
En México solemos describir las crisis del sistema de salud con un lenguaje predecible: falta de medicamentos, hospitales rebasados, infraestructura insuficiente, burocracia interminable. Todo eso existe y pesa. Pero hay una fractura menos visible —y quizá más peligrosa— que avanza sin hacer ruido: la erosión de la formación académica, la normalización de la incompetencia, la ausencia de culpa frente al error y una pérdida progresiva de empatía.
La educación, en cualquier sociedad, no es un lujo; es el eje desde el cual se sostiene la dignidad de lo público y la posibilidad real de desarrollo. “La educación es un eje fundamental del desarrollo económico de una sociedad… permitiéndoles disminuir los niveles de pobreza e inequidad”. 1 En medicina, esto no es una frase de manual: es la diferencia entre un sistema que protege y uno que solo administra daños.
La medicina no se deshumaniza únicamente por carencias materiales: se deshumaniza cuando se debilita la conciencia profesional, cuando el conocimiento se vuelve simulación, cuando el prestigio sustituye a la competencia y cuando el dinero desplaza el sentido vocacional hasta volverlo un accesorio del discurso.
La medicina mexicana —y en especial la práctica cotidiana en múltiples regiones— enfrenta una crisis profunda que no siempre se nombra porque es incómoda: no se resuelve con compras, ni con remodelaciones, ni con discursos institucionales. Se trata de un deterioro formativo que se expresa en decisiones sin sustento científico, hábitos clínicos repetidos por costumbre y una ética profesional diluida.
Esta crisis se vuelve más evidente cuando la educación se concibe solo como un trámite: cumplir guardias, “pasar” rotaciones, coleccionar constancias, aprobar exámenes como quien cruza una puerta. El conocimiento se reduce a una acumulación que no transforma el juicio clínico ni tampoco abona a su vida, a su humanidad. Y cuando la formación deja de exigir pensamiento, aparece el profesional que sabe “hacer” sin comprender y aprende a sobrevivir sin responsabilizarse. Y cómo responsabilizarse, si no distingue el error del acierto.
Aquí resulta útil mirar la educación desde los aportes de la sociología crítica. Pierre Bourdieu explicó cómo las desigualdades se reproducen mediante estructuras aparentemente “neutrales” como la escuela; conceptos como habitus y capital cultural ayudan a entender cómo ciertas prácticas se heredan y se normalizan sin necesidad de imponerse con violencia: simplemente se vuelven “lo correcto” dentro del sistema, se vuelve una cultura y por lo tanto, difícil de ver los errores.
En su visión, la educación reproduce relaciones de poder: “Para él la educación es el agente fundamental de reproducción… pone énfasis en la importancia del capital cultural heredado en la familia como clave del éxito en la escuela”. 2 Si trasladamos esto al campo médico, el problema no es solo quién sabe más, sino qué conductas premia el sistema: la apariencia sobre la competencia; el silencio sobre la autocrítica; el “así se ha hecho siempre” sobre la evidencia, la falta de acción ante eventos críticos.
Bourdieu y Passeron señalan además que todo sistema institucionalizado tiende a reproducirse a sí mismo: “todo sistema de enseñanza institucionalizada debe (…) producir y reproducir las condiciones institucionales (…) necesarias (…) al cumplimiento de su función de reproducción de un arbitrario cultural”. 3 En medicina, ese “arbitrario cultural” puede ser la mediocridad normalizada, el maltrato como ritual de iniciación, la impunidad del error, el cinismo aprendido y el falso escaparate en medios digitales.
Desde la pedagogía crítica, Peter McLaren cuestiona cómo se construye el conocimiento y qué estructuras lo legitiman; 4 con apoyo de Foucault, recuerda que el poder no solo se impone: también circula, se reproduce, se vuelve costumbre, incluso se disfraza de “excelencia”. El poder está en el lenguaje, en el currículo oculto, en lo que se permite y en lo que se castiga.
Por eso, en muchas instituciones no se premia al clínico más sólido, sino al más dócil; no se impulsa al docente más exigente, sino al menos conflictivo; no se protege al paciente, sino a la cadena de mando. Y así, la formación se vuelve una maquinaria de obediencia: se aprende a callar, a no cuestionar, a no denunciar.
Esta es la protesta silenciosa: ver el daño y no poder nombrarlo sin pagar un costo. Con el tiempo, el costo más alto lo paga el paciente y a la larga el sistema de salud.
A lo anterior se suma un fenómeno corrosivo: un culto desmedido al beneficio económico que ha desplazado el sentido vocacional. No se trata de negar el derecho a condiciones laborales dignas; se trata de denunciar cuando el dinero se convierte en el criterio rector que reorganiza la moral clínica y las decisiones médicas.
Cuando se normaliza la ganancia por encima del deber, la empatía se vuelve estorbo, la actualización se vuelve innecesaria, y la culpa desaparece porque admitir el error amenaza el negocio. Entonces la medicina deja de ser servicio y se convierte en transacción y el paciente únicamente es un ente sin alma, sin facultades, sin pasado ni presente.
La educación en salud es un reto nacional. “En México, la educación médica es una responsabilidad compartida entre las instituciones de educación superior y las instituciones públicas de salud”. 5 Esa frase implica corresponsabilidad: la universidad no puede formar sin realidad clínica; el hospital no puede operar sin estructura pedagógica, y el sistema no puede exigir resultados sin sostener procesos.
Pero cuando falla la ética de la enseñanza, el hospital deja de ser escuela y se vuelve fábrica: produce egresados funcionales, no profesionales íntegros. La medicina no puede sobrevivir con una educación que solo enseña técnicas o teoría sin enseñar humanidad, respeto por la vida, pasión y comprensión hacia el dolor.
La medicina en México enfrenta una crisis que no siempre se ve porque no se mide con indicadores simples. No es únicamente un problema de recursos: es un problema formativo, moral e intelectual. Es una crisis de conciencia profesional.
El país no necesita solo más médicos: necesita mejores procesos educativos, cultura clínica basada en evidencia, entornos donde el error no se esconda sino se analice, y donde la empatía no sea un adorno sino un estándar.
Una sociedad democrática no puede tolerar que su sistema de salud reproduzca prácticas que degradan al paciente y al profesional. Si la educación reproduce cultura, entonces hoy urge decidir qué cultura queremos reproducir: la del silencio, la impunidad, el maltrato o la transacción… o la de la responsabilidad, el pensamiento crítico y el humanismo.
Esta no es una protesta ruidosa: es una protesta clara. La que se escribe con la convicción de que la dignidad clínica no se negocia, y de que el futuro de la medicina no depende solo de tecnologías, sino de conciencia.
* Alejandro Lenin Villalobos Rodríguez es médico especialista y docente del sector público en Playa del Carmen, Quintana Roo, con experiencia en atención clínica, formación médica y análisis de sistemas de salud.
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2 Castillo, R, J. (2012). “Sociología de la educación”. Red Tercer Milenio.
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Una escuela pública brasileña, que antes era conocida por sufrir invasiones, robos y episodios de violencia, ganó un premio internacional gracias a su apuesta por proyectos extracurriculares y a la inspiración en el modelo cubano.
En 2016, el profesor de Historia Régis Marques oyó hablar por primera vez de la Escuela Estatal Parque dos Sonhos tras recibir una llamada telefónica.
Era una invitación para asumir la dirección de la escuela, ubicada en Cubatão, en la costa de São Paulo.
“Investigué sobre la escuela en internet y la primera noticia que vi fue que estaba en un barrio que no era seguro debido a los niveles de violencia. Un segundo reporte afirmaba que alguien había entrado y robado en la escuela”, cuenta el ahora director.
“Y luego había un tercer reportaje que decía que, en un festival de junio, unos narcotraficantes habían entrado a la escuela y causado disturbios”.
Ante esos alarmantes titulares, dudó en aceptar el cargo.
La mala reputación de la escuela era tan grande que se ganó el apodo de “Parque de las pesadillas”.
Pero Régis aceptó el reto.
Nueve años después, la escuela pública, que durante mucho tiempo enfrentó invasiones, robos y episodios de violencia, recibió un premio internacional que reconoce su labor para transformar esta realidad.
La escuela ganó en la categoría “Superando la adversidad”.
El 15 de noviembre, el director viajó a Abu Dabi, en Emiratos Árabes Unidos, para asistir a la ceremonia de entrega del Premio a la Mejor Escuela del Mundo 2025, organizado por la entidad británica T4 Education.
La escuela Parque dos Sonhos se encuentra en Jardim Real, un barrio creado para reasentar a familias que vivían en zonas vulnerables y fueron expulsadas de la cadena montañosa Serra do Mar en 2013.
Cuando la escuela abrió en 2014 para atender a los niños de la nueva comunidad, sus alrededores carecían de infraestructura: había un bosque, un río y muy pocas casas.
Al estar ubicada en una zona aislada, en la parte trasera del barrio, los alrededores de la escuela eran frecuentados por personas ajenas a la comunidad escolar, que invadían los lugares para consumir drogas.
“Era común encontrarse con bolsitas de cocaína, preservativos usados, ropa y sábanas sucias, botellas de bebida, entre otros objetos”, relata el director.
“En mi segundo día como director, mi oficina fue apedreada”.
A comienzos de 2016, la escuela tenía apenas 116 alumnos matriculados, muy por debajo de la capacidad del edificio.
“La mitad de los estudiantes había pedido traslado porque no quería estudiar aquí: la violencia, las agresiones y las consecuencias de las invasiones lo hacían imposible. Supe entonces que la escuela era conocida como Parque de las pesadillas o Parque del terror”, recuerda.
Régis Marques se fijó entonces una meta ambiciosa: convertir, en cinco años, una de las escuelas más vulnerables de la región en la mejor del estado.
Maria de Lourdes Amorim, una profesora de portugués con 32 años de experiencia, dudó inicialmente que Régis Marques fuera a cumplir esa meta.
“¿Te imaginas? Era un joven que llegaba desde São Paulo para decirle eso a un grupo de profesores mayores y con más experiencia que él en educación”, recuerda la docente.
“Lo miramos y dijimos: ‘¿Está loco?'”, añade.
Lo primero que hizo fue reconstruir lo más básico: muros, pisos y mobiliario.
Sin fondos suficientes para resolver la mayoría de los problemas estructurales, la escuela buscó apoyo de empresas privadas. Enviaron 135 peticiones por correo y lograron recaudar 100.000 reales (US$18.000).
Para acercarse a la comunidad, la dirección y los docentes implementaron cursos preparatorios para exámenes de ingreso y concursos, y además abrieron la escuela los fines de semana.
Ana Gabriela Lima, vecina del barrio, ha sido testigo del renacimiento de la escuela.
Su hijo mayor fue parte de la primera promoción, y ella se unió al primer equipo de voluntarios.
“La escuela necesitaba apoyo. Por eso, les pedí a algunas madres que ayudaran”, afirma Ana, que hoy trabaja en la institución como cuidadora de alumnos con discapacidad.
“Íbamos, limpiábamos la escuela, nos encargábamos de la cocina y ayudábamos en lo que los profesores pedían”.
La escuela, que funciona a tiempo completo, amplió su currículo más allá de lo tradicional.
Hoy ofrece clases de cocina y deportes poco comunes en la educación pública, como bádminton y patinaje artístico.
“Al mismo tiempo, empezamos a centrarnos en escuchar a los estudiantes y en adoptar una mirada más humanizada, realmente enfocada en ellos”, explica Régis Marques.
Para los estudiantes, esta diversidad de actividades transformó por completo su relación con la escuela y con el modelo de jornada completa.
“Al principio pensaba que todo se limitaba a las clases, así que no me gustaba mucho”, cuenta Ester Silva, de 12 años, que lleva siete estudiando en la Escuela Parque dos Sonhos.
“Pero luego comenzaron nuevos proyectos y hoy en día es divertido ir a clases, porque no nos quedamos dentro del aula”.
Ester encontró su lugar en las clases de teatro, que se realizan en las últimas horas del día.
El director afirma que el proyecto más transformador se inspiró en un modelo cubano de educación: visitar a las familias en sus hogares.
Bautizado como “La escuela va a tu casa”, el proyecto identifica a los estudiantes con problemas de asistencia o disciplina y programa un encuentro con sus familiares durante el fin de semana.
Es una manera de comprender la vida de los alumnos, tomando en cuenta las condiciones precarias que muchos atraviesan para llegar al aula.
“Es una forma de ponerse en el lugar del estudiante, ver las dificultades que enfrenta y conocer cómo es su hogar”, explica Marques.
“Hay muchas cuestiones que los profesores, a menudo, no perciben”.
Los pasillos de la escuela también cuentan una historia.
En cada puerta de las aulas de la escuela Parque dos Sonhos hay un grafiti de un personaje histórico relacionado con la lucha por los derechos humanos.
Figuras como el indio Mahatma Gandhi, el sudafricano Nelson Mandela, la pakistaní Malala Yousafzai, el uruguayo Pepe Mujica y los brasileños Marielle Franco y Paulo Freire.
Son nombres que ya han sido objeto de críticas en un contexto de polarización política, entre ellas por parte del movimiento Escuela Sin Partido, que promueve el fin del “adoctrinamiento ideológico” en las escuelas.
Estas figuras sirven de inspiración para uno de los pilares pedagógicos más importantes de la escuela: la Semana de la No Violencia.
Realizado cada año en octubre, el evento incluye círculos de conversación, estudios sobre íconos pacifistas y prácticas de justicia restaurativa.
Según el director, la propuesta va mucho más allá de “ser amable”.
“La no violencia no es poner la otra mejilla. Es cuestionar el sistema que te oprime”, afirma Marques.
El director asegura que no les teme a las críticas ideológicas y defiende que la prioridad de la escuela es la unión.
“Es una escuela que parte de ese principio, no de lo que nos diferencia ni de lo que nos aleja, sino de lo que nos une. Los escucho a todos, ya sean de derecha, izquierda, centro, extrema derecha o extrema izquierda”.
Las noticias de que la escuela era finalista del Premio a la Mejor Escuela del Mundo 2025, y más tarde de que había sido una de las ganadoras, fueron recibidas en septiembre con euforia por los alumnos en la cancha de la escuela.
“Fue muy emotivo. Había gente llorando. Yo misma me emocioné mucho cuando descubrimos que estábamos en el top. Me dieron ganas de llorar”, cuenta Ester, alumna de séptimo grado.
La transformación que hizo que la escuela ahora sea reconocida internacionalmente también impactó en los resultados académicos.
En una década, la escuela pasó de un resultado de 2,2 en el Idesp (indicador que evalúa la calidad de las escuelas en el estado de São Paulo) a 4,6.
Aunque esa calificación aún no coloca a la escuela como la primera del ranking estatal en números absolutos —como era la meta del director—, representa un avance de casi el 100% en el aprendizaje.
Para los docentes, sin embargo, los números cuentan solo una parte de la historia. El éxito se mide, muchas veces, en vidas salvadas y futuros rescatados.
“Nuestra escuela ha evolucionado. El estado pide números, porque es con lo que se trabaja. Pero para nosotros lo importante es cómo está nuestro alumno hoy y cómo estará mañana”, reflexiona la profesora Maria de Lourdes.
El director subraya que la escuela se ha convertido en un refugio de protección social.
“Tuvimos cuatro casos en los que las niñas, en la clase de tutoría, contaron que las estaban abusando. Lograr que una niña pueda exponer un problema de su casa es muy importante. La escuela tiene que ser ese lugar donde los niños se sientan seguros”, dice Marques.
“Lo que emociona de todo este proceso es ver cómo la escuela puede ser un punto de transformación”.
El director reconoce que no todo es perfecto y que la escuela aún tiene áreas por mejorar.
Pero mira hacia atrás para valorar lo lejos que ha llegado y asegura que el futuro promete una expansión aún mayor con la fusión con la escuela vecina.
“Imaginen una escuela que en 2016 estaba a punto de cerrar porque no tenía alumnos y ahora empezará 2026 con 1.200 estudiantes. Es emocionante”.
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