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La ofensiva imperial en Venezuela, el episodio más reciente de la guerra del capitalismo contra la vida
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La ofensiva imperial en Venezuela, el episodio más reciente de la guerra del capitalismo contra la vida

Venezuela, Gaza y Ucrania exponen una misma tendencia: conforme el capitalismo agota fronteras extractivas y enfrenta una convergencia de crisis, va abandonando sus máscaras de democracia, desarrollo y derechos humanos para apoyarse cada vez más en la excepción, la crueldad y la administración tecnificada de poblaciones.
06 de enero, 2026
Por: Carlos Tornel y Pablo Montaño

Lo ocurrido en Venezuela en estos primeros días de enero no es una anomalía: es un cambio de fase en la guerra del capitalismo contra la vida. El secuestro de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses abrió una grieta que atraviesa a toda la región. No sólo por el golpe directo a la ya vulnerada soberanía venezolana, sino porque revela con crudeza un reordenamiento geopolítico que se organiza, cada vez más, en torno a esferas de influencia. El lenguaje que ha venido disfrazando estas intenciones desde hace algunos años (como nearshoring) se convierte en una realidad imperial que busca garantizar acceso a cadenas de valor, corredores logísticos, territorios y recursos para asegurar el flujo del capital, normalizando la guerra como la principal forma de gobierno del capitalismo.

La Estrategia de Seguridad Nacional publicada por la Casa Blanca en noviembre  de 2025 empuja esa orientación. Introduce un “corolario Trump” a la Doctrina Monroe y declara un giro de prioridades hacia el hemisferio occidental. En continuidad con lo que el US Southern Command venía anunciando —la necesidad de asegurar recursos y control regional para intereses militares, económicos y de “subsistencia” de Estados Unidos—, el documento resume sus objetivos en una fórmula operativa: “enlistar” aliados para controlar migración, frenar flujos de drogas, asegurar “estabilidad” y fortalecer control en tierra y mar, y “expandir” cooperación económica y de seguridad. Leído sin eufemismos, esto actualiza el viejo lenguaje de la esfera de influencia con la gramática contemporánea de cadenas de suministro y control territorial.

Lo ocurrido en Venezuela confirma la destrucción absoluta del derecho internacional que ya había ignorado las denuncias de persecución interna de los venezolanos, un proceso que se profundizó con la invasión rusa a Ucrania en 2022 y se volvió abiertamente impune con el genocidio en Gaza y Palestina tras octubre de 2023. La paradoja es brutal: el orden jurídico internacional, diseñado para impedir que la fuerza sustituya al derecho, se ha convertido en un escenario donde el poder justifica sus intereses y deseos imperialistas. La arquitectura del mundo posterior a 1945 exhibe aquí su límite material e ideológico: lo que se asoma es el desgaste del liberalismo como máscara y el avance de un capitalismo cada vez más dispuesto a administrar muerte y colapso.

Trump no se limitó a justificar el operativo como parte de la “narcoguerra”. Declaró que Estados Unidos ahora “dirigirá” o “administrará” Venezuela, reiteró su interés en acceder a las reservas petroleras del país y amenazó con nuevos ataques si el aparato estatal venezolano no “coopera”. Esa explicitación vuelve innecesaria la especulación, cuando el objetivo se anuncia como “orden” y “estabilidad” y se acompaña de la promesa de reconfigurar una industria estratégica. En esto resuenan los discursos oficialistas que justificaron invasiones en Irak (armas de destrucción masiva) o Afganistán (terrorismo) (tan sólo los más recientes): un marco moral-mediático que prepara el terreno para que la fuerza parezca inevitable. La parte silenciosa, la que no se decía, ahora se anuncia en la rueda de prensa. Ya no se especula el interés por el petróleo y el control de los recursos, se presume. La narcoguerra reconfigura el problema de seguridad como un continuo que va del Caribe a la frontera con México, y facilita la traducción de soberanía y conflicto político en expediente penal y amenaza “regional”. Es decir, Venezuela es apenas el primer síntoma de este contexto en el hemisferio.

Ucrania y Taiwán, por su parte, confirman la misma mutación desde el horizonte de influencia ruso y chino —dos potencias que también habían jugado con el futuro de Venezuela y que ahora se establecen como puntos de presión y disputa— sugiriendo que el nuevo tablero se ordena por nodos estratégicos, flujos de capital, acceso a recursos y eliminación de todo excedente (humano y no humano). No hace falta leer esto como conspiración para verlo inquietante: basta reconocer que la política y el derecho internacional están desplazándose hacia una lógica donde los hechos consumados, la fuerza y la administración de zonas de sacrificio pesan más que cualquier orden liberal de “legalidad”  o “justicia”.

Gaza es el laboratorio global de impunidad y de administración de ruinas. Aun con un cese al fuego negociado en octubre de 2025, los ataques continuaron y la vida civil quedó atrapada entre el control territorial, la excepción permanente y la destrucción sistemática de infraestructura básica. Gaza muestra, de forma concentrada, una racionalidad que se expande: la guerra como tecnología, como infraestructura y como sistema de gobierno. No sólo se ocupa territorio; se clasifica a la población entre quienes pueden ser asimilados al orden (todavía explotables) y quienes son declarados prescindibles o exterminables: poblaciones convertidas en estorbo para la acumulación. En ese marco, cualquier pretensión de universalismo jurídico se vuelve borrosa cuando no funciona al nuevo orden, un orden donde la guerra se convierte en el método mismo de construcción geopolítica.

En este contexto, Venezuela se entiende como un nodo energético en un momento de reordenamiento industrial y militar. El mensaje es claro: el control de los recursos —y de las rutas que los movilizan— vuelve a operar como instrumento de gobierno hemisférico. Y cuando ese control se enuncia como “administración” posterior a un operativo militar, se revela el corazón del proyecto: intereses imperiales y una dosificación de la guerra como horizonte plausible del capitalismo en crisis.

Venezuela, Gaza y Ucrania exponen así una misma tendencia: conforme el capitalismo agota fronteras extractivas y enfrenta una convergencia de crisis, va abandonando sus máscaras de democracia, desarrollo y derechos humanos para apoyarse cada vez más en la excepción, la crueldad y la administración tecnificada de poblaciones. La inteligencia artificial, la vigilancia y la propaganda no son accesorios: aceleran la disolución de la distinción entre realidad y ficción que Hannah Arendt identificó como una condición para el surgimiento del totalitarismo, y convierten la obediencia y el “sentido común” securitario en hábito social y un sentido común. En esa deriva, lo que está en disputa no es sólo el control de territorios o recursos, sino la posibilidad misma de sostener —contra el miedo y la normalización de la violencia— un horizonte de vida común.

En América Latina, esta coyuntura cae sobre un terreno ya debilitado. En Venezuela la dinámica de intervención se ha tejido durante años en la relación del régimen con la renta petrolera y con potencias externas. Antes de esta operación estadounidense, el país ya estaba marcado por la deriva autoritaria del chavismo, por un aparato estatal atravesado por violencia, control y opacidad, y por una economía extractiva que convirtió la soberanía en moneda de cambio, todo esto mientras el tejido comunitario fue debilitado, la disidencia perseguida y los mecanismos de participación ciudadana anulados. Ese trasfondo se inserta en una región donde el horizonte del Estado-nación o plurinacional están agotados: no sólo por su incapacidad para contener la violencia estructural, sino porque su promesa de integración se sostiene sobre la misma matriz extractiva que reproduce dependencia.

Por eso, esto no se resuelve con el péndulo de la democracia representativa ni con la alternancia entre “izquierdas” y “derechas”. En Venezuela, el chavismo derivó en autoritarismo y en una dictadura. Los progresismos latinoamericanos —con matices relevantes, pero con una tendencia estructural compartida— no desmantelaron la arquitectura de la extracción ni la subordinación externa, sino que administraron el capitalismo con nuevos pactos de élite y nuevas retóricas. Ese vacío alimenta el giro punitivo, el culto al orden y la figura del “hombre fuerte” como respuesta, y es también lo que permite que el imperialismo se presente hoy como “corrección” de un fracaso regional, desplazando responsabilidades internas y reduciendo a la población a un problema de seguridad o de administración.

Incluso gobiernos como el de Sheinbaum o el de Lula, que en el plano discursivo rechazan la intervención en Venezuela, han sido ampliamente complacientes con las exigencias económicas del capital y con su necesidad de circulación. En el caso de México, la reorganización productiva y la subordinación energética e industrial a los intereses de Estados Unidos evidencian esta tendencia: el país se reordena como corredor logístico, plataforma manufacturera y perímetro de seguridad. En ese marco, la militarización social no puede leerse como simple “retorno de los militares”. Es un proceso regional que se vuelve una forma de gobierno del presente en contextos de convergencia catastrófica: superposición de crisis económicas, políticas, ecológicas y de seguridad que intensifica la conflictividad. La militarización desborda lo estrictamente institucional, opera como securitización que redefine “amenazas” —protesta, migración, disidencia—, reconfigura la guerra y se incrusta en la vida cotidiana mediante control territorial, disciplinamiento y normalización de la excepción. Leído desde hoy, este enfoque permite situar Venezuela y Gaza como escenarios distintos de una misma racionalidad: la administración violenta de crisis acumuladas, donde la guerra se convierte en infraestructura para contener el malestar social, gestionar poblaciones y clausurar —por vías cada vez más tecnificadas— la posibilidad de formas de vida autónomas.

El arco de amenaza, además, no se restringe al sur. La insistencia de Trump en “adquirir” Groenlandia, sus agresiones y presiones hacia Cuba, Colombia y México; la presión de Xi sobre Taiwán; la guerra de Putin en Ucrania, y el genocidio en Gaza revelan que las intensiones son más amplias y más coherentes de lo que se admite: garantizar acceso a recursos estratégicos, securitizar cadenas de valor, asegurar corredores de circulación del capital y reorganizar la vida mediante una división cada vez más explícita entre poblaciones “asimilables” y “eliminables”. En otras palabras: una política que desnuda el esqueleto imperial, extractivo y colonial, cada vez más dependiente de la muerte y la violencia conforme se agudiza la crisis del capitalismo.

La pregunta decisiva, entonces, no es cómo “volver” al mundo de la posguerra y al consenso internacional, sino cómo reconocer que ese liberalismo siempre llevó una dimensión autoritaria en su interior. Adorno y Horkheimer lo plantearon con claridad al advertir el fascismo latente en el ADN del liberalismo. Aimé Césaire lo dijo de forma aún más incómoda: el escándalo del Holocausto, para Occidente, no fue el genocidio en sí, sino que la violencia colonial aplicada durante siglos en el mundo retornara al centro europeo y afectara a poblaciones blancas. Ese es el espejo que hoy se vuelve imposible de esquivar.

La reciente ola de derechas que ocupa cargos —de El Salvador a Argentina, pasando por diversos países de Centro y Sudamérica— no es sólo “reacción”; es también el síntoma de las fallas del progresismo y del vacío político que dejó. En muchos casos, la derecha convierte a los países en patio trasero de Estados Unidos sin necesidad de intervención directa: lo prueban los experimentos de Milei y Bukele, donde el alineamiento funciona como automatismo. Mientras tanto, Colombia, México y Cuba aparecen en el horizonte de nuevas presiones e incluso intervenciones, ahora formuladas en clave de seguridad, crimen organizado y “estabilización” regional.

Ante este panorama, quizá la única salida realista es construir infraestructura social de autonomía: comunes y autogobierno territorial, redes de cuidado y defensa de la vida, solidaridad transfronteriza entre pueblos, capacidad de respuesta colectiva ante las amenazas, y una política que no dependa de la promesa de salvación desde arriba. Como insiste Adolfo Gilly, ninguna cantidad de bombas, drones o “misiones” puede fabricar desde afuera la democracia como idea abstracta: la democracia, cuando existe, es una práctica vivida, situada, construida en relación con el territorio, la historia y los vínculos comunitarios, la cual asoma en la organización autogestiva de los barrios en Venezuela y que se ha convertido en la respuesta ante el abandono de los servicios básicos. En el mundo que se abre, resistir no es sólo decir “no” al imperialismo; es afirmar —materialmente— que la vida, la vida común, no es negociable, y esto se extiende a la condena de los autoritarismos nacionales, a los horrores que regímenes como los de Maduro atentan contra su población con el objetivo de retener el poder a toda costa.

La lucha del capitalismo contra la vida es permanente y se intensifica. El horizonte no puede ser el simple restablecimiento de la normalidad liberal —democracia procedimental, derechos humanos como retórica, retorno a la lógica del Estado-nación (o plurinacional) como si bastara con corregir sus administradores—. Pensar una autonomía del día después implica, al mismo tiempo, rechazo y construcción: rechazo de la ofensiva imperial, colonial y extractivista —incluida su gestión “progresista”— y la construcción de capacidades desde abajo para sostener cuidados, subsistencia y decisión colectiva. La defensa de la vida no puede depender del Estado cuando el Estado está cada vez más integrado a la administración del colapso. Se construye en común, con la fuerza lenta y concreta de los pueblos.

Agradecemos la revisión y la contribución de Claudia Lizardo para la elaboración de este texto, aportando sus conocimientos y lecturas desde su resistencia a las muchas formas de violencia que han atravesado a su país durante muchos años.

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Imagen BBC
5 países a los que Trump ha lanzado advertencias después de la detención de Maduro
6 minutos de lectura

Después de la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos en una operación militar que lo trasladó a Nueva York, el presidente Donald Trump ha intensificado su discurso y lanzó advertencias directas a varios países y territorios

05 de enero, 2026
Por: BBC News Mundo
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El segundo mandato del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, está siendo moldeado por sus ambiciones en política exterior.

Trump cumplió con sus amenazas contra Venezuela, capturando a su presidente y a su esposa, en la residencia de ambos fuertemente fortificada en Caracas, en una dramática redada nocturna en la madrugada del sábado.

Al describir la operación, Trump desempolvó la Doctrina Monroe de 1823 y su promesa de supremacía estadounidense en el Hemisferio Occidental, rebautizándola como la “Doctrina Donroe”.

Estas son algunas de las advertencias que ha lanzado en los últimos días contra otros países que están en la órbita de Washington.

Dinamarca/Groenlandia

El jefe de gobierno de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, en una rueda de prensa en Nuuk, Groenlandia, el 5 de enero de 2026.
Getty Images
El primer ministro de Groenlandia le respondió a Trump que su idea de controlar la isla es una “fantasía”.

Estados Unidos ya cuenta con una base militar en Groenlandia, la Base Espacial Pituffik, pero Trump quiere la isla entera.

“Necesitamos Groenlandia por motivos de seguridad nacional”, sostuvo el presidente ante los periodistas, asegurando que la región estaba “plagada de barcos rusos y chinos por todas partes”.

Esta vasta isla ártica, que forma parte del Reino de Dinamarca, se encuentra a unos 3.200 kilómetros al noreste de Estados Unidos.

Es rica en minerales de tierras raras, que son cruciales para la producción de teléfonos inteligentes, vehículos eléctricos y equipos militares. Actualmente, la producción de tierras raras de China supera con creces la de Estados Unidos.

Groenlandia también ocupa una posición estratégica clave en el Atlántico Norte, lo que le da acceso al cada vez más importante Círculo Polar Ártico. Por eso, se prevé que, a medida que los hielos polares se derritan en los próximos años, se abran nuevas rutas marítimas.

El primer ministro de Groenlandia, Jens Frederik Nielsen, respondió a Trump calificando la idea del control estadounidense sobre la isla de “fantasía”.

“No más presiones. No más insinuaciones. No más fantasías de anexión. Estamos abiertos al diálogo. Estamos abiertos a las conversaciones. Pero esto debe hacerse a través de los canales adecuados y con respeto al derecho internacional”, declaró Nielsen.

Colombia

El presidente de Colombia, Gustavo Petro, en Bogotá, el 13 de noviembre de 2025.
Getty Images
Trump le advirtió al presidente colombiano Gustavo Petro que “cuide su trasero”.

Horas después de la operación militar en Venezuela, Trump le advirtió al presidente colombiano Gustavo Petro que “cuide su trasero”.

Colombia, país vecino de Venezuela al oeste, cuenta con importantes reservas de petróleo y es un importante productor de oro, plata, esmeraldas, platino y carbón.

También es un centro clave para el narcotráfico en la región, especialmente de cocaína.

Desde que Estados Unidos comenzó a atacar embarcaciones en el Caribe y el Pacífico en septiembre, alegando sin pruebas que transportaban drogas, Trump se ha visto envuelto en una creciente disputa con el presidente de izquierda del país.

Estados Unidos impuso sanciones a Petro en octubre, alegando que estaba permitiendo que los cárteles “prosperaran”.

Hablando a bordo del Air Force One el domingo, Trump dijo que Colombia estaba siendo “gobernada por un hombre enfermo al que le gusta producir cocaína y venderla a Estados Unidos”.

“No va a seguir haciéndolo por mucho tiempo”, añadió. Cuando se le preguntó si Estados Unidos llevaría a cabo una operación contra Colombia, Trump respondió: “Me parece una buena idea”.

Históricamente, Colombia ha sido un aliado cercano de Washington en la guerra contra las drogas, recibiendo cientos de millones de dólares anualmente en asistencia militar para combatir a los cárteles.

Irán

Un manifestante en medio de dos coches.
Getty Images
Muchos iraníes salieron a la calle los pasados días para protestar por la situación del país.

Irán se enfrenta en este momento a protestas masivas contra el gobierno y Trump advirtió anoche que las autoridades iraníes que serán “duramente castigadas” si pierden la vida más manifestantes.

“Lo estamos observando muy de cerca. Si empiezan a matar gente como lo han hecho en el pasado, creo que Estados Unidos los castigará con dureza”, declaró Trump a los periodistas a bordo del Air Force One.

Aunque Irán queda en teoría fuera del alcance definido por la “Doctrina Donroe”, Trump, no obstante, ya había amenazado al régimen iraní con nuevas acciones tras atacar sus instalaciones nucleares el año pasado.

Esos ataques se produjeron después de que Israel lanzara una operación a gran escala con el objetivo de neutralizar la capacidad de Irán para desarrollar un arma nuclear, lo que culminó en el conflicto entre Israel e Irán de 12 días.

En una reunión, celebrada la semana pasada en Mar-a-Lago, en Florida, entre Trump y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se informó que Irán fue el tema principal de la agenda. Los medios estadounidenses informaron que Netanyahu planteó la posibilidad de nuevos ataques contra Irán en 2026.

México

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, habla durante la sesión informativa matutina diaria en el Palacio Nacional el 30 de diciembre de 2025 en Ciudad de México, México.
Getty Images
Claudia Sheinbaum le responde a las amenazas de Trump.

El ascenso de Trump al poder en 2016 estuvo marcado por sus promesas de “construir el muro” a lo largo de la frontera sur con México.

En su primer día de regreso en el cargo en 2025, firmó una orden ejecutiva para renombrar el Golfo de México como “Golfo de América”.

Ha afirmado con frecuencia que las autoridades mexicanas no están haciendo lo suficiente para detener el flujo de drogas o inmigrantes indocumentados hacia Estados Unidos.

En declaraciones el domingo, Trump dijo que las drogas estaban “entrando a raudales” a través de México y que “tendremos que hacer algo”, añadiendo que los cárteles allí eran “muy poderosos”.

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha rechazado públicamente cualquier acción militar estadounidense en territorio mexicano.

Cuba

Cuba depende desde hace décadas del apoyo de Venezuela.
Getty Images
Cuba mantenía estrechas relaciones con la Venezuela de Nicolás Maduro.

Cuba, ubicada a solo 145 kilómetros al sur de Florida, ha estado bajo sanciones estadounidenses desde principios de la década de 1960 y mantenía estrechas relaciones con la Venezuela de Nicolás Maduro.

Trump sugirió el domingo que no era necesaria una intervención militar estadounidense, porque Cuba está “a punto de colapsar”.

“No creo que necesitemos ninguna acción”, dijo. “Parece que se está desmoronando”.

“No sé si van a resistir, pero Cuba ahora no tiene ingresos”, añadió. “Todos sus ingresos venían de Venezuela, del petróleo venezolano”.

Según algunos informes, Venezuela suministra aproximadamente el 30% del petróleo de Cuba, lo que deja a La Habana en una situación vulnerable si el suministro cae tras la salida de Maduro.

El senador estadounidense Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos, ha pedido durante mucho tiempo un cambio de régimen en Cuba, y dijo ante un grupo de periodistas este sábado: “Si viviera en La Habana y estuviera en el gobierno, estaría preocupado, al menos un poco”.

“Cuando el presidente (Trump) habla, hay que tomarlo en serio”, agregó.

BBC

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