
Desde hace un par de semanas Irán ha experimentado un nuevo estallido social con protestas masivas en más de 180 ciudades del país. Estas manifestaciones iniciaron el pasado 28 de diciembre del 2025 y cientos de miles de personas han salido a protestar a lo largo del país. Sin embargo, desde occidente las protestas que periódicamente sacuden a Irán suelen ser interpretadas como episodios reducidos a una lucha binaria entre autoritarismo y democracia liberal. Esta lectura simplificada no solo resulta insuficiente para analizar la compleja situación iraní, sino que distorsiona las causas profundas del malestar social dentro del país. Aunado a esto, vemos una serie de campañas mediáticas que buscan aprovechar las protestas para promover una visión de las protestas afín a las agendas políticas de las capitales occidentales.
En el núcleo de las movilizaciones se encuentran, ante todo, factores económicos y sociales como la precarización acelerada, la pérdida sistemática del poder adquisitivo debido a la constante devaluación del Rial y el hartazgo de muchos sectores de la población, sobre todo jóvenes, a la imposición de una moral religiosa que regula la vida cotidiana, y esto no es nuevo, desde hace una década las protestas masivas han sido una constante en la vida pública de Irán.
El deterioro económico fue el catalizador de las protestas. La devaluación crónica del Rial, combinada con una inflación persistente, ha erosionado los ingresos reales de amplios sectores de la población. El encarecimiento de bienes básicos, el desempleo juvenil y la falta de expectativas materiales han producido una frustración acumulada entre la población iraní. Estas condiciones no pueden ser comprendidas únicamente como efectos colaterales de las sanciones internacionales, sino también como resultado de una economía política profundamente ineficiente, capturada por élites religiosas y militares, incapaz de ofrecer horizontes de estabilidad económica para la mayoría de la población, aun cuando la economía iraní tiene el potencial de diversificarse y crecer aún en un entorno de sanciones internacionales.
A esto se le suma un conflicto social más profundo. Irán lleva un par de años experimentando una profunda transformación social en el ámbito moral. Tras las protestas desencadenadas por la detención y muerte de Mahsa Amini en el 2022, que dieron origen al movimiento de protesta “Mujer, vida y libertad”, amplios sectores de la población, sobre todo mujeres y jóvenes han mostrado su rechazo hacia la imposición de las rígidas normas religiosas que regulan el comportamiento en la vida cotidiana. El control del cuerpo, de la vestimenta, de las formas de relacionarse y del comportamiento en general ejercido, especialmente sobre las mujeres, ha sido usado como un mecanismo de control social por parte del régimen que hoy genera un rechazo creciente, incluso entre sectores que no necesariamente se identifican con proyectos políticos liberales u occidentales.
En este contexto las manifestaciones estallaron en distintos puntos de Irán, iniciando con comerciantes y tenderos del Gran Bazar de Teherán y, posteriormente, con otros sectores de la población como mujeres, sindicatos, jóvenes y estudiantes universitarios. En poco tiempo, las protestas se extendieron no solo a las principales ciudades, sino también a localidades más pequeñas, donde pasaron de una queja por la situación económica a una exigencia de transformación sistémica. En respuesta, las autoridades iraníes recurrieron a la represión violenta, deteniendo a miles de personas, causando la muerte de cientos de manifestantes y dejando a muchos otros heridos, al tiempo que se bloqueó el acceso a internet en el país como método de contención, tanto de la organización de las protestas como de la información que sale del país.
Sin embargo, a pesar del claro origen económico y social del descontento, podemos ver como una narrativa distinta ha ganado tracción en medios occidentales: la idea de que las protestas en Irán estarían orientadas hacia una restauración monárquica, encarnada en la figura de Reza Pahlaví, hijo del último Sha (rey). Esta interpretación no solo es problemática, sino que resulta profundamente artificial cuando se contrasta con la realidad de las movilizaciones dentro del país. Es cierto que se han visto símbolos monárquicos en las manifestaciones y que la idea de una restauración monárquica encuentra cierto respaldo en sectores específicos de la sociedad iraní. No obstante, la centralidad que ha adquirido Reza Pahlaví como figura de oposición es resultado, en gran medida, de la ausencia de un liderazgo alternativo claro, así como de la falta de un programa político unificado entre los manifestantes, más allá de demandas como el fin del régimen, la secularización de la vida pública o denuncias derivadas de la corrupción, la represión o la inflación.
Esta falta de referentes, no solo entre los manifestantes, sino entre la oposición iraní ha favorecido a Pahlaví, quien al menos cuenta con reconocimiento de nombre y ha cultivado durante décadas apoyos en favor de la monarquía, sobre todo en Occidente. Sin embargo, su capacidad de convocatoria dentro de Irán sigue siendo limitada. Esto se debe, por un lado, al rechazo a la idea de la monarquía y, por otro, a que para muchos iraníes Pahlaví perdió la legitimidad que aún conservaba al expresar su apoyo a los bombardeos israelíes contra Irán en junio de 2025, lo que erosionó su apoyo incluso entre sectores firmemente opositores al régimen.
El resurgimiento de los símbolos monárquicos en las protestas se explica, en parte, por la neutralización sistemática de otras figuras de oposición con capacidad para encabezar una transición hacia un horizonte secular. Figuras como Narges Mohammadi y Mostafa Tajzadeh han pasado años entrando y saliendo de prisión, mientras que otras, como Shirin Ebadi o Masih Alinejad, viven en el exilio, lo que ha limitado de manera significativa la posibilidad de articular un liderazgo opositor coherente frente al régimen. En este contexto, la aparente reaparición de símbolos monárquicos en las calles de Teherán no debe interpretarse como un llamado a restaurar la corona, sino como una vía de escape frente a un callejón político sin salida.
De igual forma, cabe mencionar que buena parte de esta narrativa sobre la restauración de la monarquía se construye a partir de las manifestaciones de la diáspora iraní en ciudades como Londres, Nueva York, Washington o París. En estos espacios, sectores específicos de la diáspora iraní, muchos de ellos vinculados histórica y simbólicamente al antiguo régimen, han desplegado símbolos monárquicos y discursos que apelan a una supuesta continuidad entre sus demandas políticas y las protestas que ocurren dentro de Irán. En este marco, no resulta casual que estos sectores de la diáspora manifiesten una afinidad visible con Israel y con Estados Unidos a los que conciben como contrapesos naturales del régimen iraní. Esta afinidad se expresa visualmente en manifestaciones donde es posible ver cómo banderas israelíes y estadounidenses aparecen junto a la bandera iraní prerrevolucionaria. Lo relevante de esto es que, desde ciertos medios occidentales, estas expresiones son presentadas como si fueran la extensión natural del movimiento interno, como si las calles de Londres o Nueva York y las de Teherán o Isfahán hablaran con una sola voz.
El problema de esta equiparación es doble. En primer lugar, borra la complejidad tanto política como social del descontento que existe dentro de Irán, reduciéndolo a un proyecto político específico que no cuenta con evidencia sólida de arraigo popular al interior de Irán. En segundo lugar, confunde deliberadamente intereses distintos que, aunque convergen en su oposición a la República Islámica, emergen de contextos históricos, materiales y políticos radicalmente diferentes. En este sentido esta narrativa no busca comprender ni acompañar las demandas que emergen de las calles iraníes, sino capitalizar el momento de protesta para proyectar agendas ajenas, instrumentalizando un malestar social real sin atender a los intereses ni a las condiciones materiales de quienes lo protagonizan.
La diáspora iraní, particularmente aquella asentada en Occidente, no es un sujeto político análogo ni representativo del conjunto de la sociedad iraní. Sus prioridades, imaginarios y horizontes políticos están moldeados por décadas de exilio, por procesos de integración en economías occidentales y por una relación mediada y muchas veces idealizada con el pasado previo a la revolución islámica de 1979. Esta desconexión entre la experiencia del exilio y la realidad social del Irán actual tiende a traducirse en imaginarios políticos anclados en la memoria y no en las condiciones estructurales del presente.
Las protestas en Irán no se articulan en torno a la figura del Sha ni a la restauración de un orden monárquico ni a la adhesión a un proyecto político alineado con Occidente. Se trata de movilizaciones descentralizadas que expresan, ante todo, el hartazgo acumulado frente al deterioro de las condiciones materiales de vida, la precarización económica y las restricciones impuestas sobre el ámbito social. Más que formular una propuesta política específica más allá del rechazo al régimen, estas protestas ponen en evidencia el agotamiento popular frente a un gobierno incapaz de ofrecer estabilidad económica y márgenes mínimos de autonomía social.
La insistencia occidental en interpretar las protestas iraníes a través del prisma de una posible restauración monárquica no es ni casual ni inocente. Responde a los intereses estratégicos de Estados Unidos e Israel, para quienes un cambio de régimen en Teherán constituye una prioridad geopolítica regional. En este marco, se descubrió que los servicios de inteligencia israelíes han llevado a cabo una operación encubierta de influencia mediática mediante el uso de cuentas falsas y contenido generado con inteligencia artificial para impulsar la figura del príncipe heredero exiliado Reza Pahlaví, presentar la nostalgia monárquica como un componente relevante del descontento social en Irán y promover la idea de una restauración monárquica en Irán. De esta forma, la idea de la restauración de la monarquía no emerge como un sentimiento orgánico, sino como una operación funcional a los intereses occidentales, sobre todo frente a un proceso interno de transformación política y social cuyo desenlace aún resulta incierto. Es así como la figura de Reza Pahlaví paso de una posición periférica, por no decir marginal, en la política iraní, a ocupar un lugar central en la narrativa occidental sobre las protestas.
Esta operación de manejo narrativo tiene consecuencias políticas reales. Al proyectar sobre las protestas internas una agenda externa, se corre el riesgo de deslegitimar el descontento popular dentro de Irán, permitiéndole al régimen caracterizar las manifestaciones como una conspiración extranjera y no como una crisis estructural doméstica. Esto cobra relevancia sobre todo desde que se dio a conocer por medios israelíes que agentes de los servicios de inteligencia israelí han operado para avivar las protestas.
Paradójicamente, la sobrerrepresentación mediática de la diáspora monárquica y el encuadre de las protestas internas como parte de un proyecto de restauración monárquica no solo distorsionan la naturaleza del descontento en Irán, sino que fortalecen las narrativas oficiales del Estado. Al insistir en vincular las movilizaciones que se desarrollan dentro del país con las agendas de la diáspora y de potencias extranjeras, se proporciona al régimen un marco discursivo eficaz para deslegitimar las protestas al presentarlas como el resultado de injerencia externa y no como la legitima expresión de una crisis estructural interna que aviva el descontento popular real que vemos en las calles de la mayoría de las ciudades iraníes.
En última instancia, al día de hoy, las protestas en Irán (vistas más allá de la lente de los medios que auguran el inminente colapso del régimen) se enfrentan a una realidad: el Estado iraní aún mantiene intacta su amplia estructura burocrática y de seguridad, así como una base de apoyo popular todavía significativa. No obstante, este equilibrio se ve crecientemente tensionado por demandas de reformas en los ámbitos social y económico. En este contexto, resulta evidente que desde hace tiempo es necesario un proceso de reforma en Irán, pero este solo tendría legitimidad si emerge desde el interior de la sociedad iraní y no como resultado de una intervención percibida como extranjera.
* Adrián Marcelo Herrera Navarro (@adrianmarcelo96) es maestro en Ciencia Política por El Colegio de México, con especialización en temas de seguridad nacional y relaciones internacionales.

Arqueólogos en el sur de México encontraron una tumba ceremonial de la cultura zapoteca con detalles arqueológicos y pictográficos extraordinarios.
El hallazgo de una cripta funeraria en el sur de México ha sido catalogado como “el descubrimiento arqueológico más relevante de la última década” en el país.
Se trata de la Tumba 10 de Huitzo, una población al noroeste de la ciudad de Oaxaca, en el sur de México, la cual data del año 600 d.C. y tiene un nivel de conservación e información arqueológica asombroso, según los expertos.
La presidenta Claudia Sheinbaum informó que el descubrimiento se dio en 2025 gracias a una denuncia por saqueo de objetos arqueológicos en la localidad de San Pedro Huitzo.
“Es algo extraordinario, extraordinario, orgullo de los mexicanos, grandeza de México”, dijo con emoción Sheinbaum, al presentar un video del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) con detalles de la tumba.
Y es que según mostró el INAH, la tumba destaca “por su riqueza arquitectónica y pictórica, que aporta información de alto valor sobre la organización social, los rituales funerarios y la cosmovisión” de la cultura prehispánica zapoteca.
Esta civilización prehispánica tuvo varios periodos, entre el 500 a.C. y la llegada de los españoles a México, y dominó varios territorios entre los actuales estados de Oaxaca, Guerrero, Puebla y Veracruz.
Los trabajos arqueológicos de los expertos del INAH indican que la tumba se edificó en el 600 d.C., en el periodo Clásico en el que los zapotecos tuvieron su mayor apogeo.
Se cree que el recinto fue construido con la intención de ser un espacio de ritual o veneración a sus ancestros.
“El hallazgo destaca por la presencia de elementos escultóricos y pintura mural, entre ellos representaciones simbólicas asociadas al poder y a la muerte, así como frisos y lápidas con inscripciones calendáricas, lo que lo sitúa entre los descubrimientos más significativos del patrimonio arqueológico nacional”, indicó el INAH en un comunicado.
En su entrada destaca la imagen de un búho esculpido en piedra que “hace alusión a la noche, la muerte y el poder”, según la cosmovisión de dicha cultura.
Debajo del pico del ave fue tallado el rostro de un señor al que posiblemente estuvo dedicada la tumba, aunque no hay detalles de quién podría haber sido.
La entrada está adornada con jambas (pilares de piedra) labradas con figuras femeninas y masculinas, quizás ancestros enterrados en la tumba.
“Las figuras de un hombre y de una mujer ataviados con tocados y artefactos en ambas manos, quizás los guardianes del lugar, aparecen labradas en las jambas”, detalló el INAH.
A continuación hay una antecámara que contiene un friso (una franja decorativa) sobre un dintel de diferentes lápidas de piedra grabadas con nombres calendáricos.
Y al fondo está la cámara funeraria, la cual tiene una “extraordinaria pintura mural, en colores ocre, blanco, verde, rojo y azul” con imágenes de una procesión de personajes que llevan bolsas de copal, que es un incienso muy usado en los pueblos prehispánicos en rituales sagrados.
Caminan en una suerte de procesión hacia la entrada de la tumba.
Los arqueólogos también encontraron algunos fragmentos óseos que se están analizando para determinar su antigüedad y qué otra información pueden arrojar sobre el recinto funerario.
El mural es extraordinario, pero su estado es delicado debido a la presencia de raíces, insectos y por el efecto de los cambios abruptos en las condiciones ambientales que ha tenido a lo largo de los siglos.
“Se trata de un descubrimiento excepcional por su nivel de conservación y por lo que evidencia sobre la cultura zapoteca: su organización social, sus rituales funerarios y su cosmovisión, preservados en la arquitectura y en la pintura mural”, destacó la secretaria de Cultura, Claudia Curiel de Icaza.
“Una muestra contundente de la grandeza milenaria de México”, añadió
Haz clic aquí para leer más historias de BBC News Mundo.
Suscríbete aquí a nuestro nuevo newsletter para recibir cada viernes una selección de nuestro mejor contenido de la semana.
También puedes seguirnos en YouTube, Instagram, TikTok, X, Facebook y en nuestro nuevo canal de WhatsApp.
Y recuerda que puedes recibir notificaciones en nuestra app. Descarga la última versión y actívalas.