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Groenlandia: ¿la tumba de la OTAN?
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Groenlandia: ¿la tumba de la OTAN?

La disputa en torno a Groenlandia no responde a una necesidad estratégica, pero sí pondría en riesgo la cohesión de la OTAN y su arquitectura de seguridad para perseguir proyectos extractivos de dudosa viabilidad y rentabilidad.
20 de enero, 2026
Por: Adrián Marcelo Herrera Navarro

Estados Unidos ha puesto su interés por adquirir la soberanía de Groenlandia como punto central de su agenda de política exterior y este interés se ha vuelto un punto de tensión entre Washington y Europa. Frente a la posibilidad de una intervención militar estadounidense en Groenlandia, diversos países europeos como Noruega, Suecia, Alemania, Francia, Finlandia, Reino Unido y Países Bajos han enviado tropas a la isla como muestra de solidaridad con Dinamarca. En respuesta a esto, Estados Unidos impuso aranceles de un 10 % a todos los productos de los países europeos que no apoyen los planes de la Casa Blanca sobre Groenlandia. Esta es una situación muy tensa que puede tener graves implicaciones para la relación entre Estados Unidos y Europa, pues en un lapso relativamente corto, pasó de ser una pretensión más en la política exterior de Washington a convertirse en un problema estratégico de primer orden para la arquitectura de seguridad transatlántica. Sobre todo, porque la sola posibilidad de una intervención militar estadounidense en Groenlandia plantea un escenario que va mucho más allá de una disputa territorial, pues supondría, en términos prácticos, el fin de la OTAN.

El solo hecho de que Estados Unidos contemple públicamente la posibilidad de imponer su control sobre Groenlandia constituye una amenaza directa a la cohesión interna de la OTAN. En términos estrictos, una invasión estadounidense de Groenlandia produciría el colapso funcional de la Alianza Atlántica, no necesariamente por la desaparición de sus estructuras formales, sino por el daño de los supuestos políticos que hacen posible su existencia. Sobre todo, destruiría el principio fundamental sobre el que se sostiene la Alianza: la garantía de seguridad mutua entre sus Estados miembros.

Si Washington llegase a intervenir militarmente en Groenlandia existe la posibilidad de que Dinamarca invoque el articulo 5 del Tratado del Atlántico Norte, el cual es el pilar de la defensa colectiva de la organización. Implica que un ataque contra uno de sus miembros es un ataque contra el resto y obliga a los Estados miembros a tomar las medidas necesarias, incluidas en materia de seguridad, para restaurar la seguridad del país atacado. En este caso, si Dinamarca invocara el Artículo 5 en respuesta a una agresión estadounidense en Groenlandia, la OTAN entraría en una crisis sin precedentes que obligaría a los demás miembros a decidir entre cumplir formalmente con el compromiso de defensa colectiva o reconocer, de facto, que dicho compromiso es inaplicable cuando el agresor es el actor hegemónico del sistema.

El efecto a largo plazo sería devastador para la arquitectura de seguridad occidental, pues erosionaría la confianza entre aliados, incentivaría a los Estados europeos a buscar arreglos de seguridad alternativos o autónomos y debilitaría la capacidad disuasiva de la Alianza frente a actores externos como Rusia o China, que percibirían una organización fragmentada, incapaz de resolver sus propias contradicciones fundamentales. Asimismo, esta ruptura tendría implicaciones profundas y negativas para la propia seguridad de Estados Unidos, cuya arquitectura estratégica descansa, en buena medida, en la defensa colectiva y en la relación con Europa.

En términos concretos, se estaría poniendo en riesgo el futuro de la relación de defensa de Estados Unidos con Europa, con consecuencias que podrían incluir el cierre de bases militares, la negación del uso de puertos para el reabastecimiento naval, restricciones al acceso a infraestructura logística y sistemas de alerta temprana, así como el debilitamiento de los acuerdos de inteligencia compartida y de la capacidad de proyección de fuerza estadounidense. Esta arquitectura de defensa permite a Washington disuadir a competidores estratégicos, proyectar poder hacia Eurasia y compartir costos de defensa con aliados que aportan territorio, infraestructura, inteligencia y capacidades militares. Un quiebre de la OTAN erosionaría esta arquitectura al debilitar el acceso privilegiado de Estados Unidos a espacios estratégicos europeos y al fragmentar los mecanismos de coordinación militar que han operado durante décadas. Sobre todo, limitaría la capacidad estadounidense de monitorear la actividad rusa en el Ártico y el Atlántico Norte, así como de operar en Medio Oriente y el norte de África.

El interés estadounidense en Groenlandia se explica, en primer lugar, por la posición estratégica de la isla, lo que ha colocado al territorio de manera constante en los cálculos geopolíticos de Washington. Desde al menos 1867, cuando Washington compró Alaska al Imperio ruso, diversos gobiernos estadounidenses han contemplado la posibilidad de anexar la isla, ya sea mediante compra, cesión o acuerdos especiales. Lo que distingue el momento actual de otros no es el interés en sí, sino el tono y la naturaleza de la presión. Por primera vez, la idea de adquirir Groenlandia deja de plantearse como una negociación diplomática discreta y aparece como una presión pública, incluso acompañada de la posibilidad explícita de una intervención.

Este giro resulta particularmente grave si se considera el marco histórico-jurídico que rige la relación entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia. Cuando Washington adquirió las Islas Vírgenes Danesas en 1917 (hoy Islas Vírgenes de Estados Unidos), se comprometió explícitamente a respetar y reconocer la soberanía danesa sobre Groenlandia como parte del intercambio. Ese compromiso no fue un gesto simbólico, sino parte de un arreglo destinado a estabilizar el equilibrio estratégico en el Atlántico Norte. La ruptura de ese acuerdo sería un ejemplo más de que para Estados Unidos, los compromisos históricos, sobre todo con sus aliados, pueden desecharse cuando dejan de ser convenientes, afectando significativamente la relación de confianza (hoy ya debilitada) entre Washington y Europa.

Para la Casa Blanca la justificación pública de la necesidad por el control de Groenlandia viene de la perspectiva sobre su valor estratégico y de la noción de que si no es un territorio soberano estadounidense este se encontraría propenso a una intervención rusa o china. Tal vez esto no sea tanto un diagnóstico estratégico como una admisión involuntaria de cómo Washington concibe la política internacional. Sin embargo, la situación es que dentro de los acuerdos de cooperación en materia de defensa entre Estados Unidos y Dinamarca ya existe toda una serie de mecanismos para garantizar la seguridad de Groenlandia dentro de la influencia militar estadounidense.

Desde 1951 existen acuerdos que, en la práctica, han otorgado a Estados Unidos amplias facultades para operar militarmente en el territorio groenlandés. Durante la Guerra Fría, Washington llegó a mantener más de cincuenta instalaciones militares en la isla; posteriormente, y de manera voluntaria, redujo de forma significativa su presencia. De esta forma, Estados Unidos no necesita controlar formalmente Groenlandia para garantizar su influencia en la región. De hecho, en el acuerdo de defensa firmado entre Dinamarca y Estados Unidos en 2004 se estableció que Washington únicamente estaría obligado a “consultar e informar” a Dinamarca y a Groenlandia sobre cambios sustantivos en sus operaciones militares en la isla, sin que Copenhague o Nuuk tengan derecho de veto sobre dichas operaciones.

Si bien Groenlandia ocupa una posición estratégica clave en la geopolítica del Ártico y en la futura reconfiguración de las rutas comerciales, el interés estadounidense difícilmente puede explicarse en términos estrictamente de seguridad. Washington ya cuenta con bases militares consolidadas y con una cooperación estrecha en materia de defensa que le permite garantizar sus objetivos estratégicos en la región sin necesidad de alterar el estatus territorial de la isla. El verdadero incentivo parece residir en el acceso y control de recursos minerales estratégicos, cuya explotación adquiere un valor creciente en un contexto de competencia global por materias primas críticas.

El interés estadounidense en Groenlandia responde de manera cada vez más evidente a incentivos económicos concretos, impulsados en gran medida por actores privados. La isla concentra recursos estratégicos cuya explotación resulta especialmente atractiva en un contexto de transición energética, digitalización acelerada y competencia por insumos críticos. En este marco, Groenlandia aparece menos como un problema de defensa y más como una frontera económica que aún no está plenamente integrada a las dinámicas globales del capital.

En principio, el interés renovado de que Estados Unidos adquiera Groenlandia vino de Ronald Lauder (heredero del emporio de cosméticos Esteé Lauder), quien financio la campaña de Donald Trump y tiene un interés económico en la privatización del agua de Groenlandia. De igual forma, otras empresas como Praxis, del empresario Peter Thiel, buscar crear un espacio de desarrollo tecnológico en la isla. Asimismo, fondos de inversión como Breakthrough Energy, respaldados por capital de figuras como Bill Gates, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos y Michael Bloomberg, han canalizado inversiones millonarias hacia empresas con intereses mineros en Groenlandia.

Un ejemplo del interés de los inversionistas en empresas con proyectos en suelo groenlandés es el caso de Critical Metals Corp, una empresa minera cuyo valor bursátil ha aumentado más de 116 % desde el inicio de las tensiones por el dominio estadounidense de Groenlandia. Esto debido a su interés en extraer minerales críticos para tecnologías avanzadas que van desde vehículos eléctricos hasta centros de datos para inteligencia artificial. De igual forma, este patrón se repite en otras empresas como la minera Amaroq Ltd., con múltiples proyectos mineros en territorio groenlandés. E incluso se ha confirmado públicamente que el gobierno de Estados Unidos está considerando invertir directamente en proyectos de minería en Groenlandia. Debido a esto, no es casualidad que los inversionistas tengan un especial interés en una eventual adquisición estadounidense de este territorio.

Estos casos dejan claro que el debate sobre Groenlandia no está guiado por un tema de seguridad nacional, sino por la convergencia entre los intereses privados y la especulación financiera bajo el respaldo estatal. El dominio estadounidense sobre la isla resulta ser un instrumento para asegurar activos, reducir riesgos de inversión y garantizar el acceso de empresas aliadas de la Casa Blanca a recursos estratégicos.

Sin embargo, cabe mencionar que si bien Groenlandia es rica en recursos minerales, la realidad es que la explotación de estos yacimientos es sumamente compleja y en la mayoría de los casos económicamente inviable. Especialmente los yacimientos de tierras raras en Groenlandia, que son -en su mayoría- de baja calidad, implican altos costos de extracción y, en el mejor de los escenarios, tardarían al menos una década para entrar en producción, lo que los vuelve incapaces de competir con el dominio chino en el mercado global de minerales críticos. Se requerirían décadas y miles de millones de dólares para desarrollar una industria minera que no existe actualmente. De esta forma, es probable que el interés de los inversionistas no descansa realmente en la viabilidad económica de los proyectos mineros en Groenlandia, sino en el efecto especulativo que genera la posibilidad de una eventual anexión de la isla por parte de Estados Unidos sobre el valor de las acciones de estas empresas.

En última instancia, la disputa en torno a Groenlandia no responde a una necesidad estratégica, pero sí pondría en riesgo la cohesión de la OTAN y su arquitectura de seguridad para perseguir proyectos extractivos de dudosa viabilidad y rentabilidad. Más que una jugada de estratégica en temas de seguridad internacional, Groenlandia se ha convertido en un ejemplo más de cómo la política exterior y de seguridad estadounidense se subordina a intereses financieros privados e inclusive a las aspiraciones y rencillas personales de la presidencia de los Estados Unidos.

De esta forma, la cuestión de Groenlandia no es solo un problema territorial ni un debate sobre recursos naturales. Es una prueba de estrés para el orden atlántico. Si Estados Unidos está dispuesto a sacrificar la relación transatlántica y la coherencia interna de la OTAN en nombre de intereses financieros, entonces la alianza deja de ser un pilar de estabilidad y se convierte en un arreglo instrumental, vacío y contingente. En ese escenario, no sería exagerado afirmar que una intervención estadounidense en Groenlandia marcaría, si no el fin formal de la OTAN, sí su quiebre político definitivo como una alianza de defensa mutua.

* Adrián Marcelo Herrera Navarro (@adrianmarcelo96) es maestro en Ciencia Política por El Colegio de México, con especialización en temas de seguridad nacional y relaciones internacionales.

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Imagen BBC
¿Viaje al centro de la Tierra?: la máxima profundidad a la que se ha adentrado el ser humano en la Tierra y su importancia
4 minutos de lectura

Los seres humanos hemos intentado de muchas formas acercarnos al centro de la Tierra, pero ¿ hasta dónde hemos llegado y qué hay realmente allí abajo?

14 de enero, 2026
Por: BBC News Mundo
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Un dibujo que muestra el planeta Tierra con una sección cortada, revelando la corteza, el manto y el núcleo.
DeAgostini/Getty Images

Muchas películas, libros y programas de televisión han elaborado teorías sobre lo que podría encontrarse en el centro de nuestro planeta.

Desde mundos subterráneos habitados por criaturas prehistóricas hasta civilizaciones humanas alternativas, las historias de ficción son tan fascinantes como aterradoras.

Pero la realidad es muy diferente a la ficción, y de hecho, aunque no hayamos llegado hasta el centro de la tierra, los seres humanos sí sabemos mucho sobre lo que hay bajo nuestros pies.

Entonces, ¿hasta qué profundidad hemos logrado llegar? ¿Y cómo sabemos lo que hay ahí abajo?

Las capas de la Tierra

La Tierra está formada por cuatro capas principales.

Cada una de ellas es distinta, según la profesora Ana Ferreira, sismóloga de la University College de Londres.

“Tenemos la corteza, que es esta capa delgada y muy frágil donde todos vivimos”, explicó en el programa The Infinite Monkey Cage de BBC Radio 4.

Diagrama que muestra una sección transversal de la Tierra, con las principales capas etiquetadas: la corteza oceánica y la corteza continental en la superficie, seguidas del manto y, a continuación, el núcleo externo y el núcleo interno.
BBC

La corteza terrestre es más delgada bajo el océano, pero puede alcanzar hasta 70 km de grosor bajo los continentes.

Debajo se encuentra el manto, de unos 3.000 km de espesor y compuesto por una roca llamada magma, que parece sólida a escala humana.

“Pero en realidad, a lo largo de millones de años, fluye”, explicó Ferreira.

Luego está el núcleo externo, formado principalmente por hierro y níquel líquidos, que genera el campo magnético terrestre.

El núcleo interno está compuesto de hierro y níquel sólidos, y es la parte más caliente de la Tierra, con temperaturas de hasta 5.500 °C.

Hacia lo “superprofundo”

El punto más profundo de la corteza terrestre al que ha llegado una persona es la mina de oro Mponeng, en Sudáfrica, a unos 75 km al suroeste de Johannesburgo. Se extiende hasta unos 4 km bajo la superficie.

Un hombre con una camisa beige y un casco azul, de espaldas a la cámara, apunta un chorro de agua hacia una caverna rocosa dentro de una cueva.
Eva-Lotta Jansson/Bloomberg vía Getty Images
La mina de oro Mponeng alcanza hasta 4 km de profundidad en algunos puntos.

Aunque ningún ser humano haya llegado físicamente más profundo, sí hemos utilizado perforadoras para ir aún más lejos.

El agujero hecho por el hombre más profundo del mundo es el pozo superprofundo de Kola, excavado por los soviéticos en el norte de Rusia y completado en 1992 tras casi 20 años de trabajo. Se adentra 12,2 km en el subsuelo.

Eso equivale a 27 edificios Empire State de Nueva York apilados uno sobre otro.

Aun así, representa apenas un tercio del grosor de la corteza terrestre en ese punto.

Excavar profundamente en la corteza terrestre es muy difícil por varias razones.

Cuanto más te adentras en la Tierra, más aumenta la temperatura.

La velocidad a la que se incrementa ese calor se conoce como gradiente geotérmico, y el promedio en la corteza continental es de 25 a 32 grados centígrados por kilómetro, según el geocientífico británico Chris Jackson.

Un edificio en ruinas sobre un terreno pedregoso, bajo un cielo azul
Lenorlux vía Getty Images
El pozo superprofundo de Kola ahora se encuentra abandonado.

La inmensa presión en las profundidades de la Tierra representa otro desafío.

Contrarrestar esa presión para mantener un pozo abierto es “algo increíblemente difícil de hacer”, afirmó Jackson.

Escanear la Tierra

Entonces, si no podemos avanzar mucho más allá de la superficie, ¿cómo estudiamos el resto del interior de la Tierra?

La respuesta es intrigante: las ondas sísmicas, vibraciones generadas por los terremotos que viajan a través de la Tierra.

Estas ondas adquieren propiedades distintas al atravesar diferentes materiales, lo cual puede medirse con sismómetros.

“Realizamos muchos análisis avanzados de datos y los modelamos para convertir esos registros en imágenes del interior de la Tierra”, explicó Ferreira.

Jackson describió esas imágenes como una especie de “tomografías computarizadas de la Tierra”.

Líneas dibujadas sobre una hoja de papel blanco que representan ondas sísmicas
Getty Images
Las ondas sísmicas atraviesan distintos materiales de manera diferente.

Ambos expertos coincidieron en que estudiar las capas de la Tierra puede ayudarnos a comprender una gran variedad de aspectos de nuestro mundo, como los procesos detrás de los terremotos, los volcanes y la formación de montañas.

“En últimas, realmente necesitamos entender cómo funciona el manto”, dijo Ferreira.

Aprender sobre esto podría tener además aplicaciones indirectas, como ayudarnos a evaluar el potencial de la energía geotérmica, una forma de energía renovable que utiliza el calor del interior de la Tierra.

Ferreira también señaló que esta área de investigación podría ayudarnos a entender cómo ha evolucionado la Tierra a lo largo del tiempo e incluso quizá trasladar ese conocimiento a mundos más lejanos.

*Esta nota está basada en un episodio del programa The Infinite Monkey Cage, de BBC Radio 4.

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BBC

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