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Las protestas en Irán: entre la realidad y la ficción mediática
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Las protestas en Irán: entre la realidad y la ficción mediática

Las protestas en Irán no se articulan en torno a la figura del Sha ni a la restauración de un orden monárquico ni a la adhesión a un proyecto político alineado con Occidente. Se trata de movilizaciones descentralizadas que expresan, ante todo, el hartazgo acumulado frente al deterioro de las condiciones materiales de vida, la precarización económica y las restricciones impuestas sobre el ámbito social.
12 de enero, 2026
Por: Adrián Marcelo Herrera Navarro

Desde hace un par de semanas Irán ha experimentado un nuevo estallido social con protestas masivas en más de 180 ciudades del país. Estas manifestaciones iniciaron el pasado 28 de diciembre del 2025 y cientos de miles de personas han salido a protestar a lo largo del país. Sin embargo, desde occidente las protestas que periódicamente sacuden a Irán suelen ser interpretadas como episodios reducidos a una lucha binaria entre autoritarismo y democracia liberal. Esta lectura simplificada no solo resulta insuficiente para analizar la compleja situación iraní, sino que distorsiona las causas profundas del malestar social dentro del país. Aunado a esto, vemos una serie de campañas mediáticas que buscan aprovechar las protestas para promover una visión de las protestas afín a las agendas políticas de las capitales occidentales.

En el núcleo de las movilizaciones se encuentran, ante todo, factores económicos y sociales como la precarización acelerada, la pérdida sistemática del poder adquisitivo debido a la constante devaluación del Rial y el hartazgo de muchos sectores de la población, sobre todo jóvenes, a la imposición de una moral religiosa que regula la vida cotidiana, y esto no es nuevo, desde hace una década las protestas masivas han sido una constante en la vida pública de Irán.

El deterioro económico fue el catalizador de las protestas. La devaluación crónica del Rial, combinada con una inflación persistente, ha erosionado los ingresos reales de amplios sectores de la población. El encarecimiento de bienes básicos, el desempleo juvenil y la falta de expectativas materiales han producido una frustración acumulada entre la población iraní. Estas condiciones no pueden ser comprendidas únicamente como efectos colaterales de las sanciones internacionales, sino también como resultado de una economía política profundamente ineficiente, capturada por élites religiosas y militares, incapaz de ofrecer horizontes de estabilidad económica para la mayoría de la población, aun cuando la economía iraní tiene el potencial de diversificarse y crecer aún en un entorno de sanciones internacionales.

A esto se le suma un conflicto social más profundo. Irán lleva un par de años experimentando una profunda transformación social en el ámbito moral. Tras las protestas desencadenadas por la detención y muerte de Mahsa Amini en el 2022, que dieron origen al movimiento de protesta “Mujer, vida y libertad”, amplios sectores de la población, sobre todo mujeres y jóvenes han mostrado su rechazo hacia la imposición de las rígidas normas religiosas que regulan el comportamiento en la vida cotidiana. El control del cuerpo, de la vestimenta, de las formas de relacionarse y del comportamiento en general ejercido, especialmente sobre las mujeres, ha sido usado como un mecanismo de control social por parte del régimen que hoy genera un rechazo creciente, incluso entre sectores que no necesariamente se identifican con proyectos políticos liberales u occidentales.

En este contexto las manifestaciones estallaron en distintos puntos de Irán, iniciando con comerciantes y tenderos del Gran Bazar de Teherán y, posteriormente, con otros sectores de la población como mujeres, sindicatos, jóvenes y estudiantes universitarios. En poco tiempo, las protestas se extendieron no solo a las principales ciudades, sino también a localidades más pequeñas, donde pasaron de una queja por la situación económica a una exigencia de transformación sistémica. En respuesta, las autoridades iraníes recurrieron a la represión violenta, deteniendo a miles de personas, causando la muerte de cientos de manifestantes y dejando a muchos otros heridos, al tiempo que se bloqueó el acceso a internet en el país como método de contención, tanto de la organización de las protestas como de la información que sale del país.

Sin embargo, a pesar del claro origen económico y social del descontento, podemos ver como una narrativa distinta ha ganado tracción en medios occidentales: la idea de que las protestas en Irán estarían orientadas hacia una restauración monárquica, encarnada en la figura de Reza Pahlaví, hijo del último Sha (rey). Esta interpretación no solo es problemática, sino que resulta profundamente artificial cuando se contrasta con la realidad de las movilizaciones dentro del país. Es cierto que se han visto símbolos monárquicos en las manifestaciones y que la idea de una restauración monárquica encuentra cierto respaldo en sectores específicos de la sociedad iraní. No obstante, la centralidad que ha adquirido Reza Pahlaví como figura de oposición es resultado, en gran medida, de la ausencia de un liderazgo alternativo claro, así como de la falta de un programa político unificado entre los manifestantes, más allá de demandas como el fin del régimen, la secularización de la vida pública o denuncias derivadas de la corrupción, la represión o la inflación.

Esta falta de referentes, no solo entre los manifestantes, sino entre la oposición iraní ha favorecido a Pahlaví, quien al menos cuenta con reconocimiento de nombre y ha cultivado durante décadas apoyos en favor de la monarquía, sobre todo en Occidente. Sin embargo, su capacidad de convocatoria dentro de Irán sigue siendo limitada. Esto se debe, por un lado, al rechazo a la idea de la monarquía y, por otro, a que para muchos iraníes Pahlaví perdió la legitimidad que aún conservaba al expresar su apoyo a los bombardeos israelíes contra Irán en junio de 2025, lo que erosionó su apoyo incluso entre sectores firmemente opositores al régimen.

El resurgimiento de los símbolos monárquicos en las protestas se explica, en parte, por la neutralización sistemática de otras figuras de oposición con capacidad para encabezar una transición hacia un horizonte secular. Figuras como Narges Mohammadi y Mostafa Tajzadeh han pasado años entrando y saliendo de prisión, mientras que otras, como Shirin Ebadi o Masih Alinejad, viven en el exilio, lo que ha limitado de manera significativa la posibilidad de articular un liderazgo opositor coherente frente al régimen. En este contexto, la aparente reaparición de símbolos monárquicos en las calles de Teherán no debe interpretarse como un llamado a restaurar la corona, sino como una vía de escape frente a un callejón político sin salida.

De igual forma, cabe mencionar que buena parte de esta narrativa sobre la restauración de la monarquía se construye a partir de las manifestaciones de la diáspora iraní en ciudades como Londres, Nueva York, Washington o París. En estos espacios, sectores específicos de la diáspora iraní, muchos de ellos vinculados histórica y simbólicamente al antiguo régimen, han desplegado símbolos monárquicos y discursos que apelan a una supuesta continuidad entre sus demandas políticas y las protestas que ocurren dentro de Irán. En este marco, no resulta casual que estos sectores de la diáspora manifiesten una afinidad visible con Israel y con Estados Unidos a los que conciben como contrapesos naturales del régimen iraní. Esta afinidad se expresa visualmente en manifestaciones donde es posible ver cómo banderas israelíes y estadounidenses aparecen junto a la bandera iraní prerrevolucionaria. Lo relevante de esto es que, desde ciertos medios occidentales, estas expresiones son presentadas como si fueran la extensión natural del movimiento interno, como si las calles de Londres o Nueva York y las de Teherán o Isfahán hablaran con una sola voz.

El problema de esta equiparación es doble. En primer lugar, borra la complejidad tanto política como social del descontento que existe dentro de Irán, reduciéndolo a un proyecto político específico que no cuenta con evidencia sólida de arraigo popular al interior de Irán. En segundo lugar, confunde deliberadamente intereses distintos que, aunque convergen en su oposición a la República Islámica, emergen de contextos históricos, materiales y políticos radicalmente diferentes. En este sentido esta narrativa no busca comprender ni acompañar las demandas que emergen de las calles iraníes, sino capitalizar el momento de protesta para proyectar agendas ajenas, instrumentalizando un malestar social real sin atender a los intereses ni a las condiciones materiales de quienes lo protagonizan.

La diáspora iraní, particularmente aquella asentada en Occidente, no es un sujeto político análogo ni representativo del conjunto de la sociedad iraní. Sus prioridades, imaginarios y horizontes políticos están moldeados por décadas de exilio, por procesos de integración en economías occidentales y por una relación mediada y muchas veces idealizada con el pasado previo a la revolución islámica de 1979. Esta desconexión entre la experiencia del exilio y la realidad social del Irán actual tiende a traducirse en imaginarios políticos anclados en la memoria y no en las condiciones estructurales del presente.

Las protestas en Irán no se articulan en torno a la figura del Sha ni a la restauración de un orden monárquico ni a la adhesión a un proyecto político alineado con Occidente. Se trata de movilizaciones descentralizadas que expresan, ante todo, el hartazgo acumulado frente al deterioro de las condiciones materiales de vida, la precarización económica y las restricciones impuestas sobre el ámbito social. Más que formular una propuesta política específica más allá del rechazo al régimen, estas protestas ponen en evidencia el agotamiento popular frente a un gobierno incapaz de ofrecer estabilidad económica y márgenes mínimos de autonomía social.

La insistencia occidental en interpretar las protestas iraníes a través del prisma de una posible restauración monárquica no es ni casual ni inocente. Responde a los intereses estratégicos de Estados Unidos e Israel, para quienes un cambio de régimen en Teherán constituye una prioridad geopolítica regional. En este marco, se descubrió que los servicios de inteligencia israelíes han llevado a cabo una operación encubierta de influencia mediática mediante el uso de cuentas falsas y contenido generado con inteligencia artificial para impulsar la figura del príncipe heredero exiliado Reza Pahlaví, presentar la nostalgia monárquica como un componente relevante del descontento social en Irán y promover la idea de una restauración monárquica en Irán. De esta forma, la idea de la restauración de la monarquía no emerge como un sentimiento orgánico, sino como una operación funcional a los intereses occidentales, sobre todo frente a un proceso interno de transformación política y social cuyo desenlace aún resulta incierto. Es así como la figura de Reza Pahlaví paso de una posición periférica, por no decir marginal, en la política iraní, a ocupar un lugar central en la narrativa occidental sobre las protestas.

Esta operación de manejo narrativo tiene consecuencias políticas reales. Al proyectar sobre las protestas internas una agenda externa, se corre el riesgo de deslegitimar el descontento popular dentro de Irán, permitiéndole al régimen caracterizar las manifestaciones como una conspiración extranjera y no como una crisis estructural doméstica. Esto cobra relevancia sobre todo desde que se dio a conocer por medios israelíes que agentes de los servicios de inteligencia israelí han operado para avivar las protestas.

Paradójicamente, la sobrerrepresentación mediática de la diáspora monárquica y el encuadre de las protestas internas como parte de un proyecto de restauración monárquica no solo distorsionan la naturaleza del descontento en Irán, sino que fortalecen las narrativas oficiales del Estado. Al insistir en vincular las movilizaciones que se desarrollan dentro del país con las agendas de la diáspora y de potencias extranjeras, se proporciona al régimen un marco discursivo eficaz para deslegitimar las protestas al presentarlas como el resultado de injerencia externa y no como la legitima expresión de una crisis estructural interna que aviva el descontento popular real que vemos en las calles de la mayoría de las ciudades iraníes.

En última instancia, al día de hoy, las protestas en Irán (vistas más allá de la lente de los medios que auguran el inminente colapso del régimen) se enfrentan a una realidad: el Estado iraní aún mantiene intacta su amplia estructura burocrática y de seguridad, así como una base de apoyo popular todavía significativa. No obstante, este equilibrio se ve crecientemente tensionado por demandas de reformas en los ámbitos social y económico. En este contexto, resulta evidente que desde hace tiempo es necesario un proceso de reforma en Irán, pero este solo tendría legitimidad si emerge desde el interior de la sociedad iraní y no como resultado de una intervención percibida como extranjera.

* Adrián Marcelo Herrera Navarro (@adrianmarcelo96) es maestro en Ciencia Política por El Colegio de México, con especialización en temas de seguridad nacional y relaciones internacionales.

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Por qué Venezuela tiene las reservas de petróleo probadas más grandes del mundo
6 minutos de lectura

A lo largo de más de 100 años de desarrollo petrolero tradicional en Venezuela, se han descubierto alrededor de 75.000 millones de barriles de reservas producibles en unos 320 campos petrolíferos, entre los que se incluyen 28 yacimientos petrolíferos gigantes.

11 de enero, 2026
Por: BBC News Mundo
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El petróleo venezolano ha ocupado las portadas de todos los medios del mundo en estos primeros días de 2026, tras la captura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, por tropas de EE.UU. y las palabras de Donald Trump sobre la riqueza petrolera del país sudamericano.

No es casualidad que Venezuela sea un país petrolero: su posición geográfica, su historia tectónica, la extensión de sus cuencas sedimentarias y la interacción entre clima, relieve y tiempo geológico crearon condiciones únicas para generar y preservar hidrocarburos a escala mundial.

Venezuela está dividida en dos mitades en sentido geológico. Cada parte queda a un lado y a otro de la cordillera de los Andes que se extiende por el oeste y suroeste del país, atravesando los estados de Táchira, Mérida y Trujillo. En esta cadena montañosa destacan el Pico Bolívar, con más de 5.000 metros sobre el nivel del mar, y la Sierra de Mérida.

La existencia de grandes cadenas montañosas en conjunción con cuencas planas tienen mucho que ver en la formación de yacimientos y en cómo se acumuló el crudo a lo largo de los años.

Y aunque las condiciones de su subsuelo son similares a las que se dan en otras potencias petroleras, incluidas su vecina Colombia, unos pocos factores geológicos extremadamente raros son los que llevaron al terreno venezolano a crear la Faja Petrolífera del Orinoco, considerada la mayor acumulación de hidrocarburos del mundo, y los yacimientos del Lago de Maracaibo.

Esas mismas características provocaron, a lo largo de los siglos, que el crudo venezolano sea extrapesado y ácido, rico en azufre y difícil de procesar.

“El crudo pesado -como el de Venezuela- es especialmente importante para la producción de diésel y combustible para aviones”, explica Mauro Ratto, cofundador y director de inversiones, Plenisfer Investments, parte de Generali Investments.

“No es bueno ni malo, simplemente es que tiene otros usos distintos de los que puede tener el crudo ligero. Así es como hay que expresarlo. Es un producto diferente”, dice a BBC News Mundo el geólogo y profesor de la Universidad de Virginia Tech, Philip Prince.

Petrolero visto al amanecer en el Lago de Maracaibo.
Getty Images
Estados Unidos incautó a principios de enero dos petroleros vinculados al crudo venezolano.

¿Por qué Venezuela tiene tanto petróleo?

“Se debe a la forma en que está configurada. Además de tener una roca madre realmente buena y una roca reservorio excepcional, todo encaja a la perfección para tener estos grandes recursos petrolíferos en tierra firme en un volumen tremendo”, responde Prince.

Choque de placas tectónicas

Venezuela se sitúa en el borde norte de América del Sur, en una zona de interacción compleja entre la placa tectónica Sudamericana, la placa del Caribe y la de Nazca.

Este contexto tectónico ha generado cuencas sedimentarias profundas, sistemas de fallas, pliegues y trampas estructurales que acumulan el petróleo a la espera de ser descubierto. Son los elementos geográficos ideales para la acumulación.

“Las placas tectónicas se empujan entre sí. El borde de la placa sudamericana está siendo tragado bajo la placa del Caribe, como si se tratase de una máquina quitanieves apilando roca que tiene literalmente kilómetros de espesor. Por eso, se forman cuencas que se llenan de sedimentos”, cuenta Prince.

“El choque tectónico entierra la roca madre y genera el petróleo, y luego el petróleo migra a esas nuevas capas de sedimentos y se abre camino hacia la parte exterior”, añade.

Lo que el profesor nos describe que los choques tectónicos crean cadenas montañosas elevadas que permiten que los sedimentos que contienen el petróleo se desplacen como si volcáramos un plato hacia uno de sus lados. Ese lado que recoge todo es, por ejemplo, la Faja del Orinoco o los yacimientos del Lago de Maracaibo.

Mapa geográfico de Venezuela con los Andes Venezolanos señalados además de los principales yaciemientos petrolíferos.
BBC

“Las vastas reservas del país se explican quizás mejor si se reconoce que las cuencas actuales son remanentes de áreas sedimentarias mucho más amplias que probablemente alimentaron las trampas geológicas. Esta historia implicó migración y remigración a larga distancia”, escribió el geólogo K. H. James en un artículo en el Journal of Petroleum Geology.

Básicamente, ese cinturón petrolero del Orinoco es casi como si fuera el lugar al que ha ido a parar todo el petróleo de las profundidades de la cuenca.

Ingredientes iniciales del petróleo

Desde sus inicios en la década de 1910 y hasta 1975, la industria petrolera venezolana estuvo operada por empresas privadas, lideradas por las legendarias empresas de la época: Shell, Exxon, Chevron, Mobil, Texaco, Gulf Oil, Sinclair y Phillips, por mencionar algunas.

El primer gran descubrimiento petrolero fue el campo Mene Grande en la cuenca occidental de Maracaibo en 1914. Desde entonces y hasta 1917, se descubrieron varios yacimientos importantes, incluyendo el legendario y gigantesco Campo Costero Bolívar, todos en el occidente de Venezuela.

En la Cuenca Oriental, la producción comercial de petróleo comenzó en 1937 con el descubrimiento del yacimiento de Oficina. A finales de la década, Venezuela producía 560.000 barriles diarios y se había convertido en el tercer mayor productor mundial de petróleo, después de Estados Unidos y la Unión Soviética.

A lo largo de más de 100 años de desarrollo petrolero tradicional en Venezuela, se han descubierto alrededor de 75.000 millones de barriles de reservas producibles en unos 320 campos petrolíferos, entre los que se incluyen 28 yacimientos petrolíferos gigantes.

Pero sus enormes reservas se crearon hace cientos de millones de años.

El Pico Bolívar con la cumbre nevada.
Getty Images
La tectónica de placas influyó crucialmente en la creación de petróleo en Venezuela al generar cuencas sedimentarias.

“En el subsuelo venezolano hay una secuencia gruesa de rocas sedimentarias de grano fino que se deposita en el agua y tiene mucho contenido orgánico. Esta es la fuente del petróleo. Tiene pequeños cuerpos, un poco de plancton y algas, cosas microscópicas que utilizan la fotosíntesis en el agua del océano para vivir. En realidad, esos son los ingredientes iniciales del petróleo”, explica Prince.

Es decir, hace millones de años, existían pantanos prehistóricos con abundantes algas y fitoplancton, y esos materiales se acumularon y acabaron enterrados. Las reacciones químicas a largo plazo, bajo altas presiones, convirtieron toda esa materia orgánica descompuesta en petróleo.

El otro de los elementos indispensables para la formación de los enormes yacimientos es la roca madre del Cretácico, que se encuentra por todas partes en Venezuela, es de muy alta calidad y tiene un enorme potencial para generar petróleo.

“En Venezuela, la roca reservorio es una buena arenisca. Es realmente muy buena para retener el petróleo en el subsuelo y además vemos todas estas fallas que son vías excelentes para trasladar el petróleo a estas pequeñas estructuras geológicas que llamamos trampas, situadas básicamente para recogerlo bajo tierra, de modo que se pueda perforar y extraer”, concluye el geólogo.

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BBC

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