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Sobran trabajos y alumnos, faltan datos y política educativa congruente
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Sobran trabajos y alumnos, faltan datos y política educativa congruente
No entiendo cómo se va a solucionar el problema de que los egresados carecen de habilidades demandadas por el mercado laboral si se les restringe el acceso a desarrollar dichas habilidades. ¿De verdad es mejor no aceptar alumnos aunque haya lugares que ofertar, que aceptarlos cuando no cumplen ciertos criterios académicos? ¿No sería mejor evaluar los programas de las universidades y la estructura de enseñanza en México para mejorar la transmisión de dichas habilidades?
03 de marzo, 2014
Por: Milena Ang
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Por: Milena Ang (@MiloSimpatica)

Leí con muchísimo interés la columna publicada por Carlos Elizondo sobre el problema de la educación terciaria en México. El tema me parece relevante: hay un evidente desfase entre las ofertas laborales y las opciones educativas que debe ser resuelto si queremos disminuir el desempleo y minimizar la inversión en educación que puede ser inútil. Elizondo identifica tres problemas sobre la educación superior en México: “la baja calidad de muchas universidades,” que “el valor relativo de un estudiante de educación superior depende de la demanda por sus talentos respecto a la oferta de estudiantes como él” y “la transformación del mercado de trabajo”. Sin embargo, el análisis referido me dejó con más preguntas que respuestas, y espero usar este espacio para hacer esas preguntas y reflexionar sobre las implicaciones que dicho texto puede tener para las políticas educativas en México.

El primer problema se ejemplifica atinadamente con la encuesta del CIDAC sobre competencias profesionales, en las que empleadores afirman que tienen vacantes que no pueden llenar porque, por lo menos en un 70% de casos, los egresados tienen mala comunicación oral y escrita. Las universidades, sostiene, carecen de criterios académicos sólidos para regular quién entra a la educación superior. Prueba de ello es que a la UNAM se puede ingresar a estudiar Matemáticas Aplicadas con el 50% de los aciertos en el examen de admisión. Aquí existen dos líneas argumentativas que vale la pena explorar a profundidad ya que las implicaciones normativas y de políticas públicas son muy distintas. Una es que los exámenes de admisión no son suficientemente rigurosos y la segunda, que las universidades no educan bien a los que sí entran.

Sobre el primer argumento (los exámenes de admisión no son lo suficientemente rigurosos), no me queda claro si se está implicando que es correcto y deseable constreñir la oferta educativa terciaria si los demandantes de dicha oferta no cumplen ciertos requisitos académicos. Lo que sí parece sugerir el autor es que aumentar la rigurosidad académica en las admisiones es un primer paso para resolver el problema de la educación terciaria. Sin embargo, no entiendo cómo se va a solucionar el problema de que los egresados carecen de habilidades demandadas por el mercado laboral si se les restringe el acceso a desarrollar dichas habilidades. Es decir, por un lado el problema parece ser que no hay suficientes egresados capaces, pero la solución propuesta es restringir el acceso a la educación terciaria. La pregunta relevante, creo, es ¿de verdad es mejor no aceptar alumnos aunque haya lugares que ofertar, que aceptarlos cuando no cumplen ciertos criterios académicos? ¿No sería mejor evaluar los programas de las universidades y la estructura de enseñanza en México para mejorar la transmisión de dichas habilidades?

El segundo argumento (las universidades, en particular las malas universidades, no educan bien a los que sí entran) me parece convincente (un poco por obviedad ya que se podría decir que una universidad mala es, por definición, la que no educa bien a sus estudiantes), pero creo que hay dos cosas que vale la pena mencionar. Una, que el autor no da mucha idea de cuáles son las prácticas en las que se incurren en las malas universidades. Creo que lo más cercano a esto es la afirmación de que estudiantes de malas universidades “lograron aprender que la supuesta causa de todo el problema laboral es el modelo neoliberal que no genera suficientes empleos”. Pero esto no señala una mala praxis educativa, sino que establece una distancia entre el autor y una opinión sobre las causas del desempleo. Creo que sería útil saber en específico qué hace a una universidad una mala universidad. ¿La planta docente? ¿El currículo? ¿Los servicios bibliotecarios? ¿El proceso de admisión? ¿Todo lo anterior? ¿Existen datos cuantitativos, evidencia cualitativa, o análisis sobre dichas universidades? De manera importante ¿no valdría la pena analizar estas hipótesis para poder identificar problemas específicos antes de llamar a combatir “modelos” de educación cuyas características no son muy claras?

[contextly_sidebar id=”6fe13c308e5a914474398a760934e12f”]El segundo problema identificado por Elizondo es que el valor de un egresado es relativo al de otros egresados con perfiles similares. Sobre esto el autor afirma: “La educación superior no puede ser un derecho para todos. Menos aun [sic] para quienes deciden estudiar disciplinas que no tienen mayor demanda en el mercado de trabajo”. Lo cual confunde un poco ya que el problema anterior parecía ser que no había trabajadores capacitados suficientes, pero ahora también parece ser que sobran profesionistas (no sabemos si capacitados o no) pero en áreas con baja demanda. Lo que entiendo es que se sugiere que la oferta educativa terciaria debería estar homologada a oportunidades laborales, pero no es obvio quién será el encargado de planear e implementar dicha homologación. Es decir, si como afirma el autor “la educación no puede ser un derecho para todos,” ¿quién determinará y bajo qué criterios quién sí gozará este derecho?

Sobre el tercer punto no hay mucho que aportar, a mi parecer, desde una política educativa. Sí, es cierto que la economía no ha crecido tanto y que muchas plazas laborales son reemplazadas por nuevas tecnologías mucho más baratas. Quizás en este sentido dos posibilidades serían (1)mantener a los profesores actualizados sobre desarrollos tecnológicos y de las disciplinas de las que son parte, para que éstos puedan asesorar oportunamente a alumnos y construir o mantener programas de estudio competitivos, y (2)generar información centralizada y legible sobre las opciones de trabajo, salarios promedio, expectativas educativas y perspectivas a corto, mediano y largo plazo por carrera.

Independientemente de las soluciones propuestas en el texto de Elizondo y en esta respuesta, me parece que es fundamental pensar en las consecuencias redistributivas inherentes a cualquier política educativa. De otra manera, se corre el riesgo de emprender acciones que puedan resultar en la ampliación de la brecha de desigualdad (ya de por sí preocupante y creciente) en México.

 

* Milena Ang es licenciada en Ciencia Política y Relaciones Internacionales por el CIDE. Actualmente estudia el doctorado en Ciencia Política en la Universidad de Chicago, donde se enfoca en transparencia, prácticas democráticas y metodología de las Ciencias Sociales.

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