
La noticia llegó muy rápido desde Washington, y sus ondas expansivas de inmediato cruzaron la frontera norte. La Suprema Corte de Estados Unidos decidió, por seis votos contra tres, que Donald Trump se excedió al usar la ley de poderes económicos en emergencias (IEEPA) para imponer una cascada de aranceles “globales”, incluidos recargos de 25 % sobre buena parte de las importaciones desde Canadá, México y China. No es un mero tecnicismo: es un ajuste de cuentas entre poderes sobre quién manda realmente en la política comercial estadounidense.
El punto de partida es sencillo y contundente. El Congreso tiene, según la Constitución, la llave de los impuestos y los aranceles. Trump intentó abrir esa puerta por otra vía, invocando una ley pensada para congelar activos o bloquear transacciones ante amenazas externas, no para rediseñar de facto el arancel estadounidense de casi todos los bienes y casi todos los países. La Corte, en voz del presidente John Roberts, le respondió con una frase que lo resume todo: IEEPA permite “regular la importación”, pero eso no se traduce en un cheque en blanco para fijar aranceles a discreción.
El resultado jurídico es claro. La Corte anula los aranceles que descansaban sobre IEEPA: desde los llamados “reciprocal tariffs”, que permitían gravar a China y otros socios con tasas de hasta 34 %, hasta el 25 % adicional que se impuso a ciertos productos de Canadá, México y China bajo el argumento de que no hacían lo suficiente para contener el fentanilo. La decisión deja en pie otros instrumentos –como la Sección 232 sobre seguridad nacional para acero y aluminio–, pero dibuja una línea roja: el presidente ya no puede escudarse en una emergencia económica para montar un sistema arancelario paralelo y potencialmente ilimitado.
Para México, la historia tiene matices. Más de 80 % de las exportaciones mexicanas ya entran libres de arancel al mercado estadounidense por el T‑MEC, y eso no cambia con el fallo. Lo que sí cambia es el sobrecosto que generaban las sobretasas IEEPA sobre una canasta de bienes donde México es actor central: automóviles, autopartes, electrónicos, maquinaria y otros bienes intermedios. La eliminación de esos recargos baja costos para los importadores en Estados Unidos, incluidos muchos ligados a empresas mexicanas, y refuerza la idea de Norteamérica como una plataforma integrada de manufactura.
El capítulo del acero y el aluminio es distinto. Aquí conviene no generar falsas expectativas. Los aranceles clave que pesan sobre estos metales se sostienen en la Sección 232 de la Trade Expansion Act, no en IEEPA. La Casa Blanca de Trump ya había restablecido esos aranceles a México y Canadá, condicionando exenciones a reglas estrictas de origen –el famoso “melted and poured” en América del Norte– para frenar la triangulación de acero chino. La sentencia de la Corte no toca ese fundamento: el acero y el aluminio mexicanos siguen en el radar de seguridad nacional, aunque ahora el Ejecutivo tendrá menos margen para extender o combinar esos aranceles con recargos “de emergencia”.
Hay un ángulo financiero que tampoco puede pasar desapercibido. Los economistas estiman que los aranceles amparados en IEEPA han recaudado más de 170 mil millones de dólares, una parte significativa de los cuales tendrá que devolverse a importadores si estos actúan dentro de los plazos y procedimientos que marcan la aduana estadounidense y el Court of International Trade. Detrás de las grandes cifras hay historias concretas: filiales de empresas mexicanas que pagaron el arancel al internar mercancías, socios logísticos que trasladaron el costo a los exportadores, contratos que ahora habrá que revisar para ver quién tiene derecho, en la práctica, a ese reembolso.
Más allá de las hojas de cálculo, el fallo abre una ventana política y estratégica para México. La decisión limita la tentación de usar, otra vez, la emergencia como pretexto para castigar de manera generalizada a socios incómodos, y obliga a Trump a recurrir a herramientas más específicas y más litigables. En un contexto de nearshoring y reconfiguración de cadenas de suministro, esta mayor previsibilidad jurídica es un activo: le da a México argumentos adicionales para presentarse como el socio confiable que ofrece estabilidad regulatoria dentro de un vecindario que seguirá siendo políticamente turbulento. Se vislumbra una buena oportunidad de negociación en la revisión del TMEC.
El mensaje que llega desde Washington, en el fondo, no es solo para Trump. Es un recordatorio de que, incluso en la era de la política de golpes de efecto, hay límites institucionales que importan y que pueden cambiar el cálculo de riesgo para países profundamente entrelazados con la economía estadounidense, como México. La pregunta que queda sobre la mesa es si México aprovechará este respiro para afianzar su posición en la región, o si se limitará a celebrar un alivio momentáneo en la factura arancelaria sin traducirlo en una estrategia de largo plazo.
* Iliana Rodríguez Santibáñez es profesora-investigadora del Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México.

Las relaciones de Japón con China están en su nivel más bajo en años, luego de varios episodios que han elevado la tensión entre ambos países.
Los osos panda Xiao Xiao y Lei Lei fueron despedidos el mes pasado entre lágrimas en el Zoológico Ueno de Tokio por miles de japoneses, antes de ser enviados de regreso a China.
El hecho, que dejó a Japón sin pandas chinos por primera vez en décadas, se convirtió en uno de los últimos símbolos del deterioro de las relaciones entre China y Japón.
Desde que la primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, hizo comentarios que llevaron las relaciones con China a su nivel más bajo en años, Pekín ha aumentado la presión por diversas vías.
Lo ha hecho enviando buques de guerra, restringiendo las exportaciones de tierras raras, frenando el turismo chino, cancelando conciertos e incluso recuperando a sus pandas.
Mientras Takaichi inicia un nuevo mandato, tras obtener un respaldo histórico en las recientes elecciones anticipadas, los analistas advierten que China y Japón tendrán dificultades para reducir la tensión y que la relación no se recuperará pronto.
La disputa empezó en noviembre, cuando Takaichi pareció sugerir que Japón activaría su fuerza de autodefensa en caso de un ataque a Taiwán.
China considera a Taiwán como una provincia propia rebelde y no ha descartado el uso de la fuerza para “reunificarse” con ella algún día.
Taiwán, que se gobierna de forma independiente desde hace décadas, considera a EE.UU. como un aliado clave que se ha comprometido a ayudarla a defenderse.
Desde hace tiempo, la preocupación ha sido que cualquier ataque a Taiwán pudiera resultar en un conflicto militar directo entre Estados Unidos y China, que luego se ampliara a otros aliados estadounidenses en la región como Japón y Filipinas.
La cuestión de Taiwán es una línea roja absoluta para China, que reacciona con furia ante cualquier comentario percibido como “injerencia externa” e insiste en que es una cuestión de soberanía que solo China puede decidir por sí misma.
Casi inmediatamente después de las declaraciones de Takaichi, Pekín respondió con una oleada de condenas y exigió una retractación.
Los observadores han señalado que los comentarios de Takaichi coincidían con la postura del gobierno y con lo que otros líderes japoneses habían dicho en el pasado.
Pero la diferencia radica en que era la primera vez que un primer ministro japonés en funciones expresaba tales opiniones.
Por su parte, Takaichi se negó a disculparse o retractarse de sus comentarios, una postura que, según los analistas, probablemente se vea justificada por el sólido respaldo electoral que ha obtenido.
Sin embargo, Takaichi sostuvo que sería más cautelosa al comentar sobre escenarios específicos. A su vez, su gobierno ha enviado diplomáticos de alto rango a reunirse con sus homólogos chinos.
Sin embargo, esto no ha contribuido a calmar la ira china.
Ante la firme negativa de Takaichi a ceder, China ha aumentado la presión de forma constante.
Si bien en las últimas décadas han surgido disputas entre ambos países, alimentadas por la animosidad histórica, esta vez la situación es diferente, según los analistas.
China ha ampliado su presión en una gama mucho más amplia de frentes, señaló Robert Ward, presidente de Japón del centro de estudios Instituto Internacional de Estudios Estratégicos.
Se trata de una presión difusa y de bajo nivel, similar a la “guerra de zona gris” que libra contra Taiwán, afirmó, cuyo objetivo es “desgastar [al oponente] para normalizar cosas que en realidad no son normales”.
En el ámbito diplomático, ha presentado quejas ante las Naciones Unidas y pospuesto una cumbre trilateral con Japón y Corea del Sur.
China también ha intentado involucrar a otras partes en la contienda y ha pedido a Reino Unido y Francia que se unan a ella, al tiempo que insta a sus aliados, Rusia y Corea del Norte, a denunciar a Japón.
Durante el fin de semana, el ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, invocó el historial de agresión de Japón durante la Segunda Guerra Mundial al dirigirse a los líderes occidentales en la Conferencia de Seguridad de Múnich y calificó las declaraciones de Takaichi como un “acontecimiento muy peligroso”.
En el ámbito militar, Japón sostuvo que China ha enviado drones y buques de guerra cerca de sus islas y que sus cazas de combate han fijado los radares que guían sus armas en aviones japoneses.
Además, buques de la guardia costera japonesa y china se han enfrentado cerca de las disputadas islas Senkaku/Diaoyu, mientras que la semana pasada las autoridades japonesas incautaron un buque pesquero chino.
Pero está claro que China también quiere golpear a Japón donde más le duele: su economía.
Pekín ha impuesto restricciones a las exportaciones a Japón de tecnologías de doble uso, incluyendo tierras raras y minerales críticos, en lo que se ha considerado una forma de coerción económica.
También ha advertido a los ciudadanos chinos que eviten Japón para sus estudios y vacaciones y ha cancelado vuelos en 49 rutas a Japón, lo que ha provocado una disminución del turismo y una caída en el valor de algunas acciones.
Los ciudadanos chinos representan una cuarta parte de todos los turistas extranjeros que llegan a Japón, según cifras oficiales.
Ni siquiera el entretenimiento y la cultura ha quedado exentos de las consecuencias.
Eventos musicales japoneses en China han sido cancelados, incluido uno en el que un cantante fue retirado apresuradamente del escenario a mitad de la actuación. Además, las distribuidoras cinematográficas han pospuesto el estreno de varias películas japonesas.
Una de las exportaciones culturales más famosas de Japón, Pokémon, también fue criticada por un evento que debía celebrarse en el Santuario Yasukuni. El templo honra a los japoneses caídos en guerra, incluyendo a algunos que China considera criminales de guerra. El evento finalmente fue cancelado.
En el frente de las redes sociales, los nacionalistas chinos han lanzado ataques online contra Takaichi, incluyendo la divulgación de videos generados por IA que muestran a la figura de la cultura pop Ultraman y al personaje de anime Detective Conan peleando contra la primera ministro.
Pero, en general, China ha tomado medidas menos provocativas en comparación con conflictos anteriores con Japón, según dicen Bonny Lin y Kristi Govella, del centro de estudios Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés).
“Hasta ahora, sus respuestas económicas y militares han sido relativamente limitadas en comparación con el pasado, pero hay amplio margen para una mayor escalada”, señalaron en un análisis reciente.
China también puede estar absteniéndose de adoptar una postura demasiado dura con Japón, ya que actualmente se está “posicionando activamente como el guardián del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial” y quiere ser visto como una potencia responsable en comparación con Estados Unidos, añadió Ward.
Los observadores coinciden en que, si las tensiones se calman, probablemente se asentarán en un nivel más alto que antes. Es menos probable que ambas partes desescalen esta vez, señalaron Lin y Govella en su análisis.
China es una potencia mucho más fuerte ahora y “Taiwán es el núcleo de los intereses chinos, lo que significa que es más probable que Pekín adopte una postura de línea dura que en episodios anteriores”.
“Pekín también desconfía profundamente de Takaichi y es probable que considere sus intentos de reducir la tensión sin retractarse explícitamente de sus comentarios como hipócritas o, peor aún, estratégicamente engañosos”, agregaron.
Mientras tanto, Japón tiene un mayor interés en mantenerse firme, especialmente tras la contundente victoria electoral de Takaichi, que “interpretará como una reivindicación de su postura respecto a China”, señaló Ward.
Govella le dijo a BBC que Takaichi probablemente podría usar su victoria como “capital político” para impulsar políticas económicas y de defensa para fortalecer la posición de Japón.
Takaichi se ha comprometido a aumentar el gasto de defensa de Japón al 2% del PIB dos años antes de lo previsto, completar una revisión de las estrategias de seguridad clave para finales de este año y lanzar pronto un paquete de estímulo económico.
A su vez, China “considera que Takaichi es un líder bastante fuerte y que la campaña de presión solo podría fortalecerla a nivel nacional, por lo que es posible que no intensifiquen mucho su presión”, sostuvo Kiyoteru Tsutsui, experto en Japón y director del Centro de Investigación Shorenstein Asia-Pacífico de la Universidad de Stanford.
“Así que esta relación probablemente continuará por un tiempo”.
El factor imponderable podría ser que el presidente estadounidense, Donald Trump, ha prometido hasta ahora un fuerte apoyo a Takaichi, emitiendo un respaldo inusual en el momento previo a las elecciones anticipadas.
Sin embargo, muchos esperan que las relaciones entre Estados Unidos y China se intensifiquen aún más este año, señaló Tsutsui, con varias reuniones programadas entre Trump y el presidente chino, Xi Jinping, incluida la visita de Estado del presidente estadounidense a Pekín en abril.
Y, en comparación con incidentes anteriores, la respuesta de Estados Unidos al último enfrentamiento “ha sido moderada hasta ahora, lo que podría envalentonar a China”, afirmaron Lin y Govella.
“Los japoneses temen que se produzca un gran acuerdo entre Xi y Trump”, declaró Ward.
Durante el fin de semana, Estados Unidos y Japón reafirmaron sus vínculos en el marco de la Conferencia de Seguridad de Múnich en una reunión entre el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, y su homólogo japonés, Toshimitsu Motegi.
Takaichi también tiene previsto reunirse de nuevo con Trump en marzo, cuando visite Washington, antes de su viaje a China.
A medida que China sigue aumentando la presión, Tokio probablemente “redoblará” sus esfuerzos para asumir una mayor parte de la carga de defensa que comparte con Estados Unidos, dijo Ward, y “realmente trabajará más estrechamente con ellos para asegurarse de que Estados Unidos no se desvíe y pierda interés en la región”.
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