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Protocolos contra la Violencia y Discriminación: la obligación de prevenir la discriminación en los centros de trabajo
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Protocolos contra la Violencia y Discriminación: la obligación de prevenir la discriminación en los centros de trabajo

No podemos seguir gestionando la discriminación como si fuera un error de sistema que se soluciona con un parche. La exigencia de este 2026 es pasar de la cultura del “cumplimiento” (cumplo y miento) a una de responsabilidad proactiva.
12 de febrero, 2026
Por: Pablo César Lezama Jiménez

El pasado 15 de enero de 2026, se publicó en el Diario Oficial de la Federación una reforma fundamental en materia de igualdad sustantiva que impacta directamente, entre otras normativas, a la Ley Federal del Trabajo (LFT). Este cambio normativo busca terminar con la era de la simulación: ahora, las condiciones de trabajo deben garantizar por ley entornos laborales seguros, con un respeto irrestricto de los derechos humanos y reconociendo las diferencias entre mujeres y hombres; sin embargo, desde el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED) sabemos que una reforma, por avanzada que sea, no borra de un plumazo la resistencia cultural de las estructuras de poder.

La urgencia se refleja en la realidad operativa que documentamos cada año. Según los informes de atención de COPRED de 2023 y 2024, el ámbito laboral sigue siendo el terreno donde más se violenta, entro otros, el derecho a la igualdad y no discriminación. En 2023, este sector representó el 74.5 % de los casos admitidos, y las más de 1,800 atenciones en el 2024 confirman que no hablamos de casos aislados, sino que en los centros de trabajo el sistema todavía castiga el embarazo, segrega por discapacidad y utiliza el acoso como herramienta de control.

México ha intentado ponerse al día en el papel. Desde la reforma de 2019 ya existía la obligación de tener protocolos, y en 2022 se ratificó el Convenio 190 de la OIT. Este convenio es fundamental porque reconoce que la violencia laboral no es un “asunto privado”, sino una violación de derechos humanos; no obstante, aún con los cambios normativos, cuando desde el COPRED celebramos audiencias de conciliación para atender las quejas y reclamaciones en espacios laborales la pregunta que nos asalta es: ¿dónde estaban los protocolos cuando estas personas fueron violentadas? La respuesta suele ser el silencio o la exhibición de un documento genérico, descargado de internet, que nadie conoce y nadie sabe aplicar.

El rigor jurídico de esta reforma se vuelve tangible en el nuevo alcance del artículo 16 de la LFT. Ahora, tanto la parte empleadora como las personas trabajadoras tienen la obligación legal de contribuir a un entorno libre de violencia hacia las mujeres. Pero para que esto no sea letra muerta, debemos fomentar la figura del testigo proactivo. No se trata sólo de cumplir con la capacitación obligatoria que marca la ley, sino de romper activamente los pactos de silencio colectivos que normalizan el “chiste” sexista, el comentario racista o la descalificación por género. El compromiso legal nos exige dejar de ser espectadores de la violencia para convertirnos en agentes de contención dentro del espacio de trabajo.

Un protocolo que realmente busque la justicia debe ser restaurativo, pero sobre todo trasformador. No basta con el despido de la parte agresora; la justicia real implica sanar el tejido roto y asegurar que el daño no se repita porque la estructura misma ha cambiado. Esto incluye, necesariamente, la externalización de las investigaciones cuando se trata de altos mandos. La verdadera prueba de fuego para una empresa es su capacidad de permitir que un ojo externo e imparcial juzgue a sus directivos para evitar que la jerarquía se convierta en impunidad.

Las reformas de enero de 2026 nos dan una herramienta nueva: la obligatoriedad de acreditar la eficacia en estos entornos. Ya no es suficiente con “tener” el protocolo; ahora hay que probar que funciona. En mi paso por distintos Organismos de Defensa y Promoción de Derechos Humanos he visto cómo la falta de perspectiva de derechos humanos convierte procesos administrativos en trámites revictimizantes. Un protocolo sin interseccionalidad —que no entiende que la violencia contra las mujeres tiene matices distintos a la que vive una persona que vive con discapacidad— es en la práctica, un documento nulo.

No podemos seguir gestionando la discriminación como si fuera un error de sistema que se soluciona con un parche. La exigencia de este 2026 es pasar de la cultura del “cumplimiento” (cumplo y miento) a una de responsabilidad proactiva. Las instituciones y corporativos deben entender que la prevención no es un gasto, sino la base de la estabilidad social. El tiempo de las buenas intenciones se terminó. Hoy, garantizar un centro de trabajo libre de violencia es el estándar mínimo de dignidad; es una obligación y un derecho que, desde las instituciones de derechos humanos y el marco legal vigente, ya no es negociable.

* Pablo César Lezama Jiménez es asesor jurídico en la Coordinación de Atención y Educación del COPRED.

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Imagen BBC
Un paso en falso y todo podría salir mal: los buzos de Ucrania que despejan minas submarinas rusas
7 minutos de lectura

Un equipo de buzos especializados tiene la peligrosa y lenta tarea de desminar las zonas del mar Negro que todavía siguen bajo control de Ucrania.

08 de febrero, 2026
Por: BBC News Mundo
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El mar Negro está plagado de armas mortales. Pero nadie sabe cuántas hay ni dónde están.

“Cuando nos acercamos a una, debemos guardar silencio, debemos ser lentos y debemos ser muy exactos”, cuenta Vitalii, moviendo su mano como una serpiente, a medida que describe cómo nada entre las aguas oscuras hacia los dispositivos explosivos que yacen en el suelo del mar.

El buzo ucraniano de 31 años, alto y de voz suave, es parte de un equipo de 20 personas con la tarea de desminar partes del mar Negro que aún están bajo control de Ucrania.

Las minas son uno de los legados más traicioneros y duraderos de la guerra. Continúan activas y mortales durante décadas; las que están en el mar presentan riesgos adicionales, ya que pueden dejarse llevar por las corrientes y las tormentas.

Las minas submarinas colocadas por Moscú al inicio de su invasión a gran escala, cuando los barcos rusos se acercaban a Odesa, no son diferentes. Y el peligro no es hipotético: el verano pasado tres nadadores murieron por la explosión de minas frente a la costa de Odesa.

Dos soldados de la marina de Ucrania miran desde un muelle hacia el mar Negro.
BBC
Se estima que hay miles y miles de minas y artillería no detonada en el mar Negro.

El comandante del grupo de defensa contra las minas de la marina, un joven irónico de mirada aguda que se identifica como Fox (zorro), estima que el número de minas en el mar asciende a miles.

Pero no son los únicos peligros que acecha en las profundidades. Misiles, proyectiles de artillería, bombas y minas terrestres fueron arrastradas río abajo hasta el mar cuando la presa Kakhova fue volada en 2022. Estos artefactos también podrían explotar en cualquier momento.

“Si hablamos en general de artillería no detonada -misiles, proyectiles de artillería, bombas aéreas- el número total será mucho más alto” que varios miles, indica Fox.

El trabajo de su equipo es tan peligroso como vital.

A pesar de la magnitud de la contaminación, el tráfico marítimo no ha parado, y un número significativo de barcos mercantes todavía opera en el único corredor de exportación marítima que parte de Ucrania.

Mapa del mar Negro y los países colindantes con las zonas bajo control militar ruso.
BBC

Para Ucrania, el esfuerzo por despejar el suelo del mar es parte de un intento más amplio de mantener los puertos en el mar Negro activos, particularmente por barcos comerciales que generan un flujo muy necesitado de ingresos.

Apoyados por un ejército enorme, Moscú logra mantener más o menos el control del frente de guerra; pero en el mar, Ucrania ha logrado emparejar las condiciones en el terreno de juego.

Desde un café que da al golfo de Odesa, el portavoz de la marina, Dmytro Pletenchuk, señala el mar que se extiende más allá de la ventana.

“Hay paridad en el dominio marítimo en este momento”, afirma.

“Encontramos maneras de golpearlos; ellos buscan maneras de contraatacarnos. Lo que funciona hoy no funcionará mañana, para ambos lados. Ellos adoptan nuestra experiencia, nosotros la de ellos”.

Los barcos ucranianos no pueden desplazarse más allá del área que rodea a Odesa porque Rusia controla gran parte de la costa.

Seis hombres en unifore de camuflaje y con pasamontañas que esconden sus caras, sentados en un barco. El mar Negro se ve en el fondo.
Cortesía: Marina de Ucrania
Para despejar una sola mina se requieren dos días, varias embarcaciones y el trabajo de 20 personas.

Y Moscú también parece haber llegado a la conclusión de que sacar muchos barcos de sus bases navales en el mar Negro supone un gran riesgo, ya que estarían al alcance de los ataques aéreos ucranianos.

En 2024, Rusia retiró su último barco de patrullaje de la península ocupada de Crimea.

“Aunque Rusia tenga una ventaja en tierra y en el aire, no lo tiene en el mar”, añade.

“Aquí, la principal táctica rusa, la masa, no funciona”.

“La guerra naval es tecnológica. No puedes dominar una zona con ‘carne'”, asegura Pletenchuk, usando el término para referirse al gran número de soldados con los que cuenta Rusia.

El empate en el mar ha permitido que las exportaciones por mar de Ucrania continúen y se mantenga abierto el llamado “corredor del cereal”.

Lo que sale por mar representa más de dos tercios de las exportaciones agrícolas de Ucrania que, según unos informes, suman un total de US$9.000 millones. Es una fuente de ingresos esencial para Ucrania.

Dos miembros del equipo de buzos que buscan minas. Están bajo el agua que tiene un color verde brillante.
Cortesía: Marina de Ucrania
Los buzos se acercan lentamente hacia la mina, segundo a segundo, y luego permanecen inmóviles un tiempo antes de seguir moviéndose.

Aunque los ataques aéreos siguen siendo una realidad cotidiana, las embarcaciones continúan navegando en la zona.

“A juzgar por el hecho de que el tráfico naviero no ha decaído, (las empresas comerciales) están dispuestas a tomar estos riesgos”, indica Pletenchuk, señalando dos buques grandes que se desplazan en el horizonte.

Ahora, mantener viables las rutas marítimas también depende de que se despeje la amenaza bajo la superficie.

Las minas y artillería sin explotar siguen siendo una herramienta pasiva que Rusia puede utilizar para afectar el tráfico marítimo, aún sin tener el propio control del mar Negro.

Ahí es donde aparecen los buzos como Vitalii.

“Nos movemos con cuidado y muy lentamente para que la mina no detone”, explica Vitalii, describiendo el arduo y lento proceso de desminado. “Te mueves un segundo, luego te quedas quieto un tiempo, y repites eso hasta llegar al objeto”.

“Generalmente, hay hasta 20 metros antes de llegar hasta el objeto, así que te puedes imaginar todo el tiempo que se tarda en acercarse a él”.

Dos miembros del equipo arrastran una mina hasta la orilla del mar Negro.
BBC
Dos miembros del equipo arrastran una mina hasta la orilla.

Pero antes de que la misión submarina para desminar pueda siquiera comenzar, el grupo de Vitalii debe identificar el objeto, ya que hay misiles y un sinfín de bombas de la Segunda Guerra Mundial sin explotar que yacen en el lecho del mar al lado de las minas rusas.

El comandante Fox explica que las minas generalmente se clasifican en dos categorías: minas de contacto, que detonan al golpearse, y minas de influencia, que explotan cuando sus sensores detectan cambios de sonido, presión o magnetismo.

“Normalmente, el sensor acústico es el que está activado”, indica. “Si escucha un sonido, puede activar otro sensor”.

Los grandes barcos comerciales son particularmente vulnerables a las minas magnéticas, que responden a los cambios del campo magnético.

“La mina yace en el fondo y explota cuando una embarcación grande se acerca”, cuenta Fox, imitando el chasquido de dos imanes que se juntan de golpe. “Hasta ese momento, simplemente espera”.

Los dos buzos se acercan a cada dispositivo en silencio absoluto, utilizando respiradores de circuito cerrado que no emiten burbujas. Una vez identifican una mina, la detonación misma suele tomar lugar al día siguiente.

Vitalii explica que los sensores se desactivan inicialmente por medio de una serie de explosiones controladas, con la primera a unos 10 metros de distancia. Solo entonces se pueden acercar los buzos al dispositivo en sí. La decisión final -de mover la mina o destruirla en el sitio- la toman en el cuartel general.

Esta operación quirúrgica requiere dos días, varias embarcaciones y el trabajo de 20 personas, todos operando bajo la constante amenaza de misiles y drones rusos, tanto aéreos como marinos, que fácilmente podrían hacer detonar las minas.

Mapa de la zona del mar Negro en la que se encuentran las minas submarinas colocadas por Rusia.
BBC

Durante los ataques aéreos, las señales de GPS se codifican, lo que hace imprecisas las lecturas del sonar.

Desminar el mar no es imposible, pero hacerlo en medio del combate activo incrementa el riesgo considerablemente. “Todo puede salir mal”, señala Fox.

Vitalii asiente. Una vez, recuerda, cuando se acercaba a una mina usando el sonar, otro objeto apareció en su pantalla, desplazándose lentamente en la oscuridad.

Al principio pensó que podría ser un dron submarino ruso, y que la mina detonaría. Después, dio la vuelta y vio cuatro o cinco delfines que pasaban a su lado nadando.

“Hermoso, sí”, reconoce, abriendo los ojos. “Pero no en ese momento”.

Según Pletenchuk, el grupo de desminado neutralizó más de 50 minas en 2025, sólo una fracción del total.

En 2023, la Marina Británica donó a Ucrania dos embarcaciones buscaminas que podían acelerar la labor, pero debido a que los barcos grandes en el mar Negro son un objetivo fácil, continúan atracadas en Reino Unido y no serán desplegadas hasta que se acuerde un cese el fuego. Dos años después de que las dos embarcaciones fueran entregadas, esa posibilidad sigue siendo remota.

En las actuales condiciones, dice Vitalii, el despeje del lecho marino tomará decenas de años.

A pesar de los riesgos, los ingresos generados por las exportaciones marítimas serán cada vez más esenciales para Ucrania cuanto más se prolongue la guerra. Así que los buzos como Vitalii continuarán regresando al agua, alternando entre el movimiento y la quietud a medida que nadan hacia el peligro.

Con reportería adicional de Liubov Sholudko.

BBC

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