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Liliput: una reparación imposible
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Especialista en negocios internacionales. Cronista salvaje. Autora de Pasajera en Trance (Mantarraya, 2018). Handle with... Continuar Leyendo
4 minutos de lectura

Liliput: una reparación imposible

Miguel Cane ha logrado escribir su novela Liliput (Editorial Gato Blanco) desde la decisión consciente de no seguir usando a Sharon Tate como superficie, sino devolverle densidad, peso y existencia.
09 de enero, 2026
Por: América Pacheco

Liliput existe porque el amor también puede ser una forma de pensamiento.

Hay libros que nacen de una idea. Otros, de una obsesión. Liliput nace de algo más raro y más incómodo: la lealtad. No la lealtad al mito ni a la cultura pop ni a la nostalgia de una época perdida, sino a una mujer real cuyo nombre fue secuestrado por la violencia y reciclado durante décadas como mercancía narrativa. El escritor y crítico de cine Miguel Cane ha logrado escribir su novela Liliput (Editorial Gato Blanco) desde la decisión consciente de no seguir usando a Sharon Tate como superficie, sino devolverle densidad, peso y existencia.

Sharon Tate ha sido, históricamente, una figura reducida. Reducida a crimen, a símbolo, a advertencia moral, a excusa estética. Su vida quedó empequeñecida por el relato de su muerte a manos de la secta de Charles Manson en 1969. Miguel entiende que ese achicamiento no es casual: es cultural. Y responde con una operación inversa, brutalmente simple y radical. La hace gigante. No para engrandecerla como ídolo y para volverla imposible de ignorar.

En Liliput, Sharon Tate se nos muestra desnuda, embarazada y colosal. No hay glamour. No hay redención. Hay exposición. El cuerpo femenino -ese que la historia insiste en disciplinar, controlar o destruir- ocupa el espacio público hasta hacerlo cachitos. La ciudad no sabe qué hacer con ella. El poder tampoco. Y es ahí donde yo entiendo el posible núcleo ético de la novela: cuando una mujer deja de ser manejable, el mundo entra en pánico. Miguel -autor exquisito- no incomoda ni escribe una novela fantástica. Escribe una alegoría precisa a escala política. La desmesura no es efecto especial: es denuncia. Sharon, al crecer, revela lo que siempre estuvo ahí y nadie se atrevió a mirar de frente, que su asesinato no fue solo un crimen, sino un punto de inflexión donde la cultura decidió convertir a una mujer en advertencia eterna.

Portada del libro Liliput, de Miguel Cane. Editorial Gato Blanco.

Lo fascinante de la última novela (y mi favorita, dicho sea de paso) de Miguel Cane, es que el lector notará que Liliput ha sido escrita desde un lugar que muchos desconfían y que, sin embargo, es el más honesto: el amor sostenido en el tiempo. No habla “sobre” Sharon Tate. Le habla a ella. Le escribe. La acompaña. Se hace cargo de la narrativa con delicadeza. Pero esa cercanía no debilita el texto; todo lo contrario, lo vuelve genuinamente responsable. Aquí no hay explotación del dolor ajeno. Hay respeto y resguardo. Miguel entiende que recordar también es una forma de proteger. Que narrar puede ser un acto de resistencia frente a la maquinaria del morbo, el cine oportunista, y del titular facilón

Liliput jamás pregunta “¿qué pasó?”. Esa pregunta ya fue exprimida hasta el hartazgo. Liliput pregunta algo más incómodo: ¿qué nos pasa a nosotros con lo que pasó?

Utilizar la versión de Sharon embarazada no parece bajo ninguna óptica un detalle narrativo, más bien, fluye como el centro gravitacional del libro. El cuerpo que gesta y el cuerpo que un potente brazo de la locura decidió destruir. El hijo que nunca nació y que, sin embargo, seguirá representando una ausencia perenne. Me gusta que la novela no romantiza la maternidad. La vuelve visible, y al hacerlo, expone otra violencia: la facilidad con la que el odio sacrifica futuros femeninos sin agitar siquiera la respiración. Sharon quería ser madre y no como metáfora. Liliput se atreve a tomarse ese deseo en serio. Y eso, en términos literarios y políticos, es profundamente subversivo.

Miguel nos pone frente a un espejo incómodo: cuando el dolor femenino ocupa demasiado espacio, la solución siempre parece ser silenciarlo otra vez. Liliput no promete justicia ni ofrece consuelo. No reescribe la historia para que duela menos. Hace algo más honesto: la vuelve inolvidable desde otro lugar. Sharon Tate deja de representar a la víctima icónica para convertirse en presencia titánica.

Sé perfectamente que este libro existe porque alguien decidió no soltar a una de las estrellas más importantes del cine. Porque el amor entrañable también es una forma de memoria. Porque escribir, a veces, es lo único que se puede hacer contra lo irreversible. Y porque hay nombres que, si no se cuentan bien, siguen muriendo. Además, conozco a pocas personas que quieran y escriban con la devoción de Miguel.

Mi consejo de año nuevo: apaguen Netflix y vayan por su ejemplar a la librería más cercana y apoyen a editoriales mexicanas independientes.

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Imagen BBC
Cómo era el calendario maya que fue “tan exacto incluso hasta en segundos” y cómo se sigue usando hasta la actualidad
10 minutos de lectura

La antigua civilización maya usó su gran conocimiento matemático y astronómico para contar el tiempo con una precisión más exacta que otras civilizaciones de su tiempo.

31 de diciembre, 2025
Por: BBC News Mundo
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La medición del tiempo que tenían los antiguos mayas era asombrosa.

A sus conocimientos matemáticos, incluido la concepción del número cero, se sumó su gran dominio de la astronomía, una combinación de saberes que les ayudó a tener un registro cronológico más preciso que el de otras culturas europeas y orientales de su tiempo.

El catedrático Miguel León Portilla (1926-2019), uno de los académicos más citados sobre historia antigua de México, explicaba que los mayas tenían una gran preocupación por “conocer los misterios del universo, precisando el significado y la medida de sus ciclos”.

“Ninguna otra cultura de la antigüedad llegó a formular, como ellos, tal número de módulos y categorías calendáricas ni tantas relaciones matemáticas para enmarcar, con infatigable anhelo de exactitud, la realidad cíclica del tiempo desde los más variados puntos de vista”, escribió Portilla, quien fue investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en Los afanes cronológicos de los mayas.

El calendario les permitía registrar hechos importantes en su historia, como el nacimiento o muerte de un gobernante, o alguna batalla o capitulación de una ciudad; pero también les servía para determinar los ciclos agrícolas, las fases lunares, e incluso influía en sus creencias, como la energía de un día o una persona, según su cosmovisión del mundo.

La civilización maya surgió antes del 2000 a.C. en lo que hoy es el sureste de México, Guatemala, Belice y el oeste de Honduras y El Salvador. Si bien el antiguo imperio se derrumbó, hasta la actualidad sigue habiendo comunidades mayas en dichos países.

“Mis antepasados, mis abuelos, se pasaron cientos de años estudiando el tiempo, porque necesitaban saber con precisión, con exactitud, cuándo era qué. Yo le digo a mis alumnos que el calendario maya fue tan exacto incluso hasta en segundos”, explica el profesor Julio David Menchú, un docente y experto en el calendario maya en Guatemala.

En muchas comunidades mayas, principalmente de Guatemala y el sureste de México, el calendario sigue vivo hasta la actualidad, pues es parte de su cultura cotidiana y espiritualidad.

Un códice maya con referencias calendáricas
Getty Images
Los códices son algunos de los documentos más antiguos que contienen fechas del calendario maya.

Tzolk’in, Haab’ y la cuenta larga

Los antiguos mayas, cuya cultura se extendió en varios periodos entre el 2000 a.C. y hasta el siglo XVII, usaron varios sistemas para llevar el conteo de los días, meses y años, pero tres eran los principales y que se siguen conociendo hasta la actualidad.

1. Calendario Tzolk’in o ritual

El calendario Tzolk’in o “calendario ritual” cuenta 260 días solares. Cada fecha está compuesta por dos elementos: un número del día (1-13) y un nombre del día representado por un glifo (1-20). Por ejemplo, el 12 de diciembre de 2025 fue 11 Kawak (número + glifo).

Según la correlación GMT de Joseph Goodman, Juan Martínez y Erik Thompson, los más importantes estudiosos de la cronología maya, el siguiente reinicio —o lo que podría interpretarse como cambio de año— será el 25 de agosto de 2026.

Estas combinaciones podrían asemejarse a la manera en que llamamos los días de la semana (lunes, martes, miércoles…), pero tiene un sentido más amplio en la cultura maya, pues está ligado a su espiritualidad.

En la cosmovisión maya, cada día está asociado a cierta “energía” o “nahual”, lo cual representa una guía para las comunidades mayas para su vida cotidiana, como saber qué se puede hacer o qué no se puede hacer en tal día o conocer el carácter de un niño nacido en un día determinado.

También está relacionado con la actividad agrícola, una de las bases económicas vitales de los antiguos mayas. El conteo de 260 días de hecho era usado por otras culturas de Mesoamérica, incluidos los olmecas, toltecas, teotihuacanos y mexicas, entre otros.

Pero para determinar esa energía a lo largo de un año solar, había que crear una combinación con un segundo sistema.

Una infografía del calendario Tzolk'in
Getty/BBC

2. Calendario Haab’

Ese segundo sistema es el Haab’ o “calendario solar”, el cual está compuesto por 365 días divididos en 20 meses de 18 días cada uno, más un periodo especial de 5 días. Similar al Tzolk’in, una fecha se lee con el número del día más el nombre del mes.

A diferencia del calendario gregoriano, los mayas concebían el fin de un ciclo como el inicio del otro, por lo que en el calendario Haab’ los meses iniciaban en el último día del mes anterior.

El Tzolk’in se podía combinaba con el Haab’ a través de un método denominado “rueda calendárica”, que integra el número del día y el glifo del primero, más el número del día más el nombre del mes del segundo.

En la cultura maya era importante esta lectura combinada del calendario sagrado (Tzolk’in) con el solar o civil (Haab’) para determinar el momento indicado de hacer rituales espirituales, de las actividades agrícolas o las ceremonias civiles y políticas.

Un ciclo completo sumaba 18.980 días, que son 52 años. Para los mayas —y otras culturas de Mesoamérica— este ciclo marca el inicio y el fin de una era o tiempo. Es algo similar a un cambio de siglo. Y una persona al cumplir 52 años era considerada una persona con sabiduría, pero también implicaba un renacimiento.

La combinación calendárica también daba pie al tercer sistema.

Una ilustración de la rueda calendárica maya
Getty Images
La rueda calendárica combina el Tzolk’in con el Haab’, ambos compuestos por sus números y nombres representados por glifos.

3. Calendario de la cuenta larga

El tercer calendario es el de la “cuenta larga”, que como su nombre indica, permitía a los mayas determinar una fecha a lo largo de siglos e incluso milenios.

En este la unidad mínima es el kin o un día; un uinal es un mes, compuesto por 20 kines; un tun es un año de 18 uinales; un katún son 20 tunes; un baktún son 20 katunes…

El 1 de enero de 2000, por ejemplo, en la cuenta larga de los mayas fue 12 baktún, 19 katún, 6 tun, 15 uinal, 2 kin. Es usual que las fechas se abrevien (12.19.6.15.2) en los conteos modernos, pero los mayas expresaban estas fechas con glifos que perpetuaron en piedra.

En la vida cotidiana, la cuenta larga no se usaba para contar los días, pero les permitía registrar acontecimientos importantes, como la muerte de gobernantes, el nacimiento de sus herederos, la capitulación de una ciudad o las victorias en el campo de batalla.

Pero también les permitía predecir cuándo se darían los cambios de ciclos importantes para su cultura. De ahí surgió el famoso día del “13 baktún”, el 21 de diciembre de 2012.

Poco antes de esa fecha hubo una expectativa mundial por su llegada debido a la idea errónea de que los mayas habían predicho el fin de la humanidad, cuando en realidad solo habían marcado el fin de un ciclo y el inicio de uno nuevo.

Estela de la conquista del rey de Ceibal, Balam Chan Cahuil, sobre el rey Aguateca, en Guatemala.
Getty Images
Los antiguos mayas dejaban testimonios en piedra de sucesos con su respectiva referencia a la fecha en la cuenta larga, la cual se escribía con glifos.

Y así como el calendario juliano y luego el gregoriano iniciaron con el nacimiento de Jesucristo, para los antiguos mayas el inicio de los tiempos estaba marcado por una fecha que equivale al 11 de agosto de 3114 a.C.

Los investigadores dicen que es un misterio por qué se marca esa fecha en las inscripciones, más cuando los mayas no existían como civilización entonces.

León Portilla escribió que no era que esa fecha fuera un límite. De hecho, los mayas podían contar más atrás infinitamente. En su opinión, esa fecha marcaba “un evento especialmente significativo” o “la última creación del mundo”.

Una civilización avanzada

Para el catedrático de la UNAM era impresionante cómo los mayas tenían un estudio del paso del tiempo sumamente preciso gracias a sus grandes conocimientos matemáticos y astronómicos.

Comprendieron que tener un calendario de 365 días como el Haab’ se desajustaba cada cierto tiempo, así que crearon un sistema de sustracción de días en el periodo de 52 años equivalente a los días bisiestos que se implementaron en el calendario gregoriano recién en el siglo XVI.

Los antiguos mayas calcularon que un año trópico tenía una duración de 365,2420 días, mientras que el calendario gregoriano lo precisó en 365,2425 días, y la ciencia actual dice que son 365,2422.

El maya, entonces, fue más preciso que el gregoriano.

“Dueños de estos hallazgos, los mayas llegarían a desarrollar en toda su compleja precisión sus varios cómputos del tiempo. Entre éstos ocupan lugar especial los referentes al año solar, a la duración de lo que ahora llamamos revolución sinódica de Venus y a los periodos de lunación, juntamente con la elaboración de tablas que permitían predecir los eclipses”, apuntó León Portilla.

“Su saber matemático hizo también posible el registro de cualquier fecha en su llamada ‘cuenta larga’ o sistema de la ‘serie inicial’, y lo que es más importante, las correspondientes fórmulas de corrección para ajustar y correlacionar con distintos ciclos astronómicos las fechas expresadas en función de su calendario”.

El ciclo de Venus, que les servía de base para marcar puntos de reinicio de ciclos y a las predicciones astronómicas, fue calculado en 584 días por los mayas, con un error de 0,08 días cada 481 años. También podían predecir 69 eclipses en periodos de 33 años.

Una multitud aguarda a la aparición de la
Getty Images
Los mayas tenían cálculos tan precisos que edificaron una pirámide en la que se dibuja una serpiente (Kukulcán) con la sombra de los equinoccios de primavera y otoño.

El calendario en el mundo maya actual

Como explica el profesor Julio David Menchú, el uso del calendario maya Tzolkin (Cholq’ij, en el maya quiché), sigue presente en la vida de muchas comunidades mayas hasta la actualidad, siglos y siglos después de su origen.

Su uso es más extendido en Guatemala, el país donde se ha preservado más su cultura, y representa una guía espiritual para actividades de todo tipo.

“En el día a día, para nosotros el calendario maya es como una brújula, una forma de decirnos qué hacer. Hoy [21 de noviembre de 2025] es 2 k’in, voy a encender dos candelas para pedir luz, sabiduría, inteligencia”, señala.

“Uno va esperando ciertos días para que la energía o fuerza, el nahual, del día nos ayude a resolver, a mejorar”.

Aunque durante mucho tiempo la cultura maya fue reprimida por los gobiernos de Guatemala, desde los acuerdos de paz de la década de 1990 que reconocieron a los pueblos originarios del país, el calendario volvió a tomar importancia para las comunidades indígenas.

“Recuerdo que esa noche del 20 al 21 de diciembre de 2012 hicimos tres ceremonias y muchos lloramos frente al fuego. Decíamos que los abuelos habían sufrido estos 400 años de ese ciclo (12 baktún, que abarca la llegada de Cristobal Colón a América), y el 13 baktún nos trae una esperanza, un despertar de los pueblos”, cuenta Menchú.

Como lo hicieron cientos de años antes los antiguos mayas, el cambio de ciclo fue celebrado con una estela en la que se esculpió con glifos la historia del pueblo kaqchikel en la zona arqueológica de Iximché, cerca de Ciudad de Guatemala.

Para Menchú, el calendario maya es una sabiduría heredada de los antiguos mayas que buscaban determinar la trascendencia de su existencia.

“Es la concepción filosófica de ubicarse en el tiempo y el espacio, de dónde está el planeta con relación al Sol, a las estrellas, a las Pléyades, a Venus, que me sirve para entender dos cosas: que no estamos solos en el universo, que la Tierra es un espacio entre todo el universo; y dos, que nací en un punto en el que la Tierra estaba en ese espacio, en ese momento, y que ese día era propicio para sembrar plantas, para hacer cosas”.

Varias personas en una ceremonia maya en Guatemala
Getty Images
El calendario Tzolkin es una guía para muchas comunidades mayas en Guatemala.
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BBC

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