
Vivimos un tiempo que insiste en presentarse como inevitable. La democracia parece estar bajo asedio constante, los autoritarismos se reciclan, la crisis climática dejó de ser advertencia y el lenguaje político se empobrece al ritmo en el que aumenta la polarización. Todo ocurre con una velocidad que dificulta no solo la acción, sino incluso la comprensión. En este contexto, pensar se ha vuelto un acto incómodo. Y justamente por eso, pensar importa.
El reciente resultado electoral en Costa Rica produjo una reacción casi automática: para algunos, un infarto político; para otros, llamados urgentes a la serenidad. Más allá del desenlace puntual, lo interesante fue la escena que se abrió: no tanto sobre quién ganó, sino sobre cómo leemos el presente cuando la derecha gana. Entre el pánico y la negación, apareció una fisura que vale la pena tomar en serio.
En Mar de dudas. Conversaciones para navegar el desconcierto, de Carlos Bravo Regidor, hay una entrevista-conversación con Pablo Stefanoni (titulada “La rebeldía de las nuevas derechas”), que resulta particularmente iluminadora para leer este momento. En ella se formulan, con claridad y sin estridencias, tres advertencias que hoy parecen ir a contracorriente: la tentación de leer toda victoria de la derecha como una repetición mecánica del fascismo; la necesidad de afinar las categorías con las que nombramos el presente, en lugar de reciclar etiquetas que ya no alcanzan, y el riesgo de que el pánico político nuble el análisis, sustituyendo la comprensión por la reacción inmediata. No se trata de negar los peligros reales ni de desactivar la alarma, sino de recordar que sin pensamiento no hay política, solo reflejo, reacción.
Tal vez por eso no sorprende que, cuando una busca hoy a un analista político en Google —como lo haría cualquier ciudadana promedio— aparezca una radiografía bastante precisa de nuestra curiosidad contemporánea: “Carlos Bravo Regidor: edad”, “Carlos Bravo Regidor de qué partido es”, “Carlos Bravo Regidor, novia”, “Carlos Bravo Regidor, de dónde es regidor”. Nada sobre su lucidez, su rigor o su lectura fina del país, del mundo. Puras curiosidades de ventanilla de tránsito, como si la inteligencia pudiera reducirse a tres datos biográficos y un estado civil.
Confieso que no pude contener la carcajada con la pregunta sobre la “novia”. Ahí entendí que, además de analista político, el algoritmo ha decidido clasificarlo como galán televisivo de la política mexicana —algo que, si una recuerda cierto bailecito previo a una entrevista con Brozo Tenebroso, resulta perfectamente explicable. Pero el chiste revela algo más serio: incluso a los pensadores más incómodos se les intenta traducir a una caricatura amable, digerible, fácilmente consumible. El algoritmo no busca complejidad: busca orden, clasificación, reconocimiento inmediato. Y Carlos Bravo Regidor es, justamente, lo contrario: desborda las casillas en las que se le quiere colocar.
Mi interés por entender la cultura digital —o la digitalidad, como se le llama ahora— comenzó alrededor de 2011, cuando estalló Occupy Wall Street. Me sorprendía profundamente lo que estaba ocurriendo y empecé a seguir esas revueltas, principalmente juveniles, que brotaban a lo largo y ancho del planeta como palomitas en un microondas: pop, pop, pop.
Ese año tuve la oportunidad de realizar una etnografía en Nueva York y de estar muy cerca de un grupo de activistas de Occupy Wall Street, jóvenes estudiantes de sociología que funcionaban como puente con las comunidades latinas. Lo más interesante de escucharles era cómo hablaban de los repertorios y las tácticas de la protesta: aquellas que les permitían sostener la ocupación en Zuccotti Park —esa micrópolis también conocida como Liberty Plaza— y, al mismo tiempo, mantener viva la protesta en las plataformas digitales. En aquel momento, sobre todo en Facebook, aunque Twitter ya comenzaba a marcar un ritmo propio.
Traigo esto a colación porque esas conversaciones me enseñaron algo fundamental: no hay pensamiento sin táctica, ni táctica sin imaginación. Y Mar de dudas está lleno, precisamente, de eso: de repertorios para pensar el presente.
Cuando hablo del libro como un repertorio, no lo hago en el sentido más simple de una colección o de un inventario, sino en un sentido más profundo, que proviene tanto de la antropología como de la teoría política y de la estética. Un repertorio es un conjunto vivo de saberes, gestos, tácticas y sensibilidades que una comunidad de pensamiento pone en juego para sostener su acción en el mundo. No es un archivo cerrado ni una lista muerta, sino una memoria encarnada, performativa, que se reactiva y se reinventa cada vez que se practica.
Desde la teoría política, el repertorio alude al conjunto de formas posibles de acción colectiva: las maneras que una sociedad inventa para expresar su disenso, su deseo, su esperanza. Desde mi propio trabajo, lo entiendo como una gramática de las prácticas que permiten habitar el presente sin sucumbir ante él.
Por eso me parece que el libro de Carlos Bravo Regidor puede leerse como un repertorio de pensamiento crítico: una constelación de gestos intelectuales y éticos que enseñan —más que doctrinas o certezas— modos de preguntar, de escuchar, de sostener la duda sin renunciar al juicio. No se trata de un arsenal de ideas —ese lenguaje bélico ya no nos sirve—, sino de una coreografía del pensamiento: movimientos, pausas, respiraciones que nos permiten seguir pensando incluso cuando el mundo parece perder sentido.
El libro, concebido en formato de entrevista, reúne a ocho hombres y seis mujeres, pensadores indisciplinados e incómodos, cuya lucidez desborda las fronteras de sus campos. Más allá de los temas específicos, el hilo invisible que teje estas conversaciones es la urgencia por pensar el presente no para explicarlo, medirlo o administrarlo, sino para habitarlo, interrogarlo y, quizá, torcer su curso.
Torcer el rumbo de lo dado es una expresión que condensa bien la apuesta del libro. No es un gesto romántico, sino una estrategia de supervivencia intelectual frente a la narrativa de la inevitabilidad: la del progreso entendido como destino, la del mercado como horizonte natural, la de la historia que ya no tendría nada que ofrecer más allá de su propio bucle. Pensar, en este sentido, implica desobedecer el mandato de que no hay alternativas.
En esa tensión entre lo que se impone y lo que se resiste, el pensamiento se vuelve táctica: se pliega, se desliza, se infiltra en los intersticios del sentido común. Varias de las entrevistas muestran con nitidez esa batalla, ahí donde la lucidez no busca tener razón, sino abrir dudas, fisuras, grietas.
Democracia en crisis, Estados que se resquebrajan, derechas que siguen avanzando, izquierdas atrapadas por sus propios fantasmas, guerras que se multiplican, crisis climática como evidencia cotidiana y una sensación extendida de que el mundo se ha ido quedando sin revueltas posibles. Frente a ese paisaje, Mar de dudas apuesta por algo elemental y radical a la vez: seguir pensando. Pensar no como refugio, sino como forma de resistencia. Como una manera de abrir, incluso en tiempos opacos, una rendija por donde vuelva a pasar el aire.

Veinte nuevas fotografías que acaban de ser divulgadas muestran a Epstein inmediatamente después de su muerte.
Advertencia: esta historia tiene contenido gráfico que podría resultar perturbador para algunos lectores.
El gobierno estadounidense publicó fotos inéditas que muestran el cuerpo de Jeffrey Epstein tendido en una camilla y siendo atendido por médicos inmediatamente después de su muerte.
Veinte imágenes, muchas de las cuales son demasiado gráficas para mostrarlas, se publicaron como parte de un informe desclasificado del FBI sobre la muerte de Epstein cuando estaba bajo custodia, así como de la autopsia y documentos internos de la prisión.
Estas imágenes se encuentran entre los millones de documentos publicados el viernes por el Departamento de Justicia de EE.UU. (DoJ) en la última parte de la divulgación de los archivos de Epstein.
Epstein fue encontrado muerto en su celda el 10 de agosto de 2019. Estaba recluido en el Centro Correccional Metropolitano de Nueva York antes del juicio en su contra por cargos de tráfico sexual y conspiración.
El informe del FBI, titulado “Investigación sobre la muerte de Jeffrey Epstein”, parece ser una indagación sobre su muerte realizada por la oficina local de la agencia en Nueva York.
El informe de 23 hojas lleva la anotación de “no clasificado” estampada en cada página.
Los documentos sin editar, consultados por BBC Verify, muestran primeros planos del cuello de Epstein y signos visibles de lesiones.
También contienen detalles de la autopsia y un informe psicológico sobre su salud mental en los días previos a su suicidio.
Varias fotos muestran a Epstein tendido en una camilla mientras los médicos intentan reanimarlo. Están fechadas el 10 de agosto de 2019 y son las 06:49 hora local, unos 16 minutos después de que lo encontraran inconsciente en su celda.
Se desconoce la ubicación de las fotos, pero Epstein fue trasladado a un hospital cercano a las 06:39, donde fue declarado muerto, lo que sugiere que fueron tomadas allí.
Otras tres fotos tienen notas que indican que fueron tomadas en un hospital. Muestran un primer plano de su cabeza y una lesión visible en el cuello. El nombre de Epstein aparece en cada fotografía, pero su primer nombre está mal escrito como “Jeffery” en lugar de Jeffrey en algunas de las imágenes.
BBC Verify realizó búsquedas inversas de imágenes de las fotos recién divulgadas del cuerpo de Epstein y no pudo encontrar versiones anteriores publicadas en línea antes del 30 de enero.
También encontramos otro material que corrobora la información divulgada en los archivos, incluyendo un informe de 89 páginas de la autopsia de Epstein presentado por el Departamento de Justicia y la Oficina del Médico Forense en Jefe (OCME) de Nueva York, y correos electrónicos de la oficina local del FBI en Nueva York que contienen las mismas imágenes censuradas.
Partes del informe post mortem de Epstein realizado por la OCME también aparecen en el informe, incluyendo imágenes de dos fracturas en el cartílago tiroides de Epstein en el cuello.
El informe del FBI incluye una cronología de seis páginas de la detención de Epstein en el Centro Correccional Metropolitano de Nueva York desde su arresto por cargos federales de tráfico sexual el 6 de julio de 2019 hasta su muerte.
Revela que Epstein fue puesto bajo vigilancia por riesgo de suicidio después de que intentó suicidarse el 23 de julio de 2019.
Epstein acusó a su compañero de celda, Nicholas Tartaglione, un ex agente de policía que enfrenta cargos de asesinato, de intentar matarlo en ese momento.
En una reunión con un psicólogo al día siguiente, Epstein declaró que “no tenía ningún interés en suicidarse” y que “sería una locura quitarse la vida”, según el documento.
El 25 de julio declaró que “estaba muy involucrado con el caso para pelearlo, tengo una vida y quiero volver a vivir mi vida”, según el informe del psicólogo.
Otros documentos publicados por el Departamento de Justicia muestran que el director de la prisión aconsejó que Epstein no fuera alojado solo y enfatizó en la necesidad de realizar “revisiones cada 30 minutos” de su celda y “rondas sin previo aviso”.
El compañero de celda de Epstein fue liberado el día antes de su muerte.
La noche del 9 de agosto, los guardias de la prisión tampoco realizaron las revisiones programadas para las 3:00 y las 5:00, según consta en los documentos de la prisión, y el sistema de cámaras de la unidad también estaba fuera de servicio. Su cuerpo fue descubierto durante una revisión matutina realizada por el personal.
Una segunda versión censurada del mismo informe del FBI, de solo 17 páginas, también se publicó como parte de los archivos de Epstein.
No incluye el informe del psicólogo ni la cronología de su detención, y las imágenes del archivo están censuradas. No está claro por qué se incluyeron en los archivos las versiones censuradas y no censuradas del informe.
Se contactó al Departamento de Justicia para obtener comentarios. El FBI declinó hacer comentarios.
Información adicional de Josh Cheetham
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