
América Latina atraviesa uno de los escenarios de mayor incertidumbre de las últimas décadas. La captura de Nicolás Maduro es el síntoma más visible de la crisis del multilateralismo y del derecho internacional como límites al uso de la fuerza.
La incursión de Estados Unidos no es el centro del problema, lo que está en juego no es un conjunto de reglas violentadas, sino la promesa que durante décadas permitió a los Estados operar dentro de un sistema mínimamente previsible. Después de la Segunda Guerra Mundial habíamos reemplazado un sistema basado en la guerra y el realismo por uno sostenido en la cooperación y el respeto al derecho internacional, o eso prometía.
Con la creación de la ONU, la protección de los Estados no descansaba en la buena voluntad de las potencias, sino en una arquitectura normativa —imperfecta, pero funcional — que, la mayoría de las veces, impedía la apropiación de territorios por conveniencia estratégica. Pero si una potencia viola abiertamente las normas y el sistema no responde, el mensaje es claro: las reglas dejaron de ser el límite y, frente a ello, América Latina queda expuesta.
Venezuela evidenció con crudeza una región vulnerable, fragmentada, sin cohesión política y con escasa capacidad institucional para responder de manera colectiva ante amenazas a su soberanía y su seguridad. La afirmación —sin reparos — de que Washington “administrará” el país hasta una eventual transición, abrió una puerta peligrosa, no por la acción, sino por la forma.
Presentada como una medida urgente para la seguridad hemisférica —un lenguaje cada vez menos orientado a persuadir y más a justificar—, una potencia actuó unilateralmente, violando el derecho internacional, sin autorización multilateral y, lo más grave, sin enfrentar consecuencias. A partir de ese momento, el uso de la fuerza deja de ser excepción regulada y se normaliza como instrumento político legítimo.
Las reacciones confirman el diagnóstico. La ONU respondió con advertencias jurídicas y llamados a la contención, incapaz de frenar la acción ni de imponer sanciones. La OEA optó por comunicados cautelosos, reflejo de su dependencia estructural y del temor a una fractura interna. La CELAC exhibió su imposibilidad de consensos en un escenario de polarización extrema. En suma, la crisis multilateral no es moral, sino estructural.
¿Qué hace que esto sea distinto al Plan Cóndor o la Doctrina Monroe aplicada en el contexto de la Guerra Fría? Que a pesar de percibir el desgaste del multilateralismo, se creía que la norma limitaría el accionar de cualquier potencia y que en pleno siglo XXI era impensada una violación fragante del derecho internacional, al menos en América Latina, sin consecuencias.
Los cálculos fueron erróneos y con ese panorama se reconfigura la relación con América Latina bajo una lógica de seguridad ampliada. La región pasó de un conjunto de Estados soberanos a una zona estratégica que debe ser “ordenada” frente a amenazas externas, incluso si eso implica incidir en elecciones.
La transición energética convirtió a la región en un territorio clave para el futuro global. Litio, cobre, tierras raras, agua, biodiversidad y rutas logísticas son activos estratégicos para EUA y su prioridad es evitar que China o Rusia consoliden un acceso privilegiado a ellos. El petróleo venezolano es el inicio, pero la señal es clara: los países con recursos críticos o posiciones geoestratégicas quedan bajo escrutinio permanente.
En este marco, la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado opera como un recurso discursivo funcional para habilitar la acción. Acción a la que anteceden amenazas concretas. Ya lo ha dicho Trump: tras Venezuela siguen México y Colombia, que enfrentan acusaciones sobre narcotráfico y migración masiva. Dos países “incómodos” al estar dirigidos por gobiernos no alineados.
¿Y los demás? Ciertos gobiernos de la región —particularmente los cercanos a Trump como Argentina, Ecuador, El Salvador, etc. — asumen esto como protección, pero no es garantía. En contextos de competencia estratégica entre potencias, el interés nacional estará por encima, independientemente del grado de afinidad política. Recordemos que el litio chileno, el canal de Panamá, las Malvinas y las Galápagos son recursos y territorios de alto valor.
En conclusión, el problema de fondo no es la acción de una potencia contra un país soberano, sino la consolidación de una dinámica en la que la competencia por recursos estratégicos, la rivalidad geopolítica global y el debilitamiento del multilateralismo convergen sobre América Latina, securitizándola. Venezuela solo es el primer precedente visible de este proceso.
Lo grave es que sin multilateralismo efectivo y sin coordinación política, cada Estado queda expuesto a negociar desde la vulnerabilidad. De mantenerse estas condiciones, América Latina dejará de ser un actor con capacidad de agencia y pasará a configurarse como un espacio estratégico administrado desde fuera.
* Natally Soria es directora asociada del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno en el Tec de Monterrey (@CSocialesTec).

La antigua civilización romana creó un calendario que sirvió de base para identificar los meses del año que tenemos hoy. Aunque a lo largo de miles de años, hubo varios cambios.
La llegada del nuevo año es una de las celebraciones que comparte todo el mundo… o al menos lo hacen los países que siguen el calendario gregoriano, vigente desde hace siglos.
Pero que sea enero el primer mes del año no es algo que siempre fue así. De hecho hubo un tiempo en el que marzo era el mes que marcaba el cambio de año.
Y es que el calendario que usamos hoy en día ha tenido varias reformas y ajustes a a lo largo de miles de años, desde su origen en la antigua civilización romana.
Desde su primera creación, atribuida a Rómulo, el mítico fundador de Roma junto a su hermano Remo, los romanos le dieron el nombre a cada uno de los 10 meses de su primer calendario. Y luego le añadieron dos meses más, enero y febrero.
Como en otras culturas, la sincronización con el año solar era el objetivo. Y aunque luego hubo que ajustar el desfase de los días, los nombres de los meses quedaron fijados así hasta nuestros días.
Aunque si miramos al pasado, su orden ha perdido su lógica inicial.
Siguiendo el calendario primitivo, bajo el mando del rey romano Numa Pompilio (753-674 a. C.) fueron añadidos los meses de enero y febrero al final del calendario de 10 meses, con el objetivo de ajustar el conteo del tiempo al año solar.
Así que este mes originalmente era el penúltimo hasta el cambio de posición bajo el calendario juliano, impuesto por Julio César.
En latín era llamado Ianuarius y su nombre procedía de Jano, el dios romano de los inicios o las puertas. Esta deidad era también considerado un dios de los finales, por lo que era representado con dos caras, mirando al pasado y al futuro, respectivamente.
A diferencia de enero, Februarius no recibió el nombre de un dios, sino que hacía referencia a la festividad romana de la Februa.
Esta fiesta se celebraba como ritual de purificación o expiación, ya que februare en latín significa “purificar”. Se realizaba al final del año romano, por lo que este mes era también el último.
En el calendario primigenio romano, marzo era el inicio del año y fue llamado Martius, en honor a Marte, el dios de la guerra.
Para los romanos, el inicio del año no era a mitad del invierno boreal, como en la actualidad, sino en la época de primavera.
Era el momento adecuado de reactivar la agricultura y las campañas militares.
De hecho, iniciar el año con la primavera es algo que se usó durante mucho tiempo en diversas culturas. Reino Unido, por ejemplo, celebraba este mes el año nuevo hasta la adopción del calendario gregoriano en 1752.
Sobre abril, hay distintas teorías sobre el origen de su nombre.
Una se refiere a un verbo del latín, aperire, o abrir, posiblemente para señalar el florecimiento en la agricultura.
Pero otra hipótesis lo relaciona con Afrodita, la diosa griega del amor.
Este mes era Maius, dedicado a la diosa de la fertilidad y la primavera, Maia. Esta divinidad también era la madre del dios Mercurio.
Algunos, sin embargo, señalan que el nombre pudo originarse como referencia a los maiores, es decir, los ancianos en la cultura romana.
El origen de junio, o Iunius en el calendario romano, era la evocación a Juno, la reina de los dioses romanos y esposa de Júpiter.
Como tal, esta diosa también era considerada protectora de la maternidad y el matrimonio.
Pero el origen del nombre también está sujeto a debate, pues también pudo haberse dedicado a los iuniores, es decir, los jóvenes, algo que tendría concordancia con Maius.
Este mes no era originalmente llamado Iulius, la palabra en latín del nombre Julio, sino que se llamaba Quintilis por ser el quinto mes del año en el calendario romano original (Quintus significa quinto)
En este mes había nacido el líder Julio César, así que a la muerte de éste en el año 44 a.C., los romanos cambiaron el nombre a Iulius en su honor.
Bajo su dominio fue que se había instaurado la primera gran reforma del calendario de 365 días, que colocó a enero como inicio de año (y febrero como segundo).
Durante siglos, el calendario juliano fue el que regía en los dominios de esta civilización conquistadora.
De manera similar a julio, el mes de Augustus, o agosto, originalmente era el sextus (sexto) mes del año y por ello era conocido como Sextilis.
Fue renombrado en 8 a.C. en honor a César Augusto, el primer emperador de Roma (27 a.C.-14 d.C.).
Siguiendo el orden numérico que tenían los meses en el calendario original, September, o septiembre, era nombrado por su posición.
Era el séptimo mes y los romanos lo nombraron por la palabra en latín septem, o siete.
El nombre de octubre, en latín October, venía de la palabra octo, que significa ocho.
Como el anterior, no estaba dedicado a un dios o un emperador, sino simplemente al octavo lugar que ocupaba en el año.
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La historia del mes de noviembre, o November, no es diferente: también tuvo su origen en la palabra novem, o nueve, por su lugar en el calendario romano original.
Finalmente estaba diciembre, el décimo mes del año para los romanos, que ellos conocían como December por la palabra en latín decem, que significa diez.
Cuando llegó la reforma del papa Gregorio XIII, en 1582, no se renombró los meses ni se cambió su orden, sino que simplemente se ajustó la duración para incluir los días bisiestos que corrigieran el desfase con el año solar.
Y desde entonces el calendario gregoriano rige en buena parte del mundo.
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