
El año 2026 inició con una incisión militar que atravesó el cuerpo político global. En ecos de la captura de Osama Bin Laden en 2011, la Fuerza Delta de Operaciones Especiales del ejército de los Estados Unidos (EE. UU.) capturó y transbordó al presidente venezolano, Nicolás Maduro, fuera del país en cuestión de horas. Incluso alguien que hubiese estado viviendo debajo de una piedra —ascéticamente oculto en sus sombras— habría encontrado imposible escapar de los reflectores mediáticos que, sin falta, persiguen las acciones del gobierno de EE. UU, como si fuera —o quizá sí es— el ombligo del mundo. Tan rápidas y saturadas son las interpretaciones políticas sobre la operación en Venezuela —y sobre las acciones cotidianas de Trump en los periódicos, en los podcasts y en las sobremesas— que las conversaciones se osifican rápidamente en lugares comunes.
Una lectura recurrente busca situar la intervención de Trump en Venezuela como un episodio más dentro de una larga lista de golpes de Estado promovidos por EE. UU. en América Latina durante las últimas ocho décadas, para instalar gobiernos afines a sus intereses. Durante la Guerra Fría, con el objetivo de contener la expansión del comunismo, Washington D. C. hizo valer su músculo militar y de inteligencia para intervenir en la región: Guatemala en 1954, Chile en 1973 y Panamá en 1989, por mencionar solo algunos. Estas interpretaciones suelen inscribir a Trump en una continuidad de la política exterior republicana —aunque con un nuevo rostro, más descarnado. Un país desenmascarado, que ya no endulza sus intervenciones como parte de una cruzada ideológica por expandir la democracia y la libertad, sino que se aleja de esas justificaciones y expone, sin rodeos, sus intereses económicos; en el caso venezolano, el petróleo.
Pero estas interpretaciones resultan demasiado generosas con Trump: buscan hilvanar las ideas fragmentadas del presidente dentro de una narrativa ideológica coherente de política exterior. En su discurso la mañana de la captura de Maduro, fiel a su hábito, divagó —a menudo con escasa lealtad a la veracidad de sus propias afirmaciones— entre detalles operativos, referencias vagas sobre cuánto tiempo permanecerían las tropas estadounidenses en Venezuela y tangentes sobre el despliegue militar en Washington D. C. y Memphis. Circularon reportes que señalaban que los videos celebratorios de Maduro bailando irritaron profundamente a Trump y también que expresó disgusto con María Corina Machado —Nobel de la Paz 2025— porque ella dedicó públicamente el premio al propio Trump y se negó a retractarse, lo que según fuentes deterioró su respaldo interno en la Casa Blanca. Consultado por The New York Times acerca de los límites de su poder en el ámbito internacional, afirmó que actuaba conforme a su “propia moralidad”, subrayando que ese era el límite de su poder; uno de los periodistas señaló después que Trump se contradice de manera constante.
La búsqueda de una unidad y coherencia histórica en la política exterior de la administración Trump —si es que existe— exige mirar más atrás: es una añoranza por un viejo mundo, quizás enarbolada en su lema Make America Great Again (MAGA) –en español: “Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande”– que remite a un pasado más lejano. Como lo sugiere el deshilvanado Documento de Seguridad Nacional de 2025, se trataría de un Corolario Trump de la Doctrina Monroe del siglo XVIII. Ese mundo es el de hace cien años, o de antes, cuando las fronteras eran altas, el modus operandi de la política exterior respondía a una lógica darwiniana de supervivencia del más apto, Washington D. C. veía a los países europeos con escepticismo y su campo visual difícilmente rebasaba el hemisferio americano. Una añoranza a otro siglo que, en un año de administración de Trump, ya ha barrido con buena parte del multilateralismo construido en los últimos ochenta años.
El 2026 podría traer nuevas intervenciones de EE. UU: en Groenlandia —territorio administrado por Dinamarca— para seguir hiriendo la alianza transatlántica; incluso en Irán, o en México, o en Panamá. O quizá no haya intervención alguna. O tal vez ocurra en un país que todavía no hemos imaginado. Porque, mientras Trump divaga, el mundo tiembla ante las posibles consecuencias.
* Jonathan Grabinsky (@Jgrabinsky) es especialista en temas de gobierno y profesor en el Tecnológico de Monterrey. Cuenta con una licenciatura y maestría en políticas públicas de la Universidad de Chicago.

Estabilización, recuperación y transición. Así detalló el secretario de Estado de estadounidense, Marco Rubio, las fases de la estrategia del gobierno de su país para consolidar el cambio en Venezuela.
Estabilización, recuperación y transición.
Así detalló el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, las tres fases del plan del gobierno de su país para consolidar el cambio en Venezuela.
Lo ha hecho este miércoles, al exponer la estrategia ante el Congreso de su país, cuatro días después de la captura del líder venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, y su traslado a Nueva York para responder por cargos de “narcoterrorismo” ante la Justicia.
Ya el presidente de EE.UU., Donald Trump, había adelantado que será él quien “gobernará” Venezuela hasta que se complete allí “una transición segura, apropiada y juiciosa”.
“No queremos que esto descienda en el caos”, confirmó ahora su secretario de Estado.
Así, Rubio explicó que la primera fase del plan estará enfocada en la estabilización del país.
“Parte de esa estabilización, y la razón por la que entendemos y creemos que tenemos la mayor influencia posible, es nuestra cuarentena”, sostuvo el funcionario.
En ese punto, Rubio adelantó que EE.UU. tomará entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo venezolano, los venderá en el mercado a precios internacionales y controlará la forma en que se distribuyan los ingresos obtenidos de esas transacciones.
Es algo que ya había adelantado Trump el martes, cuando aseguró en un mensaje compartido en su red social Truth Social que Venezuela entregaría a EE.UU. esa cantidad de crudo.
Según destacó el colaborador de BBC Mundo en Venezuela Gustavo Ocando, el anuncio de Trump ocurría horas después de que algunos medios informaran de que 11 buques cisterna de Chevron, la única compañía petrolera estadounidense que opera en Venezuela, iban de camino hacia el país sudamericano.
De acuerdo a Ocando, la cifra de entre 30 y 50 millones de barriles equivaldría a la del petróleo venezolano que está retenido desde que EE.UU. impuso un bloqueo en diciembre.
“Ese dinero se manejará de tal manera que controlaremos su distribución para beneficiar al pueblo venezolano, no a la corrupción ni al régimen”, aclaró este miércoles Rubio.
E hizo referencia a la incautación, apenas horas antes, de dos petroleros vinculados al crudo venezolano.
“Como han visto hoy, dos barcos más fueron incautados. Estamos en medio de este proceso y, de hecho, a punto de cerrar un acuerdo para tomar todo el petróleo que tienen, el petróleo que está estancado en Venezuela”, explicó Rubio.
Uno de los buques, el Marinera (previamente denominado Bella 1), navegaba por las aguas del Atlántico Norte bajo bandera rusa, mientras que el segundo, conocido como M/T Sofia, operaba en el mar Caribe.
Ambos, alega el país norteamericano, violaban sus sanciones.
Rubio visualizó la segunda etapa de la intervención bajo el término “recuperación”, vinculada a la reintegración de Venezuela al mercado global.
“La segunda fase será la llamada recuperación, que consiste en garantizar que las empresas estadounidenses, occidentales y de otros países tengan acceso al mercado venezolano de forma justa”, precisó.
El secretario de Estado estadounidense adelantó que, paralelamente, se impulsará un marco de reconciliación política.
“Se comenzará a generar un proceso de reconciliación nacional en Venezuela para que las fuerzas de la oposición puedan ser amnistiadas y liberadas de las cárceles o repatriadas al país y comenzar a reconstruir la sociedad civil”, enfatizó Rubio.
La secuencia planeada por el gobierno de Trump culminará, según el secretario de Estado, en una etapa definitiva que consolidaría la transformación política interna del país.
“Y la tercera fase, por supuesto, será de transición. Parte de esto se solapará. Se lo he descrito con gran detalle”, concluyó.
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