde al Poder Legislativo o universidades.
No debemos perder de vista que la característica más importante de las personas juzgadoras es que tengan presente que, más allá de cualquier interés, actúen en cumplimiento de sus funciones y protegiendo los derechos humanos de las personas, no de los grupos que los apoyaron en su elección. Porque será la institución que nos proteja ante cualquier arbitrariedad y es nuestra llave de acceso a la justicia.

La baja de sus soldados en los recientes eventos en Venezuela han expuesto los riesgos estratégicos de la política exterior de La Habana.
Desde el amanecer del jueves, multitudes de personal militar, funcionarios del gobierno y civiles alinearon el trayecto entre el aeropuerto de La Habana y el Ministerio de Fuerzas Armadas para aplaudir el cortejo fúnebre con los restos repatriados de 32 oficiales cubanos muertos en Venezuela.
Los líderes de Cuba -desde el Raúl Castro hasta el presidente Miguel Díaz Canel- estuvieron en el aeropuerto para recibir las cajas con las cenizas de sus “32 héroes caídos”.
En el vestíbulo del edificio ministerial, cada caja fue cubierta con una bandera cubana, acompañada de una fotografía correspondiente al soldado o agente de inteligencia con las palabras “honor y gloria”.
No obstante, a pesar de la pompa y todos los homenajes militares, esta ha sido una experiencia aleccionadora para la Revolución Cubana.
En primer lugar, se cree que es la mayor pérdida de combatientes cubanos a manos del ejército de Estados Unidos desde la invasión de Bahía Cochinos en abril de 1961.
El hecho de que hayan pasado seis décadas y media con un escasamente comparable intercambio de fuego entre tropas cubanas y estadounidenses, ni durante la Guerra Fría ni después, es una muestra de lo rara que es.
No es necesariamente sorprendente que los mejor capacitados y mejor dotados soldados estadounidenses de la Fuerza Delta salieran virtualmente ilesos, especialmente dada su reputación de élite dentro del ejército más poderoso del mundo.
Pero eso no es un consuelo para los afligidos familiares de los fallecidos que, con lágrimas, colocaron sus manos sobre las cajas de madera en La Habana.
Es más, en los días posteriores a la intervención militar estadounidense en Venezuela y la remoción forzada de Nicolás Maduro del poder, el gobierno cubano se vio obligado a reconocer algo que durante mucho tiempo había negado: la propia existencia de oficiales de inteligencia de Cuba dentro de los corredores del poder en Caracas.
Ahora ha quedado claro, como muchos lo habían afirmado en Venezuela, que los cubanos han estado presentes en todos lo niveles del aparato de seguridad de ese país y que los acuerdos de inteligencia bilaterales eran una parte crucial de las relaciones cubano-venezolanas.
En resumen, el gobierno de La Habana ha compartido con sus socios venezolanos sus años de experiencia sobre cómo mejor mantener el poder con mano de hierro. Las 32 bajas en suelo venezolano eran parte de esa estrategia compartida.
Tras sus muertes, sin embargo, los cubanos parecen estar sintiendo el remezón del cambio bajo sus pies.
La presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, sostuvo una conversación telefónica con el presidente Trump, después de la cual el mandatario estadounidense la describió como una “persona estupenda”.
Hace solo tres semanas hubiera sido casi impensable escuchar semejante elogio del mismo gobierno que describió a su predecesor como el líder de un régimen de “narcoterroristas”.
Todo hace pensar que los gobiernos de Rodríguez y Trump están encontrando un modus vivendi. Pero hasta el momento pocos en el gobierno de Cuba parecen haber entendido cómo eso deja su situación o su visión compartida con Venezuela de un socialismo controlado por el Estado.
Washington insiste en que la Revolución Cubana tiene sus días contados.
Sin embargo, un integrante de la “generación original” de revolucionarios está en desacuerdo. Víctor Dreke, de 88 años, es un contemporáneo de Fidel Castro y del Che Guevara, y afirma que el actual conflicto con EE.UU. tiene similitudes con la invasión de Bahía Cochinos auspiciada por la CIA en abril de 1961.
Dreke comandó dos batallones ese día y sostiene que los cubanos aún podrían repeler cualquier intento parecido.
“Si EE.UU. nos trata de invadir, alborotarán un nido de avispas”, expresó, citando a Raúl Castro. “Ni siquiera verían a nuestros combatientes saliendo, hombres y mujeres”.
“Si los estadounidenses ponen un solo pie en suelo cubano, no será como su cobarde emboscada de nuestros combatientes en Venezuela”, afirma Dreke. “Aquí, las cosas serían muy diferentes”.
En los últimos días, la televisión estatal cubana ha emitido imágenes de reservistas civiles recibiendo entrenamiento en el uso de armamento por parte del ejército cubano.
Hay coincidencia en que un enfrentamiento con el ejército de EE.UU. sería una pelea desigual. El ataque de EE.UU. en Venezuela tuvo la intención, en parte, de resaltar ese aspecto al resto de la región.
Los riesgos para Cuba son particularmente altos.
La isla está sufriendo amplios apagones que son graves en La Habana, pero mucho peores en las provincias.
La economía, malograda por el embargo económico de EE.UU. y deficiente administración gubernamental, cojea en el mejor de los casos. El combustible escasea y el motor de la economía, el turismo, no ha podido recuperar sus niveles anteriores a la pandemia.
Es dentro de este ya complejo panorama que los cubanos intentan vislumbrar la pérdida casi total del apoyo venezolano. Para la mayoría, esto plantea un escenario lúgubre.
Pero el excomandante Dreke sostiene que Cuba ha sobrellevado tiempos difíciles antes y puede hacerlo otra vez con suficiente fervor revolucionario.
Cuba no quiere un conflicto con el gobierno de Trump, insiste, y no estará buscando aumentar las tensiones con Washington.
“Pero eso no quiere decir que no estaremos listos”, añade, desafiante.
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