
Nací en la Ciudad de México y estudié en escuelas privadas hasta que decidí cursar la licenciatura en la UNAM. En el salón compartí espacio con compañeros y compañeras de distintos estados del país, muchas mujeres, y varias de ellas eran las primeras en su familia en llegar a la universidad. Durante cuatro años compartimos lecturas, fiestas, desvelos y esa pregunta insistente que aparece hacia el final de la carrera: ¿y ahora qué sigue?, pensando que estábamos parados en el mismo punto de partida, pero sin estarlo.
Cuando finalmente terminamos los créditos, el horizonte compartido comenzó a fragmentarse. Yo tardé un año y medio en finalizar el servicio social y escribir mi tesis, mientras tramitaba en paralelo mi ingreso a una maestría en el extranjero. Fueron meses de reunir decenas de documentos, pedir cartas de recomendación, llenar formularios y solicitar becas. Durante ese tiempo tuve respaldo económico y emocional de mi familia, hasta que recibí la carta de aceptación y comencé la maestría en septiembre del año pasado. Hasta la fecha, somos pocas las personas de mi generación que nos hemos titulado, y ciertamente no se debe a falta de talento. La universidad pública puede ampliar el acceso, pero no neutraliza las desigualdades que condicionan quién logra sostenerse hasta el final.
Esa intuición encuentra sustento en los datos más recientes. El informe Education at a Glance 2025 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) confirma algo que en México se vive cotidianamente: el problema educativo no es únicamente de acceso, sino de trayectoria. No basta con entrar; importa quién logra permanecer, concluir y capitalizar ese recorrido.
Es por esto que, cuando hablamos de Desigualdad (educativa, en este caso), existen dos niveles por medio de los cuales opera:
Por ejemplo, en 2023 las mujeres representaron más de la mitad (53%) de los nuevos ingresos a la educación superior en México. Las oportunidades, en ese sentido, parecen haberse ampliado. Sin embargo, esa mayor presencia en las aulas no se traduce automáticamente en igualdad de resultados, pues en el mercado laboral persiste una brecha salarial del 20% (es decir, por cada 100 pesos que gana un hombre, una mujer recibe 80 pesos).
Ahora bien, si el desenlace muestra asimetrías, el punto de partida es todavía más restrictivo: la desigualdad educativa no comienza en la universidad, se instala mucho antes. En México, cuatro de cada diez jóvenes de 25 a 34 años no han concluido la preparatoria. Aunque la cifra ha mejorado respecto a años previos, continúa siendo estructuralmente alarmante, pues la educación media superior funciona como un umbral decisivo en nuestro país: quien no lo cruza enfrenta mayores probabilidades de insertarse en el empleo informal, con ingresos bajos y trayectorias laborales inestables.
Ahora bien, incluso entre quienes logran ingresar a la universidad, el recorrido es incierto. En México, menos del 14% de quienes acceden a la educación superior concluyen con un título, a diferencia del promedio del resto de los países de la OCDE (70%), revelando que, en nuestro contexto, el acceso no equivale a permanencia y mucho menos a conclusión. La universidad no es solo una puerta de entrada; es un trayecto que exige condiciones materiales y simbólicas para sostenerse.
En este sentido, el origen familiar adquiere un peso determinante. Los datos muestran que cuando los padres del estudiante no completaron la preparatoria, las probabilidades de que este obtenga un título universitario disminuyen drásticamente. En promedio, solo 26% lo logra. En contraste, cuando al menos uno de los padres cuenta con educación superior, esa proporción asciende a 70%. Es decir, no se trata únicamente de ingresos, sino también de capital cultural, redes de apoyo, información sobre cómo navegar el sistema educativo y la posibilidad de dedicar tiempo al estudio sin la presión inmediata de generar ingresos.
A esta transmisión intergeneracional se suma una dimensión estrictamente política: la inversión pública. Entre 2015 y 2022, el gasto por estudiante en México disminuyó, y la proporción del presupuesto público destinada a educación también se redujo (del 15.8% a 13.2%). En un sistema caracterizado por profundas brechas, una reducción en el financiamiento es verdaderamente trágico, pues se traduce en menos recursos para acompañamiento académico, infraestructura, apoyos económicos y demás mecanismos de retención estudiantil.
Si se consideran en conjunto estos elementos —la exclusión temprana en la preparatoria, la baja eficiencia terminal en la universidad, el peso del origen familiar y la reducción en la inversión pública— emerge un patrón coherente: la educación en México ofrece acceso, pero no garantiza trayectoria ni resultados equivalentes. Funciona como una promesa de movilidad que se cumple de manera selectiva.
Por ello, el debate no debería limitarse a cuántos logran ingresar al sistema, sino a qué condiciones hacen posible que quienes entran puedan permanecer y concluir. Mientras el nivel educativo de los padres continúe siendo uno de los mejores predictores del destino académico de sus hijos, y mientras la probabilidad de titularse dependa en gran medida de los recursos disponibles fuera del aula, la educación no estará rompiendo el vínculo entre origen y destino. Estará, más bien, administrándolo.
Cuando la desigualdad se concentra en el acceso, la política pública debe intervenir en el acceso; cuando se manifiesta en la permanencia, la respuesta debe orientarse a sostener las trayectorias. En términos generales, las estrategias para hacerlo suelen agruparse en dos grandes tipos:
En este marco, la discusión en México se puede concentrar en cuatro frentes que no necesariamente implican inventar nuevos programas, sino replantear cómo operan —y para quién— los existentes.
Primero, financiamiento verdaderamente progresivo y transparente. El problema no es solo que el presupuesto educativo sea insuficiente, sino que su distribución suele beneficiar a instituciones con mayor capacidad de gestión. Si las escuelas con mayores tasas de deserción reciben proporcionalmente menos recursos o apoyos inestables, el sistema reproduce las brechas que dice combatir. Priorizar a quienes más lo necesitan es una condición mínima para que el gasto público tenga sentido redistributivo.
Segundo, becas diseñadas para sostener trayectorias completas. Muchos apoyos funcionan como incentivo de entrada, pero con frecuencia la deserción ocurre a mitad del camino. Cuando el costo del transporte, los materiales, la alimentación o la conectividad se vuelve insostenible, el abandono no es una decisión académica, sino económica.
Tercero, mecanismos de admisión que reconozcan el contexto. En la práctica, ningún sistema es neutral. Las universidades públicas ya operan con reglas que favorecen ciertas trayectorias escolares sobre otras. Incorporar criterios que consideren el entorno socioeconómico o el tipo de escuela de procedencia no implica “bajar estándares”, sino reconocer que el desempeño académico está condicionado por oportunidades previas desiguales. Si el punto de partida no es el mismo, tratar a todos como si lo fuera solo consolida ventajas.
Y por último, inversión sostenida en educación inicial. La evidencia es consistente: las brechas se abren temprano y se amplían con el tiempo. Corregir desigualdades a los 18 años es mucho más costoso y menos efectivo que prevenirlas desde los primeros años. Universalizar servicios de calidad en la primera infancia no es un gasto apresurado, sino una política estructural de movilidad social.
Al final, la discusión no es solamente técnica, sino también política. Si México quiere hablar en serio de movilidad social, debe romper el vínculo entre origen y destino educativo. La diferencia entre titularse o abandonar, entre aspirar a un posgrado o quedarse a mitad del camino, rara vez es solo una competencia de talento. Es, sobre todo, una competencia de condiciones. La educación puede ser una escalera, pero mientras 4 de cada 10 jóvenes no logren terminar la preparatoria, y 8 de cada 10 jóvenes que entran a la universidad no consigan titularse, seguirá funcionando más como filtro que como puente.
Organisation for Economic Co-operation and Development. (2025, September 9). Education at a Glance 2025: Mexico. OECD Publishing. https://www.oecd.org/en/publications/education-at-a-glance-2025_1a3543e2-en/mexico_3b36a6f6-en.html
Organisation for Economic Co-operation and Development. (2025). Education at a Glance 2025: OECD Indicators. OECD Publishing. https://www.oecd.org/en/publications/education-at-a-glance-2025_1c0d9c79-en/full-report.html

El presidente estadounidense difundió un mensaje en video en sus redes sociales en el que aseguró que el objetivo del ataque es acabar con el programa nuclear y con el régimen iraní.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha confirmado que su país ha lanzado “importantes operaciones de combate” en Irán y ha llamado a los iraníes a sublevarse contra el gobierno de los ayalatolás.
“Vamos a destruir sus misiles y arrasar su industria misilística. Quedará totalmente destruida”, afirmó Trump en una declaración en video de ocho minutos publicada en las primeras horas de la mañana en EE.UU. en su red social Truth, poco después de que se informara sobre explosiones en Teherán.
El presidente se dirigió a los iraníes e instó a que utilizaran los ataques a gran escala de EE.UU. para derrocar al régimen.
“Cuando terminemos, tomen el control de su gobierno. Será de ustedes. Esta será probablemente su única oportunidad durante generaciones”, declaró. “La hora de su libertad está cerca”.
También dijo a los miembros de las fuerzas de seguridad iraníes que se les daría “inmunidad” si deponían las armas, o de lo contrario “se enfrentarían a una muerte segura”.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, también se dirigió en un mensaje a los iraníes: “Nuestra acción conjunta creará las condiciones para que el valiente pueblo iraní tome su destino en sus propias manos”.
Trump acusó al régimen liderado por Alí Jamenei de librar una “campaña interminable de derramamiento de sangre y asesinatos en masa contra Estados Unidos” y aseguró que con el ataque buscan “defender al pueblo estadounidense eliminando las amenazas inminentes del régimen iraní, un grupo cruel de gente muy dura y terrible”.
El gran objetivo de la operación a gran escala es acabar con el programa nuclear iraní y derrocar al régimen, según la declaración del presidente.
“Siempre ha sido política de Estados Unidos, en particular de mi administración, que este régimen terrorista jamás pueda poseer un arma nuclear. Lo repito: jamás podrán poseer un arma nuclear”, afirmó el presidente, quien añadió que en la Operación Martillo de Medianoche del pasado mes de junio, “destruimos el programa nuclear del régimen en Fordow, Natanz e Isfahán”, los principales centros nucleares iraníes.
Trump declaró que Irán ha rechazado todas las oportunidades para renunciar a sus ambiciones nucleares y ha seguido desarrollando misiles de largo alcance que pueden amenazar a sus aliados en Europa, a las tropas estadounidenses en el extranjero y que “pronto podrían llegar a territorio estadounidense”.
Teherán firmó en 2015 un acuerdo para restringir su programa nuclear con los cinco miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (EE.UU., Reino Unido, Francia, Rusia y China) y la Unión Europea, pero Trump retiró a su país del acuerdo en 2018, durante su primera presidencia.
El presidente dio a entender que la operación lanzada este sábado tendrá un mayor alcance que la del pasado junio, y que podría incluso producir bajas estadounidenses.
“Las vidas de valientes héroes estadounidenses podrían perderse y podríamos tener bajas”, señaló.
Trump aseguró también que el régimen iraní lleva 47 años coreando “Muerte a Estados Unidos” y ha librado una “campaña interminable de derramamiento de sangre y asesinatos en masa contra Estados Unidos”.
El mandatario recordó la toma de la embajada de su país en Teherán en 1979 por los seguidores del ayatolá Jomenei, el ataque suicida contra un cuartel en Beirut en 1983 en el que murieron 241 militares estadounidenses (y 58 franceses) y el ataque también suicida contra el destructor USS Cole en el año 2000 sobre el que, según Trump, Irán tenía conocimiento y “probablemente estuvieron involucrados”.
Acabar con los “grupos terroristas que patrocina” Irán también es, según Trump, uno de los objetivos del ataque.
El presidente acabó su declaración dirigiéndose al “gran y orgulloso pueblo de Irán”, al que aseguró que la hora de la libertad estaba cerca.
“Manténganse a resguardo. No salgan de sus casas. Es muy peligroso afuera. Caerán bombas por todas partes”, dijo.
A principios de enero, Trump amenazó con bombardear Irán cuando las fuerzas de seguridad reprimieron las protestas antigubernamentales que tuvieron lugar a nivel nacional, matando al menos a 6.480 personas, según activistas de derechos humanos. Advirtió entonces que los responsables “pagarían un alto precio” y dijo a los manifestantes que “la ayuda está en camino”.
Pero, días después, el presidente señaló que había recibido garantías del gobierno de Irán de que “las matanzas habían cesado” y su atención se centró en el programa nuclear del país, que ha estado en el centro de una larga disputa con Occidente.
Este sábadoTrump señaló, sin embargo, que esta será, probablemente, “la única oportunidad en generaciones” de cambiar al régimen y hacerse con el control del gobierno.
“Durante muchos años, han pedido la ayuda de Estados Unidos, pero nunca la han recibido. Ningún presidente estuvo dispuesto a hacer lo que yo estoy dispuesto a hacer esta noche”, dijo el mandatario estadounidense.
En la misma línea, Netanyahu, en un mensaje público difundido por sus redes sociales, declaró que “ha llegado el momento de que todos los sectores del pueblo iraní —los persas, los kurdos, los azeríes, los baluchis y los ahwazíes— se liberen del yugo de la tiranía y creen un Irán libre y que busque la paz”, dijo el primer ministro.
“Este es el momento de actuar. No lo dejen pasar”, sentenció Trump.
Haz clic aquí para leer más historias de BBC News Mundo.
Suscríbete aquí a nuestro nuevo newsletter para recibir cada viernes una selección de nuestro mejor contenido de la semana.
También puedes seguirnos en YouTube, Instagram, TikTok, X, Facebook y en nuestro nuevo canal de WhatsApp.
Y recuerda que puedes recibir notificaciones en nuestra app. Descarga la última versión y actívalas.